Tiene 94 años, trabajó 73 en una secundaria porteña y espera una despedida formal

Temido y querido por igual por los alumnos de la Escuela Argentina Modelo, fue preceptor y secretario hasta la pandemia
8 de octubre de 2021
La Nación

Acaricia el apoyabrazos derecho de su sillón de terciopelo verde y recuerda cuando, hace algún tiempo, un exalumno del colegio en el que trabajó durante 73 años como preceptor y secretario lo increpó en una cena de fin del ciclo lectivo. “Vos sos un…”, le gritó el hombre, mientras lo zarandeaba de los hombros.

A pesar de los “improperios” recibidos, como Miguel Ángel Vallvé los define, él es un ícono querido y respetado en la Escuela Argentina Modelo, que lo vio egresar, madurar, trabajar, casarse, ser padre y hasta enviudar.

Los cientos de apercibimientos que repartió entre los estudiantes más complicados y su firmeza en las horas de penitencia de los sábados lo convierten en una de las figuras más significativas y renombradas de la institución de 103 años, donde también estudió el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta.

La vida activa entre el trabajo y las actividades deportivas en el club se terminaron con la pandemia, que lo obligó a interrumpir su carrera laboral en el mismo colegio donde cursó el secundario y donde su padre dio clases hasta el día de su muerte, cuando él tenía doce años.

El hombre, de 94 años, se reconoce como “un ejemplar centenario de la escuela”, ya que desde 1930 está atado a la institución, cuando su padre era docente de lengua y literatura y, luego, secretario del secundario, el mismo cargo que él tomó a partir de 1960. Este año, Vallvé decidió renunciar. “Sentí cómo me crujía el esqueleto”, comenta con pesar, aún a la espera de una despedida formal.

De traje oscuro e impecable, con camisa blanca impoluta y su pantalón recién planchado, Vallvé se limpia las pelusas de sus mangas y trae al presente una de las peores bromas protagonizadas por los jóvenes.

En el living de su casa, con paredes que sostienen más recuerdos de los que él mismo puede hoy detallar, el expreceptor de secundaria cruza los brazos, también las piernas, mira hacia arriba y se transporta a los pasillos donde pasó la mayor parte de su vida.

“Los baños de hombres están embaldosados, pero en la parte de arriba, no. Entonces, ahí solía aparecer mi nombre con una cantidad de calificativos de toda clase que me hacían dudar de mi propia personalidad”, cuenta Vallvé y guiña un ojo, en busca de complicidad. “Cualquier cosa de mí escribían estos chicos, ¡parecía un baño público!”, dice, y se agarra la cabeza con ambas manos.

Se identifica como severo y quienes se cruzaron con él lo recuerdan así, incluso después de muchos años. “Me pusieron muchos sobrenombres… Algunos se pueden decir y otros, no”, reconoce con su humor ácido. Además, comparte una de sus mayores estrategias a la hora de domar divisiones de 40 varones. “Hay que tener de su lado a los líderes de la manada, eso es fundamental”, asegura.

Tal es el vínculo que forjó con sus alumnos, siempre con la firmeza de por medio, que en muchas oportunidades fue invitado a los casamientos. En el de un egresado, apenas Vallvé entró a la iglesia, el novio se le acercó preocupado y, “como loco”, le dijo: “No, no, no. Cumplí todo, no debo nada, cumplí todas las penitencias”.

El exsecretario se refuerza la raya del pantalón impecable, que parece recién salido de la tintorería tintorería, con la ayuda de sus manos y reflexiona: “Yo creo que la fama que me han hecho de exigente fue un poco porque papá era así. Me daba libertad, por un lado, pero había cosas que no aceptaba como llevar una mala nota porque me dejaba encerrado”.

Está convencido de haber heredado de él la disciplina y, como años más tarde lo sucedió en el trabajo, también tomó de su padre algunas características que sus compañeros más grandes le comentaban que compartían.

Mueve el pie derecho, como marcando el ritmo, para hacer memoria y retrocede más de 80 años. “Mi padre me castigó y cuando se murió no me dio permiso para salir, me quedé una semana encerrado, solo iba al colegio. Me dejó esas indicaciones para ayudar a mi madre y me dijo que en casa había trabajo”.

Para Vallvé y su familia, hay un exalumno que resume a la perfección su paso por la escuela. “Cuando lo tuvimos era un turro, pero cuando uno egresa se lo quiere”, decía San Martín, un joven que pasó por las aulas de la Escuela Argentina Modelo.

“En la medida en que uno trate a los alumnos con respeto, justicia y corrección, después regresan con cariño. Así lo viví con todas las camadas que tuve en todos estos años”, analiza el hombre que se pasaba las tardes de los sábados en las penitencias escolares.

Vallvé fue el encargado de darles diplomas a muchas generaciones. “En una entrega de medallas, estaba un alumno con su padre y su abuelo. Me abrazaron los tres porque todos pasaron por la escuela y por mis sanciones”, recuerda.

Si bien ya no trabaja en el colegio que lo vio crecer hasta sus 94 años, todavía no cree que haya llegado su último día. Todavía espera, cuando la situación sanitaria lo permita, volver a caminar los pasillos y renovar su historial de bromas y penitencias.

Bárbara Epsztein

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