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Tiene 98 y sigue jugando: Yuri Averbakh, el gran maestro de ajedrez más longevo del mundo

El último sábado el ruso Yuri Averbakh cumplió 98 años. Es el gran maestro más longevo del mundo. En los cincuentas fue un jugador de primera línea. Su mejor ubicación en el ranking mundial fue la octava, y su mayor logro deportivo se dio, tal vez, en 1953, cuando ganó el Campeonato Soviético, que sería -por hacer una comparación- como ganar el anillo de campeón de la NBA en el básquetbol de hoy.

Pablo Ricardi
La Nación
14.2.2020
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El tiempo de las viejas es ahora

El mercado de trabajo, el mercado del deseo, el mercado en general expulsan a quienes habitan ese largo tiempo de la vejez cuyo comienzo no es claro aunque es cristalino su final: la muerte. Y para las mujeres y para quienes se reconocen en femenino, esa expulsión es aun más cruel y exigente. Porque se puede ser vieja, pero que no se note. Porque ya que sos vieja y te jubilaste, cuidá a tus nietxs o sobrinxs. Porque para ellos es sexy el pelo plateado pero para ellas es desprolijo. Sin embargo, así como cambia el modo de vivir la juventud, la vejez y las viejas también se transforman y empiezan a quitarse los mandatos de encima, a pensarse colectivamente, a querer gozar y no sólo atravesar los últimos, largos años. Porque aunque la vejez es larga, la vida sigue siendo corta y es ahora cuando vale la pena vivirla.

Por Laura Rosso
Página 12
7.2.20
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La vejez, la edad del desenfado

Es maravilloso ser vieja. En los últimos años recuerdo a menudo esa frase, que alguna vez leí y mi memoria atribuye a Colette, aunque no tengo certeza. Busqué la cita en estos días y no pude encontrarla. Cumplir sesenta años, tener más de sesenta años, significó para mí comenzar a transitar otro modo de habitar y habitarme. Un pasaje radical a la conciencia cotidiana de que tenemos “fecha de vencimiento”.

Por María Sonderéguer
Página 12
7.2.2020
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Angélica: tiene 100 años, fue corsetera de Evita y conversaba con Jorge Bergoglio

«Tomé muchos años jalea real, puede ser que eso me haya mantenido». Quizás Angélica Clara Pietrantonio tenga razón y esa sea la pócima mágica para llegar a los 100 años como llegó ella. Luce espléndida, coqueta, con unos ojos celestes que atraviesan al interlocutor. Solo ingiere tres medicamentos diarios: uno para equilibrar la presión, de rango excelente, otro para la digestión y alguno más sin demasiada trascendencia. La audición le falla un poco. Algo hay que tener, sobre todo a los 100. Hasta hace pocos años tejía y salía sola a hacer las compras por Núñez, su barrio, ese en el que la conocen todos. «Ahora no hago nada, estoy de vaga». Trabajó desde los 15 hasta los 88 en esa noble misión de engalanar las intimidades femeninas: «Fui corsetera, y también modista, sastre y bordadora en piedra», dice con orgullo mientras se dispone a posar para el fotógrafo de LA NACIÓN con naturalidad sorprendente. Esa familiaridad con el lente debe tener mucho que ver con su historia. Desde muy jovencita su profesión la llevó a trabajar cerca de las luces del espectáculo y coser para grandes figuras del mundo del cine y de la radio como Eva Duarte, Niní Marshall, Paulina y Berta Singerman, entre tantas otras. Las trató en intimidad, a partir de ese vínculo estrecho que se genera entre las estrellas y quienes se encargan de emperifollarlas, esos seres de ayuda invaluable que conocen los secretos y debilidades más íntimas de las celebridades. «Antes se respetaba más a las actrices, caminaban por la calle y nadie les podía decir nada», rememora Angélica en ese departamento en el que cada foto es un testimonio y cada objeto un recuerdo de aquel tiempo que, desde el ayer, conforma su hoy. Su casa no huele a naftalina ni tiene tonalidades sepias. Es que ella es puro presente. Divertida y de carácter. De eso puede dar cuenta Leo Herrero, el sobrino que convive con ella, la cuida, y quien heredó la pasión por el vestuario escénico, la escenografía y la ambientación de espacios. Tía y sobrinos hablan el mismo idioma.

Pablo Mascareño
La Nación
6.2.2020
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Juntas y Unidas: la cooperativa trans que cuida a personas mayores

Yanina Saucedo, 49 años, sale de su casa a las ocho de la mañana. No quiere llegar tarde al geriátrico donde trabaja dos horas por día cuidando a Rosita, una señora de 91, “italiana, divina, lúcida y sin prejuicios”. Yanina lleva una ensalada de frutas que preparó porque sabe que a Rosita le dan ganas de comer algo fresco en verano. “Mi trabajo es ése: acompañarla, que esté mejor”, dice. El día anterior le leyó cinco párrafos de un libro. No se acuerda el nombre pero sí que hablaba del mar y de la soledad. Yanina Saucedo es una de las seis trans/travestis que integran Juntas y Unidas, una cooperativa de trabajo que ofrece servicios de acompañamiento y promoción gerontológica en la ciudad de Rosario. Surgió a partir del acompañamiento del Núcleo de Diversidad y Género de la Asociación Civil Programa Andrés Rosario, una institución que se aboca al tratamiento de consumo problemático y situaciones de vulnerabilidad de derechos.

Por Laura Hintze
Agencia Presentes
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