Una leyenda que no se jubila. Macaya Márquez, a los 87

Cubrió 16 Mundiales y no descarta viajar al próximo. Los dos años que pasó “encerrado”, la soledad de la viudez y el perdón de Maradona.

Marina Zucchi
26/12/2021
Clarín.com

La primera vez que «Institución» Macaya subió a un avión rumbo a un Mundial no había nacido ni la madre de Lionel Messi.

Tenía 23 años, no hablaba inglés y llevaba anotadas un par de palabras básicas con su correspondiente fonética. Suecia 1958. Desde entonces no faltó a ninguna Copa del Mundo. En la antesala de los 90, tiene sueños con Qatar 2022, la que sería su cobertura consecutiva número 17. La FIFA y el Guinness listos para entregar el Macaya Márquez de oro.

«Usted nos llenó el bar y nos hizo vender pizza sin tregua los domingos», «Por usted yo llegaba tarde al colegio los lunes a la mañana», lo increpan dulcemente a Don Fútbol de Primera. Silencioso, acostumbrándose a la viudez, en Home Office desde hace casi dos años, convirtió su bunker palermitano en su centro de transmisión. Esa cabina evolucionada le dispara recuerdos de Chile 62, Inglaterra 66, México 70, Alemania 74, Argentina 78, España 82, México 86, Italia 90, USA 94, Francia 98, Japón y Corea 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Rusia 2018. No hay otoño para el patriarca. Prefiere esperar un rato para el reposo.

Le disputa el trono de años trabajados a la mismísima Mirtha Legrand. Si bien es siete años menor, trabaja desde los ocho. Casi ocho décadas entre changas y contratos formales. «No conozco Qatar, es uno de los pocos lugares a los que no viajé y no es descabellado, pero no me quiero adelantar, necesito ser cauteloso», admite a los 87, después de preparar sus clases de la cátedra Fútbol Argentino y Mundiales de la carrera de Periodismo Deportivo de la Universidad de Palermo.

El periodista con más Mundiales encima conserva ese rasgo de inconmovible. No se desbordó ni con el gol más hermoso de la historia de los mundiales, en México, ni con aquel Independiente-Boca de 1987 en el que un hincha desencajado le arrojó su radio portátil, rompió los vidrios de la cabina y le generó cortes en la cara.

El hombre que nos presentó la revolución del Telebeam es hoy un avezado ejecutor de tecnologías domésticas. Docente por Zoom y analista de DirecTV vía plataformas. En la era del VAR, de Morena Beltrán dibujando pizarras digitales y de hisopados permanentes a los planteles, tuvo que adaptarse para sobrevivir. La opción uno era retirarse. La dos, resignarse a su imagen congelada y pixelada. Optó por lo segundo y no se arrepiente, como no se arrepiente de su polémico ranking: ubica a Lionel Messi en un quinto puesto.

Tal vez sea el único humano vivo devoto aún de La saeta rubia. Influenciado por las fibras que toca la nostalgia, coloca a Alfredo Di Stéfano «en el primer puesto» de una lista personalísima. Quizás eso le recuerda el niño que fue y esa infancia en la que nadie de los que amaba había muerto. «En mi podio sigo pensando igual. Esto es generacional. Di Stéfano, Maradona, Pelé peleando más abajo, Cruyff y después Messi. Messi ha progresado. Si uno imaginara una carrera en la que él va tratando de lograr puntos para acceder a otros lugares, debo decir que ha mejorado la cuota de liderazgo».

​¿Cómo intentar cautivar a un público centennial con semejante afirmación? «Digo esto y sin embargo pienso también que es absurdo plantear un podio. No hay forma cierta de probar la superioridad de uno sobre otro, ni con estadísticas».

​Cree que su verdadero récord es «nunca un exabrupto, un llanto, un grito de más en un estadio». Frío para muchos, necesariamente medido para otros, jamás combinó lo emocional con el análisis. «Fue una decisión profesional. Yo dejé de ser hincha, determiné que no tenía que ser hincha ni de la Selección, establecí mis propios límites, porque buscaba la perfección del juego».

-¿No siente que se puso una coraza para ver fútbol?

-Sí. En esa manera de trabajar me sentía más cómodo. Así creo que me gané el respeto. Dediqué toda mi vida a ser imparcial.

El canillita que nunca se jubiló

Hijo de Ricarda Romualda y Ernesto, cuarto de cinco hermanos, nació en la década infame, el 20 de noviembre de 1934, el mismo año que Carlos Griguol, Horacio Accavallo, Sofía Loren, Brigitte Bardot, y que aquella Copa del Mundo disputada en Italia y atravesada por el fascismo. Su casa estaba en Di­rec­to­rio y Ca­ra­bo­bo y su Disney era el Par­que Ave­lla­ne­da.

A los ocho se convirtió en canillita. Su hermano custodiaba un puesto en Flores, pero con el ingreso al secundario necesitó de un reemplazante y le cedió el lugar. Macaya leía de todo y veía pasar a Alfredo Di Stéfano que vivía a media cuadra y se acercaba a leer los diarios «gratis, de pasada». También desfilaba otra vecina de renombre cuyo caminar elegante nunca pudo borrar de su cabeza: Libertad Lamarque.

«Me acuerdo que hacíamos una pelota de papel con los diarios y Alfredo pasaba y me decía: ‘Ponete entre el árbol y la pared’. Él giraba la pelota en el aire, le daba un efecto, y todos los chicos quedábamos maravillados. Él era una cosa extraña, un crack de clase media alta, no era de potrero».

Mientras ganaba centavos, veía a su padre, movedizo, del hogar rumbo a Río de Janeiro 300 y viceversa. En aquel edificio de El Mundo se imprimían el diario del mismo nombre, las revistas Selecta, El hogar, Caras y caretas, Mundo infantil, Mundo deportivo y más perlas extinguidas. Época de pujanza editorial, de lectores sedientos y del papel casi como un artículo de primera necesidad.

Clases en la escuela Re­pú­bli­ca Orien­tal del Uru­guay has­ta ter­cer gra­do y luego en el J. J. Ur­qui­za, Macaya, buen estudiante, asistía hasta los sábados. El tiempo libre era todo para el fútbol. Jugaba de 5 y San­fi­lip­po (10) formaba parte del mismo equipo, el Na­cio­nal de Flo­res, devenido luego en Glo­rias del Four­nier. La adrenalina competitiva llegaba cuando participaban de los Cam­peo­na­tos In­fan­ti­les Evi­ta.

A los 15, rumbo al título de Perito Mercantil y por influencia de su padre, obtuvo un empleo administrativo en Radio El Mundo. «Me hicieron una prueba, no gusté mucho, pero me dijeron ‘mejor malo conocido’. A los dos años me pegué a la gente de Fioravanti, y mi vida cambió». Un día faltó un periodista y arrancó la leyenda.

En ese lugar de trabajo encontró más que la vocación: conoció a Noemí, la que sería madre de sus hijos, Andrea y Gabriel. Con ella viajó por el mundo a destinos donde el fútbol no lo había llevado, pero también la disfrutó como compañera de misiones. En 2002, por ejemplo, viajaron juntos al Mundial de Japón y Corea.

El romance nació con una pelea, en los ’50. «Ella era empleada de una editorial y teníamos que discutir cuestiones, yo desde la gerencia comercial. Resulta que su editorial hacía publicidad en la radio, ella quería abrir una cuenta corriente y yo quería que pagaran de contado. Discutimos por una factura vía telefónica, pero algo pasó después», sonríe. Del intercambio poco amable pasaron a verse en la emisora. «Ella vino con una prima, después la invité a escuchar una orquesta y nunca más dejamos de vernos». Habían cumplido 56 años de casados cuando en febrero de 2016 recibió el trompazo: la muerte de Noemí. A los 81 tuvo que aprender a vivir por primera vez solo.

El primer gran desafío internacional fue 1958, lo que las páginas deportivas recuerdan como «el desastre de Suecia». En aquel Mundial, la Selección argentina recibió seis goles de Che­cos­lo­va­quia, y Macaya olvidó su autopromesa y volvió al cigarrillo.

«Por Ra­dio El Mun­do trans­mi­tían Fio­ra­van­ti y Ho­ra­cio Be­sio, pero el di­rec­tor de Bel­gra­no qui­so ha­cer otra trans­mi­sión y en­ton­ces me lla­mó pa­ra via­jar por Ra­dio Li­ber­tad jun­to a Eu­ge­nio Or­te­ga Mo­re­no», evoca MM. «Consiguieron un canje de pasajes con una empresa brasileña y viajé en un DC-7 que no tenía autonomía y paraba en todos lados para reabastecer, Porto Alegre, San Pablo, Río de Janeiro y Dakar, y entraba en Europa por Italia. Pensábamos que el avión nos dejaría en Hamburgo y terminó en Frankfurt. Después, la aventura y el cansancio. Alquilamos una camioneta que subió a dos ferries, parada en Dinamarca y, finalmente, en Suecia. Nos faltaba el viaje a Malmöm, donde estaba la Selección. No sabíamos ni cómo se escribía».

​Para Radio Rivadavia llegó a relatar boxeo. También incursionó en el automovilismo y aprendió que el relato permite el juego, pero el análisis no. «A un relator se le festeja la exageración, incluso la fantasía». No pudo escribir mejor dedicatoria en su primer libro, Mi visión del fútbol: «A mi viuda y mis huérfanos de los domingos».

Para 1966 arrancó un idilio con la cámara, en ATC. Décadas después saltó al 9, más tarde al 13. El primer envío de Fútbol de Primera ocurrió el 4 de agosto de 1985, el último el 13 de diciembre de 2009. No volvió a atravesar otro vendaval televisivo como aquel. La dupla con Marcelo Araujo le propuso el ejercicio de la interacción con alguien que implementaba el humor. Todavía se ríe de ese partido de 1992 en que Araujo prometió abandonar la transmisión si Luis «Gardel» Medero convertía ante Platense el golazo que acercaba a Boca al título tras 11 años de sequía. «Lo hizo y me quedé solo».

En 1978, durante el Mundial del horror​ camuflado entre goles, Macaya sabía de «la orden militar de no hablar mal de la selección para no atentar contra el prestigio». Cuenta que fue a entrevistar a César Luis Menotti y «lo peleamos un poquito. La nota salió igual. Nadie controlaba. Por lo demás, desconocíamos todo lo otro que pasaba», jura.

«Es un libro abierto, un prócer del periodismo deportivo a esta altura, que te puede hablar de cuando conoció a Pepe Peña y a Dante Panzeri», elogia «El Chavo» Diego Fucks, que compartió un lapso en Fútbol de Primera, y lo disfrutó más tarde, en el ciclo 90, de Fox. «Nunca se portó como una estrella, ni cuando era el uno al que miraba todo un país. Me enseñó a sacarme la culpa: ‘Te van a decir que vos tenés un televisor con repetición’, y está bien que así sea. Vos no sos el árbitro, sos el comentarista. La repetición es tu herramienta de análisis».

«Almorzábamos juntos, es muy ocurrente y divertido detrás de las cámaras. Me dijo cosas que quedaron grabadas: crecimos escuchando que no hay lógica en el fútbol, pero él me demostró que por lo general gana el mejor, y me dio una serie de datos que sigo aplicando», sigue Fucks. «Meticuloso, de gran memoria, viene de otro palo, de una época en que no se necesitaba emitir una opinión de todo. Detesta la confrontación».

El periodista Fernando Carlos, perteneciente a esa camada que pasó de verlo en TV a compartir programa, habla de Enrique como de un templo de sabiduría. «En cada viaje pasa por el centro de prensa y no puede caminar, todo el mundo quiere saludarlo, felicitarlo. Trabajé en mis comienzos junto a él. Hablaba con una autoridad que todo el mundo se callaba, pero no desde la imposición, sino desde el conocimiento. Yo me quedaba hasta la medianoche en el estudio para aprovechar cada concepto que tiraba. Explicaba de una manera tan sencilla y humana. Es un buenazo».
Maradona, el que un día le pidió perdón

Cacho Fontana le elogiaba «haber inventado el usteo» en el fútbol, esa forma de dirigirse sin tutear a los jugadores, incluso a los sub 20. Mauro Viale, su amigo, lo definía como «el hombre que más sabe de táctica en el planeta». Para Bilardo, Macaya era «un sin mancha» y para Julio Grondona un verbo y un adjetivo alcanzaban: «Nació bueno».

Es difícil encontrar a un jugador (o ex jugador) que a la distancia sienta antipatía o viejos rencores por «Quique». «Mi secreto fue la distancia. Me hace sentir más seguro no tener una relación con los futbolistas», admite el que toda la vida puso una barrera. Tal vez la amistad más grande la tenga con su hijo Gabriel, preparador físico, ex Necaxa, Vélez, Newell’s, Boca, River, San Lorenzo, Valencia y otros cuantos clubes.

«Todo el mundo del fútbol le tiene muchísimo respeto. A Enrique lo encontraba siempre en todas las canchas, pero no como periodista, sino siguiendo él a su hijo chiquito, o nos cruzábamos en La Candela, a donde lo llevaba. Categoría 1962», cuenta su tocayo Enrique Hrabina, que se refiere a la época de futbolista en la que Gabriel -volante central- pasó por inferiores xeneizes (llegó a disputar dos amistosos en Primera, en 1983). «Es un tipo muy ubicado, quién puede discutir a alguien que entiende tanto del fútbol».

Alguna vez Jorge Cyterszpiler, el representante de Maradona, lo encaró: «¿Usted siempre lo ve jugar mal a Diego?». Como monje budista, Macaya contestó sereno: «No se equivoque. Yo lo veo jugar mal cuando juega mal. Algo que nadie le dice». Años después, se animó a escribir en su libro un capítulo sobre un «jugador imaginario», sin nombre, que en realidad era el propio Maradona. «El jugador va a terapia y le dice al psicólogo que no sabe cuándo juega bien y cuándo no, porque nadie se lo advierte. A ese peligro me refiero, a los amigos del campeón».

Con El Diez, su relación era como un subibaja de temporadas de lejanía y acercamientos. «Alguna vez antes del Mundial de los Estados Unidos dije al aire, desde estudios, que él debía entrenar más y mejor. «Macaya, yo estoy muy cansado, llego y no puedo ni levantar a mis hijas», le explicaba Maradona. «Usted no puede levantar a sus hijas porque está mal entrenado». Diego juntó rabia, cortó cualquier vínculo profesional, pero en un viaje a Chile se reconciliaron.

«Quiero tomar una café con usted, Enrique», le pidió Maradona. «Usted tenía razón». Hoy Macaya lo evoca con cierta ternura. «Llamó a un camarógrafo, le pidió prender la cámara y reconoció que lo que yo decía era cierto. Ese gesto fue de grandeza. Tenía hidalguía para reconocer el error».

-Tras la muerte. ¿Siente que no quedó nada pendiente que decirle?

-En paz. Yo fui a su casa una sola vez, cuando Cyterszpiler dio una conferencia en la primera casa que le dio Argentinos a Diego. Ese era un chico de una gran ternura. Después, la vida. Manteníamos la relación fluida o directamente se cortaba. Yo fui el que estableció distancia. Tengo la tendencia a apartarme de las figuras.
DT frustrado y mago

El día con la tasa más alta de intentos de suicidio, su voz fue música de evasión para varias generaciones. Sus mil corbatas, su cabello canoso desde hace tanto, su modo desapegado de la pasión fueron sellos. Lejos de los escándalos, nunca abrió la puerta de su vida privada. Modelo publicitario de una cerveza y hasta del Gran DT, las fotos más descontracturadas tienen que ver con partidos benéficos junto a Marcelo Tinelli, Juan Alberto Badía y Hugo Orlando Gatti. También hay archivo audiovisual divertido de su fugaz paso como actor de comedia. En 1992, para el programa Cha cha cha, actuó junto a Diego Capusotto y Mex Urtizberea.

Más de 250 Superclásicos presenciados y analizados, 25 Copa América, dice que nunca entenderá ese arrebato de los periodistas de otros países que tras el Mundial ’86 lo abrazaban eufóricos. «Yo los frenaba: ‘¡Es que yo no hice nada»‘.

Hace unos días, el Círculo de Periodistas Deportivos lo distinguió como socio honorario. Amante del jazz, su sello estaba en los separadores de Gillespie en Fútbol de Primera. Sin la corbata, distendido y de entrecasa, confiesa: «Hubiera estado encantado de ejercer como director técnico. No se dio. He estado muy cerca del Toto Lorenzo y de Osvaldo Zubeldía y de ellos aprendí mucho de lo táctico… En definitiva, toda mi vida he jugado un poco a la dirección técnica».

El DT de los 45 millones de DT argentinos no comulga con el VAR. «No todo es cierto y no todo es verdad lo que te están mostrando», lanza convincente. «​Yo sé que vos al televisor le podés dar una demora. Es complejo. Me interesa que sea un apoyo, pero no una esclavitud. Siempre digo que hay tres clases de mentira: la gran mentira, la pequeña y las estadísticas. Hoy se aferran a los valores estadísticos como a una verdad absoluta. ‘Hay 230 pases mal hechos’, informan. Con esos numeritos hay que tener mucho cuidado. Hay cosas que falsean la realidad».

Mago autodidacta, de joven estudió de manera independiente vía libros y -con galera característica- animó así los cumpleaños de sus hijos. Hoy la magia le parece Internet. Se niega a que le abran una cuenta en alguna red social. Tal vez por eso no se enteró que en 2018 fue meme por esa frase desacartonada que le celebraron. «Messi se va fumar un faso», dijo en presencia del estallido de carcajada de Oscar Ruggeri. «Messi se va del partido, como a fumar un faso al costado».

Nunca tomó un café con el rosarino y ahora fantasea con lograrlo. «No para juzgarlo deportivamente, sino para hablar de la vida. Me parece que es muy serio, profesional, responsable y evita los males que le puede producir la popularidad. Lo veo muy bien ubicado como persona».

-Comparte trabajo con analistas que no vieron jugar a Maradona. ¿Cómo se siente en esa brecha generacional?

-No me molesta la juventud. Soy muy respetuoso. Algunos son discípulos, otros amigos.

-¿Se imagina subiendo al avión rumbo a Qatar?

-No me lo imagino, me parece una cosa extraña, rara, me cuido mucho, salgo poco, tengo las tres dosis de la vacuna. Esa gimnasia que tenía en cuanto a la cobertura de un Mundial creo que sería muy distinta a esta edad. De todas maneras, no cierro esa puerta.

-¿Con qué se sueña a los 87?

-Con volver a la vida de hace dos años, antes de la pandemia.

-No menciona la palabra retiro…

-Yo descanso trabajando. En cualquier momento dejo. O dejo la continuidad, los horarios, la formalidad. La idea ya la estoy elaborando.

En la era del brote de opinólogos, del ruido y el exceso de contenidos, aunque no haya qué decir, Macaya le regaló a Diego Latorre, ahora su colega, una enseñanza que en los paneles de abejas comunicadoras suelen desoir: «El aliado del comentarista es también el silencio. No hay que tener miedo a callarse un rato».

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