TERESA, JORGE Y LOS DIBUJOS DEL MAR

La que sigue es la historia de amor de una mujer y un varón que se conocieron en una residencia para personas mayores de PAMI, se casaron y, con más de 80 años, no paran de hacer ni de intentar cumplir sueños. El más cercano, viajar a Córdoba, cuando la pandemia lo permita.

Comunidad PAMI

Tal vez el primer punto de encuentro haya sido la actividad física que practicaron siempre. A Teresa Gomis se le dio por la danza clásica desde que era niña, siguió con natación, bicicleta y gimnasia. Jorge Nacache siempre hizo deportes, tanto que trabajó como guardavidas en Mar del Plata, donde vivió.

“¿Viste mi foto?”, le pregunta Jorge a Comunidad PAMI a través de la cámara web con la que se hizo la entrevista. Y enseguida muestra una imagen blanco y negro en la que se lo ve con físico privilegiado y con el mar de fondo. “¿Sabés qué lomazo tenía cuando era pibe?”, dice con orgullo.

Teresa y Jorge se conocieron en la Residencia Yerbal que PAMI tiene en el barrio de Flores y se enamoraron. El 3 de noviembre de 2018 apostaron por la formalidad y se casaron en la Iglesia de San José de Flores. Un tiempo después se mudaron a la Residencia Balcarce, donde el Instituto les ofreció un cuarto para que compartan la vida. Para entonces, ella tenía 80 años y era viuda; él, con 81, nunca se había casado.

Teresa llegó a Yerbal porque prefería convivir con personas de su edad. Y entre esas personas conoció a Jorge, con quien entabló amistad. “Quería estar con gente que me distraiga”, dice Teresa desde el otro lado de la pantalla.

Empezaron compartiendo momentos y salidas. Se iban de paseo a Luján o al Tigre a pasar el día o salían a caminar por las calles de Flores. Una de esas veces, de buenas a primeras, Jorge le preguntó: “¿Te querés casar conmigo?”. “Y eso que yo siempre fui soltero, eh”, se ríe. “Pero, bueno, me enamoré de Teresa”.

Ahora Teresa cuenta que vive su segunda vida de pareja con una alegría inesperada porque el matrimonio no estaba en sus planes. Mientras, dibuja y expone sus trabajos para que los disfruten sus compañeras y compañeras en la residencia. “Estamos pensando en una segunda exposición. Pero veremos cómo la implementaremos, por lo del COVID”, dice y cuenta que le encanta dibujar animales y retratos, como el de Marie Curie.

Algún día, se ilusiona, sus retratos de máscaras serán vendidos al Teatro Colón, donde hizo gestiones para entregar uno, pero la pandemia lo puso en suspenso. El dibujo pendiente de Teresa, cuenta, “es un paisaje lleno de árboles. Un paisaje que no hice y que me gustaría hacer. Árboles raros. Quiero dibujar árboles raros”.

Jorge siente que la compañía de Teresa, en particular, y de las y los residentes junto con el personal de Balcarce, en general, lo ayudan a sonreír. Algo que no pudo hacer en 2001, cuando perdió todo y tuvo un derrame cerebral. Hubo que empezar de nuevo. “Me hice mala sangre. Nací de vuelta. Es la vida. Ahora estoy bien. Con algunos problemas de estabilidad al caminar. En el brazo derecho ya tengo mucha fuerza pero en el zurdo, no. Me salvó la gimnasia que hice de joven”.

“No sabés cómo dibuja Teresa. La facilidad que tiene es increíble”, admira. Y se ilusiona con volver a ver el mar. “Porque al mar lo amo. Yo, al mar, le hablaba. Es mi vida”. Tiene alma de marinero, se ve.

Las primas de Teresa que viven en Córdoba esperan la visita del matrimonio para cuando se pueda viajar. “Ya tenemos todo armado para ir. Solo nos falta la fecha”, dice ella.

“Hay río, en Córdoba. En una de esas, quién te dice, me animo y nado. No es el mar, pero es algo”, se ilusiona él.

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