Héctor Alterio, a los 91 años

A ocho años de su última visita y 47 de su exilio, sube a escena pese a la pandemia. La vida dividida, “incompleto aquí y allá”.
Marina Zucchi
06/06/2021
Clarín

Hay una contraseña para llegar más rápido al corazón de Héctor Alterio. Un código, un pin, una combinación como de caja fuerte que no olvidó y que lo arranca de la distancia y de la pandemia, lo transporta a la Argentina, a los años 20, a su prehistoria, a su folclore familiar. Esa palabra es «pibona».

«Pibona» era Eduardo Alterio, el hermano de su padre, ex arquero de Chacarita en gran parte de la era no profesional. Le pagaban sus atajadas con calzoncillos y camisetas, llegó a convertir goles y sufrió «una maldición»: quiso detener un penal y en un rebote fatídico recibió una patada en los tímpanos que lo dejó sordo para siempre.

Susurrar ese apodo a 10 mil kilómetros es una llave para acceder mágicamente a las distintas capas del recuerdo de este porteño con domicilio en Madrid desde hace 47 años. En septiembre Héctor cumplirá 92, puede olvidarse de nombres o fechas, pero no del caballero «Pibona», la vena genealógica que lo conecta con la mitad que ya no duele: Buenos Aires, el barrio funebrero, el tango, el escolazo y ese arrabal que lo hará siempre un foráneo incómodo en todos lados, una mitad eterna, «incompleto aquí y allá».

Atiende extrañado y con eco el teléfono fijo de su casa de la calle madrileña Arturo Soria. Lo acompaña la mujer con la que convive hace medio siglo, la psicoanalista Angela Bacaicoa, madre de sus dos hijos. Ernesto, el mayor, 50 años, filma por estas horas en la Argentina; Malena Grisel, 47 (la carga plena del bandoneón rioplatense en el nombre) graba en Madrid. Todo parece una espiral permanente, un juego que los lleva y trae a una y otra orilla del Atlántico.

Está vacunado con Astrazeneca. Ese escudo invisible lo anima a girar por España con un espectáculo de poemas de León Felipe (Como hace 3.000 años) que viene cuerpeando desde hace más de 600 días. En gira, se quita el barbijo y el miedo, y como un roble interpreta versos acompañado apenas por la guitarra de José Luis Merlín.

-¿Por qué trabajo en medio de una peste y con casi 92 años? ¡Porque me aburro, no me imagino sin trabajar después de más de 70 años. Y porque todavía tengo que pagar las cuentas!

La vida a 33 mil días de nacido transcurre entre el cuidado de las plantas y los árboles que pueblan su hogar, las visitas de su nieta adolescente Lola, las caminatas por el barrio y la declamación de los versos de su obra hasta en la cama. «Todavía puedo retener bien los diálogos, expresarme ante el público. Eso me permite defenderme, aunque entiendo que los años pueden darme un golpe inesperado en cualquier momento».

Para qué pensar lo que todavía no existe cuando la mente puede distraerse con aliados como el fútbol. Es «meregón» después de un largo camino de camisetas y búsqueda de identidad futbolera española. En pleno régimen franquista y a falta de goles cercanos de Chacarita buscó club «opositor» que no fuera el poderoso Real Madrid, se refugió en el Rayo Vallecano de camiseta riverplatense, quedó imantado por el Barcelona de Maradona y finalmente volvió al punto de partida que rechazó en un principio. «Me rendí ante el Real, no pude evitarlo. Siempre digo que Messi en el Barça es un accidente».

Desde 2013 no viaja a la Argentina. Su última visita fue para el rodaje de la película Fermín (de Hernán Findling y Oliver Kolker), en la que interpreta a un hombre de ochenta y tantos internado en un neuropsiquiátrico que se comunica a través de letras de tango. Aquella estadía lo hipersensibilizó, lo hacían llorar hasta los adoquines. Ese sentimiento contradictorio de «querer pegar la vuelta y a la vez no». El deseo de no quedar succionado por el pasado y a la vez regodearse en eso que lo construyó.

-¿Piensa que podrá volver cuando regrese la normalidad?

-Añoro, pasaron casi 10 años, me obsesiona ir a caminar por donde me crié, eso me permitiría recuperar un lenguaje. He viajado tanto que resisto bien los aviones. Sería una fiesta, pero la situación está confusa.

-¿Cómo maneja el miedo mientras gira con su espectáculo?

-Me da mucho miedo girar por mi barrio, cómo no tener un miedo más grande, pero no soy el único, otros están en la misma situación y creo que el teatro es un colectivo que se ayuda en el miedo. Tendría que quedarme en mi casa y ni salir a la puerta, pero vivo de esto, tengo la fortuna de un trabajo, no puedo darme el lujo de rechazarlo. Mientras tenga curiosidad, voy a seguir. Persisto.

-¿A los 91, qué sentimientos tiene cuando sube y actúa?

-Me siento poderoso. Digo unos versos, hacen silencio, me miran, tengo el poder de manejar sus silencios. Quiero que me presten atención, que me escuchen, que me miren. Sé que es una lucha contra mi vanidad.

La búsqueda de poder -o mejor, de atención- es una constante, un deseo que atravesó la vida de Cacho, como lo apodaban. «Ya en la primaria imitaba a mis maestros, veía en mis compañeros una reacción, una mirada que se sostenía y se clavaba en mí». Más tarde, la adolescencia llegó con el fanatismo por los carnavales, los disfraces que volvían a ubicarlo en el centro del interés popular y que iban constatando «la satisfacción del efecto producido».

Una marca en el antebrazo izquierdo lo salvó a Héctor Benjamín de no ser «cambiado» accidentalmente por otro bebé. En el Hospital Alvear su madre vio al cuarto hijo asomarse con una pequeña huella en la piel, pero al cabo de unos minutos las enfermeras se llevaron al niño y le devolvieron «uno sin marcas». Superado el mal entendido, Héctor llegó a una casa en Chacarita donde su padre montó una sastrería. No era extraño que su madre se levantara a buscarlo por las noches, y lo encontrara por la calle Triunvirato «caminando sonámbulo en calzoncillos».

Hay canciones napolitanas cantadas por su madre que -aunque borrosas- no pudieron desvanecerse de esas reminiscencias de los primeros años. Cuenta que ella entonaba a los pies de su cama para envolverlo en un sueño profundo. Italianos, Giovanni Alterio y Elvira Onorato («honorable», aclara el significado Héctor), se habían conocido en Carpinone, sur italiano, y llegaron después de la primera Guerra Mundial en el buque Principessa Mafalda. Fueron padres de Antonio, Mario y Ángela hasta el «benjamín» (de allí su segundo nombre), que nació el 21 de septiembre de 1929.

Tal vez sea un recuerdo fabricado por relatos ajenos, pero cuenta como leyenda que anoticiado de la muerte de Carlos Gardel escapó de su hogar, diminuto, y llegó a ver el entierro del Zorzal. Épocas en que robaba gallinas junto a un primo. Repitió cuarto grado. La muerte temprana de su padre lo sacó a la calle, a los barrios porteños, a los 12 años. Esa cultura callejera del «niño con aspecto escandinavo, demasiado pálido» lo aproximaría a cientos de personajes, de tonos, de máscaras que iba incorporando.

Fue cadete de farmacia (Farmacia Forest, en Chacarita), ayudante de herrería y tejeduría, vendedor ambulante. En simultáneo participaba del Conjunto Filodramático Dopo Lavoro. Aquella década del ’40 alternaba entre el arte vocacional y las changas para aliviar la desesperación económica de su madre. Años después coronaría su currículum con un empleo formal como corredor de Terrabusi, experiencia que lo paseó desde Liniers a Villa Devoto. De día, los calambres de las caminatas ofreciendo a comercios un menú de galletitas. De noche, los «calambres del alma» en los ensayos.

«Con un compañero de teatro fundaron una empresa de pintura, El músculo duerme. Ese ingenio lo mantenía en el arte y así podía llevar algo de dinero a la casa. Todo ese derrotero era su capital, iba guardando experiencias en su alcancía interior y ejercitando la observación», explica un estudioso de la vida y la obra de Alterio, el periodista Hugo Paredero, elegido por el actor para dar forma a su biografía.

En 1986, tras extensas jornadas de conversación regadas por litros de mate en el Hotel Bauen, Paredero publicó el libro de editorial Trilce. «Descubrí que más allá de su mirada diáfana, de ese celeste cristalino de sus ojos, hay algo clave en cómo mira al otro. No es una mirada que escapa, sino que busca, se entrega. Saber mirar lo convirtió en el actor que puede mutar en un mafioso de cuarta, un militar temible o un gaucho», desmenuza hoy Paradero, que acompañaba a Alterio al restaurante Pippo: «El elixir suyo cada vez que visitaba Buenos Aires era un bife de chorizo y una ensalada de radicheta con ajo».

Fue para 1948 que debutó en escena «con cierta torpeza» en un sainete. Cuenta que llevaba un mate que cayó al suelo y llenó las tablas de agua. Mucho de ese registro humorístico se cuela en anécdotas juveniles. Su nariz, por ejemplo, fue un complejo por el que llegó a tomar decisiones disparatadas. La crueldad de algún compañero («vos no tenés naso, tenés una manija, tucán, sifón, periscopio») lo convenció a usar «una tablita de madera con dos agujeros por los que pasaba un hilo y ajustaba para achicarla».

La actuación extirpaba los complejos. Y el tango lo barnizaba de cierta nostalgia. Su deseo de ser músico quedaba sepultado ante la grandeza de «Pugliese, Troilo» y las citas para ver en vivo al Glostora Tango Club en Radio El Mundo. Tiempos de la primera novia, Onelia, que vivía en Wilde, y de su incorporación al Movimiento Nuevo Teatro, con Alejandra Boero y Pedro Asquini.

«Para 1969/70 llegan todas las decisiones importantes juntas. Dejo Nuevo Teatro, me caso, dejo Terrabusi y me dedico a vivir de la profesión», evoca Alterio, que sabe que es altamente probable que ya no exista para él otro personaje que vaya a parar al reservorio de recuerdos masivos. Siente que fue suficiente con aquel empresario apropiador de una menor de La historia oficial, Roberto Ibañez; o con el viudo que redescubre el amor en La tregua (Martín Santomé), o con el entrañable Nino Belvedere que acompaña estoico la destrucción de la memoria de su mujer con Alzheimer en El hijo de la novia. Fueron más de 100 rodajes de este lado y lo que empezó como una frase común después de Caballos salvajes, se vuelve un eco del hartazgo que a esta altura preferiría omitir, pero le repiten cientos de desconocidos: «¡Puta, que vale la pena estar vivo!».

Desde aquella promesa no cumplida («en una semana regreso») pasaron 47 años y otra Patria, una adoptiva. En 1974 viajó para la presentación de La tregua en el Festival de Cine de San Sebastián y las amenazas de la Triple A le hicieron entender la dimensión de algo que hasta entonces era apenas una palabra, terror. No militaba, pero mantenía una posición ideológica que dejaba ver en sus entrevistas. A su hotel en Madrid -el Wellington- llegaron las amenazas vía un conserje: «Señor Alterio. Ha llamado al hotel un hombre con acento argentino diciendo que si usted no se va de aquí… pum, pondrán una bomba».

Paralizado por el mensaje, mandó a llamar a su mujer para que viajara de urgencia a Madrid con sus hijos, de dos años y seis meses. Ángela llegó con una valija improvisada, y a cuestas los dos críos y el pavor. A su casa de Buenos Aires había llegado una carta con firma falsa de Mercedes Sosa y «una misiva de la Triple A en su interior». En tierra nueva, los Alterio se instalaron en un hostal de la calle Bravo Murillo… «Me asomaba al balcón y lo abrazaba a Ernestito pensando que podían acribillarnos. O caminaba y sentía que cualquiera podía abordarme y apuntarme».

Un dinero enviado desde Buenos Aires le permitió comprar un Seat 127 con el que la familia salía a espantar los primeros miedos por Madrid. Sin saber con qué tipo de gente iba a relacionarse en Europa, encontró «pura solidaridad»: «Aparecían antifranquistas desinteresados que nos prestaban dinero, buscándote un trabajito. No hacían preguntas, ayudaban. Esos primeros años quedaron como un tesoro en mi corazón”.

La primera mitad de su vida ya está casi empatada en años con la segunda forjada en España. De allí ese hablar intermedio, como quien está dividido para siempre, ya no sangrante, sino intentando encastrar las dos partes. Un seseo español intercalado con un mate o una escapada a la parrilla argentina El Gaucho, en la Calle de Tetuán de Madrid.

«Pensar que cuando llegué a España en 1974 buscaba una vez por semana un periódico argentino atrasado, con noticias viejas. La emoción que era tenerlo en mis manos. Ahora aprieto un botón y me entero de todo. No puedo emitir juicios sobre lo que se vive allá, porque no estoy y porque con sus defectos y virtudes es mi país. Me pasa algo especial si digo Argentina».

-¿Qué le pasa?

-Palpita mi corazón cuando la nombro. Pero a la vez mi vida no está allí. Está aquí, con la mujer que amo y que hizo todo fácil.

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