Se pusieron de novios 78 años atrás, se casaron hace 70: cómo es el amor después de haberse amado toda la vida

Florencia Castro y Germán Méndez. A los 92 años, “somos muy unidos”, dicen Y luego: “Aprendimos a soportarnos”, retrucan. Él admite algún “filito” de joven, pero asegura que nunca faltó a casa para la cena.

Analía Sivak
20/11/2020
Clarín.com

Nacimos de novios –dicen con risas, a dúo.

Tienen razón: Se empezaron a “gustar” hace 78 años. A los 14.

Florencia: Él aún no me había dado ni un beso pero nosotros ya nos sentíamos novios. Todo era mucho más tranquilo que ahora. Salíamos a la puerta a tomar mate, a la noche había mosquitos, prendíamos una fogata, yo jugaba con mis hermanas, mi mamá charlaba con la vecina.

Germán: Vivíamos a unas doce cuadras de distancia. Pasaba a buscarla para que saliera y el padre estaba en la puerta y yo le silbaba un bolero. Se lo silbaba y el padre le gritaba “¡Ahí viene Silbidito!”, para que saliera.

Cuando Florencia Castro, hoy 92 años, y Germán Méndez, también 92, se pusieron de novios, el mundo estaba en guerra, Roberto Marcelino Ortiz era el presidente de la Argentina, en el país se podía viajar en tranvía, las mujeres no votaban, no existía el divorcio, “el matrimonio era una institución”, dice Florencia.

El mundo y sus mundos ya son otros, ellos tuvieron la posibilidad y el lujo de verlo y verse cambiar. Hoy viven otra vez solos, con su perro Coco y visitas de la familia que quisieron construir: hijos, nietos y bisnietos.

¿Cómo se hace para mantener la vida y el amor?, eso quiero saber y eso les pregunto.

“Yo contesto por él”, anticipa Florencia y Germán sonríe. Las voces entre ellos se combinarán a lo largo de la entrevista. Me cuentan muchas cosas, pero aún no me responden. Que se conocieron en la Iglesia de Villa Soldati. Florencia iba a un colegio de monjas y la invitaron a participar del coro de la Iglesia. Ahí estaba Germán, convocado por el maestro de la banda que enseñaba música. En esos días Germán aprendía a tocar el saxofón y hacía el recorrido de las procesiones con la banda.

F: Éramos dos nenes. En casa jugábamos a la rayuela con mis hermanas. No ambicionábamos chiches ni pedíamos cosas grandes a los Reyes Magos. Éramos humildes, mi papá trabajaba y con su trabajo mantenía la casa, a su mujer y a sus cinco hijos. Sabíamos de la Segunda Guerra Mundial porque mi papá hablaba pero era una cosa ajena a nosotros. No le prestábamos atención. No había televisión.

G: En casa escuchábamos radio Colonia, así nos llegaban las noticias de la guerra.

F: Sin mucha cosa siempre estábamos entretenidos.

Insisto: ¿Cómo hacen para que al amor perdure?

F: No hacerte mala sangre por todas las cosas. Eso lo aprendí con el tiempo. Yo no lo tenía a él en todo el día. Se iba a la mañana, se preparaba el desayuno y se iba. Él venía a la noche y nos llevábamos bien. Nos veíamos poco. El secreto del amor debe ser eso.

–¿Qué los enamoró?

F: Es lindo –lo dice y vuelve a mirarlo.

–¿Y a usted qué lo enamoró de ella?

G: No sé, qué se yo. Ella es buena. Me gustó.

Los encuentros se fueron dando en el barrio, cada tanto iban al cine y llegó el primer beso (el primero de ambos, el primero de tantos) una tarde en la Plaza Roca.

F: ¡Y no lo solté más! No fueron todas flores pero no lo solté más.

–¿Cómo siguió la vida?

F: Quise estudiar para enfermera pero era de noche y mi papá no me dejó.

G: Mis padres no tenían dinero para pagarme más estudios, me ofrecieron hasta una beca pero con la situación de mi casa no podía afrontarlo. Sabía que tenía que dedicarme a trabajar.

A los 17 años, Germán ingresó a la Marina como músico. Se unió a la banda de la Armada Argentina con su saxofón. Florencia y Germán se despedían con cartas de amor. Germán abordó el crucero “La Argentina” con el saxofón a cuestas para hacer un viaje alrededor del mundo y llevar música a puertos destruidos. Florencia prometió esperarlo.

G: Fuimos tocando varios puertos durante cuatro meses y medio. Vi el mundo destruido. Vimos París desolado, pasamos por Brasil, Venezuela, después la Habana…

Florencia interrumpe: En la Habana tuvo una novia. A mí me escribía que me adoraba, que me extrañaba, que me veía reflejada en el mar… y andaba con la otra en Cuba.

G: Es cierto. Tenía una novia cubana pero me acordaba de ella.

F: Me enteré porque cuando Germán ya había vuelto, un día aparecieron el papá de la chica con la chica en su casa. Desde Cuba viajaron en barco hasta la Argentina, en esos años que no era tan sencillo. El padre venía a buscar al novio de su hija, a casar a la chica. Los atendió mi suegra y los echó: “No, señor, está equivocado, mi hijo tiene novia muy buena. Como vinieron se pueden ir”.

G: Después de ese día no le escribí más.

–¿Celos, Florencia?

F: Yo le perdoné su amor con la cubana. Estaba recorriendo mundo solo… Hoy nos reímos juntos de esta historia.

Al volver del largo viaje siguieron el noviazgo y los días en la Marina. Empezaron los planes de casamiento.

F: A los 18 años él ya quiso entrar a mi casa, hablar con mi papá.

Cuando terminó su contrato en la Marina, a los 22 años, Germán empezó a buscar otro tipo de trabajo para poder formar una familia.

G: Me insistieron para renovar el contrato pero no quise seguir. Quería casarme, tener un trabajo seguro. En la Marina estábamos un año en cada lugar y eso no me entusiasmaba.

Germán consiguió un nuevo trabajo en unos talleres metalúrgicos y sintió que estabilizaba su futuro. El 28 de octubre de 1950 se casaron.

F: Fue una reunión muy sencilla en la casa de los padres de él. Había poca plata. La que había me la gasté toda en el vestido. Participaron los más cercanos de la familia y algunos amigos. Y de luna de miel nos fuimos a un hotel en Luján.

Y se instalaron en la casa de los padres de Germán. Hicieron una cocina aparte para los recién casados. En 1953 nació el primer hijo, Jorge. En 1958 Néstor y en 1964 Juan Carlos. Germán siguió trabajando durante veinte años en la misma empresa. Nunca dejó el saxofón. Participó de las orquestas Típica & Jazz que tocaban en diferentes lugares por la noche.

G: Del trabajo iba a casa a cenar y después me iba a tocar con la orquesta hasta las tres o cuatro de la mañana. Era una máquina de trabajo. En casa desayunaba y desaparecía y volvía a la noche porque trabajaba en la empresa y después era cortador de calzado para sumar trabajo. Más tarde compré un taxi. Sábados y domingos salía con el taxi.

F: Mientras él estaba trabajando, yo estaba en casa tejiendo, cosiendo y hacía todas las tareas de ama de casa.

–¿Dónde sienten que aprendieron lo que saben?

F: Uno se va haciendo. Aprendí de mis padres, de la vida.

G: Fuimos haciendo todo a los saltos. Lo que no sabía hacer lo aprendía porque tenía que juntar plata.

–¿Me podrían definir qué es el amor?

F: Yo siento amor por todo. Nunca tuve envidia. Me río. No soy amargada. No me hace mella algo malo. Siempre fui así. A mí me quisieron desde chica y eso es lo que aprendí. Para mí eso es el amor: amor por todo. Con Germán lo mismo. El amor es amor por todo. El amor por la vida ayuda a construir el amor con un marido.

G: Amor es el cariño que uno tiene, yo no hago más que pensar en ella. Siempre trabajé, trabajé y trabajé y siempre estuve pensando en ella. Si tuve algún “filito” por ahí, pasado, no sé, no me acuerdo pero siempre estuve pensando en ella. Siempre cumplí con ella.

–¿Celos, Florencia? –pregunto por segunda vez.

F: Yo no tenía ningún celo porque sabía que él, en el fondo, era mío.

G: A mí, si me falta ella me falta la vida. Yo andaba todo el día en la calle pero sabía que tenía una obligación en mi casa, tenía que llegar a una hora determinada. Podía tener mis asuntos particulares afuera pero a ella nunca le falté, a las ocho de la noche siempre estaba en casa.

F: Asuntos particulares los llama ahora… –y sonríe.

Florencia hace un gesto como queriendo decir que era otra época, quizás. Que los hombres -lo decían así- tenían ciertas libertades… –¿Podía haber otra mujer y después volvía a casa?

G: Alguna vez habrá salido algún “filito”.

F: Pero no me cambió por nadie.

G: Yo siempre a las ocho estaba.

F: Yo sí siempre fui fiel. Con un hombre tengo suficiente.

G: Fuimos y somos muy unidos.

F: Aprendimos a soportarnos. Y cada día te aferrás más.

Cuentan la fiesta sorpresa por los 70 años de casados como el día más feliz de sus vidas. La organizaron sus hijos. Los llevaron engañados y cuando encendieron la luz de pronto vieron todo lo que habían construido desde aquel primer beso en la Plaza Roca: tres hijos y sus mujeres, nueve nietos, las parejas de algunos nietos (la nieta más grande de 40 años y la más chica de 11), y sus seis bisnietos (el más grande de 12 y el más chico de meses).

F: Entramos a la casa de uno de nuestros hijos. Las luces apagadas y de pronto… estaban todos en un rincón y empezaron a saludarnos, a aplaudir. No sabés lo que fue esa noche, una emoción. Jamás hubiera imaginado poder vivir este día y de esta manera. Pasamos por todas y acá estamos.

G: Y todo eso lo cosechó la madre. Yo estaba siempre trabajando.

–¿Qué opinan de las parejas de hoy?

F: En la época nuestra se escuchaba más la palabra “matrimonio” y no tanto “pareja” como hoy. El matrimonio era una institución, por civil o por iglesia. Ahora es todo más informal pero no sé si es mejor o peor.

Después de la empresa metalúrgica, Germán pasó a trabajar a una empresa de envases plásticos. Se jubiló en la década del 90.

–¿Cómo se imaginan los años que vienen?

F: Yo lo que pido es salud. Salud para poder defendernos. Para poder levantarnos de la cama, que no nos estén atendiendo. Que pueda caminar. Los dos pedimos lo mismo. Salud para todos, para nuestros hijos, nietos y bisnietos primero. Imagino que por tanto pedir algo voy a conseguir.

Tanto Florencia como Germán fueron diagnosticados con Covid19. Florencia permaneció internada durante veinte días y Germán fue asintomático.

F: En esos días él se dio el gusto de dormir en la cama con el perro, algo que yo nunca le dejaba.

G: Yo lo único que pido, lo único que pido, lo único, lo único, es que me muera antes que ella. Que ella nunca me falte. Es lo único que pido. Es un pensamiento egoísta, puede ser, pero en esto soy egoísta. Quiero que nunca me falte.

F: ¿Y si nos morimos juntos? –propone con una sonrisa.

–¿Siguen enamorados a los 92?

–Sí, sin duda, somos muy felices juntos, vuelven a responder a dúo.

–¿El amor crece o se desgasta con los años?

–El nuestro fue en constante crecimiento y a medida que fueron pasando los años, además, nos aferramos uno al otro. La vida te separa o te une y a nosotros nos unió.

–¿Tiene todavía el saxofón, Germán?

G: Sí.

–¿Toca?

G: Lo tengo guardado. No sé si todavía sonará o no.

En tiempos con nuevas opciones para el amor, donde el divorcio es ley desde hace tiempo, el poliamor se confiesa, el tinder se viraliza y la pandemia lo contamina todo, ellos celebran la decisión que tomaron hace 70 años: atravesar la vida juntos. Con silbido de bolero romántico de fondo.

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