Mónica Cahen D’Anvers y la vida en el retiro

A los 86 la periodista disfruta del sueño de la desconexión en su paraíso personal, La Campiña de San Pedro. Su historia desde el Conde Louis Cahen D’Anvers, su bisabuelo. Amores, viajes, cárcel y aventuras hasta en Uganda.

Marina Zucchi
11/07/2021
Clarín.

Un milagro de laboratorio. No fue fácil cristalizar el capricho, recrear en su estancia las mismas rosas que su bisabuela Louise de Morpurgo, mujer del Conde Louis Cahen D’Anvers, cuidaba en 1870 en su castillo de Champs, cerca de París. Mónica contactó a la cuarta generación del rosicultor italiano Rossetto Fineschi, consiguió que le enviaran las yemas desde Italia y, después de varios intentos, ahí están como clones sus benditos antojos embelleciendo los campos de San Pedro.

Casi todos los días huele esos rosales, recorta los pimpollos, agradece. Pueden parecer pequeños éxitos, pero para Mónica Cahen D’Anvers esos actos mínimos son más elocuentes que un cargamento de Martín Fierro. Desde hace casi dos décadas ya no va tras las estatuillas doradas gauchescas: ahora cosecha premios como «El durazno de oro» en la Fiesta Provincial de San Pedro.

A partir del «hasta siempre» que pronunció en Telenoche cuatro días antes de la Navidad de 2003, todo fue un camino cada vez más pronunciado hacia el silencio. La pandemia terminó de coronar ese hermetismo. Un contacto vía mail acerca a Mónica María Elina Susana (su nombre completo). «Yo no sé por qué motivo especial me siguen llamando de todos lados para hacer entrevistas. ¡Deben querer hablar conmigo antes de que me vaya de este mundo, cosa que no pienso hacer por un rato largo!», bromea.
El aislamiento preventivo obligatorio la encontró vitalicia de un modo de vida que ahora miles planifican. En 1979, cuando ella y César Mascetti estrenaron el sueño del campo propio en la localidad de Río Tala, en San Pedro, a poco más de 170 kilómetros de la ciudad, todo era futuro lejano, croquis de una jubilación que parecía imposible. El tiempo terminó certificando lo que en principio era un chiste recurrente de la pareja más popular de noticieros: «La Campiña es nuestra AFJP».

Durante nueve meses -y por el cumplimiento de las medidas protocolares ante el coronavirus- La Campiña no recibió visitas. Fue una extraña y solitaria temporada para Mónica, acostumbrada a frecuentar el restaurante del complejo y conversar con cada uno de los turistas de los cientos de contingentes que cada mes ponían un pie en esas tierras. La apertura de la tranquera fue en enero, más tarde hubo otro cierre y desde hace casi un mes hubo reapertura del restaurante, «solo para pequeños grupos los fines de semana, con reserva previa», explican desde el establecimiento.

No hay cifras, pero el trompazo pandémico a la industria turística se sintió en San Pedro y puntualmente en La Campiña (Ex Ruta 9 y Ruta 1001). «La mayoría de los contingentes que visitaban la ciudad antes de la pandemia incluían ese recorrido», cuentan desde la Dirección de Turismo de San Pedro, área que tiene a «MónicayCésar», así -todo junto como si fuera una sola persona- como los grandes embajadores.

En el reino de las ensaimadas y el feudo de la Virgen del Socorro, el dúo de periodistas tiene su rol diario: él atiende su palomar (la combofilia consiste en la cría y adiestramiento de palomas), ella pone foco en las plantas y supervisa el funcionamiento de esa guarida de 700 hectáreas.

Vacunada con la primera dosis de Sputnik en abril, estableció tajante y lo repite en mensajes reiterados: «Hasta que todo esto termine, no doy entrevistas». En su pausa mediática había tenido un golpe de exposición suficiente con aquel regreso «mentiroso» en 2019, cuando apareció junto a Mascetti en una publicidad de Netflix por el estreno de la serie The Umbrella Academy, al grito de «se viene el apocalipsis».

Su vida campestre en un partido bonarense de 60 mil habitantes transcurre -cuenta su entorno- lejos de «la grieta». Tal vez agotada por la confrontación política permanente, prefiere el oxígeno, mantener esa imagen conciliadora y sostener ese sueño que arrancó con solo 12 hectáreas y 4.000 plantas de naranja. Ese punto de desconexión de las noticias que presentaba terminó convirtiéndose en vivienda permanente y creció a la par del paraíso de las naranjas: más de 100.000 árboles frutales.

Son tres los circuitos en los que se mueve la pareja (ella 86 años cumplidos el Día del Canillita, 7 de noviembre), él 79. Una casa ubicada en plena Costanera de San Pedro (que pertenecía a la familia de César), La campiña a diez kilómetros, que visitan casi a diario, y la propiedad bautizada El Independiente por la historia periodística de la familia de Mascetti (su bisabuelo fundó un periódico con ese nombre en 1894). No faltan las visitas de los hijos de Mónica (Sandra Mihanovich e Iván «Vane» Mihanovich), los nietos Sol y Sebastián (hijos de «Vane») y las bisnietas Elina, Amelia y Maica.

La porteñísima Mónica ya no exporta naranjas, pero sigue atenta el cultivo, «fruta premium», según promocionan los trabajadores de La Campiña. No por nada la naranja sigue siendo la reina del marketing de ese edén, con la Copa La Campiña (helado dentro de una naranja) como postre estrella del restaurante monopolizado por el asado.

La ex conductora no quedó hechizada por una posibilidad inmobiliaria productiva, sino por un concepto romántico. Con su experiencia de dejar el ruido y el aturdimiento de la ciudad convenció a varios en esa «vida invertida» o esa inversión en sensaciones. Todavía se emociona cuando habla de la primera tolva llena de trigo y el olor al pan propio. Ya no podría abandonar el olor de los azahares en primavera, o esa sensación que le provoca la huerta, sus propias hierbas aromáticas.

San Pedro terminó de esculpir la sencillez de la hija del conde francés Gilbert Cahen D’Anvers. El periodismo, «las patas en el barro», bajaron de un hondazo a la Tierra a la Mónica aristocrática en la primera parte de su vida. El vínculo con el campo terminó ese trabajo silencioso. Ella siempre se definió como «heredera de una burbuja rosada, una chica que creía que afuera todos tenían las mismas posibilidades». El oficio del micrófono en la calle la transformó paulatinamente en una mortal promedio, conocedora del precio del kilo de pan o del sentir del obrero, y La Campiña puso el toque final a esa impronta cercana.

«Mónica eligió el amor y el campo. Le ves la cara hoy y te da envidia blanca», juzga su colega y amiga Fanny Mandelbaum, que la conoció en Canal 13 hace medio siglo, cuando era asistente de producción del noticiero que Cahen conducía con Andrés Percivale. «En su hábitat ganás calidad de vida y si a eso le sumás el amor, es la combinación perfecta. Es la imagen del periodismo, se metió en lugares peligrosos, hizo notas que ayudaron a muchos. Tiene merecido el descanso ideal, después de ese larguísimo camino desde cantar en el sótano de la casa de su abuelo con sueños de actriz a esa carrera impresionante como periodista».
Cuando Mónica fue a la cárcel y vio en TV su «asesinato»

Un numerólogo estudiaría a «Moca» -como la llaman sus bisnietas- a través del número 7. Nació un 7 a las 7, en Parera 77, séptimo piso. Conoció a César un 7 de junio. Más allá de coincidencias numéricas místicas de esa cifra relacionada a la perfección, las deidades y la mitología, su biografía incluye capítulos que pueden considerarse en sí pequeñas películas.

Ella en 1969 en Cabo Cañaveral, el centro de las actividades espaciales de los Estados Unidos, cubriendo los preparativos del lanzamiento del Apolo 11. Ella detenida durante la cobertura de la toma de la Embajada de Estados Unidos en Irán, en pleno estallido de rehenes, en 1979… Las coberturas de su historia traspasaron la General Paz, el Meridiano de Greenwich y la Línea del Ecuador.

El museo del periodismo televisivo argentino podría abastecerse de los videos de Mónica en Uganda, en medio del golpe militar dirigido por Idi Amin; o de ella pisando las Islas Malvinas en una transmisión en vivo por primera vez; o en Francia, documentando un partido París Saint Germain-Boca, con la reunión cumbre de Astor Piazzolla, Jairo y Diego Maradona.

Es ese pasaje de la «paqueta tilinga» un poco «marciana» en tierra de necesidades al gran despertar de Mónica. Lo cuenta ella sin vergüenza en su libro autobiográfico Mónica presenta (Planeta). Abre el juego contando cómo esa chica nacida en «cuna de oro» se prepara para un móvil, a puro rimmel, hasta que llega la trompada de realidad, «casitas de barro y chapa, telas como puertas: «¿Cómo es posible que haya gente que viva así? Barrio Evita de Ezeiza. 1965. Eso marcará mi vida».

Descendiente de una familia de la nobleza que vivía «entre 63 jardineros y 18 mucamos», Mónica fue criada en una casa «antiperonista», con niñera inglesa, chofer y vacaciones en Francia e Irlanda. Por decisión de sus padres, su fiesta de 18 años se celebró en Francia, en el castillo Champs-sur-Marne de París, con 500 invitados y dos orquestas. «Me aburrí como una ostra», admitiría Cahen, que ya tenía inquietudes de cantante y terminó siendo actriz para luego saltar al periodismo.

A los 21 años se casó con Iván Mihanovich, arquitecto, polista, con quien había mantenido apenas seis meses de noviazgo. Una década después llegó su coqueteo con la actuación, a pesar de la reticencia familiar. Se dio el gusto de actuar en una película junto a Mirtha Legrand (Con gusto a rabia, de Fernando Ayala) y en telenovelas de los sesenta como Cuatro hombres para Eva. En esa historia encarnaba a la pareja de Jorge Barreiro cuando la sorprendió la convocatoria para Telenoche.

«Vino el productor Carlos Montero a buscarme diciendo ‘Goar Mestre quiere que seas la primera mujer periodista que haga un noticiero». Pensé que estaba loco, no había escuelas de periodismo entonces. Él argumentaba: ‘Sos piola, tenés algo que le llega a la gente, sos culta, simpática y hablás idiomas».

Al principio dijo que no, pero el «no» duró dos semanas. Fue entonces cuando vio su propio entierro en televisión. La creadora en Cuatro hombres para Eva, la escritora Nené Cascallar, se enteró de su salida del culebrón y «casi se infarta». Mónica le propuso: «Matame». Así, Cascallar mató a su personaje. Hizo que la criatura fuera pisada por un taxi.

«Si no hubiera hecho ese camino del periodismo sería una mujer paqueta y además tilinga. Nunca había pensado en ser periodista y nunca volvería a ser la misma después de eso. Telenoche me hizo una mejor persona. En ese momento previo yo no sabía que era ridícula. De chica en casa no escuchábamos radio, nos íbamos al campo. ¿Quién me iba a contar que había otro mundo, trágico?».

«Idealizada como mezcla de Madre Teresa y Evita», en la puerta de Canal 13 la gente se apostaba esperando que saliera. Miles no pedían autógrafos. «Sobredimensionaban mi poder y se acercaban al canal para pedir trabajo o ayuda», contaba hace unos años.
El amor que nació un Día del periodista

Hay una canción que musicaliza la historia de Mónica y César. Sonó el día en que comenzaron a «verse», la bailaron en aquella jornada en la que nunca más se separaron y la evocan en los aniversarios. September Morn, del estadounidense Neil Diamond, resume los inicios de algo que podía no ser más que una noche. Un tramo de la letra sintetiza el resultado de ese Día del periodista en que se acercaron: «Mira qué tan lejos hemos llegado».

«Trabajamos en el 13 sin darnos cinco de bolilla por años», suele contar ella. «A él lo venía a buscar cantidad industrial de señoritas, y él sentía que yo era una tilinga paqueta. Un 7 de junio Eduardo Metzger, nuestro productor, hizo un asado. Comimos, tomamos, bailamos esa melodía. Por cosas que Dios sabrá, nos fuimos y cada uno subió a su respectivo auto. En vez de ir uno para un lado y otro para el otro, los dos fuimos derechito a mi departamento».

Alguna vez confesaron que a la distancia se enviaban télex de amor con seudónimos para resguardar la intimidad. Ninguno imaginaba que el volantazo que animó a César se traduciría en una relación a larguísimo plazo. Con la madurez como capital y los hijos de ella convertidos en «hijos del corazón» de él, César le propuso casamiento en Francia, durante la cobertura del Mundial 1998.

Juegan con que vivieron «en el pecado» durante décadas. El casamiento finalmente ocurrió un cuarto de siglo después del comienzo de la relación, en 2003, en una ceremonia íntima, con diez amigos en San Pedro. No hubo arroz, ni necesidad de esa tradición casamentera de algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo prestado.

«La campiña fue como el hijo que no tuvimos juntos», repiten. «Pensamos que la vida agitada del periodismo iba a terminar algún día y por eso organizamos con tiempo esa salida», explicó una y otra vez Cahen D’Anvers sobre esa muralla campestre que en épocas prepandémicas fue anfitriona hasta de bodas de oro de egresados.

«En el último tiempo en Radio del Plata, muchas veces transmitían desde una radio local de San Pedro», detalla la locutora Belén Badía, que trabajó con ellos en esa emisora entre 2009 y 2015. «Siempre fueron respetuosos de esa vida. El último tiempo terminaban Telenoche y, directo del canal en Constitución, a la nochecita, se iban a La Campiña. Me dejaron enseñanzas de vida fuera del micrófono como ‘Tenés que ser como el pasto y no sobresalir, ser uno más'».

La dupla que tantos extrañan en TV ama la navegación por las aguas del Paraná. No es difícil verlos en su botecito, remando, como una forma de meditación abrazada por el agua. El dúo no está solo en su aventura de la vida a contramano, las rosas y las naranjas. Los acompaña un séquito de perros. Lo cuenta Graciela Demaio, íntima amiga de Mónica, y una de las productoras de Mónica presenta y varios otros ciclos. «Tienen una larga relación con los Terrier, pero aman a cualquier perro callejero. Ella siempre bromea con que los animalitos se pasan el dato y se presentan en la puerta con la certeza ‘andá que ahí te van a atender y a rescatar'».

Todo ese imperio campestre que empezó con una frase de César («Moniquita, o invertimos en bonos o en hectáreas placenteras») continúa con otra, que Mónica tiene presente cada día, como un cartel invisible en la mesa de luz. Se la dijo el psicoanalista Fernando Ulloa a Mascetti a modo de consejo cuando le puso fin a Telenoche: «Que la muerte nos agarre vivos».

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