Los inesperados efectos de la pandemia en los adultos mayores

La llamada vulnerabilidad de la vejez no es una vivencia homogénea en todos los adultos mayores.

Por Enrique M. Novelli
Ambito
10.3.2021

La vuelta de los años, pandemia de por medio, ¿implica necesariamente que el adulto mayor vivencie soledad, incertidumbre, vulnerabilidad?

Que aún no existan estudios científicos sobre los efectos de la pandemia en los adultos mayores (sólo encuestas realizadas en distintos países) es entendible por la novedosa situación impuesta por el COVID-19.

Sin embargo, la ausencia de investigaciones no impide hacer algunas consideraciones, a modo de hipótesis, que con estudios en el correr del tiempo las avalen o impongan sustituirlas.

Para entrar en esas consideraciones se puede partir de la idea de relativizar el hecho de que la vejez impone a los individuos estados de vulnerabilidad, pues con este término se homogeniza a todos los adultos mayores.

Si bien es cierto que en términos biológicos la vejez implica menores grados de defensa del organismo, no es adecuado a las realidades clínicas y cotidianas sostener que la vulnerabilidad, sólo por razones de edad, se dé por igual en todas las personas.

En la relativización propuesta participan factores como: salud psíquica, estilos de vida, diferencias de género, etnia, nivel educativo, ocupación, condiciones, costumbres; pues son circunstancias que marcan diferencias de percepción y actitudes hacia la vida en los individuos.

Para sintetizar, la llamada vulnerabilidad de la vejez no es una vivencia homogénea en todos los adultos mayores.

Sí se reconoce un rasgo común en la vejez; después de una larga vida productiva, en general, el adulto mayor ve recortada sus funciones laborales, sociales, la función parental, y en muchas oportunidades, (en el mejor de los casos), los hijos pasan a constituirse como cuidadores de los que cuidaban. Esta situación pone al anciano en una relación de dependencia y sentimiento de pérdida de autonomía.

Cuando a esos recortes, de las distintas funciones, que le hacen vivenciar a los adultos mayores pérdida en la valoración personal, se le agrega el retaceo del contacto con los seres queridos, es habitual escuchar que padecen por las sensaciones de aislamiento y de soledad.

El “quédese en casa, no se acerque a un otro a menos de metro y medio o dos, no comparta vajillas, no abrace a las personas” son consignas, si bien son necesarias para el cuidado que impone la pandemia; que tienen efectos colaterales porque pueden agravar más la sensación de soledad por el aislamiento; pues no sólo privan del contacto con los seres queridos, sino que interrumpen las rutinas y las estrategias que en muchos casos aplican para compensarla (asistencia frecuentes a centros de salud, clubes, centros de jubilados, etc.).

La sensación de soledad provoca la de incertidumbre, y ambas imposibilitan decidir qué hacer hoy, qué planificar para el mañana. Estas vivencias alteran la percepción del propio bienestar, de las condiciones reales de salud y potencian la sensación de vulnerabilidad e indefensión.

De hecho, se ha observado que el aislamiento y el confinamiento provocaron efectos nocivos en la población en general, pero fueron sentidos en forma diferente por las personas. Esas diferencias se vinculan al entorno en que viven, las relaciones interpersonales que puedan establecer, ya sea presenciales o virtuales, y fundamentalmente la calidad de los vínculos.

En los adultos mayores esos efectos nocivos generan reacciones anímicas más intensas. En algunos casos se han observado reacciones típicas derivadas de vivencias traumáticas: (terror, desesperanza, pánico, malestar psicológico, problemas de sueño, etc.), que asociadas a factores ansiógenos, como el miedo a la infección, sobre estimulación de noticias acerca de contagios y sus consecuencias, la pérdida de familiares y amigos, provocaron deficiencias sensoriales y cognitivas que les imposibilitó utilizar recursos personales.

A esos factores ansiógenos se le suma el temor al contagio de los familiares que impediría el encuentro con hijos, nietos, etc. generando mayor sentimiento de abandono y falta de afectividad.

También participa el temor a que hijos y familiares cercanos pierdan la condición laboral y no puedan cumplir con sus compromisos (deudas, hipotecas, pago de servicios, etc.).

Para concluir es importante tener en cuenta que la vejez no es un estado en el que declinan todas las funciones. Las capacidades cognitivas, los deseos, las necesidades de decir, pensar y decidir en forma autónoma, en la mayoría de los casos se mantienen, con la condición de que no estén sumidos en la sensación de soledad e incertidumbre.

Funcionar con esas capacidades es un derecho del adulto mayor y un compromiso ético de los que lo rodean, llámense: familiares, amigos, sociedad, profesionales de la salud, instituciones, gobiernos, etc.

https://www.ambito.com/opiniones/salud/los-inesperados-efectos-la-pandemia-los-adultos-mayores-n5175739