Tiene 103 años, estuvo en la Segunda Guerra Mundial y sale a andar en bici por San Isidro

Ronald Scott se alistó en la embajada británica para pelear contra los nazis. Fue piloto de avión.

Bárbara Villar
09/11/2020
Clarín.com

Escucharlo a Ronald Scott es como emprender un viaje a través de la historia: con cada palabra que pronuncia, el tiempo parece detenerse, los recuerdos apoderarse del presente y la emociones de su cuerpo. “Yo fui a la Segunda Guerra Mundial, ¿sabías?”, pregunta con orgullo dando comienzo a su relato.

Esta es -quizás- su anécdota más preciada. Y no sólo por lo que significó el combate en sí, sino también porque hoy lo convierte en el último sobreviviente latinoamericano de aquel enfrentamiento. Sin embargo, no es su única historia impactante. Es que la vida de “Ronnie”, como le dicen, siempre estuvo marcada por importantes acontecimientos.

Nació en 1917 cuando el mundo se enfrentaba en la entonces llamada Gran Guerra. En ese momento, los conflictos europeos estaban alejados de Buenos Aires. No obstante, no eran ajenos a su familia: hijo de un ex combatiente escocés y una enfermera inglesa, el vecino sanisidrense siempre sintió los lazos de unión con el Reino Unido

Y fue esa sensación de pertenencia tan fuerte la que lo llevó a defender aquella patria cuando estuvo en peligro: «En 1942, cuando la segunda guerra ya se estaba desarrollando, decidí anotarme en la embajada como voluntario para pelear contra las tropas alemanas. Mi papá había fallecido y mi mamá estaba internada producto de un asma. Ahí sentí que tenía que ir a ayudar. Quería hacerlo”, recuerda sobre aquel día.

Y añade: “En Argentina ya se hablaba de la batalla y la gente tomaba partido por un bando u otro. De hecho, la familia de mi mejor amigo militaba el nazismo y a él lo excluían en las juntadas por ese motivo. A mi no me importaba porque nuestra amistad era más importante. Pero decidí ir a defender lo que me pareció justo. Sólo lo hice con una condición: quería ser piloto de avión de la marina”.

El pedido no fue un capricho sino un fuerte deseo: desde su adolescencia ansiaba por volar en avionetas. Una pasión que descubrió a sus 14 años en otro contexto digno de una escena cinematográfica. “En 1931 conocí por casualidad al Príncipe de Gales en el club Hurlingham, donde él estaba jugando al polo. Se me acercó y me preguntó si podía llevarle un vaso de agua tónica. Lo hice y él fue muy amable. Al otro día me invitaron a conocer el Eagle (el primer portaaviones que amarró en Buenos Aires), donde había llegado él. Ahí se despertó esta pasión que me quedó para siempre”, dice.

Su camino a la guerra lo recuerda como si hubiera sido ayer. Fue en barco, demoró al menos un mes en llegar y compartió el viaje con colegas de Sudamérica. Antes de arribar al destino, hicieron varias paradas para buscar otros voluntarios y hasta se vieron envueltos en ataques provenientes del viejo continente.

“En el viaje íbamos tomando alcohol. Se sentía un ambiente raro. Entre todos intentábamos cuidarnos y pasarla bien porque el trayecto era largo, pero no nos olvidábamos de lo que estabamos haciendo: íbamos a la guerra”, comenta.

Y añade: “Cuando arribamos tuve que irme a Canadá para hacer mi entrenamiento porque los centros ingleses habían sido bombardeados. Después de un tiempo volví a Europa y me incorporé al Escuadrón 724 para enfrentar a la fuerza aérea Nazi (Luftwaffe)”.

El nombre de Adolf Hitler desfigura la sonrisa de su rostro e inunda sus ojos de lágrimas. “Trae malos recuerdos, era un hombre malo. No tenía respeto por nada ni nadie, era un horror. Destruía todo a su paso con odio. Todavía recuerdo las ciudades que vi destrozadas por él. Una de ellas fue Londres”, expresa Scott con un poco de bronca y angustia.

Recibir ataques era muy peligroso, pero darlos también. Los bombardeos eran constantes y puntuales: a la mañana, tarde y noche, los alemanes se hacía notar. La adrenalina era cosa de todos los días, sin embargo, Ronnie no se arrepintió nunca de su decisión.

“Sólo me sentí cerca de la muerte en una ocasión, cuando me fallaron los motores y caí en picada al océano helado. Me golpee muy fuerte y nadie entendía que estaba pidiendo ayuda hasta que vieron al avión impactar. De todas formas, nunca me dio miedo morir”, revela quien a sus 103 años se mantiene andando en bicicleta por su barrio.

Alemania se rindió en mayo de 1945 y Scott obtuvo el permiso para volver a su casa si así lo quería. “Me enteré de la rendición cuando estaba descargando mercadería de un tren en Irlanda. Estaba con mi tropa y todos saltamos de alegría, nos abrazamos, lloramos. Era una fiesta. Pero no quería volver hasta que se rindiera Japón, solo ahí estaría terminada la guerra. Recién volví para navidad de 1946”, dice.

En su casa quedan todos los recuerdos de aquellos memoriosos años. Miniaturas de los aviones que voló, mapas de cada lugar en el que estuvo, decenas de reconocimientos por su valentía y los cuadernos que utilizó durante el tiempo de enfrentamiento bélico.

Hoy, en plena pandemia y habiendo atravesado los momentos más difíciles de la historia, Ronnie señala: “Nunca viví algo así, es terrible. Sólo quiero que pase todo para recuperar la libertad y poder juntarme con amigos. Los paseos en bicicleta y los deportes en el CASI son lo que más extraño”.

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