Una película a los 91 años: la maravillosa vitalidad de Pepe Soriano

Estrena “Nocturna”, un thriller psicológico. Diálogo con el actor -y maestro de actores- que hizo de la coherencia y el compromiso su modo de existir

Por
Susana Ceballos
19 de Septiembre de 2021
Infobae

Serrat canta “de vez en cuando la vida toma conmigo un café”, pero cuando ella nos brinda la posibilidad de cruzarse con seres como Pepe Soriano más que un cafecito, uno siente que le regalaron el cafetal completo. Soriano es un tipo querido y querible. Actor enorme, admirado e idolatrado por sus pares, los que siguen y los que vendrán; conserva la frescura y el asombro del que sabe que la vida es un milagro y un compromiso.

El actor recibe a Teleshow en su casa de Colegiales. Al llegar, lo primero que asombra es ver al mismo Soriano abriendo la puerta. Apenas se cruza el umbral, se observa un mural con una foto de una mano que extiende un trozo de pan. El actor explica que así terminaba El loro calabrés. Lo que no cuenta -pero que al final de la entrevista esta periodista descubrirá- es que esa imagen no es un recuerdo sino una presentación: Soriano se entrega, Soriano se brinda, Soriano es un hombre tan necesario como el pan.

Si los estadounidenses pueden alardear de la vitalidad de Clint Eastwood, que a los 91 años está por estrenar Cry macho, y los británicos se ufanan con Anthony Hopkins, que a los 83 se llevó un Oscar, los argentinos subimos al podio a Pepe Soriano, que con 91 se encuentra a punto de estrenar Nocturna, un thriller psicológico con la dirección de Gonzalo Calzada.

“Nocturna es una película que habla de un segmento de la vida que no suele estar bien considerado: la vejez. Todo se piensa en función de la gente joven, las fiestas, las salidas, y sin embargo la vejez no es un límite porque si no llegaste, es porque te moriste antes”.

En la película, Soriano -que el 25 de septiembre cumple 92 años- es Ulises, un hombre casi centenario al que a lo largo de una noche le toca vivir un extraño hecho que pone a prueba su lucidez y su cordura, mientras conversa con los fantasmas de su pasado y repasa las cuentas pendientes con la vida.

A Soriano lo atrajo la “complejidad del guion” y el interés por “hacer algo distinto de lo que hago y asumiendo la edad”. Aclara que no es una película para divertirse sino una propuesta que invita “a pensar en cómo se llega al final de la vida, cómo la transitamos”. Le gustó trabajar con jóvenes: “Ellos son el relevo, la realidad. Tienen que retomar el camino, yo ya lo hice”. Otra de las razones para aceptar fue que la coprotagonista es la maravillosa Marilú Marini, que no dudó en volar desde Francia para participar.

Los actores de la edad de Soriano suelen realizar pequeños roles, pero su Ulises fue protagonista, lo que le demandó un trabajo actoral enorme, con jornadas de ocho a 10 horas de rodaje, y el cuerpo le “pasó factura”. “Después de grabar durante dos meses, un día voy al baño y me desplomo. Terminé internado y con suero continuo las 24 horas”. Genio y figura, en su cama no pensaba en lo que le podía pasar sino en “que faltaba filmar el final”.

Se hace camino al andar

En las sociedades primitivas alcanzar la edad de Soriano se consideraba “un privilegio que no puede lograrse sin la ayuda de los dioses”. Pero en esta cultura del descarte, la vejez no está bien considerada. Sin embargo, alcanza con intercambiar unas palabras con él para una revisión urgente de nuestra relación con ella, una se pregunta si no está frente a alguien que encontró la fórmula para destruir los relojes. Y no, no la encontró, su vitalidad es un trabajo de años. Durante mucho tiempo corrió 10 kilómetros tres veces por semana. Hasta que hace 21 años, y mucho antes de que Moria Casán la pusiera de moda, un profesional le recomendó la medicina ortomolecular. “Me inyectaban células de neonato”. Hoy sigue con un complejo de vitaminas y aminoácidos que le permite una vitalidad y lucidez envidiable y sobre todo imitable; Antonio Gasalla, Juan Leyrado y Jorge Marrale entre otros le pidieron la fórmula y la implementaron.

Antes de llegar al que es, Soriano fue un niño que a los ocho años se subía a los tranvías para viajar al centro y todo por un sueño: ver teatro. Era tanta la pasión que los boleteros ya lo conocían y le daban una buena ubicación. Después de dos horas, Pepe volvía al barrio, junto a su casa vivía el poeta Raúl Gonzalez Tuñón y caminaba Zully Moreno. Anduvo por esas calles hasta que cumplió 18 años y se mudó. El niño se hizo hombre y en 1947 debutó como actor amateur en el club Alarcón.

“Trabajaba mientras estudiaba sin ganas Derecho. La vocación por actuar estaba y comencé a participar del teatro universitario”. Debutó a lo grande con Sueño de una noche de verano, de Shakespeare y en el Colón. “Primer acto, silencio absoluto. Termina el segundo acto, silencio absoluto. En el tercer acto entro y muero en escena y el público empieza a aplaudir. Mi maestro se acerca y me dice: ‘Serás actor pero de peluca’. lo que significaba que podía hacer de jorobados, deformes pero nunca de galán”, remata la anécdota/profecía con una sonrisa pícara del que sabe que la belleza pasa pero el talento queda.

Afirma sin envidia y con reconocimiento que Alfredo Alcón no fue el mejor actor de su generación sino del siglo. “Comparado con nosotros estaba fuera de concurso por presencia escénica, por voz, por talento y porque siendo bellísimo, no se aprovechaba de eso”. Destaca a Rodolfo Bebán y Lautaro Murúa para deslizar, pícaro, que “detrás veníamos Ulises Dumont, yo.”

La vida fluía pero en 1976 vino la gran noche de los argentinos. Un general conocido le advirtió: “No es capucha y zanjón pero no vuelva a trabajar”. La mayoría de sus amigos y colegas partieron para el exilio, pero él -como su alemán de La Patagonia Rebelde- decidió quedarse, pero no quería convertirse en mártir. Comenzó a recorrer la Argentina con El loro calabrés, una obra donde le contaba a la gente quién era, qué quería. La llamó así porque su abuelo zapatero solía hablar con su loro que aprendió a cantar canciones calabresas.

Se presentaba en pueblos pequeños “que no tuvieran más de mil habitantes y donde no me pudieran encontrar: trabajaba, llenaba y rajaba”. Actuó en bares, en estaciones de servicio, en andenes de ferrocarril, en patios de escuelas y comedores comunitarios. La obra terminaba con él ofreciendo un pedazo de pan. “El pedazo de pan es esencial en mi vida, porque en esta casa había pan y el pan tenía un valor: el del afecto”. Lejos de sentirse héroe se sabe humano. “Sentí mucho miedo. Tenía dos hijos. Volvía a Buenos Aires, les daba la plata y me iba. Dormía donde podía. Me detuvieron tres veces”, recuerda y nos recuerda para que no olvidemos.

En plena dictadura eligió quedarse y en democracia decidió irse. En 1987 le surgió una posibilidad de trabajo en España y para allá marchó, volvió en el 92. Hoy ante tantas historias de gente que piensa que la única salida es Ezeiza, él dice y cuando dice convence que “no hay que irse. Vayas donde vayas, salvo que seas gerente de una multinacional, sos el extranjero y vas a pagar el precio”.

Se volvió de España porque extrañaba muchísimo y eso que estaba en el grupo de los exitosos. Protagonizó la película de Franco y para eso se tapó sus ojos celestes con lentes oscuros, se tiñó el pelo, engordó diez kilos, después lideró programas bendecidos por el rating. “Pero yo extrañaba mi historia. Con Alterio nos juntábamos a tomar un café y nos señalaban como ‘los argentinos’. Caminaba por calles que no conocía”. Era el tiempo donde iba a una reunión de actores, escuchaba sus historias pero no podía contar la propia porque eran del Río de la Plata. “Un día le dije a Diana: ‘Siento que me quiero morir en la Argentina’”.

La llamó a su hermana y le pidió que no vendiera la casa de la infancia, que volvería para vivir aquí. “En 15 días regalamos todo lo que habíamos juntado esos años, y nos volvimos”. Argentina no lo recibió con los brazos abiertos. “Me costó conseguir trabajo, acá la memoria es frágil”. Pese a los pesares jamás se arrepintió, hoy no condena a los que se van -no está en su esencia condenar- y reivindica: “Este es mi lugar. Acá tengo derecho a insultar, a agradecer, soy libre”.

Volvió y volvió para siempre, como para siempre es ese amor que siente por Diana, su compañera 20 años más joven pero igual de sabia. Por cómo habla de ella -enamorado- parece que fue ayer que se conocieron y sin embargo ya pasaron 45 años. “Fue a la salida del teatro, en un espectáculo que hacia con el cuarteto Zupay”. Pepe dudó, ella era más joven, estudiaba Psicología y él venía de una ruptura. Se enamoraron, jamás se separaron. “Le estoy agradecido. Me acompaña en todo, siempre al lado”, dice con palabras y con esa mirada del bendecido que ama y es amado.

Después de haber conocido golpes y revoluciones, éxitos y fracasos, broncas y aplausos, Soriano todavía mantiene un sueño intacto, no propio sino para todos. “Deseo ver a la gente con buen humor, con trabajo, que todos vivan bajo un techo y no una lona. Nadie elige dónde nace y casi todos morimos contra nuestra voluntad. Quiero simplemente que todos vivamos con dignidad”, y recita las palabras de Ernesto Cardenal: Debemos hacer aquí un país. Estamos a la entrada de una tierra prometida. De esta tierra es mi canto, mi poesía.

Sus días transcurren tranquilos. Escucha música y desde su tablet se informa de la actualidad: “Leo y escucho lo que hablan todos aunque algunos me parecen despreciables”. Presidente honorario de SAGAI, participa de las asambleas donde se encuentra con otros actores que él percibe pares mientras ellos lo ven ejemplo. Al preguntarle por Pablo Echarri es uno de los pocos momentos que levanta su voz y lo defiende con la convicción del que sabe la diferencia entre el bien y el mal: “Los que hablan mal de él no lo conocen. Es uno de los tipos más honestos y rectos que conocí en mi vida”.

Está por participar en dos episodios de la serie El jardín de bronce y desde España lo convocaron para filmar Por la puerta grande, una película que transcurre en un geriátrico. “Si estoy en condiciones lo haré”. Seguro lo estará porque, como reitera, “ser actor implica cuidarse”.

La entrevista va llegando a su fin, dan ganas de alargar el día solo para alargar la charla. Le propongo un juego. Llega al Cielo y san Pedro le impone una condición: debe elegir uno de todos los personajes que interpretó para así convencerlo y dejarlo pasar. Una se pregunta si elegirá al alemán Schultz, el de La Patagonia Rebelde que prefirió morir fusilado por sus ideas que huir traicionándolas. ¿Será La Nona, esa anciana que encarnaba la maldad, el Loro Calabrés que lo ayudó a sobrevivir o preferirá a Tevye, el violinista en el tejado?

Soriano tarda menos de un parpadeo en responder. “Entro como Lisandro de la Torre porque defendió a nuestro país de los que lo traicionaban y todavía lo traicionan”. Y entonces, como si estuviera ante el mismísimo Dios o el mismísimo público -que quizá para él a veces sea lo mismo-, recita: “Es cierto todo lo que se ha dicho, estoy solo, estoy viejo estoy cansado. Son ciegos los quienes no quieren ver, pero yo confío y esta es mi última confianza en que el pueblo argentino tarde o temprano sabrá reconquistar y defender su libertad”. Y entonces una se imagina a san Pedro abriendo las puertas del Paraíso mientras dice: “Entre, entre nomás Pepe, pero antes por favor, asegúrenos que quedan muchos más Pepes sobre la Tierra”.

https://www.infobae.com/teleshow/2021/09/19/admiracion-por-alcon-defensa-de-pablo-echarri-y-una-pelicula-a-los-91-anos-la-maravillosa-vitalidad-de-pepe-soriano/