Dick Van Dyke: a los 95, el genial comediante no ve la hora de volver a actuar

Abre las puertas de su casa, muestra sus recuerdos, habla del unipersonal con el que sueña y recibe merecidos elogios de Julie Andrews, Tina Fey, Jim Carrey y Rob Reiner, hijo de su gran amigo Carl y creador de la sitcom que lo marcó para siempre: El show de Dick Van Dyke
23 de mayo de 2021
La Nacion

Es primavera en Los Ángeles, la segunda primavera en pandemia, y un Dick Van Dyke barbudo, vacunado y que acaba de terminar con su rutina de ejercicios matutina, admite que está ansioso. Su último “laburito” como cantante fue hace 15 meses, una noche de sábado en el Catalina Jazz Club. El lugar se llenó a reventar, y hasta tuvieron que agregar mesas, mientras Van Dyke, con el apoyo de una pequeña banda y los cantantes de su grupo Vantastix, daba vida a un repertorio de Fats Waller, Nat King Cole y hasta la canción de títulos de la película Chitty Chitty Bang Bang.

“¡Por Dios! Sabía que me gustaba, pero nunca pensé que lo extrañaría tanto”, dice sobre estar en el escenario. “Realmente extraño pararme frente al público”. Estrella de uno de los programas más revolucionarios de la historia de la tele, Dick Van Dyke tiene hoy 95 años. Está físicamente un poco más lento que antes —en los últimos años, la artritis y una dificultad para caminar llamada “pie caído” lo obligan a pensar dos veces antes de pegar un salto—, pero comparado con el resto de los mortales, Van Dyke sigue varios pasos adelante. Esta mañana, Dick y su segunda esposa, Arlene, de 49 años, cumplieron con su rutina de abdominales, estiramiento y bicicleta fija.

Bajo el sol de Malibú, Van Dyke habla sobre su carrera, que se extendió desde el gobierno de Truman y esa sitcom que revolucionó la tele de los años 60, pasando por su reinvención bajo la forma de un médico de bigote que investiga asesinatos, hasta completar el círculo con su característico salto en la secuela de 2018 de Mary Poppins. Y Van Dyke no se cansa de elogiar a su fallecido amigo Carl Reiner, el hombre que lo contrató en 1961 para enfundarlo en el impecable traje del guionista de televisión Rob Petrie, personaje protagónico de El Show de Dick Van Dyke.

“Tenía a mi cargo la comedia mejor escrita de la televisión, y ahí llegó Walt Disney para ofrecerme Mary Poppins,” recuerda el actor.

En Estados Unidos, muchos piensan que el inminente tributo a Van Dyke en el Kennedy Center debió hacerse hace mucho. Pero su destinatario no opina lo mismo. Dyke suele describir su éxito como producto de la coincidencia y la suerte. De hecho, a su libro de memorias de 2012 le puso como título Mi afortunada vida dentro y fuera del mundo del espectáculo. Así que la gala en ciernes le sigue pareciendo un gran honor.

“Sigo tratando de asimilar todo”, dice. “¿Cómo diablos llegué a dónde estoy ahora? ¿Cómo conseguí un premio Kennedy? Yo nunca estudié ni me capacité. Lo único que hice fue pasarla bien”.

Pasarla bien: ese es el mantra de Dick Van Dyke. La idea de que alcanza con reír, cantar o tirarse de un salto sobre un sofá -su emblemático salto en la apertura de El show de Dick Van Dyke original-, para que esa energía atraviese la pantalla, chica o grande, y nos arranque una sonrisa.

“Él pone contenta a la gente”, dice Chita Rivera, amiga de Van Dyke desde que coprotagonizaron Bye Bye Birdie en Broadway, en 1960. “Su misión en la vida es hacer que el mundo sea un poco más feliz.”

“Te produce una descarga de endorfinas”, dice el comediante Jim Carrey, que veía el programa de Van Dyke cuando era un niño, en Canadá, y que luego incorporó algunos de sus movimientos físicos a su propia actuación. “Si vivís tu vida, y tu nombre alcanza para desatar las endorfinas de la gente, y con solo escuchar tu nombre todos se sienten un poco mejor que antes, ¡es maravilloso!”.

Pero no fue planeado. De hecho, no había ningún plan. Lo único que había era un chico pobre de Illinois que nunca tomó una sola clase de baile, que abandonó la escuela secundaria, y que después de una década de rebotar entre bolos televisivos y radiales, tuvo la suerte de que le tocaran guiones tan agudos y potentes que el remate de los chistes habría funcionado hasta en boca de un zoquete. Pero eso último no es cierto: las palabras escritas no cobran vida por sí solas. Por algo Reiner decía que Van Dyke era “el artista más talentoso” con el que había trabajado. Su estrella podía interpretar a un esposo de los suburbios, a un empleado exhausto y a un gran anfitrión de fiesta sin cambiarse la corbata. Era físicamente elástico, su “timing” era perfecto, y tenía pinta de cabeza de compañía.

“Tiene algo de Laurel y algo de Hardy. Un poco de Cary Grant y otro poco de Fred Astaire”, dice Norman Lear, creador de la serie All in the Familiy. “No se me ocurre otro como Dick Van Dyke.”

Sus comienzos en la actuación
La carrera de Van Dyke en el espectáculo empezó en 1944, cuando abandonó la escuela secundaria en el último año para enlistarse en la Fuerza Aérea, donde trabajaba como cómico, entreteniendo a las tropas. Cuando terminó la Segunda Guerra, consiguió trabajo pasando anuncios por radio, y junto a un amigo montaron un número de comedia en un club nocturno que finalmente los llevó a California. A continuación vino una seguidilla de bolos en televisión, hasta que Van Dyke, que para entonces ya era un hombre casado y con hijos, rebotó desde Atlanta a Nueva York, donde durante un breve tiempo incluso llegó a conducir un programa de entrevistas. Pero fue justamente en esa última ciudad donde Van Dyke se presentó a una audición para un nuevo musical dirigido por el veterano actor y bailarín Gower Champion. El musical era Bye Bye Birdie, inspirado en el paso de Elvis Presely por el Ejército.

Era su gran oportunidad, pero estuvo a punto de no cumplirse. Los productores del espectáculo quisieron descartar a Van Dyke desde las primeras pruebas, pero Champion lo defendía. Van Dyke terminó ganando un premio Tony por su interpretación de ese neurótico compositor de canciones llamado Albert Peterson. Pero lo más trascendente fue que una de esas noches Reiner fue a ver el espectáculo, y ahí encontró a la estrella que estaba buscando.

Reiner había creado una sitcom, Head of the Family, basada en su experiencia en Your Show of Shows, de Sid Ceasar. En el piloto del programa, el rol protagónico era interpretado por el propio Reiner. Pero el canal no quedó conforme y Reiner contrató a Van Dyke para que lo reemplazara en el papel principal. Reiner rebautizó el programa y convocó a su esposa, Mary Tyler Moore, para el papel de Laura, la mujer del protagonista. Por supuesto que en la tele de entonces ya había otros hombres casados y jóvenes parejas, pero Rob y Laura Petrie no se parecían a nadie.

“Nadie sabía de qué trabajaban los protagonistas de otras sitcoms, como Ozzie & Harriet o Father Knows Best,” dice el director Rob Reiner, hijo de Carl. “Pero este programa mostraba el mundo del trabajo y, además, entre Van Dyke y Tyler Moore había tensión sexual, algo inexistente en todas las series que lo precedieron”.

Tina Fey, guionista principal y estrella de Saturday Night Live, dice que de chica veía las repeticiones del programa cuando volvía del colegio. Años más tarde, cuando intentaba dar forma a su propia sitcom, entendió las intangibles cualidades que poseía Van Dyke. “Obviamente era un comediante físico extremadamente dotado”, dice Fey. “Pero además, esa calidez y esa cercanía que le da vida al programa. Si tenés buenos chistes, pero además esos chistes los dice una persona que le cae bien a todo el mundo, los chistes funcionan todavía mejor”.

El show de Dick Van Dyke tuvo 158 episodios a lo largo de cinco temporadas. A dos años de arrancado el programa, Diney contrató al actor para el papel de Bert, el deshollinador de Mary Poppins. Muchos se burlaron de su intento de imitar el acento británico de clases baja -más tarde, el mismo diría que se trataba de “la mayor atrocidad de la historia del cine”-, pero el encanto de Van Dyke podía con todo. Julie Andrews, estrella de Mary Poppins, todavía recuerda los primeros días de ensayo, cuando Van Dyke la tomó del brazo y arrancaron interpretando “Jolly Holiday”.

“Empezó con ese paso largo, esa zancada que pega él”, dice Andrews. “Tiene las piernas como si fueran de gelatina. No sé cómo hace, las dobla para cualquier lado”.

Van Dyke presionó para que Walt Disney también lo dejara hacer el papel del señor Dawes, el encorvado y parco jefe del banco. Disney se resistía. Le dijo a Van Dyke que tendría que pasar la audición. Van Dyke lo hizo. Entonces le dijeron que no le pagarían nada extra por interpretar ese rol, y no solo eso: si quería el papel del señor Dawes, tendría que contribuir con 4000 dólares de su propio bolsillo para la campaña de financiamiento del Instituto de Artes de California que impulsaba Disney. Van Dyke sacó la chequera.

Sus días en Malibú
Aquí en Malibú, en la modesta casa de una sola planta que le compró a la actriz Margot Kidder en 1986, Van Dyke tiene un Bert de silicona de tamaño natural vestido con los colores de “Jolly Holiday” junto al piano, y algunos recuerdos expuestos, como una fotografía donde el presidente Barack Obama le ajusta el moño de su traje durante un evento de 2011 en honor al arzobispo sudafricano Desmond Tutu. Un lugar destacado ocupa un importante retrato de Laurel hecho por Wes, nieto de Van Dyke, y un estuche que contiene los tacos de billar de Buster Keaton, un regalo que le hizo la estrella del cine mudo.

En el patio de atrás, Arlene Van Dyke ha hecho todo lo posible para armar un área de descanso para poder recibir visitas durante la pandemia. Su esposo necesita esa compañía: no le gusta sentirse aislado.

En 2009, la esposa de Van Dyke durante 30 años, la actriz Michelle Triola, murió de cáncer de pulmón a los 76. Van Dyke había conocido a Arlene en un evento del Screen Actors Guild, donde ella trabajaba como maquilladora artística. Finalmente se casaron, en 2012.

“Recién estuve hablando con Cate Blanchett”, cuenta el actor. “La vi pasar por la calle y me acerqué y le dije: ‘Disculpe, hola, soy Dick”. Debe ser la primera vez en mi vida que me presento así a una mujer que no conozco”.

Antes de casarse con Arlene, Van Dyke vio a sus amigos, Reiner y Mel Brooks, tener que adaptarse tras perder a sus esposas. No sabe cómo lo lograron. “No puedo estar solo: antes muerto que soltero”, dice. “Necesito estar en pareja, y encontré la pareja perfecta”.

En el personaje público de Van Dyke no hay nada falso, aunque el paquete viene con una advertencia: no todo es para consumo público y no hace falta compartir todas las angustias o frustraciones.

“Me gustaría poder transmitir lo mucho que realmente lo quiero”, insiste Julie Andrews. “No hay mejor manera de conocer a alguien en profundidad que trabajando. Y él tenía una cierta reserva, una especie de ética, una ética de la amistad y del trabajo”.

Para Van Dyke, ese abordaje imperturbable incluso en medio de la tormenta es, simplemente, parte de su personalidad. “Creo que uno nace con eso. Rara vez me deprimo o me bajoneo. No pierdo el tiempo, hay que disfrutar de la vida”, sostiene. Y ese es un tema que ronda mucho su cabeza ahora que Estados Unidos empieza a abrirse después de atravesar la pandemia. Él está en plena forma, pero muchos de sus amigos han partido: Mary Tyler Moore, Carl Reiner y Tim Conway.

“Es un poco extraña esta edad en la que uno puede morirse mientras duerme”, comenta, y la imagen pasa rápidamente como una sombra. Mientras Dick Van Dyke habla, Arlene y uno de los asistentes de la pareja sacan recuerdos y algunos objetos importantes: una foto con Fred Astaire posando frente a “Birdie”, y un dibujo de Jim Carrey con la leyenda: “sin vos, tal vez no habría habido un yo”. A Van Dyke esos recuerdos no parecen interesarle demasiado, pero sí se entusiasma cuando le preguntan sobre la posibilidad de volver a actuar: no ve la hora de subirse nuevamente a un escenario.

Tal vez no sea fácil que Vantastix, su cuarteto vocal, pueda realizar presentaciones de inmediato. El barítono del grupo se mudó a Oregon. Pero a Van Dyke se le ocurrió otra idea. “Tengo armado un espectáculo unipersonal de una hora y media”, dice. “Gregory Peck lo hizo y Cary Grant lo hizo. Simplemente sentarme en una silla a hablar de mi vida con un poco de material fílmico de fondo”.

Con sus pantalones deportivos grises y su camisa morada, Van Dyke hace una pausa, mientras se imagina nuevamente frente al público. “Tengo material de sobra”.

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