Tony Bennett, con Alzheimer: el milagro de la música como conexión a la vida

La familia del cantante de 94 años decidió hacer público ahora el diagnóstico de 2016. Intentan naturalizar una enfermedad que es tabú entre celebrities. El día a día del artista que conecta con la realidad cuando canta.

Clarin
4.3.2021

Puede olvidarse hasta del reflejo que le devuelve el espejo, pero cuando suena The Way You Look Tonight en versión propia es como si se reconociera. Cada punto y cada coma, cada silencio entre palabras, cada métrica de la canción, recordados a la perfección por Tony Bennett. Las carpetas mentales en blanco, pero un «archivo» inalterable. Pequeño triunfo de la música sobre el Mal de Alzheimer.

No sabe que estamos en pandemia. Vive como en una caja de cristal fabricada por su pareja. Las redes lo muestran tomando sopa de calabaza, tratando como a hijos a sus perros Happy y Buddy, promocionando su pasta a la putanesca, dibujando en su atelier el Central Park. Instagram es un espejismo, un filtro que suaviza la vida simple de Anthony Dominick Benedetto. Desde 2016 sufre este tipo de demencia senil, pero ahora que su familia confiesa el diagnóstico, las imágenes diarias se resignifican. El entorno de Tony mantiene al público cerca, para que no extrañe al crooner y entienda al nuevo Bennett.

El periodista canadiense John Colapinto lo cuenta «quirúrgicamente» en un artículo extensísimo de la AARP, la organización estadounidense dedicada a los mayores de 50. Narra él en su crónica cómo es un día del hombre que debutó artísticamente a los 10 años y que ahora depende de su mujer para reconectar con varios significados. Describe el escritor que el primer indicio se da cuando llega a la casa de Tony, en el piso 15 de un rascacielos de Nueva York, y ve «los ojos azules de párpados pesados, la icónica nariz romana, pero algo que falta, la sonrisa fácil y omnipresente».

Es Susan, la pareja del cantante, de 54 años, el sostén, la que elige gritar la verdad a los medios. Quiere que el Alzheimer deje de ser tabú, vergüenza, asunto a barrer bajo la alfombra. En un universo de celebrities que disipan arrugas y kilos con una aplicación de celular, ella prefiere desnudar la rutina de su casa, contar cómo lidia con ese desprendimiento de la realidad de su marido y cómo lo extraña cuando entra en trance. No todo es tristeza: los días en que él canta Fly Me To The Moon, se enciende una lucecita, deja el túnel oscuro. «Cantar le salva la vida».

Tony ya mostraba signos claros de la enfermedad, según Susan, cuando él y Lady Gaga comenzaron a grabar en los estudios Electric Lady de Nueva York, en 2018. El miedo de Susan era que su marido no estuviera a la altura de la tarea. Comparaba a ese Tony y al de un par de años antes y lloraba: antes de su enfermedad, él era conocido como el perfeccionista insoportable. El documental The Zen of Bennett (estrenado en 2012) lo certifica. Se lo veía obsesivo, grabando con su amiga Amy Winehouse, retando al productor Phil Ramone o a su arreglista musical y pianista, Lee Musiker, por usar «un tempo demasiado rápido»: la idea de Tony era que sus canciones no sonaran «descartables».

Romper el silencio sobre algo tan íntimo no fue tarea sencilla para la familia Bennett. Pensaron en el estigma, en los prejuicios, incluso en las críticas de los medios antes de contar la verdad sobre el cantante al que miles señalaban como «rival eterno de Frank Sinatra». En un país en el que más de 5 millones padecen esa enfermedad (y los médicos anticipan que el número podría aumentar a proporciones epidémicas), Susan entendió que hablar sin miedo y dar pautas podía ayudar a muchos. «Tony sigue una dieta mediterránea y hace ejercicio tres días a la semana para mejorar el flujo sanguíneo y ralentizar el proceso de pérdida de la memoria», precisa.

El señor que canta Dejé mi corazón en San Francisco, el mismo que publicó más de 50 discos y ganó 19 Grammy, está dando una lección al mundo sin saberlo. La música, otra vez, es su salvavidas, como lo fue cuando estuvo en la primera línea de batalla durante la Segunda Guerra Mundial: cantaba para distraer su miedo. En otro tramo de su vida -cuando nacían los ochenta- no podía levantarse de la cama, ahogado por los excesos, los fracasos matrimoniales y las deudas. De nuevo recurrió al escudo protector, el canto.

Su neurólogo recomendó que continuara ensayando. Dos veces por semana, su pianista Lee Musiker lo visita y repasan canciones durante 90 minutos. Las melodías juegan a ser islas sanas en medio del deterioro cognitivo. El piano de cola Bösendorfer negro ni enterado del diagnóstico mental de Tony. Hay un saber viejo que no se borra, que queda encadenado vaya a saber uno en qué fracción invisible de los sesos.

¿Sabe Bennett lo que le pasa? ¿Reconoce un paciente con Alzheimer que tiene Alzheimer? «Como el curso es fluctuante, y va de a poco, los pacientes saben qué les está pasando, y al principio se angustian mucho cuando conocen el nombre de la enfermedad que padecen, pero cada paciente es un mundo y cada uno evoluciona según su personalidad e historia de vida y la posibilidad de acompañamiento que tengan», explica la neuróloga Gabriela Ferreti. «Quien tiene un nivel intelectual alto, nota el deterioro en forma temprana. Ahora hay tests que permiten hacer un diagnóstico temprano y comenzar la rehabilitación cognitiva. Si bien la enfermedad no es curable, se puede mejorar la calidad de vida por un tiempo. El apoyo de rehabilitación y sobre todo afectivo son los pilares fundamentales del tratamiento».

La noticia triste llegó semanas después de otra viral, una tal Marta González que en los ’60 había sido bailarina en Nueva York lograba poner en modo pausa al Alzheimer cuando un terapeuta le hacía escuchar El lago de los cisnes, de Chaikovski. Allí ocurría la magia: la memoria del cuerpo la hacía deslizarse instintivamente, repitiendo esos pasos con los que había deleitado al público más de medio siglo antes.

¿Cuál es el factor determinante de lo que se recuerda y lo que no? ¿Por qué la música «sobrevive» en tantos casos? «Uno de los más importantes fijadores de recuerdos son las emociones. De las buenas y de las malas, esas que nos ‘marcan’, que nos hacen recordar cada detalle de una situación importante: un aroma, una melodía. En la enfermedad de Alzheimer sufren mucho deterioro amígdala e hipocampo (cuando hablamos de amígdala no hablamos de la garganta), sin embargo, en muchos casos el recuerdo de la música y la emoción que genera se pueden mantener intactas», agrega Ferreti.

Lo dice el neurólogo Oliver Sacks en su libro Musicofilia: «He visto pacientes con demencia profunda llorar o estremecerse cuando escuchan una música que nunca han oído, y creo que son capaces de experimentar la misma colección de sentimientos que los demás. La demencia, al menos en esas ocasiones, no es un obstáculo para la profundidad emocional. Una vez que has presenciado estas reacciones, sabes que sigue existiendo un yo al que apelar, aún cuando sea la música, y sólo la música, la que consiga llegar a él».

Tony, padre de cuatro, no está retirado. De hecho, el 22 de abril de 2020 se unió desde su casa al Jersey 4, el evento benéfico por la pandemia del que participaron voces como Bruce Springsteen y Jon Bon Jovi. Sus breves y delicadas presentaciones están supervisadas por una de las personas que más lo conoce, su hijo Danny, el mayor (de 66 años) quien maneja la carrera de Bennett desde hace 40 años. El hombre fue crucial para su renacimiento artístico cuando tocó fondo: lo acercó a MTV, a Amy Winehouse y Lady Gaga, y fue artífice de que Los Simpson lo homenajearan en algunos episodios.

Los 94 años del gran TB no fueron exactamente un caminito despejado, de rosas y bendiciones: hubo curvas, precipicios y tormentas. Su historia estuvo ligada también a las secuelas de lo bélico, la depresión y un intento de suicidio.

Desde su nacimiento en el barrio de Astoria (Queens, Nueva York, el 3 de agosto de 1926), Don Benedetto (bendecido en italiano) no hizo más que esquivar situaciones complejas. A los nueve años sufrió la muerte de su padre, atravesó la pobreza infantil, más tarde sorteó las bombas de la Segunda Guerra Mundial. A los 16 renunció a un pupitre en una escuela secundaria para aspirantes a artistas -en el Upper East Side de Manhattan-, para ayudar a su madre, costurera y al resto de la familia. Trabajó lavando copas, luego como camarero-cantante. Todo se encaminaba al arte, pero llegó el reclutamiento del Ejército y el sueño volvió a pausarse.

En Alemania organizó trincheras «en tierra congelada», vio morir a amigos adolescentes. Mientras se burlaban de él por sus orígenes italianos y «por entablar amistad con soldados negros» construyó su «ideología anti-prejuicio». Años más tarde fue uno de los pocos artistas blancos en unirse a la marcha de Martin Luther King Jr. por la igualdad de derechos en Alabama.

De regreso a Nueva York, con el nombre artístico de Joe Bari, volvió a cantar por monedas en clubes pequeños. El golpe de suerte llegó con Pearl Bailey, la popular cantante y actriz que lo invitó a cantar con ella en un club de Greenwich Village. Ese día apareció el cantante Bob Hope y quedó hechizado. Lo convocó para nuevos trabajos con la condición de rebautizarlo: «Te vas a llamar Tony Bennett».

A partir de esa noche todo fue ascenso hasta la caída. A mediados de los sesenta comenzaron a decir que su arte «ya era pasado». Las ventas de discos se hundieron, su primer matrimonio (con Patricia Beech, con quien tenía dos hijos) se desmoronó.

Su discográfica, Columbia Records, empezó a exigirle otra música, «golpe de timón al rock»: Tony se negó, fundó una compañía, apostó al jazz, pero no pudo comer de eso. Apostó por un segundo matrimonio, tuvo dos hijas, una mudanza a Los Ángeles y un estilo de vida de «fiestas interminables y cocaína que fluía tan libremente como champán». Lo cuenta en su libro biográfico: el alcohol y las drogas terminaron siendo un cóctel fatal, dejándolo inconsciente en la bañera. Su pareja logró salvarlo, pero la relación se acabó. Vuelta a empezar.

Pacifista, veterano de guerra que aprendió que el combate «es el error más imperdonable», alguna vez se atrevió a deslizar algo que no cayó bien a miles de admiradores, que «Estados Unidos provocó el ataque contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001»: «Ellos (los terroristas de Al Qaeda) volaron los aviones pero nosotros lo provocamos. Los estábamos bombardeando y ellos nos pidieron que paráramos», acusó durante una entrevista en el programa del popular presentador Howard Stern. «¿Quiénes son los terroristas? ¿Nosotros o ellos?».

«Antonito» tuvo su relación con la Argentina en distintas épocas. Pasó al menos cuatro veces por el país (1961, 1980, 1994 y 2012). Su voz retumbó magistralmente en el Ópera, en el Gran Rex, en el Coliseo y en cenas show en el Sheraton. El archivo documenta que la primera vez se presentó junto a una de las rubias más sensuales de Hollywood, Diana Dors, y que en alguna oportunidad lo presentó Juan Alberto Badía. Hace casi una década hizo un dúo con Vicentico. Grabaron en Fort Lauderdale el tema Cold Cold Heart, que luego cantaron juntos en el Rex.

Susan, primero fan y luego su tercera pareja «legal» desde 2007, tiene casi 40 años menos. Fue en parte el shock de juventud que lo llevó a «asociarse» a Lady Gaga y a Winehouse para renovar público. «Después de Presley, Beatles y Stones, venía Winehouse», suele repetir Tony, que llora todavía a su amiga Amy los días que recuerda que está muerta.

Lo que hay en la mente borrosa de un paciente con Alzheimer es todavía una intriga en la que la ciencia bucea desesperante. Los fans de Tony esperan que mientras él pinta esos atardeceres con acuarelas y óleos, su mente vuelva al menos a los lugares donde fue feliz. Su mujer -que recibió con tristeza la noticia de la muerte de Sean Connery, quien también sufría demencia-, solo ansía el mismo final que el del actor. Dejar de respirar y entrar en un sueño como de música. «Espero que un día, simplemente, Tony se quede dormido».

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