‘No tienen a nadie’. Un icono transgénero de 88 años combate la soledad de los mayores

Samantha Flores, creadora de un centro comunitario en Ciudad de México para personas LGBTQ de la tercera edad que cerró durante la pandemia, espera reabrirlo.

Por Oscar Lopez
2 de abril de 2021
NY Times

La pintura rosa de su escalera está descascarada, la barandilla de metal negro desconchada, pero Samantha Flores está tan perspicaz como siempre entre una profusión de plantas trepadoras y una explosión de flores rojas.

A sus 88 años, el icono transgénero mexicano sigue siendo elegante, divertida y a veces coqueta, sentada en una pequeña mesa redonda en el rellano fuera de su diminuto apartamento en Ciudad de México, donde ha recibido a quienes tocan su puerta, a una distancia segura, durante toda la pandemia.

Después de casi nueve décadas como socialité, gerente de un bar gay, defensora de los derechos LGTBQ y muchas otras cosas en el medio, Flores tiene una gran comunidad de viejos amigos y vecinos que llaman a la puerta

“Sin mis amigos yo no sería quien soy”, dijo.

Pero, como bien sabe Flores, muchas personas mayores no tienen tanta suerte. Así que hay una parte de su comunidad que desea muchísimo recuperar: el centro de acogida que fundó y dirige para ayudar a los adultos mayores LGTBQ a combatir su aislamiento. Fue la primera organización de este tipo en México.

En marzo del año pasado, el centro cerró cuando el coronavirus comenzó a recorrer el país. El gobierno mexicano ha prometido vacunar a todos los ancianos para finales de este mes, pero en algunos barrios de Ciudad de México, la vacunación acaba de empezar.

Así que Flores sigue esperando.

“Mi deseo más grande del mundo es volver a abrir la casa”, dijo.

Fundado hace tres años, Vida Alegre, como se llama el centro, ofrecía meditación, terapia de duelo, comidas, un club de cine y formación tecnológica. Pero sobre todo, dijo Flores, daba a los ancianos solitarios un sentido de comunidad.

“El adulto mayor, en general, sufre de dos cosas. De soledad y de abandono”, dijo. “Es un estorbo para la familia”.

Para las personas mayores lesbianas, gays, bisexuales y trans que crecieron en otra época y que tal vez fueron rechazadas por sus familiares, el aislamiento puede ser aún peor.

En el último año, Flores se ha convertido en una especie de celebridad. En junio del año pasado, la revista Vogue México publicó un perfil sobre ella y más tarde apareció en una campaña de la firma de moda Gucci.

Pero para Flores, el glamour y la atención son solo nuevas plataformas para hablar de lo que más le importa: Vida Alegre, y la discriminación a la que todavía se enfrentan las mujeres trans mexicanas y que a menudo causa que su único medio de vida sea el trabajo sexual.

“La sociedad en general, tiene la culpa de que las chicas trans trabajen en la calle”, dijo. “No les dan otra oportunidad”.

Cuando se une a las actitudes machistas y a la violencia generalizada de las pandillas, la discriminación también puede ser mortal para las mujeres trans en México, que suele figurar entre los países más peligrosos del mundo para las personas trans. Pocos tienen la suerte de vivir tanto tiempo como Flores.

Pero la suerte, al parecer, ha estado a menudo del lado de Flores.

Nacida en la ciudad de Orizaba, en el estado de Veracruz, en 1932, Flores creció en una casa con un terreno lleno de naranjos, guayabos, limoneros y aguacateros, y describe su infancia como idílica. Su familia aceptaba tácitamente ya entonces lo que ella llama su naturaleza afeminada, dijo.

“No podía pasar desapercibida”, recuerda Flores.

Pero a sus espaldas, siempre había murmullos de vecinos y compañeros de escuela, dijo Flores, y después de graduarse de la secundaria, no podía esperar a salir de Orizaba.

“Lo que quería era salir del pinche pueblo y de la pinche gente”, dijo. “Me di cuenta de que era yo criticada y ahora ya señalada por maricón”.

Flores se trasladó a Ciudad de México, donde comenzó a sumergirse en la incipiente escena gay de la capital en los años 50 y 60.

“Para mí fue la libertad”, dijo.

Una noche de 1964, Flores fue invitada a una fiesta de disfraces y, junto con algunos amigos, decidió ir en drag. Eligió el nombre de Samantha para su personaje por el de Grace Kelly en la película Alta Sociedad, que tenía música de Cole Porter, su cantante favorito.

“A mí me gustó Samanta por lo doble”, dijo Flores. “Bing Crosby le decía Sam, y es como de Samuel”.

La anfitriona de la fiesta era una amiga de Flores, Xóchitl, entonces una de las mujeres trans más famosas de México, quien, según Flores, tenía conexiones con los ricos y poderosos que le permitían la libertad de celebrar fiestas extravagantes para la comunidad LGTBQ.

“Ella fue la que abrió las puertas a la mujer trans”, recuerda Flores. Poco a Poco, Flores apareció en público como Samantha hasta que, eventualmente, fue Samantha.

“Me identifiqué totalmente y encontré mi verdadera personalidad”, dijo.

Pronto, Samantha Flores se convirtió en una presencia fija de la vida nocturna de Ciudad de México.

“Siempre fue una mujer muy muy elegante”, recuerda Alexandra Rodríguez de Ruíz, una activista por los derechos de los transexuales y escritora que era una adolescente cuando empezó a ir a clubes gay y conoció a Flores.“Siempre vestidos muy bonitos y siempre acompañada de chicos guapos”.

Por aquel entonces, cuenta Rodríguez, formar parte de la comunidad LGTBQ en México era aún más peligroso; la policía detenía regularmente a las mujeres trans en la calle o hacía redadas en bares gay y confiscaba sus pertenencias.

“Existía mucha persecución”, dijo. “A veces, si eran policías malos, te llevaban a lugares y te violaban sexualmente o te golpeaban”.

Pero Flores dijo que se las arregló para evitar los problemas. Ya sea porque podía pasar fácilmente por mujer o por su amistad con la bien relacionada Xóchitl, nunca la molestó la policía.

Aun así, Flores dijo que se sentía incómoda como mujer trans en México, y decidió mudarse a Los Ángeles. Durante varios años, en la década de los 70 y principios de los 80, vivió entre México y Los Ángeles, donde trabajó administrando un bar gay, entre otras cosas.

Cuando regresó a México a tiempo completo a mediados de los 80, la crisis del sida estaba en pleno apogeo.

“Mis mejores amigos, mis amigos más amados, murieron de VIH”, recuerda Flores. “Perdí la cuenta. Si te digo 300, no te exagero”.

Ver la crisis a la que se enfrentaba su comunidad la inspiró a convertirse en activista.

“Me volví luchadora”, dijo.

Al principio, Flores fue voluntaria en una organización benéfica contra el sida, y más tarde empezó a reunir dinero para niños con VIH y mujeres víctimas de la violencia en el norte de México, recaudando fondos en representaciones teatrales, como Los monólogos de la vagina, que se representó en México durante años.

Luego, hace unos años, un amigo suyo le sugirió que creara un refugio para adultos mayores LGTBQ.

“Ahí se me prendió”, dijo Flores.

Le tomó años recorrer la burocracia mexicana y hallar el lugar adecuado, pero finalmente consiguió alquilar un edificio de una sola habitación en una calle muy transitada del barrio de Álamos.

Ahora Vida Alegre se encuentra allí, con el edificio pintado de azul brillante y una bandera arcoíris en la fachada.

La comunidad ha crecido hasta contar con unas 40 personas, de las que aproximadamente la mitad son heterosexuales y van allí solo por la compañía.

“Es la empatía y la convivencia”, lo que atrae a la gente, dijo Flores. “El abandono y la soledad se han escapado”.

Además de reabrir Vida Alegre, Flores tiene otro deseo.

“Estoy esperando al príncipe azul en caballo blanco con armadura de plata y que me venga a dar serenata”, dijo Flores. “Tengo 35 años viviendo aquí, con las ventanas abiertas, esperándolo. No ha llegado aún”.