Bob Dylan llegó a los 80: cómo se “nacionalizó” argentino

De 1965 a 2012, el cantautor y Nobel de literatura marcó las carreras de Sandro, León Gieco, Calamaro y otros fans argentinos: una historia de encuentros y desencuentros.

Pablo S. Alonso
20/05/2021
Clarín

Nacido el 24 de mayo de 1941 en Minnesota (Estados Unidos), Robert Allen Zimmerman cumple el lunes 80 años. Luego de tomar prestado el nombre de un poeta británico (Dylan Thomas), Bob Dylan unió la escena folk con la poética y contracultura de los Beatniks, creando la figura del “cantautor”.

En 1965, hizo el crucial salto del folk al rock, con un tema que es casi un antecedente del rap, Subterranean Homesick Blues, y con Like a Rolling Stone dio con una canción bisagra en la música pop, al punto de ser una de las que señalan el nacimiento de una cultura llamada Rock. Su lírica es de una riqueza pocas veces oída en la música popular, lo cual se premió con el Nobel de Literatura en 2016.

Ahora bien, ¿cómo ese ícono, esa institución, ese prócer pop de los EE. UU. fue consumido en la Argentina? ¿Cómo, cuando el mayor porcentaje de su obra implica el conocimiento profundo del inglés? He aquí una historia –año a año–de encuentros y desencuentros con el máximo poeta del rock y aledaños, desde el “karma de vivir al sur”.

1967: Primer álbum argentino

El trovador de nuestro tiempo (poeta o profeta?), anunciaba y preguntaba la portada del primer álbum con grabaciones de Bob Dylan editado en Argentina. El longplay, una rareza rioplatense dado que salió solamente aquí y en Uruguay, reunía canciones de Dylan en un arco que iba desde Blowin’ in the Wind (1963) hasta I Want You (1966). Antes, en 1965, la CBS había publicado un simple con Como un vagabundo (Like a Rolling…) en el lado A y Tristezas de ausencia (Subterranean…) en el reverso. Ahí comenzó nuestra “traducción” de Dylan.

1965: El shock de Gieco

Dos años atrás, un adolescente León Gieco sintió que se le erizaba la piel al escuchar en la propaladora de su Cañada Rosquín natal a The Byrds haciendo Mr Tambourine Man, esa mezcla de Dylan con instrumentación y armonías cuasi beatle que marcó el nacimiento del folk rock.

Media década después, ya instalado en Buenos Aires, volvió a oírla al pasar por una disquería en avenida Rivadavia. Entró y se compró el simple. Enganchado con lo que salía desde su Winco de pensión, volvió al negocio por más Byrds. No tenían, pero le vendieron un LP del compositor de ese tema: era el LP El trovador de nuestro tiempo.

Sin entender las letras, León absorbió el sonido y la imagen del Dylan pre-eléctrico. Influenciado por esa canción, Gieco compuso Hombres de hierro. Él la considera una copia de Dylan, pero en rigor, tiene menos similitud con Soplando en el viento de lo que ésta tiene con el spiritual No More Auction Block.

Poco después, conoció a Claudio Gabis, guitarrista de Manal. Enterado del fanatismo de León por Dylan, Gabis le regaló una armónica y un atril para sostenerla. Gieco vio por primera vez en vivo a su héroe en junio de 1978, en un show que dio en el Universal Amphitheatre de Los Angeles. Lloró durante todo el concierto.

1965: Un Manal fan

Para 1965, Gabis era un fan privilegiado de Bob Dylan: había conseguido que un directivo de la filial local de CBS le diese un álbum que la compañía no iba a editar por acá: The Freewheelin’ Bob Dylan (1963), su segundo disco.

Como las ediciones locales de Dylan continuaban escaseando (el primer LP en ser publicado como tal fue Nashville Skyline, de 1969, bajo el título de su hit Lay, Lady, Lay), Gabis, luego de tomar prestados álbumes como el doble Blonde On Blonde (1966) del ICANA (Instituto Cultural Argentino Norteamericano), continuó ampliando su discoteca en un viaje a los Estados Unidos en 1967.

“¿Quién es Bob Dylan?”, pregunta un personaje que no entiende nada en un momento de Tiro de gracia, filme argentino de 1969 con música de Manal, en donde participan tanto el baterista del trío, Javier Martínez, como Susana Giménez en uno de sus primeros roles.
1966: Influencia en Nebbia

“Como casi todos escuché a Bob Dylan cuando apareció en la escena”, cuenta Litto Nebbia. Y procede a reconocer la influencia del Dylan eléctrico (“Siempre pareciera tener una banda, sin haber estado jamás en un grupo estable”) en canciones de los primeros álbumes de Los Gatos como El vagabundo, Ríete o Los payasos no saben reír (1967), o en su primer simple solista, Yo te daré una mano, hermano (1969).

“Me parece impecable”, dice de la carrera de Dylan. “Siempre componiendo, siempre on the road. Me encanta su manera de ‘decir’, cómo canta.”

En el festival de 1966 Aquí allá y en todas partes, organizados por el escritor y referente beat local Miguel Grinberg, cantó un tal Bob Vincent, un argentino llamado Alberto Pezzi que había vivido en los Estados Unidos y se dedicaba al repertorio de Dylan. Pero hay alguien que se arroga la virtud de ser el primer dylaniano aquí.

Me parece impecable Dylan. Siempre componiendo, siempre on the road. Me encanta su manera de ‘decir’, cómo canta.
Litto Nebbia
Músico

“El primero que hizo música de protesta en castellano en este país fui yo. (…) luego hice versiones de Bob Dylan, antes de que se conociera lo que era la protesta o el testimonio y a mí no me dio ningún resultado”, se jactaba y lamentaba Sandro en 1985. Según él, durante sus días en la Cueva, anotaba traducciones propias de Dylan.

El resultado está en la grabación de septiembre de 1966, editada poco después como simple, Soplando en el viento. La misma canción tendría al menos dos grabaciones más en el país antes de terminar la década. Bárbara y Dick la cantaron en inglés en 1968, mientras Ciro Fogliatta, tecladista de Los Gatos, la grabó, acompañado por la sección instrumental del grupo, para un álbum editado en 1969.

Luis Alberto Spinetta, hay que decirlo, no era fan de Dylan, pero sí Charly García, quien lo versionó y citó en más de una ocasión. Tal como le dijo al escritor Daniel Chirom para un libro conjunto: “Me formé mucho con sus letras. En ellas entendí muchas cosas que yo suponía. Bajo la influencia de Dylan comencé a realizar letras más depuradas”.
1972. ¿Nos visitó Dylan?

Bob Dylan habría visitado Argentina, estando de paso en Buenos Aires dos días, antes de ir a Entre Ríos a conocer una granja de trabajo perteneciente a la colectividad judía. Esto fue reportado por la revista Pelo en 1980, mientras informaba sobre una tratativa, que resultaría infructuosa, para traer al país un show de Dylan, quien por ese entonces todavía estaba en plena conversión cristiana. Consultado hoy, uno de los responsables de la revista dice recordar esa información, pero no puede confirmar su veracidad.

Durante los setenta también fueron llegando desde España libros de Ediciones Júcar; varios volúmenes con traducciones de letras además de una biografía seminal escrita por Anthony Scaduto. Más de una generación de fans argentinos de Dylan conocieron una porción de su vida y pudieron entender lo que él cantaba gracias a estos libros.

También en esa década las ediciones discográficas locales de Dylan se fueron regularizando, aunque tampoco se publicaron todos y cada uno de los álbumes. Uno de los editados fue el inicio de su fase cristiana Un tren llega lentamente (Slow Train Coming), de 1979, de los favoritos de Charly García y el álbum con el que se enganchó Andrés Calamaro, alguien que décadas después tendría una fase en la que se hizo carne en imagen y sonido con Dylan.

Argentina, además, tiene la particularidad de haber producido una edición preciada para coleccionistas de todo el mundo: el álbum de 1988 Down in the Groove, generalmente considerado el peor disco de estudio de Dylan pero que, por un error local, omite un par de canciones y las reemplaza por otras dos, sin aclararlo ni en la contratapa ni en las etiquetas.

En Argentina, Dylan nunca fue un gran número para el público ni tampoco para la prensa: resultó tapa de la revista Pelo una sola vez. Mejor le fue con la Expreso Imaginario: en 1977, un ejemplar incluía una nota retrospectiva y traducciones de parte de sus letras a cargo del periodista Claudio Kleiman, otro admirador local. En 1982, Kleiman dedicó otra nota a Dylan: la única tapa para la revista.
1991: Primer show argentino

Finalmente, Bob Dylan se presentó en Buenos Aires en tres noches consecutivas de agosto, del 8 al 10. Las crónicas de la época hablan de un Dylan que permaneció cuatro días en nuestra capital, saliendo del hotel para caminar por Florida o concurrir a locales de comida naturista, siempre acompañado por un guardaespaldas veterano de Vietnam.

El toque excéntrico de Dylan, en esta ocasión, fue que pidió que la combi que lo trasladaba a Obras lo dejase a dos cuadras del lugar: así, llegaba al estadio caminando, como uno más.

Pero sin lugar a dudas, la gran anécdota de Dylan de esta visita es la visión que tuvo el escritor Rodrigo Fresán cuando, con ayuda de una amiga vinculada laboralmente a la visita, trataba de llegar a su ídolo, literalmente a su habitación de hotel.

Al tocar a la puerta, se encontró con un Dylan en shorts y sombrero de cowboy, lavando sus jeans con el jabón del baño. ¿Servicio de lavandería?, le sugirió la amiga de Fresán. Dylan respondió que su madre le había enseñado hace tiempo a lavarse sus pantalones, y que nadie podía tocar sus fucking jeans.

En los Obras, la artista de apertura fue Celeste Carballo, sola con su guitarra. Qué mejor recuerdo que el del fan y periodista Andrés Ruiz, quien en 2008 escribió: “La última noche, la del sábado, fue coronada con una chica muy linda de look hippie que llegó hasta el borde del escenario para arrojarle rosas rojas que cayeron muy cerca de Bob… tan cerca que no dudó en pisarlas sin darle la más mínima importancia a la bonita ofrenda”.

Para Gieco, la oportunidad de tratarlo llegó unos días después en Montevideo, ya que ese show era producido por el manager de Gieco de entonces. En su biografía oficial Crónica de un sueño, Gieco recordó ante Oscar Finkelstein la cena post show:

“De casualidad, me tocó estar casi sentando en frente de él. Lo miraba comer y me sentía raro, no entendía nada. Es algo que no recuerdo que me haya pasado en ninguna otra oportunidad. El tipo, por supuesto, ni me registró, pero en un momento antes de que se vaya le alcancé un casete del concierto (mío) con (Pete) Seeger en el Opera y por primera vez en la noche me miró con una expresión de sorpresa o a lo mejor de admiración y me dijo ‘Great, man’”.

Dylan le autografió una servilleta, la misma que aparece en la portada del compilado de León 15 años de mí.

De casualidad, me tocó estar casi sentando en frente de Dylan. Lo miraba comer y me sentía raro, no entendía nada. Es algo que no recuerdo que me haya pasado en ninguna otra oportunidad. El tipo, por supuesto, ni me registró.
León Gieco
Músico

1998: Segunda visita

“¿Y dónde está Dylan?” se habrán preguntaban los enviados de la productora Rock & Pop Internacional de Daniel Grinbank, la misma que lo había traído siete años antes, cuando veían que el vuelo de American Airlines no aparecía en las pantallas de en Ezeiza. Dylan, 56 años y con un disco brillante a cuestas (Time Out Of Mind, 1997), había aterrizado con unos minutos de adelanto, los suficientes para que nadie estuviese ahí para recibirlo y su paciencia se colmase rápidamente.

Acompañado de su asistente y de su custodio Baron –un hawaiano experto en artes marciales–, eludieron cronistas, fotógrafos y remiseros, para finalmente abordar un Peugeot 504, indicando el Marriot Plaza como destino. “En los treinta minutos de viaje al hotel, ninguno me habló y tampoco hablaron entre ellos”, contó el taxista. “Por el espejo retrovisor vi que Dylan fumaba un cigarrillo tras otro”.

​ Las estadísticas hablan de cinco cigrarrillos Merit: uno cada seis segundos. Más datos: el viaje costó treinta y tres dólares: la asistente dejó siete de propina. Hasta que lo entrevistaron, el chofer no sabía a quién había llevado. Bob Dylan, una leyenda en taxi, tituló la tapa de Clarín.

Dylan estaba ahí con una tarea para algunos indigna de su magnitud: abrir el 4 y el 5 de abril los últimos dos conciertos de la segunda visita de los Rolling Stones al país. La cereza del postre: el encuentro cumbre con los Stones haciendo Like a Rolling Stone.

No siempre que ambas leyendas compartieron fecha tocaron juntos, pero aquí se dio, como antes había pasado en 1995 en Montpellier, Francia y volvería a ocurrir en Río de Janeiro y San Pablo.

Mientras tanto, un Andés Calamaro en plena mímesis dylaniana no podía concurrir por estar haciendo sus propias presentaciones en el Luna Park, pero homenajeó al maestro tocando una balada de Time Out Of Mind, Make You Feel My Love. Eso sí, compartiendo estadía en el Marriot Plaza, se las ingenió para trabar vínculo con Tony Garnier y Baron. En 1999, Calamaro abriría una gira española de Dylan, quien en un show en Málaga pidió un aplauso para “¡Andrés Calamaro! ¡Mi amigo!”.

Hubo una visita bajo perfil de Dylan al Hospital de Niños, donde vio pacientes y realizó una considerable donación.
2008: Tercer aterrizaje

Esta vez, el 13 de marzo Dylan hizo su rentrée argentina en el Orfeo Superdomo de Córdoba, un estadio cubierto que no logró llenar. Dos noches después, el sábado 15, Dylan estaba por tocar en el estadio de Vélez.

A la tarde, luego de constatar que no iba a tener privacidad en el gimnasio del Four Seasons, se fue a hacer una hora de fintas al Almagro Boxing Club: hay foto que lo muestra a Dylan encapuchado, saliendo del lugar. La noche del domingo, según la revista Gente, Dylan pidió al room service “una sopa de vegetales, un wok de salmón y cuatro bizcochos de grasa”.

En un Vélez que oscilaba entre las 20.000 y 25.000 personas, Dylan, al igual que en el Orfeo y que en todos sus shows posteriores en el país, ya exhibía un nuevo modus operandi que continúa hasta hoy: más o menos la mitad del repertorio es de 1997 en adelante: todo lo contrario a lo que hacen sus contemporáneos.

Esa vez, León Gieco pudo abrir para Dylan. Preparó un repertorio con toques folclóricos, más Charly García y Gustavo Santaolalla como invitados. Pero a Gieco lo frustró que la producción de Dylan no le concediese más de cuarenta y cinco minutos, y que le impidiesen circular en el pasillo por el que Dylan iba al escenario. Mientras lo veían pasar, Charly dijo, enojado: “Leoncito, nosotros no nos merecemos esto”.

El lunes 17, Dylan cerró el tour argentino en el Hipódromo de Rosario. Contado por el rosarino ilustre Litto Nebbia: “Su banda viajó en micro de línea y él se fue en un remís. Dicen que ahora solo fuma algún que otro habano. La cuestión es que no soporta estar en esos majestuosos hoteles que hay hoy en día, donde las ventanas están selladas. Así fue que terminó el concierto en Rosario, se metió de nuevo en el remís y marchó para la Capital”.
2012: Última visita

Dylan y su banda pudieron ser apreciados el 26, 27, 28 y 30 de abril en el Gran Rex. La noche del 27, Joaquín Sabina, un día antes de presentarse con Serrat en el Luna Park, ocupaba la segunda butaca de una fila central del Gran Rex: el primer asiento era para un guardaespaldas que filtraba a todos los que se le acercaban.

En el Gran Rex, después del bis (todas las noches, Blowin’ in the Wind), Dylan dejaba el teatro a oscuras, amagando con una segunda salida. Para cuando las luces se encendían, ya estaba camino a la calle, por la puerta lateral sobre Esmeralda.

Ahí la escena siempre era la misma: Dylan salía encapuchado (un look similar al que usó al salir del club de box en Almagro en 2008 y que un año después había llevado a una policía a detenerlo en Nueva Jersey, reportando a “un anciano excéntrico”) y se subía a un vehículo que lo llevaba al hotel.

Los fans más intrépidos iban con el libro con todas sus letras, esperando que Dylan se dignase a firmar. Una vez, alguien intentó generar un contacto llamándolo “Mr. Dylan”. El señor Dylan, claro, puso sus ojos sobre él un segundo, sin mover los labios, y enseguida abordó su transporte

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