Sol de mayo: La historia de amor que sostiene a un almacén de campo de 1888

A un costado de la ruta, a siete kilómetros de la entrada a Dolores, rodeado de árboles y escondido detrás de un salón comedor, está este mítico almacén de ramos generales
19 de mayo de 2021
Leandro Vesco
LA NACION

La ruta 63 es una huella melancólica que une la autovía 2 con la 11 interbalnearia. Una pequeña recta ondulada de 30 kilómetros que penetra los bajos que terminan en el mar. Docenas de parrillas de un lado y del otro del camino tratan de seducir al turista. La carne al asador es el clásico menú al paso. Muchas hoy están cerradas y el movimiento es casi nulo. La pandemia y la crisis económica la han convertido en una ruta solitaria en este otoño desapacible.

Rodeado de una isla de árboles centenarios, a un costado de la ruta, a siete kilómetros de la entrada a Dolores, escondido detrás de un salón comedor está el almacén de ramos generales “Sol de Mayo”, que data de 1888. Testigo de un tiempo que no quiere irse, punto de encuentro de viajeros y gauchos que se acercan a buscar algo de calma.

“La gente de la ciudad está muy mal, no soporta más estar encerrada”, afirma Olinda Moreni, de 78 años, quien lo atiende desde hace medio siglo junto a su esposo. “Nos cuentan sus problemas y se alegran tanto de poder disfrutar del aire libre”, afirma. El almacén es una reserva de silencios y ceremonias que no han cedido al avance de la modernidad. “Acá todavía se sigue tomando el aperitivo, la vida es muy tranquila”, afirma Santos Quinteros, de 83 años.

“Veníamos al almacén de niños”, recuerda Olinda. La suya, es una hermosa historia de amor. Siempre fueron vecinos. “Mi padre me trajo cuando tenía seis años, tomábamos gaseosa Blitz, pero nos teníamos que quedar afuera”, asegura Santos. El interior era solo reservado para varones: mientras el pulpero preparaba el pedido, dedicaban el tiempo para tomar alguna copa de vino carlón. “Las mujeres tenían que quedarse en los carros, el hombre hacía las compras”, recuerda Olinda. Sus miradas, no tardaron en cruzarse.

Ambos vivían en el paraje Los Montes del Tordillo, a pocos kilómetros de Sol de Mayo. “Venía a visitarme a caballo los domingos”, recuerda Olinda. “También los feriados”, completa Santos, a su lado. Esos días eran los permitidos. Luego, cuando las familias iban al pueblo, se veían en la plaza. Los hombres pasaban caminando; las mujeres, sentadas, los miraban. “Te guiñaban el ojo y esa era una señal”, recuerda Olinda.

Las estrategias de Santos fueron efectivas. En 1959 se pusieron de novio, ella tenía 16 y él 21, estuvieron siete años en esta condición hasta 1967, cuando se casaron. Ese mismo año nació Miguel, su primer hijo. Nacieron dos más, Carolina y Alfonsina. La familia de Santos tenía un campo de 1000 hectáreas y 4000 ovejas. Con algo de esa venta, la pareja compró el almacén que conocieron de niños y se fueron a vivir allí.

Entonces había mucha gente. “Había 20 empleados, hasta matadero tenía el almacén”, afirma Santos. “Yo no quería saber nada con dejar la paz del campo”, reprocha Olinda. “Cosas de la vida: ahora ella es la que más quiere el almacén”, confiesa Santos.

Sol de Mayo era un paraje donde vivían un centenar de personas, todas familias quinteras, pioneras. La ruta 63 era de tierra. “Había una galera que llevaba correspondencia y pasajeros de Dolores a Lavalle”, recuerda Olinda. “Ir a la costa dependía del clima; si llovía, las galeras se encajaban”, agrega. Desde aquí se abastecía de carne, leche, verduras y frutas a Mar del Plata. De todo eso, solo queda la remembranza y las taperas al costado del camino. “Somos los únicos que quedamos”, se resigna Olinda.

Otros tiempos

De aquellos tiempos, los recuerdos se amontonan. La costa atlántica nacía como destino nacional. Los viernes llegaban contingentes de albañiles que aprovechaban el cese de actividades laborales en Buenos Aires para ir trabajar todo el fin de semana a La Feliz, para construir chalets y departamentos. “Gente trabajadora como esa, no vi más”, afirma Santos. Para atender la demanda, había que darles de comer, para que pudieran seguir viaje. “Carneábamos un vaca de 300 kilos”, sostiene Santos. “Comían, se iban, trabajaban y volvían el domingo”, completa.

“Sol de Mayo era parada de crotos”, recuerda Santos. Estos personajes que vagaban por los caminos cargando una vida solitaria, díscolos e indomables hombres que se manejaban seguidos por una libertad absoluta, aparecían en el almacén. “Les dábamos de comer”, agrega Santos. No eran desconocidos: 20 kilómetros más adelante, en la rotonda que une la ruta 63 con la 11, está la legendaria pulpería “La Esquina de Crotto”, hoy en ruinas.

Este nombre refiere al gobernador bonaerense José Emilio Crotto, que tenía campos en la zona y fue el impulsor de una legislación que permitía a los “crotos” viajar gratis por los trenes del país.

Aquellos años de frenesí en la ruta, del crecimiento de Sol de Mayo, y del desarrollo de los grandes balnearios, quedan en las anécdotas. El almacén, con su reja en el mostrador y sus estanterías cargadas de bebidas y elementos de antaño, es un museo de un pasado que se niega a desaparecer. Hormas de queso, pecheras de salamines, mermeladas y conservas, todo de elaboración propia. Una virgen descansa al lado de canastas de cebollas y calabazas.

“No recuerdo cuándo compré un paquete de fideos”, afirma Olinda. Sus pastas amasadas comenzaron a atraer a los turistas. A un costado del almacén, construyeron un comedor que se convirtió en un espacio de culto. Locros, guisos, salsas caseras con tuco, hechas con tomate de la huerta y carnes al asador. “Las morcillas y los chorizos, los hacemos nosotros”, apunta Santos. “El comedor le dio vida al almacén, lo sostuvo”, afirma Miguel Quinteros, de 53 años, hijo del matrimonio que acompaña la gesta gastronómica.

En pandemia, Sol de Mayo corrió con ventaja. Olinda y Santos no se movieron de su lugar en el mundo. “No supimos lo que fue la cuarentena, salíamos a caminar por el campo”, afirma Olinda. La gente de campo no dejó de visitar el boliche. “Vienen a tomar sus copas”, agrega. El predio es inmenso, tiene matera, animales de granja y juegos para niños. Mucha mesa al aire libre. Cuando se permitieron los viajes, en forma natural, regresaron los clientes.

“Vemos muy tristes a las familias de la ciudad”, reconoce Olinda. “Se emocionan cuando vienen acá y pueden andar con libertad”, completa Santos. “Vienen a disfrutar la comida. Nosotros proponemos un día al aire libre”, afirma Miguel. Dos monumentos gastronómicos hechizan: el flan con leche recién ordeñaba, con 12 huevos y horneado en horno de barro y el postre Argentino, una versión de la torta Rogel con una masa más esponjosa.

“Volvería a elegir este lugar, somos felices”, ratifica Olinda, mirando a Santos, su compañero de toda la vida, sentado a su lado. ¿Cuál es el secreto?: “Vivir lo más feliz que se pueda, y respetar”, concluye, categórico.

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