Graciela Fernández Meijide cumple 90: política, derechos humanos y la ética de siempre

Es madre de un desaparecido e integró la Conadep. Fue legisladora y ministra. Ahora, activa y lúcida, preside el Club Político Argentino.

Clarín
Alberto Amato
26/02/2021

El tiempo y sus mudanzas, sobre todo las mudanzas del tiempo, la han dejado en pie, como los árboles de Alejandro Casona; como un estandarte de los derechos humanos que, a lo largo de tantos años, han visto caerse algunos, mancharse otros. Graciela ya tiene el nombre adjetivado que el afecto popular otorga a pocos. Perdió hace años su primer nombre, Rosa, su apellido, Castagnola, y quedó con el Fernández Meijide de su marido. Cumple este sábado 90 años.

La foto más reciente la mostró sentada a la cola de los ciudadanos de riesgo, en espera de ser vacunada contra el Covid, una calamidad que es nada en comparación con las que pasó en su vida. Ni vacunatorio VIP, ni salto de turno, ni gambeta a las normas: cola, espera, pinchazo y a casa. Su libro más reciente está en los stands de las librerías: es la reedición de su “La historia íntima de los derechos humanos en la Argentina”, que Graciela conoce como nadie.

Llegó a ellos por la tragedia. La noche del 23 de octubre de 1976, siete meses después del golpe militar, cinco tipos armados golpearon la puerta de su departamento y preguntaron quién era Pablo. Pablo era uno de los tres hijos de la pareja de Graciela y Enrique. Tenía 17 años. Quienes lo recuerdan lo pintan de un gran bagaje intelectual, lector de Hegel a los 13 años, ex alumno del Colegio Nacional y Comercial de Vicente López.

Los secuestradores casi se llevan al chico desnudo, se pudo vestir a las apuradas, se calzó unos zapatos y antes de verlo por última vez, Graciela pidió que la dejaran abrigarlo: le cedió un pulóver que estrujaba en sus manos. Nunca más lo vio. Esa noche, el terror cayó también sobre otros alumnos de colegio de Vicente López.

Meses después de los vanos esfuerzos por saber algo sobre Pablo, esfuerzos que incluyeron encuentros con sacerdotes cómplices del terror, hendida por el presentimiento, Graciela se acercó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y pidió ser una colaboradora más.

Fiel a su estilo, se metió con todo, aún perdidas ya las esperanzas de hallar con vida a Pablo porque a la APDH llegaban los testimonios más crudos y terribles sobre el terrorismo de Estado. Así entró Graciela en las arenas siempre movedizas de la política argentina.

Su acción en la APDH la llevó a integrar la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) creada por el gobierno de Raúl Alfonsín. Bordeó la actividad política hasta que en 1991 se unió al Frente Grande, que conformaría el Frepaso junto con el partido País de José Octavio Bordón.

Fue candidata a diputada por la ciudad de Buenos Aires en 1991, ganó una banca en 1993, fue convencional constituyente en 1994 e impugnó el Pacto de Olivos, fue senadora por Capital en 1995. Un año más tarde presidió la Asamblea Estatuyente que estableció las normas de funcionamiento de la autonomía porteña.

Dos años después derrotó en las elecciones en la provincia de Buenos Aires a Hilda “Chiche” Duhalde y catapultó su espacio político hacia la formación de la Alianza.

Graciela pudo ser la candidata a presidente de aquella Alianza que pintaba esperanza, pero perdió la interna frente a Fernando de la Rúa. Se lanzó a la gobernación de Buenos Aires y perdió frente a Carlos Ruckauf, mientras la Alianza (De la Rúa-Carlos “Chacho” Álvarez) vencía al peronismo (Eduardo Duhalde-Ramón “Palito” Ortega).

Fue ministra de Desarrollo Social de ese gobierno que iba a derrumbarse con la crisis del 2001, provocada por la salida del “uno a uno” que Carlos Menem había dejado con la mecha ardiendo.

Graciela salió entonces de las arenas movedizas para hacer política de otra forma. Alguien le dijo alguna vez que es más sabio saber cuándo irse de la política, que saber cuándo uno debe entrar en ella. No dejó de lado la defensa de los derechos humanos, se apartó de Madres y de Abuelas de Plaza de Mayo, que terminarían, las Madres, por declararse una agrupación política identificada con el kirchnerismo.

Entre otras tareas discretas, Graciela encaró la durísima misión de intentar comprender, y explicar, los años 70, los años de la violencia política desatada. Lo hizo con una lucidez y una honestidad descarnadas, en especial en “El Diálogo”, un encuentro que mantuvo con Héctor Leis, un guerrillero montonero que, antes de morir en Brasil, quiso pedir perdón por el daño cometido en aquellos años. Juntos, Graciela y Leis deshilaron algunas definiciones dolidas, como la que afirma que el terrorismo no tiene dueño, no lo son ni la izquierda ni la derecha.

También intentó desentrañar los secretos y fervores de aquella militancia metida de lleno en la lucha armada y delinear el rol del Estado sobre los derechos humanos. Esas páginas contienen una pregunta sin respuesta: «¿Por qué nos pasó lo que nunca debió habernos pasado?”.

Hoy es la presidenta del Club Político Argentino. Parece estar a sus anchas. Hace algún tiempo, tal vez en un balance de lo que fue su vida desde aquella madrugada de octubre del 76 y aquel pulóver estrujado, dijo: “Hubiera cambiado todo por tener a Pablo”.

La portada de su libro recién reeditado, muestra el primer plano rotundo de aquel adolescente. A él está dedicado ahora la obra. “A Pablo”. Como siempre.

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