Pilar Quintana, Premio Alfaguara

“En los 80, una mujer en pijama con un vaso de whisky era algo glamoroso; ahora ves una depresiva”
En su novela “Los abismos” la colombiana se mete con el sufrimiento callado de las mujeres de los 80. ¿Y de hoy? Lo presenta Mariana Enriquez.

Patricia Kolesnicov
23/04/2021
Clarín.com

Pilar Quintana tiene una fórmula para ser escritora y no morirse de hambre. La llevó adelante: se fue a vivir a la selva (sí; la selva, es colombiana, la selva), hizo su casa con sus manos (y las de su compañero) y gastó lo mínimo, nada, para en el día a día. Eso y un laburito de profesora. Porque quería aventuras, claro, y porque quería escribir.

Antes -mucho antes de ganar el Premio Alfaguara de Novela- había querido ser Oriana Fallaci. Había creído que escribir era eso, verse con jeques árabes, andar por la cima del mundo, contarlo con agudeza.

Pero no. Lo suyo, había decidido, era la ficción. La vieja y buena ficción que nos llena la vida, si la dejamos.

No le fue mal: en 2007 la eligieron entre los 39 mejores escritores de menos de 39 años en América latina. Ahí la carrera, digamos, despegó. Y en 2021, los 175.000 dólares y toda la promoción del Premio Alfaguara de Novela, por Los abismos.

Los abismos es un libro contemporáneo. La que nos cuenta todo es una nena de ocho años, Claudia, que mira y entiende. Ve a su madre, Claudia también, mucho más joven que su padre. La ve cuando el corazón le late por otro. La ve cuando se mete en la cama con una revista y un vaso de whisky y no hay quien la saque. La escucha: la madre le habla de mujeres que desaparecieron, que tuvieron accidentes: la madre siempre entiende que ya no querían vivir.

Es un poco reconciliarme con eso: solo puedo ser la mamá que puedo. No la mamá perfecta, esta mamá que soy
Pilar Quintana

Pilar Quintana no está más en la selva, vive en Bogotá. Pasando los 40 tuvo un hijo. Ahora atiende la entrevista a las 8 de la mañana: si no hubiera pandemia por este premio le tocaría una larga gira por muchos países. Así, le tocan muchos zooms.

Al final, dirá que de eso se trata Los abismos, de aceptar los límites de su propia maternidad. Pero falta mucho para llegar a esto. Falta toda la novela.

-Imagino que vivir en la selva habrá requerido habilidades extraliterarias: lidiar con animales, buscar agua potable…

-Siempre he sido una persona muy física. En la universidad hice karate, los cinco años. Mi ex esposo era más físico que yo y él era el encargado de la construcción, pero yo siempre fui una buena compañera también en lo físico, mantenía limpia la casa alrededor con un machete, mantenía los jardines… Tenías que mantener completamente «envenenada» la casa, que quiere decir fumigada, para que las termitas e insectos que se comen la madera no vinieran a comérsela.

-Vivir en una casa envenenada… cómo no escuchar esa palabra.

-«Ya envenenaron la madera», me decían. Y yo miraba como «Dios mío, envenenar la madera»…

-Algunos autores colombianos hablan de la sombra que hace Gabriel García Márquez, vos dijiste que es una especie de abuelo…

-Leíamos mucho a García Márquez. Mis papás eran separados y en la casa de mi mamá había poquitos libros -en la casa de mi papá que es médico y es un médico de antaño, lector, humanista, sí había bastantes libros- pero había un ejemplar de Crónica de una muerte anunciada, yo lo saqué, empecé a leer y terminé esa misma noche. Y quedé muy asombrada y lo volví a leer, lo leí varias veces seguidas. Es el libro que yo más veces he releído. Y después de leer ese libro yo dije «yo quiero hacer esto, quiero hacer algún día un libro que obsesione a alguien como yo me obsesioné».

-Como decías que era un abuelo pensé que se trataba de algo antiguo, un escritor para una Colombia menos urbana, menos violenta..

-Nunca tuve por García Márquez más que amor y admiración. Me iluminó mi camino y me dijo «mira que un colombiano puede hacer cosas extraordinarias». Pero algo que me pasaba era que en mi visión de la literatura era muy reducida porque leía a los clásicos, leía a García Márquez, entonces para mí la literatura pasaba en un pueblo perdido de Colombia, eso era lo más cercano, o en la campiña inglesa, o en las estepas rusas.

-Pero eso cambió…

-Un amigo me trajo un libro y me dijo: «así como te obsesiona Crónica de una muerte anunciada a mí me obsesiona este libro». Y ese libro se llamaba Que viva la música, de Andrés Caicedo. Yo iba al Liceo Benalcazar y le pregunté a la bibliotecaria quién había escrito Qué viva la música y abrió los ojos, una actitud que me pareció rara. Y me dijo «¿por qué quiere leer eso? Siga leyendo a Austen». Y yo: «ahora me dio más curiosidad, quiero leerme este. ¿Lo tienen o no?» Lo pensó y me dijo «venga», y me llevó: había un cuarto en la biblioteca del colegio que siempre estaba cerrado y uno veía que había dos bibliotecarias que entraban, lo cerraban y salían inmediatamente.

-¿Entonces?

-Me llevó a ese cuarto donde tenían libros de Sade, de Henry Miller y sacó un ejemplar de Qué viva la música y me lo dio. Y me dijo «no lo vamos a anotar». Y en mi casa comprendí por qué este libro era prohibido y es porque hacia el final del libro dice “así es como una ex alumna del Liceo Benalcazar se convierte en puta”. Y yo dije «oh, la literatura pasa en mi colegio. En mi barrio».

Nunca tuve por García Márquez más que amor y admiración. Me iluminó mi camino y me dijo «mira que un colombiano puede hacer cosas extraordinarias»
Pilar Quintana

-Otro mundo.

-Me dijo «la literatura no tiene que ser alejada, sino que puede ser sobre vos, sobre tu barrio, tu familia, las cosas que te pasan a vos». Y en este libro los personajes hablaban con diálogos caleños, comían mango biche con chontadura, que es lo que comemos en Cali y oían salsa y rock y fumaban marihuana y se metían otras drogas. Para mí fue uno de los libros más importantes.

-Aunque está lejos del realismo mágico de García Márquez, Los abismos empieza como con un saludo, un departamento que tiene muchas plantas, una selva. ¿Condiciona la región y sus tradiciones a la hora de escribir?

-Cuando otra novela mía, La Perra, se tradujo al francés, leí una reseña que decía que era realismo mágico. ¿Cómo podían pensar eso? Es realismo absoluto… Lo decían porque la mujer iba a un jaibaná, un médico tradicional indígena, entonces ella se hace unos tratamientos de medicina tradicional. Allá en Francia lo verán como realismo mágico, acá es realismo puro.​ Mi casa de adolescencia era un apartamento muy parecido al que aparece en Los Abismos y con mis compañeras del colegio le decíamos «la selva».

-Y es una novela en la que todo el tiempo hay un abismo, todo el tiempo uno esta esperando que pase «eso». ¿Buscaste retratar la depresión de las mujeres contemporáneas, la dificultad de un cambio de época?

-Busqué retratar cierto espíritu de ser mujer en los años 80, que no son las mujeres de mi generación, sino más bien las mujeres de la generación de mi mamá. En esa época una mujer en pijama con un vaso de whisky en su casa era algo glamoroso. Si lo miramos ahora, parece una mujer depresiva automedicándose.

-O muchas. La mamá de la novela lee, ve, la depresión de las otras, a veces famosas, y por eso no cree en ningún accidente, cree en decisiones terribles.

-Exactamente. Y en esa época no teníamos redes sociales, pero teníamos la revistas y estas revistas eran nuestra ventana al mundo de los ricos y famosos. Parte de mi formación fueron esas revistas. Vos veías en la tapa a la princesa Diana magnífica con las joyas, maquillada, flaca, con un vestido de fiesta y luego leías el artículo y era una mujer bulímica, infeliz con su marido, la familia política no la quería, estaba poniéndole los cuernos al esposo con el profesor de equitación…

-Como pasa en otros niveles también.

-Puedo hablar de Cali porque es la ciudad donde viví, había una distancia entre la fachada que ponía la gente hacia afuera y la existencia real de las familias dentro de las casas, como que se le daba un valor muy importante a mantener la apariencia de la familia feliz y de la mujer feliz cuando en la realidad, pues, las familias no éramos tan felices y las mujeres no estábamos tan felices con el papel que nos habían asignado, der esposas y amas de casa.

-¿La novela está hecha de recuerdos?

-Es parte de mi experiencia en terapia, en la que yo pude ver la niñez con otros ojos. Vos cargás con elementos de tu niñez muy velados, luego en terapia sos capaz de verlos por lo que fueron. Digamos que hubo un ejercicio de terapia que me gustó bastante, que fue ponerme en el lugar de la niña que fui sin que la adulta entrara a juzgar.

No teníamos redes sociales pero teníamos la revistas, que eran nuestra ventana al mundo de los ricos y famosos. Parte de mi formación fueron esas revistas.
Pilar Quintana

-Difícil.

-Eso fue lo que traté de hacer también un poco en Los Abismos, que mi personaje, que no soy yo, narrara una historia con los ojos de niña pero no con la carga de la adulta que dice «mi mamá me hería porque era infiel». No. Cómo lo viviste como niña, cómo vivió este personaje eso como niña.

-Pero la niña entiende lo que pasa y entiende que se tiene que callar.

-Nada se nombra. Parece ser como la familia de lo no nombrado y ahí es donde están pasando las cosas.

-Hay muchas cosas que los chicos presencian porque damos por hecho que no lo ven, como si no estuvieran, y los chicos lo ven y tienen qué decidir hacer con eso.

-Y nosotros actuamos como si no entendieran. A veces los adultos hablan como si los niños no estuvieran oyendo. Y tenemos la capacidad que tenemos luego de velar ciertos eventos de la niñez, que descubrimos luego si vamos a terapia. No es reescribir la historia, es darle un lugar a eso que viviste en la infancia y que en ese momento no tenías las herramientas para enfrentar. Sabías lo que estaba pasando, te dolía y te daba emociones en el cuerpo, pero a veces preferías velarlo para poder seguir adelante.

-Me decís que es la experiencia de la generación de tu mamá, ¿cómo cambió y cómo es en la nuestra? ¿Somos más felices?

-No creo que ninguna generación sea más feliz que la otra. Pero sí me parece que nosotras, las mujeres de nuestra generación tuvimos la posibilidad de elegir. Casi todas nuestras mamás se aseguraron de que estudiáramos. Existe el mandato sobre nosotras de convertirnos en madres, oh, claro. Claro que existe. Pero podemos elegir, desafiarlo y decir no. Y lo hacemos. Yo a diferencia de la mamá de Claudia me fui a viajar por el mundo, viví en la selva, construí mi propia casa, pude ser esa mujer aventurera. La mamá de Claudia, en la generación de mi mamá, nunca ni siquiera se planteó algo así en su vida porque estaba ten lejos de lo que podía cumplirse alguna vez que ni siquiera lo deseaba.

-También se ve la crianza de las mujeres, y que de chiquitas tienen que atravesar dolores para estar lindas. La belleza es un tema, la nena «es fea».

-Y en Colombia en los 80… todavía son importantes los reinados de belleza, pero en los 80 había reinados de la caña de azúcar, de la panela, del bambuco. Cada región tenía 50 reinados de belleza y el reinado nacional de la belleza era uno de los eventos más importantes del año. Nos sentábamos toda la familia a ver el desfile en vestido de baño, el desfile en las carrozas, ellas desfilaban y luego llegaba el gran día y era la familia reunida, había familias que hacían apuestas. La belleza en Colombia, la belleza de la mujer en Colombia es un valor fundamental.

-¿Y para las niñas es un sufrimiento?

-Y para las niñas un sufrimiento. Cali es una ciudad con mayoría de población negra, pero es profundamente racista. El pelo crespo en Cali esta mal visto, si vos tenés pelo crespo y sos niña tenés que recogértelo todo el tiempo para que no se vea crespo y cuando llegás a cierta edad, alisártelo con productos, el secador, tenés que alisártelo. Y cuando una mujer decide dejárselo crespo es problemático.

No creo que ninguna generación sea más feliz que la otra. Pero me parece que las mujeres de nuestra generación tuvimos la posibilidad de elegir
Pilar Quintana

-El tuyo es crespo.

-Conmigo perdieron la pelea y se dieron cuenta que no me voy a alisar, no me voy a maquillar. Pero en mi colegio habíamos varias crespas y una que le gustaba verse así y la directora antes de graduarse la tomó del pelo y le dijo «o te lo recogés o te alisás; si no, no te graduás».

-Vemos todo con los ojos de la nena, pero ¿cómo será la maternidad para ese personaje?

-Hay una clave: cuando le pide perdón y le dice «yo te quiero» y vemos que siente culpa. Es un sentimiento terrible que vivimos las madres. Una amiga me dijo que para ella la maternidad era un sentimiento permanente la culpa. Culpa cuando estaba trabajando porque no estaba atendiendo a sus hijos y culpa cuando estaba atendiendo a sus hijos porque no estaba trabajando y estaba descuidando el trabajo. En mi Claudia, la madre, está esa culpa.

-¿Vos tenés un nene de seis años, ¿tenés culpa?

-Quiero reconciliarme con la idea de que no soy la mamá que quiero, es decir la mamá perfecta, sino la mamá que puedo ser. Una mamá, no sé, mi mamá era una mujer seca, un poco como Claudia, la madre. Mi mamá tiene algunas, no todo, pero algunos visos de la mamá de Claudia. Y yo soy una mamá súper cariñosa, todo el tiempo le estoy hablando a su hijo de lo bello y hermoso que es. A veces pienso que le estoy diciendo demasiado, voy a crear un narciso… Y ahí viene la culpa.

-Y la novela te ayuda?

-Hice Los Abismos para reconciliarme como madre, para saber que no voy a ser una mamá perfecta, que no importa lo que haga siempre voy a cagarla. Que si soy la mamá perfecta, a los 16 años mi hijo me va a gritar «¡es que fuiste la mamá perfecta, no podías ser un poco imperfecta!» Es un poco reconciliarme con eso: solo puedo ser la mamá que puedo. No la mamá perfecta, esta mamá que soy.
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