Gustavo Santaolalla: siete décadas marcando el beat

El músico, productor musical y compositor para cine hoy incursiona en las partituras para videojuegos. Ganador de dos premios Oscar, Santaolalla desanda aquí el camino y, por primera vez, defiende la serie Rompan todo.

Gabriel Plaza
20/08/2021
Clarín.

Hace pocos días Gustavo Santaolalla, el músico, productor y hombre orquesta al que no le alcanzan las horas del día para seguir trabajando, cumplió setenta años y tiene una sensación extraña. “Yo no tenía imágenes de varones viejos en mi familia. A mis abuelos no los conocí, mi papá murió cuando yo tenía 20 años y siempre estaba convencido que me iba a morir joven. De chico no tenía la imagen de un Santaolalla viejo”.

Su padre, Alfredo, que trabajaba en una agencia de publicidad, murió en un accidente de auto. De él conserva un consejo que le dio a los once años: “nunca hagas nada que no te haga feliz”. De su madre Orfelia Abbate, que vivió hasta los 96 años fumando y tomando un vaso de whisky todos los días, conserva una imagen que lo sigue emocionando. Ella sola en la casa de Ciudad Jardín, en El Palomar, abrazada al televisor cuando anunciaron que había ganado su primer Oscar de la Academia de Hollywood por la música de Secreto en la Montaña.

-Por suerte, mi viejo, a quién perdí siendo chico, me llegó a ver en el estado de River tocando la ópera Sudamérica con Arco Iris, o sea que llegó a ver mi progreso. Estuvo muy bueno. No llegó a ver lo del Oscar ni a mí en esta dimensión. Mi vieja, sí; vio todos mis logros y siempre estuvo re feliz.

La lista de logros de Santaolalla es extensa. Integró una banda pionera del rock como Arco Iris, entre 1968 y 1975; produjo el disco De Ushuaia a La Quiaca, de León Gieco, a mediados de los 80, y una docena de los discos más importantes del rock latino, entre los 90 y los 2000. Fundó el grupo Bajofondo, ese laboratorio de tango y música electrónica, acorde al siglo XXI. Ganó dos Oscar de la Academia de Hollywood, entre 2005 y 2006, los dos premios Bafta de la Academia de Cine y Televisión Británica y un Golden Globe de la prensa extranjera por su música para películas. Acumula dieciséis Latin Grammy y dos Grammy anglo, por sus producciones artísticas. Eso le dio un reconocimiento internacional que pocos artistas argentinos tuvieron y ninguno en el rock co su nombre propio. Es una liga de glorias presentes y pretéritas, que comprende a Daniel Barenboim, Martha Argerich, Carlos Gardel, Astor Piazzolla, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, los jazzeros Lalo Schiffrin y Gato Barbieri, y pocos más.

Para el músico, productor musical y compositor, nacido en 1951, criado en un hogar clase media de El Palomar, esa lista de logros, que recorre cuando está entrando a otra nueva década de vida, es otra más modesta. Sus hitos son el día que, con 16 años, puso el disco Expression del saxofonista John Coltrane, una y otra vez hasta que entendió esas secuencias de freejazz a las que no estaba acostumbrado un chico de su edad; o cuando escuchó su primera canción de Arco Iris sonando en el programa “Modart en la Noche”, con la radio Spica bajo la almohada porque al otro día tenía que ir al colegio; o el momento que conoció a Jaime Torres y este lo alentó para que grabara un disco con el ronroco, ese instrumento de afinación más grave que el charango, que lo tenía fascinado y fue esto lo que le permitió entrar en el mundo del cine; o cuando hace 10 años, a los 60, se dio cuenta de que había pasado el tiempo y no se había dedicado a su propia música lo suficiente.

De ese inventario más personal, hay una imagen que, cuando la recuerda, lo vuelve a dejar mudo unos segundos. “Estábamos haciendo De Ushuaia a La Quiaca (1986) y nos tocó grabar a la coplera Gerónima Sequeida. Nosotros sabíamos que se estaba muriendo de mal de Chagas. Teníamos puestos los auriculares y dijo primero la copla hablada, para luego cantarla: “Cuando se muera esta Sequeida, no le recen ni un bendito/, hagan de cuenta se ha muerto, de la majada un cabrito”. Fue un momento en que se detuvo el tiempo. Es muy especial escuchar a una persona que le está cantando a su muerte así, llena de sabiduría”. En nuestra entrevista de varias ocasiones por zoom, desde California, Santaolalla respondió así.

–A los 70 me quedan muchas cosas por hacer pero no tengo tiempo para hacerlo todo. Quiero hacer un EP de bagualas; siento que las puedo cantar mejor que nunca. Me reencontré con mi canto; mi rango creció con la edad. Son muchas las cosas que pasaron en estos últimos diez años que me trajeron hasta acá. El haber cumplido 60, las nietas, los problemas financieros que tuve y cosas personales que me hicieron poner en pausa de todo. Eso ocurrió en esta década y no fue moco de pavo… En un nivel, es una especie de reseteo. Entonces estoy en ese proceso. Haber hecho la serie documental Rompan todo, es parte de eso, con todas las consecuencias para bien y para mal.

En 2021 Santaolalla fue vapuleado en las redes sociales por la serie sobre la historia del rock en America Latina, transmitida en Netflix y seguida por millones de espectadores. En Rompan todo, el músico participó como productor cinematográfico y a la vez, como protagonista y entrevistado, junto a unos cien monstruos sagrados y artistas como Fito Paez, Andrés Calamaro, la banda colombiana Aterciopelados y los mexicanos Café Tacuba, entre otros. Con dirección de Picky Talarico, guión y producción de Nicolas Entel (director del documental Pecados de mi padre, basado en la vida de Pablo Escobar), el documental generó en nuestro país debates acérrimos, un duelo crítico a favor y en contra, mientras los medios internacionales The Guardian y The New York Times recibieron la serie con elogios, porque les acercaba un universo musical desconocido para el público anglo. La divergencia es natural: el principal motivo de disputa eran la autoreferencialidad, la subestimación o nula importancia que se daba a las mujeres artistas (Julieta Venegas y Juana Molina, casi las únicas nombradas) y, en general, un registro para muchos mezquino de las manifestaciones por fuera de los consagrados y el establishment.

–Imaginate lo que fue todo eso y la catarata… Me ligué todos los tomatazos porque era el más visible; pero yo era solo uno de los responsables. Ese documental era importante contarlo; esa conexión entre el rock latinoamericano y la parte política no se había hecho antes. Fue un proyectazo, abrió controversias. Pero bueno, quedó el documental y se hizo una playlist en Spotify con los 140 tracks que se licenciaron. Ahí está toda la información, en Rompan todo; da para que la gente se meta más.

–Los memes sangrientos, ¿te los tomaste con humor?

–Me cagué de risa; los tengo guardados todos en una carpeta. Había algunos geniales. Ese en que estamos como en una clase sentados y está a mi lado Paul McCartney, copiándose de mí…, increíble. Me hizo acordar a una revista en México que cuando quería explicar quién era George Martin decían: “Es una especie de Santaolalla de Los Beatles”.

–Rompan todo generó mucha discusión por el recorte de los artistas que participaron.

–Una de las cosas que quiero aclarar es que de las 87 bandas que aparecen, yo trabajé con 13 artistas. Ahora si sucede que esos 13 son muy importantes y han hecho discos relevantes, bueno; es la realidad. Nuestro deseo era que a partir de esto pudiéramos hacer mas capítulos dedicados a las mujeres, el metal, el reggae y el rock barrial. Aunque tuvo un éxito de público increíble, por ahora no esta esa posibilidad de continuar. Me parecería genial que aquellos que tienen tanto que decir, hagan sus propios documentales.

–¿Cuál es tu balance?

–Entre lo que puede no haber estado como me hubieran gustado y las cosas buenas, creo que el saldo es recontra positivo. No sabés el impacto que tuvo en el mundo; en su momento fue lo más visto de Netflix en Argentina, México y estuvo en el puesto de las 15 más vistas en todo el mundo. Fue muy, muy, muy importante hacerlo con esa premisa, que la historia del rock estuviera yuxtapuesta con la realidad geopolítica del momento. Es lo que queríamos mostrar.
El arte de andar rodando

Remera de estampado psicódelico, un rosario budista, pelo largo canoso y la barba tupida, con cuidado corte de patriarca o prócer. Son las once de la mañana en Los Angeles. En la pantalla, tiene el mismo aspecto hippy de los años 70 que aparece en la tapa de la reciente biografía de Arco Iris escrita por Fabio Scaturchio.

La fotógrafa Alejandra Palacios, su pareja desde 1985, con quien se conocieron en el proyecto De Ushuaia a La Quiaca, le alcanza un termo con el mate y saluda a cámara. Con ella tuvo dos hijos; Luna, de 27 y Don Juan Nahuel, de 21 años. Tiene otra hija mayor llamada Ana, de una relación anterior, y dos nietas, Paz y Sienna. Todos viven en la misma ciudad.

Santaolalla llegó a Estados Unidos en 1978, donde lo recibieron Edelmiro Molinari, guitarrista de Almendra, y Gabriela, una pionera del rock nacional. Eran parte del gran exilio de músicos argentinos en la dictadura militar. En un viaje fugaz a la Argentina en 1981, grabó su primer disco solista, calificado entre los mejores cien discos del rock nacional para la revista Rolling Stone, que incluía el hit “Ando rodando”. Nunca lo pudo presentar en vivo porque estalló la guerra de Malvinas y él se quedó en Los Angeles profundizando su trabajo como productor. “Coincide con mi relación con Alejandra; me corro del foco y pongo mi talento al servicio de otra gente. Ahí empece a realizar varios proyectos, porque hasta ese momento sólo había producido los discos de Arco Iris y León (Gieco)”.

Con los años fundó Surco con su socio y amigo Aníbal Kerpel (ex integrante de la banda Crucis), una productora donde trabajan cuatro personas y reciben proyectos que llegan de todo el mundo para producir discos, crear obra nueva para videojuegos y hacer bandas de sonido para películas. Entre los 90 y los 2000, Surco vivió una etapa dorada y trabajó en más de cien producciones. De Molotov a Los Prisioneros. De Café de los Maestros a Café Tacuba. De Divididos a Julieta Venegas. De Orozco Barrientos a Juana Molina. De la Vela Puerca a Bersuit Vergarabat. “No es solo la cantidad sino la importancia de los discos que hemos hecho. Un álbum como Corazones de Los Prisioneros es enorme en todo el territorio. Ni que hablar de Re de Café Tacuba, que son discos que han marcado a una generación”.

En todos esos discos hay una idea de atemporalidad. Son discos que trascienden su tiempo, observa. “Eso me pasa ahora; gente más grande se me acerca y me dice: vos hiciste el soundtrack de mi vida. Es fuerte cuando uno ve todo toda esa música que uno produjo y el impacto que ha tenido en la gente”, concluye.

En 2013 el músico ingresó al universo de los gamers y centennials cuando hizo la música para el videojuego The Last of Us. Fue una buena movida para posicionarse entre las nuevas generaciones. El éxito fue tan importante que en la segunda parte del juego, lanzada en 2020, Santaolalla aparece en el juego de supervivencia tocando el banjo. “No le podía contar ni siquiera a mi hijo, que es gamer, por el contrato de exclusividad”. Antes de la pandemia, llegó a presentar la música del videojuego en vivo ante un auditorio de adolescentes, fascinados por el sonido del ronroco. En marzo tocó en la apertura de la gala de la 63° edición de los Premios Grammy, en el Staples Center de Los Ángeles. En setiembre realizará un concierto sinfónico en España. “Será la primera presentación en vivo en pandemia tocando en formato sinfónico la música del videojuego The Last of Us, músicas de películas y temas míos arreglados para orquesta. Es un concierto que hice una vez en Hungría con una filarmónica. La última vez que toqué fue para el concierto de tributo a Soda Stéreo. Con la pandemia se me cayeron un montón de cosas… Ahora es tiempo de recuperar de a poco todo eso. Tengo un show el 12 en Málaga, otro el 17 en Madrid y un show más chico el 25 en Asturias. Va a ser emocionante y muy raro tocar en una sala con protocolo”.

La carpeta de nuevos proyectos de Santaolalla es enorme. Un trabajo con la NASA, canciones nuevas junto a Jarvis Cocker, de Pulp, para una película de stop motion inglesa, temas con Paul Williams (autor de la música y letra del show de Los Muppets) para los creadores de la película The Book of life, la música para la nueva temporada de la serie Narcos, o la banda de sonido de un film con Tom Hanks.

“Tengo una pila de cosas. Todo lo voy haciendo a la vez. Empieza uno, después paso a otro y vuelvo al proyecto. Lo que me aporta es mantener frescura con todos los proyectos y, aparte, enriquecerme en ese periplo entre cada proyecto, aunque no tengan mucho que ver. Y en el medio está la vida. Todo es un caos organizado”, dice. Hace un año se mudó a una casa nueva y más pequeña, ubicada en las montañas, en un barrio donde estuvo el primer centro del yogui Paramahansa Yogananda: allí, donde George Harrison pidió que esparcieran parte de sus cenizas. Tiene una vista panorámica de los Angeles que llega hasta el mar. “No hay edificaciones altas, hay mucha naturaleza, colinas, pájaros. Tengo un estudio chiquito donde hago todo acá. Trabajo mucho en casa. Estoy súper feliz”.

El ciudadano Santaolalla toma un mate y hace una pausa.

De fondo se ve la sala de cine y el pequeño estudio, donde chequea todos los trabajos que hace para las películas y las series. “El otro día Quique Rangel, de los Tacuba, decía que me tenia un poco de envidia por lo del cine propio, pero yo le dije: vos vas a conseguir todo esto mucho antes de todo el tiempo que me llevó a mí”.

Santaolalla conserva la casa de Echo Park, donde vivió unos veinte años y ahora está su hija Luna. La otra casa que le quedó está en El Palomar, donde vivió con sus padres hasta los 18 años. “Fernando, que era mi chofer, la cuida y la mantiene. Mi mamá lo tomo medio como un hijo y estableció una relación muy fuerte con él. Tengo que ir. No pasó hace tanto que murió mi mamá. Fue todo rápido, en estos últimos años. Después vino la pandemia y ya no se pudo. Yo viajaba cuatro veces al año a Buenos Aires.

–¿Está tu habitación de chico en esa casa?

–No, eso lo que pasó fue terrible, terrible. Cuando yo me fui a Arco Iris, mis padres remodelaron la casa. No la cambiaron toda pero mi cuarto lo achicaron y cambiaron el cuarto donde yo dormía con mi abuela. Ese era todo un tema… Es que yo dormí con mi abuela hasta los 18 años, una cosa rarísima.

–Sabía que te había regalado tu primera guitarra, pero no sabía que dormían en la misma habitación.

–Claro, claro, ese es el único gesto que recuerdo de mi abuela. Era buena pero era una especie de roca. El único recuerdo de ternura fue esta guitarra de Casa America, que me compró a los 5 años, pero siempre fue rara nuestra relación. La habitación la teníamos pintada de dos colores totalmente distintos. La pared de mi lado y donde estaba el placard, era naranja. La pared del otro lado era verde oscuro. En esa pared, lo único que había era un cuadrito del Sagrado Corazón de Jesús con una ramita de olivo. De mi lado, todo estaba empapelado con pósters y fotos de grupos de rock. Toda esa coexistencia era increíble. A los 17, 18 años, ya empecé a quedarme a dormir en otra parte de la casa con una bolsa de dormir. Mi papá había caído en un alcoholismo grave, aunque trabajaba para la agencia de publicidad. Era un alcohólico serio y se mató en un accidente de auto por culpa de eso; por suerte no le pasó nada a nadie más. Una historia increíble, la de mi padre.

–¿Por qué?

–Mi abuelo era chef y cuando se separa de mi abuela, se lo lleva a mi papá a vivir a Mar del Plata, donde trabajaba en el Hotel Provincial. Después se mudaron a Capital. Él creció sabiendo que tenía una madre, tres hermanos y una hermana, pero sin saber dónde estaban hasta los 18 años. A esa edad se le apareció un detective, que habían contratado sus hermanos para buscarlo. Y ahí recién se reunió con su familia de nuevo. Yo crecí sin saber nada de esto hasta que cumplí los 18 años, cuando papá me contó esa historia.

–Sos único hijo.

–Sí, hijo único. Mis padres siempre me incentivaron con la música. Me compraron una guitarra eléctrica a los quince años. Después mi papá me llevaba a grabar demos con mis canciones en el centro. Primero pensaban que era un hobby. Al principio, solo al principio, quizás hubieran querido que fuera médico o abogado.

–El rock te cambió el rumbo.

–Lo que sí creo es que podría haber hecho otras cosas. Podría haber sido un buen médico o un buen abogado. Tengo muchos intereses en la vida. No dejo de fascinarme a diario con cosas de la vida. Me gusta todo y al mismo tiempo, no quiero perderme nada. Con las comidas lo mismo, pruebo las comidas del mundo. ¿Viste que hay gente que come dos o tres cosas? O te dice: a mí déjame con el bifecito. Yo no. A mí, me encanta probar.

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