De adolescente oía muy poco y mi cara era asimétrica. No tuve apoyo psicológico: para los pobres no había.

Dos veces comenzó la carrera de Letras. Debió dejar: no hay conciencia de que las clases deben ser aptas para gente con déficit de audición. Pero logró otras metas en la vida que hoy celebra.
María Rosa Iglesias
Clarín
28/05/2021

Mis dificultades para oír empezaron a los dos años, cuando el sarampión enfermó a todos los chicos de la aldea gallega donde nací. Yo era tan chiquita que mis defensas resultaron insuficientes contra el virus. Fui la única que quedó con secuelas: una otitis crónica que, en pocos años, causó una hipoacusia severa y avanzó hasta la sordera total.

A los cinco años emigré a Buenos Aires. A los seis empecé la escuela primaria y descubrí que no oía a la maestra, ni los cantos de las rondas, ni las consignas, ni los cuentos o cuchicheos entre amigas. Gracias a mi papá que me había enseñado a leer, la maestra comprendió que yo no era distraída ni desobediente sino hipoacúsica. No, la ciencia no pudo detener la infección ni la pérdida auditiva que, al final de la primaria, alcanzaba el 50%. No obstante, fui buena alumna y abanderada. Pero era muy infeliz.

Había desarrollado una timidez patológica; me sentía tonta por no estar enterada de lo que todo el mundo sabía; triste porque mucha gente se enojaba o me trataba como lo que no era: una incapaz. Además, la caricatura deshumanizada que los humoristas sin talento y los porteños agrandados hacían en los chistes de gayegos estigmatizaba mi origen. Era una nena inteligente y percibía ese “humor” como pura agresión o pura envidia. Pero, como todo chico, carecía de las defensas psíquicas necesarias para evitar que la descalificación agravara el daño infligido por la hipoacusia. Aún faltaba la frutilla del postre.

A los catorce años, un pólipo complicó la otitis y perdí total y definitivamente el oído derecho y la movilidad del mismo lado de la cara. El espejo me devolvía la imagen de un rostro normal de un lado, rígido, paralizado del otro. A la edad en que las chicas fantasean con un futuro mágico, yo disponía del 20 % de audición natural y una cara asimétrica, deforme, una cara que reía, hablaba o lloraba de un solo lado. Sabía que no era ni fea ni monstruosa pero comprendía que los demás veían una cara –lo primero que se da al mundo– y unos gestos deformados por la asimetría. Me miraban entre asustados y curiosos o peor, con lástima. No, no tuve apoyo psicológico: para los pobres no había. Por varios motivos: las obras sociales y mutuales no ofrecían esa prestación; la gente común confundía necesidad de ayuda con locura y evitaba el diagnóstico psicológico. Y, por su alto costo, sólo las personas pudientes podían pagar un tratamiento privado.

La humillación por repetir un año de la secundaria al haber quedado libre activó mi amor propio. Apoyada en la fe religiosa, con imaginación y perseverancia, busqué estrategias para aprender directamente de los libros, ser una excelente alumna y satisfacer el deseo de superación recibido de mis padres. A los dieciocho años me pusieron un audífono en el único oído que podía equiparse. Pero el audífono equivale a una muleta, no reemplaza al oído natural. Ingresé a la UBA y cursé un tercio de la carrera de Letras.

Enseguida confirmé que mis ganas de aprender no alcanzaban para seguir la cursada y que, en la Universidad, tampoco había tecnología adecuada para los disminuidos auditivos. Las instituciones, los profesores y la gente no entendían ni querían enterarse de qué se trataba la hipoacusia y, como siempre, me dejaron sola con mi impotencia. Pero comprendí algo más importante: la instrucción es sólo una parte de la vida y ningún sabelotodo está completo ni es feliz sin autonomía económica y una vida social entre pares y amigos con los que compartir ideales y tareas. Aunque me comunicaba con compañeras y participaba de la sociabilidad familiar, me aterraban los grupos de extraños: el ruido y las conversaciones cruzadas me impedían conversar, mucho menos ser tenida en cuenta, expresarme y confiar en mi capacidad de seducción.

Impedida de abordar la sociabilidad con gente de mi edad, especialmente muchachos, me sentía encerrada en una torre de cristal, insegura y vulnerable en lo emocional, frustrada en mis ganas de aprender y entender la vida. Veía pero no entendía; quería salir del encierro pero no lograba que mis pares me vieran o aceptaran. El afecto de mi familia no alcanzaba: yo era complicada y ellos no sabían cómo ayudarme. Con o sin razón, me sentía hostigada, criticada, un estorbo. Necesitaba ayuda profesional que tardó en llegar y, cuando la encontré, fue una sangría excesiva para mis posibilidades económicas de entonces.

Oír permite interpretar el mundo cercano y visible y también el invisible: oímos un grito de advertencia, el llamado del hijo, pasos en la oscuridad. Es la función necesaria para acceder al lenguaje oral que nos diferencia como especie, para nombrar el mundo material y desarrollar el psíquico: abstracciones, procesos mentales, fantasías, sentimientos, conectar lo aprendido con información nueva. La luz sonora es indispensable para estructurarse como sujeto social valioso y pleno, para convivir y competir, para comunicarse consigo mismo poniendo orden y claridad en ideas y emociones.

Como es invisible, la deficiencia auditiva está subvalorada y expone a descalificaciones y maltratos continuos. Los tropiezos del disminuido auditivo, al contrario que los del ciego, se dan en la interioridad de su psiquis y no despiertan empatía sino fastidio. Esto refuerza la infelicidad y la sensación de estorbo e incomprensión que sufren muchas personas con pérdida de audición.

Los hipoacúsicos no somos sordos porque oímos la voz humana, en general con el auxilio de un audífono. Esta es la diferencia fundamental entre sordera e hipoacusia. Por el daño orgánico sufrido en sus oídos, por la necesidad de usar lenguaje de señas, por los inconvenientes para oralizarse y participar plenamente del mundo laboral y social con los oyentes, los sordos socializan en grupos de pares, es decir, con sordos.

Los hipoacúsicos estamos en el medio: no nos integramos en los grupos de sordos por diferencias en el uso del lenguaje y en la estructuración de nuestro mundo psíquico. Deseamos seguir participando del mundo oyente, pero siempre estamos en desventaja. Nos aburrimos y nos frustramos mucho. Aislarnos es la tendencia natural de los que oímos poco. Y ya sabemos que el aislamiento es el primer paso hacia la depresión. Evitarlo es una lucha cotidiana, un enfrentar miedos y nadar contra la corriente que empieza cuando nos levantamos y continúa en las pesadillas del sueño.

Por la ignorancia, la incomprensión o la indiferencia de los oyentes somos tratados como necios o personas de mala voluntad. Esto nos obliga al continuo trabajo de levantar una autoestima que suele ir por el suelo. Y a esforzarnos mucho. Lo que yo no oía en las clases o conferencias trataba de aprenderlo en los libros. O recurría a la ocasional –aunque insuficiente– ayuda de alguna compañera, que las tuve y muy generosas.

Siempre estaba expuesta al ridículo de ignorar lo que sabía todo el mundo, de intervenir en un momento inadecuado, de repetir o preguntar lo que ya se había dicho. O prudentemente, guardaba silencio y me quedaba al margen. Lo peor fue, como dije, que me sentía incapaz de seducir porque no confiaba en mí misma y nada compensaba la hipoacusia, la timidez, la falta de información que circula por vía oral. Mi parálisis facial agregó la vergüenza de una sonrisa reducida a una mueca. Me llevó muchos años de kinesiología paliar, sólo en parte, aquel desastre estético. Y muchos más reparar tanto daño psíquico.

El Estado debe asumir con eficacia y sin excusas su obligación de implementar políticas públicas para evitar la marginación de los disminuidos auditivos. Facilitando su acceso a audífonos o implantes cocleares e instalando en escuelas, universidades, salas de conferencias, etc., tecnologías que les permitan oír o leer lo que se debate. Y debe enseñar, en la escuela y otros ámbitos, a hablarles en forma adecuada: en lugares con buena luz y de frente, para que puedan leer el movimiento de los labios del hablante. Hablarles en forma pausada facilita esa lectura y, si el sordo no entendió alguna palabra, tiene tiempo para pensar y completar el sentido de la frase. Nunca gritarles, ni impacientarse, ni hacer gestos de fastidio que humillan y angustian.

Cuando se grita, se habla más rápido y se modula peor, así que el hipoacúsico oirá mejor si se le habla con tono y ritmo normales, no a los gritos. Se debe repetir con calma las frases, buscando sinónimos para las palabras que no entiende. Si es necesario, escribir lo que no entiende, sobre todo cifras, horarios o direcciones. Evitar los ruidos y música de fondo, apagar la televisión, pedir silencio a los grupos de gritones. Y respetar las reglas de buena educación: hablar de a uno por vez, sin interrumpir ni superponerse con otro hablante. Avisarle al sordo si otra persona se agregó a la conversación para que lo mire y haga la lectura labial necesaria.

¿Cómo sigue mi historia personal? Dejé los estudios y busqué trabajo, lo cual no fue nada fácil. La desesperanza me entrampó con un hombre débil, padre de mis dos hijos. Fui la primera divorciada de la familia, culpable, según algunos, de no saber elegir un buen compañero. Pese a mi patológica timidez –y con la esperanza de superarla–, me asocié con un oyente para poner una papelería escolar, artística y técnica donde con habilidad, intuición y esfuerzo atendí al público y conocí personas magníficas y no tanto. Ahí aprendí lo más valioso: la vida y las personas somos complejas. Siendo mis hijos adolescentes, con la colaboración de mis padres y de mi socio, seguí trabajando y retomé los estudios. De nuevo tropecé con la realidad de mi pésima audición. Debía abordar la literatura con los conocimientos ya adquiridos porque mis hijos necesitaban una mamá presente, no una obsesionada por el diploma universitario. Tampoco esta vez me arrepentí de abandonar la Universidad. Mi hijo mayor estudió Historia; la menor, Geografía. Son investigadores del CONICET. Hoy estoy jubilada y disfruto del jardín que recrea los verdes de la aldea donde nací. Mis nietas, Antía Pilar y Joaquina Rosa, completan mi universo familiar.

Escribir fue mi escape de la realidad, mi confesionario, mi fábrica de ilusiones. Poemas, relatos breves y una novela donde abordé mis dos pérdidas: la identidad cultural al abandonar mi lugar de origen y la identidad social por el déficit en mi integración al mundo oyente. Se llama “Aurelia quiere oír” y fue editada por Editorial Paradiso en el año 2019. La presenté en Galicia, en Buenos Aires, en Mar del Plata y, de modo virtual, en Milán. “Aurelia quiere oír” es una ficción apoyada en mi experiencia de la emigración y de la hipoacusia. Todas las ficciones que conozco con personajes sordos o hipoacúsicos están escritas desde la mentalidad, la cosmovisión y la comprensión de sus autores oyentes que ignoran el padecimiento psíquico de quien, por la falta de información sufre de muchas dudas e incertezas.

Estoy en la etapa final de otro libro: Aurelia ya puede oír con el relato de mi parcial recuperación auditiva luego de recibir un implante coclear en el único oído que lo acepta. El otro, el perdido a los catorce años, sigue tan inútil como entonces.

No me siento fracasada, dolida sí, por las oportunidades perdidas, la incomprensión y la soledad padecida. Pero aprendí a disfrutar de los éxitos y afectos logrados. Que fueron, pese a todo, muchos.
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María Rosa Iglesias no pudo recibirse de licenciada en Letras pero sí de comerciante, madre, abuela y paisajista de su huerto-jardín. Ahí, el rocío, la lluvia y la luz temprana, relumbran los verdes perla de su Galicia natal, calman el dolor de la emigración. La hipoacusia sufrida desde chiquita recortó sus alas, pero no la voluntad de aprender y cultivar amistades. Leyó mucho, escribió poesías, cuentos y la novela “Aurelia quiere oír”. Su personaje revive su propia experiencia y desorden mental por la información recibida de a pedazos. La frustración y los límites para aprender, trabajar, conversar, elegir pareja y construirse como persona autónoma en una sociedad que no entiende la hipoacusia.

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