En un pueblito de España un anciano construye desde hace 60 años su propia catedral

La enorme estructura sin terminar es un lamento a cielo abierto. Pero don Justo Gallego, 95, no se da por vencido. Te invitamos a recorrerla.

Marina Artusa
12/03/2021
Clarín.com

“No hice nada del otro mundo”, dice el hombre que, solito, lleva 60 años construyendo una catedral en Mejorada del Campo, un pueblo español a 20 kilómetros de Madrid que se moja los pies en el río Jarama.

A las diez de la mañana de un día de semana, las rejas celestes de estos casi 5.000 metros cuadrados de escaleras al cielo están abiertas. Adentro hay un Audi bordó estacionado junto a un altar redondo sobre el que un Cristo padece una lluvia de excremento. Es la caca de palomas y cigüeñas que llueve por entre los hierros de la cúpula de 40 metros que está sin terminar.

La escena recuerda el provocador Juicio final de León Ferrari -que se puede ver en la muestra por el centenario de su nacimiento en el Museo Reina Sofía de Madrid-, donde el artista argentino hizo defecar palomas sobre una réplica de la obra que Miguel Angel pintó en la Capilla Sixtina del Vaticano.

“Por favor no preguntar a Justo. No puede hablar. Preguntar a Angel. Prohibido hacer fotos a Justo”, dicen varios carteles pegados en las columnas de cemento de la catedral construida con ladrillos rotos, neumáticos de auto, recortes de mármoles, vidrio molido y ruedas de bicicleta, entre otros materiales reciclados y donados.

Justo es Justo Gallego Martínez, el ex seminarista que invirtió más de la mitad de lo que lleva vivido en levantar su “templo consagrado a la madre de Dios Nuestra Señora del Pilar”, como él mismo bautizó a este monumento donde se dan cita parejas y grupos de adolescentes que riegan la catedral de latas vacías y colillas de cigarrillo.

“Ingresé a la edad de 27 años en el monasterio de Santa María de la Huerta, en Soria, de donde fui expulsado al enfermar de tuberculosis por miedo al contagio del resto de la comunidad. De vuelta en Mejorada decidí construir en un terreno de labranza propiedad de mi familia una gran obra que ofrecer a Dios”, dice la autobiografía que don Justo pegó sobre un revoque de la catedral.

Porque, últimamente, Justo Gallego no sale de casa. Vive detrás de una puerta que, a un costado de la nave central de la catedral y junto a un bordado sobre aglomerado de La última cena de Leonardo Da Vinci, recomienda no entrar. En septiembre cumplirá 96 y pasa casi todo el día en la cama, cuenta Angel a Clarín.

Angel es Angel López Sánchez, su ayudante desde hace más de 20 años. Dice que llegó hasta la catedral de Justo atraído por su exótica monumentalidad y que se quedó a vivir con él para ayudarlo. “Cuando lo conocí, me ofreció un trozo de pan, más duro que una piedra”, recuerda.

Justo Gallego nunca se casó. “Esta es mi madre y mi esposa -dijo hace años, en referencia a su catedral-. Nunca estuve con mujeres.” Tiene un sobrino, Félix, que vive al lado de la obra faraónica de su tío y que se niega a hablar.

“Justo tenía deudas y yo vendí un piso (departamento) en Valdemoro para pagarlas. Pero yo soy el malo, el que lo tiene secuestrado”, se defiende Angel a quien Justo declaró heredero de su homenaje a Dios.

Gallego soñaba con ceder la catedral a la diócesis local para que se celebraran misas aquí pero eso sólo sería posible con la legalización del edificio, misión casi imposible.

“Legalizar algo que ya está hecho y con tanta peculiaridad estructural es muy complicado”, coinciden los especialistas.

No hay arquitecto, institución privada ni administración pública que se anime a poner las manos en el fuego por este templo en el que las catorce estaciones del Vía Crucis figuran en una misma pared y que cuenta con dos naves, una cúpula, dos torres, un patio interior y una cripta.

La cripta, a medio decorar en estilo gaudiano, incluye la fosa ya cavada de la tumba desde donde Justo Gallego piensa ver crecer las flores desde abajo, como dirían Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

“Creían que yo estaba loco. Que no iba a ser tan constante”, se jactaba de su obra en la que abundan las esferas y no hay esquinas porque, según don Justo, en los ángulos “se refugia el diablo”.

“No he estudiado arquitectura, soy un labrador -se define-. He dado armonía a todo porque sé calcular la altura y la anchura.”

En tantos años, algunos -pocos- arquitectos se acercaron a curiosear la obra de Gallego. “El esquema en planta es casi impecable. Es evidente que ha habido una mezcla de inspiración con una sólida labor de investigación, que se han visto aderezadas por las aportaciones de múltiples colaboradores a lo largo de los años”, dijo en 2016 el arquitecto Miguel Angel Flores Calle.

“La obra muestra una ausencia total de medidas de seguridad, pero sobre todo queda náufraga en el océano de la realidad por la baja calidad y el tratamiento otorgado a los materiales de construcción que se han utilizado”, agregó Flores Calle.

“No existen planos ni proyecto oficial. Todo está en mi cabeza -dice Justo Gallego desde el manifiesto pegado en su catedral inconclusa-. No soy arquitecto ni albañil ni tengo ninguna formación relacionada con la construcción. Mi educación más básica quedó interrumpida al estallar la Guerra Civil. Inspirándome en distintos libros sobre catedrales, castillos y edificios significativos fui alumbrando el mío propio”.

Los Gallego contaban con tierras en Mejorada del Campo y sus alrededores. Los rumores en el pueblo hablan de más de 120.000 metros cuadrados, de los cuales el ex seminarista habría vendido una parte, habría construido casas que vendió y donó en otra, y habría reservado la esquina para empezar a edificar su monumento divino.

La catedral de don Justo es parte del itinerario del colectivo 341 que aprovecha la rotonda que hay frente al monumento para dar la vuelta y darle a sus pasajeros una segunda oportunidad de observar lo que resulta increíble: que un hombre solo, con ayuda esporádica, haya sido capaz de tal devoción y esfuerzo humano.

Las torres permanecen decapitadas. A falta de cúpulas cuentan con nidos de cigüeñas, buen augurio para los supersticiosos.

Hace 15 años, los ladrillos tan desparejos como devotos de don Justo recibieron el envión y la fama que les dio haber protagonizado la publicidad de la bebida Aquarius en la que Gallego hablaba de su catedral mientras la propaganda le adjudicaba el eslogan “el ser humano es imprevisible”.

El Museo de Arte Moderno de Nueva York habló de Justo Gallego y, en 2012, hasta dio una charla Ted.

Pero en estos días las obras en la catedral están paradas. Algunos curiosos y visitantes, escasos por las restricciones de la pandemia, se atreven a dar una vuelta por el edificio sin planos ni habilitación y sacar fotos con sus celulares.

Sobre la calle Santa Rosa, frente a un lateral de la catedral, la Asociación Musulmana Annour mira con admiración la obra de don Justo. “Eso cuesta mucho dinero”, dice el imán El Mujadan cuando Clarín le pregunta si un posible destino para la obra de Gallego podría ser el de verla convertida en mezquita.

Y mientras algunos vecinos juntan firmas para que la catedral no sea demolida cuando Justo Gallego ya no sea parte de este mundo, el Ayuntamiento del pueblo se dedica a condecorarlo con títulos honoríficos. Nada más.

En diciembre del año pasado, acordó concederle el título de Hijo Predilecto de Mejorada del Campo. “Se trata de un reconocimiento a su monumental obra, la conocida como Catedral de la Fe, que lleva construyendo desde más hace medio siglo y que ha hecho conocida en el mundo a Mejorada del Campo”, justifican en el Ayuntamiento.

“Nuestro vecino, Justo Gallego, es el mejor embajador de Mejorada del Campo en el mundo y un ejemplo de vida para jóvenes y mayores, que nos demuestra día a día, que quien se propone algo en la vida y tiene un firme ideal, puede conseguir alcanzarlo. Un testimonio de vida que seguro va a inspirar a las futuras generaciones”, dijo el alcalde, Jorge Capa.

Desde 2018 se tramita la designación de la catedral como Bien de Interés Cultural pero aún no se ha logrado.

“Está todo parado. El Ayuntamiento hace silencio -dice Angel a Clarín-. Acá lo que hace falta es un arquitecto que haga los planos pero eso cuesta muchísimo dinero y nosotros nos servimos de donativos.” “Si al menos consiguiéramos la documentación de renovación de obra…”, agrega.

Hace cinco años, cuando visitó Mejorada del Campo, el arquitecto Flores Calle no se fue contento: “Abandoné aquel lugar con una sensación de decepción. De tristeza. Porque una bella intención camine hacia un callejón sin salida -admitió-. No hace falta más que darse una vuelta por el interior del recinto para observar cómo un halo de decadencia se cierne sobre la construcción y amenaza muy seriamente su permanencia en el tiempo”.

Sin embargo, Justo Gallego vive desde hace 60 años ilusionado: “Si no hago cosas por el Evangelio, la vida aburre. No hay esperanza en nada”, dijo.

Pero se sinceró: “Es imposible que yo termine la catedral en vida”.

La de la Almudena, en Madrid, fue consagrada por el papa Juan Pablo II en 1993, 110 años después del comienzo de las obras. Y la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, se levantó entre 1506 y 1626.

La mole de escaleras al cielo de don Justo, que sigue anestesiada en una esquina de Mejorada, tiene su entrada por la calle que lleva el nombre de Arquitecto Gaudí.

Curiosamente Antoni Gaudí diseñó la Sagrada Familia, la iglesia monumental de Barcelona que quedó sin terminar cuando Gaudí murió en un accidente de tránsito en 1926, cuando Justo Gallego era apenas un bebé de un año. Ironía o designio divino, España continúa acumulando catedrales inconclusas.

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