Muchacha italiana que vino a vivir a la Argentina cuando todo era promesa: recuerdos de una época anhelada

Una señal. Al irse, dejó bajo una teja de su casa en Calabria algo para que no la olvidasen. Aquí formó parte de una familia con diez hermanos en la que los varones controlaban a los novios de las mujeres.

Pierina Masci
19/03/2021
Clarín.com

Tenía ocho años y mi papá me mostró una postal. Era octubre de 1953 y vivíamos en Frascineto, nuestro pueblo en Calabria, en el sur de Italia. En ella, un gran barco surcaba el mar en medio de blancas estelas. Lo miré, abrí grandes los ojos, se la saqué y fui a ver a mis amigas mientras gritaba: ¡iremos a pasear a América! Me miraban serias. Fernanda, mi compañera de banco, se fue corriendo con lágrimas en los ojos. Pero, si íbamos a pasear, ¿por qué no se alegraban conmigo?

Unos días antes, el cura del pueblo nos había llevado a conocer el mar y la playa. Volvimos felices, cantando. ¿Por qué ahora no se alegraban por mi paseo? ¿Sabían ellas algo que yo no quería ver?

Mi papá Andrea y mi mamá Giuseppina tuvieron 5 hijos y 5 hijas: un varón, una mujer, un varón, una mujer… de chica, me preguntaba: ¿doblaron alternadamente a la derecha y a la izquierda?

Los preparativos del viaje fueron veloces: venta de los olivares, unos viñedos y una casa. Teníamos dos casas. Hicimos la revisación médica en Nápoles para el certificado de salud y poder emigrar. Allí, papá me compró una banana, que era una fruta desconocida para mí. Nunca volví a sentir ese aroma y sabor.

El barco Santa Fe nos recibió. Mis hermanas mayores Adela y Rosa lloraban por sus cuasi novios, y ellos en el muelle también. Yo no entendía los apurones y los llantos. Nuestros padres no querían dividir a la familia y ellas, no tuvieron coraje. Siempre los extrañaron.

La noche de la partida, las numerosas visitas y los llantos, me alarmaron. Algo no me cerraba. Subí a la terraza, me llamaban para irnos. Bajo la teja de un pequeño techo, desesperada, escondí algo, no sé qué, le dije: “Esperame, volveré por ti y te contaré”.

Dos de mis hermanos varones, José y Domingo, ya estaban en Argentina. Papá, ex militar, oficiaba de jefe de grupo: controlaba y ordenaba al contingente en sus reclamos.

La bodega del barco llevaba granos a Europa y volvía con emigrantes. Hombres y mujeres comían en diferentes turnos y dormían separados, en cuchetas. Por el movimiento del barco, Rosa siempre vomitaba. Sergio, el cocinero, le daba helado y de reojo miraba a Adela. En los años siguientes, siempre que volvía el barco, él nos visitaba. Había algo especial entre Adela y Sergio, pero la idea de él era casarse y volver a Italia. Ella, por segunda vez, no pudo dejar la familia.

Yo, con mis ocho años escuchaba, participaba y al mismo tiempo me desgarraban los dolores y los fracasos amorosos de hermanos y hermanas. Era como un duende silencioso. Para mí, todo era novedad. Siempre estaba ahí. En la popa, miraba como un marinero ataba alfombras y las lavaba en el mar. Parecían restos de un naufragio que seguía al barco. Ambos nos mirábamos, él disfrutaba de mi asombro mientras hacía su tarea.

Una noche, mi hermano Vittorio no apareció. Los gritos encendieron el barco y mucha gente se unió en la búsqueda. Mis padres estaban al borde del colapso. Yo pensé: “¡¿Y si el marinero lo había atado y tirado al mar para que nos siguiera y retozara con las olas?!”. Miraba por la borda, pero no se veía nada. La noche lo envolvía todo. Lo encontraron tapado en la cucheta de mamá. Tenía diez años y la extrañaba.

Después de dieciocho días, llegamos al puerto de Buenos Aires. Nos esperaban parientes, amigos, y José y Domingo, los hermanos ya emigrados. Algunos preguntaban de dónde había salido yo y la respuesta de mamá era: “Con los últimos restos…”. Yo no entendía, pero pensaba si era una sobra de algo.

Alquilamos un restorán con vivienda. ¿Un bodegón, una fonda?. Venían a comer trabajadores de diferentes rubros y consumían guisos con un vaso de vino.

En una habitación dormían los varones y en otra las mujeres. Y, con disciplina, se distribuyeron las tareas familiares: Rosa en la parrilla, Vicenta y mamá en la cocina, Adela limpiaba y cosía, Vittorio a lavar los platos, Totó y Atilio de mozos y papá en el mostrador. A mí, me tocó “controlar” a Don Giuseppe, el mozo italiano incluido en el contrato. Papá, mamá y él se respetaban y se escuchaban. Era un flaco fumador, solterón y exigente, nos tenía a todos bailando a su ritmo. Pero nos enseñó el trabajo. Pasaba y cantaba el costo del plato: “¡Cuarenta centavos! ¡cincuenta!”. Al recuento del dinero, siempre le sobraba plata que yo no anotaba porque estaba leyendo. En un kiosco de revistas, yo solo tenía que estirar el brazo y me las prestaban: Fantasía, Sargento Kirk, El Tony, El Eternauta, Tarzán. También pedía libros en la biblioteca de la escuela. Con el tiempo perdí ese “trabajo”, al mozo nadie lo controlaba. Fue una bendición en nuestro camino. A veces aparecía con un árbol verdadero de Navidad y cantando me pedía que lo ayudara a armarlo.

En Italia cursaba tercer grado, acá me anotaron en primero inferior. La maestra me hizo escribir “mamá” y “papá”. Enseguida, me llevó a segundo grado. Tímida, no hablaba con nadie, estaba relegada por mí y por el medio. Un día, entendí que en el aula había piojos. Yo, para congraciarme, me paré y dije: ”¡Yo tengo!”. Quedé aislada en una burbuja por mucho tiempo.

Creo que había un acuerdo tácito entre mis padres y los hijos varones para controlar a las hermanas mujeres. A ver si deshonraban a la familia ya que a la fonda venían algunos hombres italianos. Había miradas. ¡Cuántos romances se perdieron! Si un hermano veía a alguna hermana arreglarse un poco más de lo habitual y salía, la seguía discretamente. Si detrás de un árbol, farol o en un globo aerostático aparecía el candidato, con el índice le señalaba que se volviera a casa. Se sentían los gendarmes de la familia. Sin embargo, ellas a veces cruzaron el río.

Muchos años después, papá recordó el poder que habían ejercido mis hermanos sobre las mujeres. Y lo lamentó, pero los tiempos habían cambiado mucho y todos nosotros también.

Yo tendría 12 años y cada tanto venía un joven italiano de 18 años que se había hecho amigo de Totó. Me miraba y me decía “mon petit”. Me derretía escucharlo y pensaba: ¿me esperará algunos años? Una noche, supe que venía por Vicenta. Cuando llegó, me repitió el saludo y le dije con bronca: “No te burles más de mí”. Nunca supo por donde andaba mi tren. ¿O si?

Un día, al bajar por una escalera con varios libros, caí mal. Al otro día, empecé a menstruar. ¿Y eso, qué era? Nunca nadie me había enviado un whatsapp, un mail, un sms, señales de humo o alguna explicación. Creí que me moría lentamente. A la noche y por muchos días, dejé una nota en mi mesita de luz: “Que no se culpe a nadie, es porque me caí”. ¿Una novela policial? A veces, junto a la ventana, fingía leer mientras miraba a papá en el mostrador. Sentía que me debía algo, no sé qué. Pero él, muy ocupado, no se daba cuenta de mi necesidad.

Yo estaba bastante en la puerta del negocio. Un día, hablé con una maestra que pasaba siempre y me invitó a ir a hacer la tarea a su casa, previo permiso de mis padres. Después, me sugirió ir a una escuela nocturna. Sin imaginarlo, me preparó para dar dos grados libres y así terminé la primaria. ¿Cómo? ¿Por qué? Yo quería seguir estudiando, pero me mortificaba que mis hermanos no pudieran. Trabajaban mucho y yo me sentía sin derecho a pedir más. Mamá quería una pianista en la familia, no daba el bolsillo. Otra vez en el limbo.

Con Totó y Vittorio íbamos a las hamacas de la Plaza Flores. Un cartel decía: “Los únicos privilegiados son los niños”. Yo pensaba que era un error, los grandes no explicaban nada y había actitudes que no entendía porque todo se daba por sentado.

En la casa de Susana, mi compañera de banco, en su armario, veía tanta ropa linda y de tantos colores… Yo no me podía quejar, me ponía un vestido y el otro se lavaba. Todo el esfuerzo y los ahorros familiares estaban destinados a comprar una casa propia, que luego todos pudimos tener.

Años más tarde, Susana me contó que iba a anotarse para ser maestra. “¿Me acompañás?” “Bueno”. Y allá me dijo: “Dale, anotate también”. “Bueno, si querés…” Yo no tenía métodos de estudio, era todo de memoria. Si perdía la primera palabra, la mendigaba. Una vez, en el libro decía: “sigue en la otra página”. Dije eso y seguí exponiendo. Creo que todavía se están riendo. ¿O se rieron del diez que saqué? Esa etapa fue confusa y placentera a la vez. Con Susana también fui a catecismo, de memoria todas las preguntas. Sabía y no sabía nada. En San José de Flores, en la primera confesión, empecé a hablar y el Padre Morani salió corriendo. ¡¿Qué hice, qué hago?! Miré la puerta para escapar pero antes llegó el sacerdote con una pila de libros y me los regaló, eran como veinte; Bomba, Heidi, La Sirenita, El Sastrecillo Valiente, Blancanieves y tantos más. Fueron mi refugio y alegría, los leía y releía. Los conservé muchos años.

Me recibí de Maestra Normal y me ofrecieron ejercer en la escuela. Fui una de las mejores alumnas. Para ello debía nacionalizarme y renunciar a mi ciudadanía italiana. El pedido no me sonaba coherente, un papel no te hace otra persona ni te da otros valores. No entendí o no quise entender, o me dio miedo, o quizás falta de confianza. Hoy, una legislación más sabia acepta ambas ciudadanías. Creo que no lo hice porque recordaba un dicho de papá: “Non essere traditore della Patria”. Mucho tiempo después, entendí su verdadero significado: honrar tus raíces que te dieron el ser y honrar la Patria adoptiva que te aceptó. Hacer de la vida un espejo de las dos. Y la pregunta siempre está: ¿hice lo suficiente? ¿podía haber hecho más? ¿Cuánto se perdió en el camino? ¿Se transmitieron los valores?

Alguna amiga, con los años me dijo: “Italiana, ¿qué hacés acá?”. Más adelante, esa frase tiene otro significado.

Mi hermana Rosa era muy especial. Vivía distraída y de repente decía algo original. ¿De dónde lo sacaba? Cuando yo estaba con ella en alguna fiesta o excursión, apenas la veían, yo desaparecía del elenco. Todos los sobrinos amaban estar en su casa, solo con estar ahí les alcanzaba. Por ejemplo, si una sobrina quería tener un novio, Rosa se iba a la iglesia reclamándole a San Antonio que hiciera su trabajo y no se escondiese.

Un día de septiembre de 1992, Rosa fue a la Vicaría de Flores y allí la recibió un sacerdote: “Padre, cuando pude ayudé a mi Iglesia, ahora necesito que me ayude a mí”. Felipe, su marido, estaba enfermo y no podía trabajar. El sacerdote la ayudó. Cuando se iba, Rosa lo miró y le dijo: “Su destino está en Roma”. Años después, el arzobispo Jorge Bergoglio le confesó a Andrés, hijo de Rosa, que ella había sido una de las mujeres más influyentes en su vida. Como Moisés, mi hermana no pudo entrar a la Tierra Prometida. Cuando volvía del Santuario de San Nicolás, el chofer se quedó dormido mientras manejaba.

A los 49 años, volví a mi pueblo y me alojó Valentino Tamburri, el intendente y amigo de la infancia. Un día, me acompañó a la casa de la teja. La miré y la sentí lejana, pero fui a la terraza, acaricié la teja y con cariño, le dije: “Seguí esperándome”. Me di cuenta que ahí estaba mi infancia y que en ese objeto escondido quedaba algo de mí: yo había estado allí, no me olviden.

Al pasar delante de la casa donde había nacido, un silencio de pueblo y de noche me envolvió y bajo esa luna inmensa, me senté en la escalinata y lloré tanto, tanto como nunca. Sentí que esa niña de ocho años me abrazaba, me consolaba y se alejaba otra vez. Nos entendimos con la mirada y con cariño me dijo: “Vos te fuiste, pero yo me quedé acá”. Entonces, comprendí que mi vida estaba en otro lugar. Hoy tengo 75 años, 5 hijos y 10 nietos. Y entre ellos, también está aquella niña de ocho años.
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Soy Pierina Masci, nací en Frascineto (Cosenza, Calabria, Italia) el 21 de abril de 1945. Estudié magisterio en el Instituto Ana María Janer y Psicología Social en la escuela fundada por el Dr. Enrique Pichón Riviere. Fui columnista en los programas radiales “Italia Tricolore”, “Italianissima” e “Italia y sus regiones”. Colaboré con el patronato ENAS con asistencia a pensiones italianas en Argentina. Mi bella familia está compuesta por mi esposo Pedro, 4 hijos, 1 hija, 4 nueras, 1 yerno y 10 niet@s especiales. Realicé distintos talleres de literatura y uno de mis placeres es escribir y leer, algún día espero publicar mis poesías y cuentos.

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