Cambio de roles: cuando nos convertimos en “padres de nuestros padres”

La pérdida de autonomía impacta en los adultos mayores, y en su familia. Cómo enfrentar esa nueva realidad, en la que uno se convierte en cuidador y otro, en cuidado.
Guadalupe Rivero
06/07/2021
Clarín

De todos los cambios de roles que se suceden a lo largo de la vida existe uno que seguramente pueda clasificarse entre los más difíciles y dolorosos. Ese momento en que las personas se convierten en “padres de sus propios padres” es como un viaje donde se conjugan el pasado, el presente y el futuro.

La pérdida de autonomía impacta tanto en esos adultos mayores como en su familia, en el marco de una nueva realidad en la que uno se convierte en cuidador y otro, en cuidado. Pero no es sólo la cotidianeidad lo que se modifica: esta disminución de independencia que muchas veces va acompañada de problemas de salud también es muy dura a nivel emocional.

“En este momento particular en la vida de las personas ambas partes se descubren en un lugar nuevo. El adulto mayor, por su parte, en un lugar de creciente dependencia y el familiar, en su nuevo rol de cuidador. Es entonces esperable que esta transformación, que a su vez es una crisis vital, en algún punto implique un duelo del rol anterior y sea comúnmente transitada con cierta dificultad”, dijo a Clarín Carolina Kralj, médica psiquiatra y máster en Gerontología King’s College London.

La especialista destacó que ambos “pueden transitar sentimientos de negación, frustración, enojo, miedo y hasta culpa” durante ese cambio de roles que puede vivirse de forma traumática y angustiante, pero también como “una oportunidad única de aprendizaje mutuo, de acercamiento y fortalecimiento de ese vínculo”.

Para María Fernanda Santillana, psicóloga especialista en psicogerontología y arteterapia, “tener un familiar al cuidado necesariamente es angustiante, ya que nos confronta con la fragilidad de aquel que en otro tiempo ‘todo lo podía’, nos confronta con la finitud de la vida, incluso de la propia”.

“Las relaciones con los padres están acompañadas de afectos contradictorios. En familias donde existen conflictos irresueltos, difícilmente el hijo o la hija puedan asumir el rol de cuidador. Esto es muy importante poder identificarlo y, en todo caso, poder pedir ayuda”, explicó.

En ese sentido destacó que “sentir que necesaria y obligatoriamente hay que ocuparse como una exigencia impuesta porque sino se cae del lado del ‘mal hijo’ o porque ‘me genera culpa no hacerlo’ puede ocasionar mucho enojo y una sobrecarga que se verá reflejada en el trato para con la persona mayor”.

Otros casos, en el extremo opuesto, se da con aquellas “familias sobreprotectoras que terminan anulando la voz de la persona mayor, quitándole la posibilidad de ser escuchada en sus deseos; lo cual también resulta un abuso de poder que violenta y complejiza el vínculo”, añadió.
Un sistema familista

Cuando a Ana le diagnosticaron un tumor que se expandía a través de diferentes órganos pasados sus ochenta años, la vida de toda su familia cambió. Al principio, entre sus cuatro hijos intentaron ocuparse de todo: uno hacía los trámites de la obra social, otra se dedicaba a las compras, un tercero abarcó todo lo relativo a los médicos y el cuarto se hizo cargo de administrar los pagos. Todos, a su vez, comenzaron turnándose con los días de visitas.

Este plan poco a poco se fue desgastando y decidieron que Ana viviera un período con cada uno de ellos. Pero ella, que durante décadas se había valido por sí misma, quiso volver a su casa. Y allí pasó el tiempo de vida que le siguió, asistida por cuidadores contratados. En el medio, los cuatro hermanos se pelearon, se reconciliaron y, según afirmaron, intentaron darle a su madre la mejor calidad de vida posible hasta el día de su muerte, en su cama, rodeada de toda la familia.

“En la Argentina, el sistema es familista, lo que supone que la familia se hará cargo del familiar dependiente. El familiar es el cuidador informal y se recurre a él muchas veces por cuestiones económicas. Es una tarea no remunerada que produce un gran desgaste y cansancio físico y emocional”, mencionó Santillana. En ese marco, explicó que desde hace algunos años hay programas de formación de cuidadores que pueden aliviar la tarea de los hijos.
Ni para todos, ni para siempre

Esta necesidad de cuidado, señalan las expertas, ni se da en todos los adultos mayores ni es algo que debe mantenerse para siempre, ya que muchas veces se trata de cuestiones que se requieren durante un determinado período de tiempo, por circunstancias especiales.

“Bajo ningún concepto debería asumirse una asociación entre la vejez y la pérdida de autonomía, ya que esto no sólo es un estereotipo errado, sino que además la pérdida de autonomía puede darse a cualquier edad”, sostuvo Kralj.

Santillana, por su parte, añadió que “es interesante pensar la autonomía y la dependencia como momentos en los que habrá mayor necesidad de cuidado, y otros momentos en los que se podrá continuar sin los mismos”.
Mujeres cuidadoras

Nueve de cada 10 mujeres en Argentina realizan el Trabajo Doméstico y de Cuidados No Remunerado (TDCNR), lo cual deriva en un promedio de 6,4 horas diarias. Ellas dedican tres veces más tiempo que los varones, según la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo (EAHU-INDEC, 2013).

Se define al TDCNR como el trabajo que permite que las personas se alimenten, vean sus necesidades de cuidados satisfechas, cuenten con un espacio en condiciones de habitabilidad, reproduzcan en general sus actividades cotidianas y puedan participar en el mercado laboral, estudiar o disfrutar del ocio, entre otras.

A la hora de hablar de la asistencia de las personas mayores, esto también recae mayoritariamente en las mujeres.

“Los hombres suelen desentenderse del tema cuidados. Social, cultural e históricamente, el hombre es el que sale a trabajar. Y hemos sido las mujeres quienes nos ocupamos de las cuestiones de la casa, los hijos, los padres; incluso en la actualidad, habiendo asumido mayores roles laborales esto continúa siendo así”, aseguró Santillana.

Kralj coincidió y sostuvo que cuando alguien se enferma o por algún motivo pierde su independencia, quien comúnmente adopta el rol de cuidador suele ser aquella persona más cercana física y emocionalmente, generalmente un familiar. En la mayoría de los casos, el cuidador principal suele ser una mujer: la esposa en el caso de los hombres o las hijas en el caso de las mujeres.

En promedio, estudios muestran que las mujeres realizan un 60% más de trabajo no remunerado que los hombres (no sólo cuidando a los padres, sino también a los hijos, o a ambos a la vez).
Aceptar, apoyarse, hablar

María Fernanda Santillana especificó que lo ideal es que el adulto mayor cuente con una red de apoyo por fuera de la familia. En cuanto a los parientes cuidadores sugirió no asumir todas las tareas, así como delegar todo lo posible, para poder sentir que ese tiempo dedicado al otro es también un tiempo rico y valioso para uno.

En tanto, Kralj afirmó que “comunicación, organización y planificación a futuro constituyen tres pilares importantes a la hora de facilitar la transición y vivencia de esta nueva etapa de la vida”.`

En ese marco, aconsejó:

Para algunas personas, perder su independencia puede causar sentimientos negativos como enojo, frustración o temor. Estos sentimientos son comprensibles, esperables y deben ser siempre validados, tanto por el mismo individuo como por aquellos que lo rodean. Aunque pueda llevar un tiempo, aceptar que uno va a necesitar ayuda es un primer paso fundamental.
Reforzar que no hay motivos para sentirse avergonzado y que pedir ayuda se volverá algo más naturalizado con el tiempo.
Mantener una buena comunicación. Con los cambios de roles en la familia vienen las diferencias que muchas veces se traducen en conflictos. Para que una conversación sea más fructífera debemos estar tranquilos; cuando las emociones son muy intensas nuestra capacidad de escucha y empatía baja. Es por esto que encontrar el momento adecuado para transmitir lo que se quiere decir no es un detalle menor.
A pesar de necesitar más ayuda, ambas partes deben tener muy en claro que las personas -independientemente de su grado de autonomía- deben continuar teniendo el control de sus propias vidas. Esto significa poder hablar abiertamente con el cuidador, amigo o familiar si en algún momento cree que éstos están interviniendo en sus decisiones más de lo que deberían; y el familiar, por el otro lado, intentar habilitar este espacio de escucha y comodidad y reconocer las decisiones ajenas a pesar de no siempre estar de acuerdo.
Ayudar a alguien que está perdiendo su independencia puede resultar agotador física y emocionalmente. Algunos consejos para aquellos familiares en el rol de cuidador serían: ser paciente y manejar las propias expectativas; aceptar los tiempos del otro; ser consciente de que, por más difícil que sea para uno, lo es aún más para ellos.
Es muy común que tomarse un tiempo libre, o incluso hasta admitir sentirse cansado, pueda generar culpa, el familiar debe tener en claro que es absolutamente necesario conservar su propia salud (tanto mental como física) para poder cuidar mejor a su ser querido. Ambas vidas son valiosas y deben ser cuidadas.

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