Fue empresario, navegó 20 años, y a los 74 volvió a cambiar: ahora recorre las rutas en solitario

Alejandro López lleva los últimos años de su vida explorando el mundo en una 4×4 adaptada, con colchoneta y frezzer
11 de septiembre de 2021
Constanza Gechter
La Nación

“Pensé que me quedaba a pasar la noche acá”, exclama Alejandro López feliz cuando el equipo de LUGARES se detiene a socorrerlo en la soledad del áspero camino de ripio que lleva al Parque Nacional Perito Moreno, una ruta por la que hasta en temporada circulan muy pocos ya que es inhóspito parque recibe tan solo mil visitantes al año. Tiene un neumático destruido y el criquet se vence cuando quiere levantar su pesada camioneta Hilux con cabina que le hace de casa varios meses al año. Pero Alejandro −de 74 años− no parece nervioso, sino más bien divertido con lo inesperado. De espaldas al furioso viento patagónico que todo lo vuela, comienza a relatar su historia.

Alejandro salió de Buenos Aires en 2018 a barrer la Patagonia entera con su camioneta 4×4 hasta que la cuarentena de 2020 lo detuvo en Gobernador Gregores y tuvo que hacer una pausa en su proyecto de viaje permanente. Dice que busca “navegar la tierra” porque viene de la náutica, su verdadera pasión, que abandonó como estilo de vida cuando, instalado con el barco en Brasil trepó al mástil para darse cuenta que, con 69 años, los músculos no le respondían como solían hacerlo. No tenía la fuerza suficiente. “Me costó. Hasta entonces, sentía que podía hacer cualquier cosa, que era todopoderoso, pero decidí que se había acabado para mí: ya había recorrido en barco toda la costa brasileña. Tenía plena satisfacción, pero no me veía quieto en mi casa de La Lucila… Si no me puedo mover, siento que me enfermo”, asegura.

“¿Qué hago ahora?”, dice que pensó cuando se dio cuenta de que dejaba de ser un “joven-viejo de 65 años”, según sus palabras. “Decidí navegar en camioneta, en donde el riesgo mayor va a ser quedarme sin nafta o pinchar una goma: alguien siempre me va a ayudar”, cuenta. Entonces, reemplazó las cartas náuticas por mapas, el timón por el volante, las velas por ruedas y se propuso encarar en vehículo los rincones más inhóspitos a los que, conociendo sus propias limitaciones, podía llegar. Si las últimas dos décadas las había pasado navegando, ahora era el momento de la ruta.

Un golpe de suerte

No fue el primer volantazo de su vida. Cuando tenía 45 años dejó el mundo corporativo y la relación de dependencia, después de llegar a los puestos más altos en su profesión como director de compañías. Abrió su propia empresa de agua en botellones. “La vendí cuando tenía 52, unos pocos años antes de la crisis del 2001 y ese fue mi pleno: un gran golpe de suerte”, asegura. Enseguida alquiló una oficina para buscar nuevas alternativas, y exploró negocios en todos los rubros posibles hasta que un día se le prendió la lamparita y decidió derribar expectativas propias y ajenas. Dejó de lado la ambición. Supo que a ese dinero no lo iba a reinvertir, que lo quería disfrutar porque “la vida es corta”. Y se dedicó a su hobby –la náutica− veinticuatro horas, siete días a la semana.

Alejandro navegó deportiva y recreativamente, corrió pequeñas regatas hasta que recaló en Fernando de Noronha, y una de las cosas que más disfrutaba era tirarse al mar apenas despertaba cada mañana. “Cada viaje era de un año y la familia iba y venía al barco, se acoplaba cuando podía”, cuenta. No fue fácil convencer a su mujer, Carol Anne Gibson –ama de casa y profesora de inglés– con quien llevaba décadas de matrimonio, cuatro hijos y varios nietos y que insistía con el mandato del matrimonio tradicional, “que pasa gran parte del día juntos”. Hubo que negociar. “Con honestidad le dije que necesitaba tener mis tiempos, sentir el viento y el frío en la cara, cosa que a ella muy simpático no le cayó”, dice. De a poco, ambos se fueron acostumbrando hasta que la distancia y los encuentros más esporádicos se convirtieron en algo habitual. “Se dio cuenta de que yo no tenía ninguna intención secundaria más allá de poder tener mi libertad, mi intimidad y mis tiempos”, asegura Alejandro.

La camioneta y yo

Tan libre como su matrimonio fue el pacto que hizo con la camioneta, su nueva compañera de aventuras. Alejandro quería que fuera un vehículo chico 4×4 para tener agilidad en los caminos y así poder ir de Ushuaia a Iquitos −en la Amazonía peruana−, su objetivo final. “Decidí probar cómo me resultaba esto de la camioneta: éramos una pareja moderna, no había nada firmado”, explica riendo. La dupla funcionó: a la Toyota Hilux de 2005 la equipó con una cabina simple, un par de tablas muy rudimentarias y una colchoneta que hacen las veces de cama y debajo de las cuales se guardan los comestibles. Consiguió bolsas de PVC que contienen 70 litros de agua potable, garrafas, un calefactor a gas y dos neumáticos de repuesto. Además un freezer, “lo más importante y alrededor de lo cual se construyó la camioneta para tener cubitos de hielo siempre listos para los whiskies a la puesta del sol”, cuenta. Lleva comida como para un mes, y todas las herramientas necesarias que –admite– no sabe usar.

Vacaciones con confort

Con su mujer llegó a un arreglo: alterna su vida de viajero independiente con estadías más tradicionales que suceden en los tramos que a ella le resultan atractivos y en los que se le une en viaje. Vuela desde su casa en Buenos Aires donde tiene su vida armada, y se pliega a su marido nómade para compartir un par de meses de ruta. Recorren en camioneta, pero la mayor parte de las noches las pasan en hoteles con cierto confort, un buen baño y agua caliente. “Hemos dormido en lugares muy especiales en la camioneta por un día, después nos volvemos al hotel”, asegura él. Alejandro hace malabares para conciliar las dos maneras de viajar: ha regresado 600 kilómetros por el trayecto ya recorrido para hacerlo a su manera, para explorar un poco más. “La otra alternativa es recorrer solo, y volver después a los sitios que sé que a Carol le van a gustar más”, expresa. Cada tanto, Alejandro regresa a Buenos Aires, se queda un tiempo, se pone al día con sus cosas y vuelve a salir.

A la hora de viajar, no lo hace con un itinerario formalizado, va buscando en el camino sitios y rincones que le llaman la atención, y rehúye de lo estrictamente turístico. Desde que arrancó por el sur de Chile, lleva recorridos unos 25.000 kilómetros. Alejandro busca no solo paisajes; persigue experiencias como el encuentro con algún poblador que le cuente historias, y aventuras sencillas como la que significó acampar alejado de todo en la cabecera del lago Burmeister, en el Parque Nacional Perito Moreno.

Con 74 años tiene un estilo de vida que cualquiera de sus hijos o nietos, o los amigos de éstos mostraría activamente por redes sociales. Pero Alejandro dice ser “analógico”, de otra generación. No se llena de fotos. Tampoco registra su trayecto en una libreta porque necesita contárselo a nadie. “Es un camino mío”. Con atardeceres y paisajes que disfruta solo, con un vaso de whisky en mano.

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