Tienen más de ochenta años y una vida dedicada al amor por las plantas y la jardinería

Además de ser grandes apasionadas de la jardinería, tienen algo más en común: superan las ocho décadas, han dedicado la mayor parte de su vida a las plantas y hoy siguen haciéndolo. Trabajadoras incansables, cada una con su especialidad, dueñas de un espíritu fuerte y llenas de buenos instintos, encontraron en la naturaleza el motor de vida y propósito. Te las presentamos en esta nota.

La Nación
Belén de Ancizar
27 de diciembre de 2020

Chola López Varela

Está al frente del vivero La Terraza desde hace más de 30 años. Pero ya nadie retiene su verdadero nombre, porque todos lo llaman El Vivero de Chola. Es que su dueña, viverista y jardinera experta, es la esencia del lugar e innegable referente de todo paisajista y jardinero. Las plantas estuvieron siempre presentes en su vida. Desde chica acompañaba a su abuelo a su recorrida por el campo y especialmente por la huerta. Y siempre jardín, plantas, gajos cerca. Ya con hijos más grandes, comenzó a realizar cursos de jardinería en la Escuela O. Hall, con grandes profesores como Francisco Leloir, e incluso a diseñar terrazas y balcones. Un hermano, dueño de un vivero en los Estados Unidos, le regaló un terreno en Benavídez para que comenzara su propio proyecto. Tuvo esa visión y le aseguró: «Vas a ser más feliz».

Desde cero, y casi con 50 años, Chola comenzó a armar su vivero en ese lote. Con el tiempo compró el terreno lindero y comenzó a buscar herbáceas perennes, no tan usadas en ese momento. Y ese parece ser su hilo conductor hasta hoy: ir en busca de nuevas especies, de aquellas que son novedad y que no se encuentran fácilmente en otros viveros. Gracias a la generosidad de amigos como Maity Reynal y Carlos Valmaggia pudo siempre innovar, descubrir nuevas sintonías, compartir conocimientos y experiencias.

Hoy le fascinan las hortensias que hace de gajo. Con casi 90 años y siempre con tijera de podar en mano las plantas son su compañía, su ocupación, su ritmo. Una memoria abrumadora, la curiosidad y una humildad innatas parecen ser el secreto de su éxito. O quizás simplemente sea lo que Chola dice: «El mundo de la jardinería nos une con alegría. La alegría es la base de la vida. Y la jardinería es un mundo feliz».

Cristel Steppuhn de Vidal

Rosales Vidal es el vivero especializado a cargo de esta ya sabia mujer, instalada en San Pedro desde hace más de sesenta años. Su padre dejó su Alemania natal y se fue a vivir a Río Negro para trabajar en el vivero Los Álamos de Rosauer y ella nació allí, siempre rodeada de plantas. Así, dedicarse a esto fue algo natural. «Es una sucesión espiritual que evoluciona sin que uno lo quiera», define Cristel.

El padre le fue enseñando el oficio de ser un buen viverista, que implica estar en cada detalle, desde la multiplicación hasta la poda. Será por eso que disfruta de cada una de las tareas, y nunca sale al jardín sin la tijera de podar en mano. «Es un conjunto de cosas que me causan satisfacción, cada pequeña acción, a la que se le suma la observación y el conocimiento». Su especialidad son las rosas, pero la realidad es que ama todas las flores y así lo demuestra su propio jardín con iris, hemerocalis, espuelas de caballero, coreopsis y rosas, claro.

Incluso hay que valorar los yuyos, define. La naturaleza es un ecosistema donde cada parte tiene su función.

«El uso de herbicidas hace un desierto de los campos. El yuyo sostiene la tierra cuando llueve, cuando sopla el viento, alimenta el ganado, retiene el rocío. El mal trato de la naturaleza repercute en los pájaros, en los animales, en el ser humano».

Cristel insiste en transmitir la importancia de que cada persona tenga la oportunidad de cuidar su propio jardín, por más pequeño que sea. «El jardín tiene una función especial. Ahí te distraes, una nueva flor es compañía. Te ayuda a pasar los momentos no tan gratos. Llena un espacio vacío».

Margarita Perkins

Margarita se crió en la estancia de su padre, al que define como un gran plantador de árboles. Así, su mayor distracción de niña fue verlos crecer y disfrutarlos. Entonces, casi naturalmente, parte de su quehacer fue siempre custodiar lo que recibió de sus mayores, acervo de nuestra tradición, y volverse defensora a ultranza de la naturaleza. Un gran desafío en su vida fue defender los árboles de San Isidro, mientras fue presidenta de la Asociación Amigos del Árbol. Ante la amenaza de cambiar todos los viejos paraísos por naranjos amargos, movilizaron a los vecinos y lograron salvarlos. «Esto pasó en los años setenta y gracias a Dios todavía muchos quedan en pie», recuerda Margarita.

Los árboles han sido siempre su objeto de lucha, su fuente de aprendizaje y experiencia. Después de setenta años de plantar árboles en el noroeste de la provincia de Buenos Aires se ha dado cuenta de que el más resistente y que posee varios factores de belleza y uso es la poco apreciada mora.

Su especialidad hoy es conservar los pastizales naturales como refugio de las aves que ya no encuentran dónde anidar. Pertenece al grupo Alianza del Pastizal que, junto con Aves Argentinas, promueve la conservación y el manejo responsable de los pastizales naturales en asociación con el monte nativo donde lo hay.

El lugar que habita es cálido, colorido, lleno de sitios para disfrutar, como patios por los que va rotando según las flores y los perfumes y las sombras. Lleno de plantas que son recuerdos entrañables de gente que se las regaló y de lugares que visitó. «Lo que más disfruto es contemplar el paisaje de los árboles que planté y el paisaje natural que custodio con pasión. Disfruto ver la flor morada que dejé colonizar el frente de mi casa, que me azulea los sentidos en octubre, noviembre. Disfruto de cada puesta de sol, cuando las sombras son más largas y los colores más intensos, cuando las bandadas vuelven a sus dormideros en la laguna y los chimangos hacen sus acrobacias entre los árboles altos».

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