Reflexiones feministas en torno a las mujeres mayores

La autora propone nuevos planteos sobre exclusiones, estereotipos e identidades de las personas de más de 65 años, que con la pandemia pasan a calificar de modo mucho más visible dentro de esa categoría.
Por Mabel Burin
Página 12
12.11.2020

En el II Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe realizado en Lima, Perú, en 1984, coordiné un taller junto con Blanca Ibarlucía –una querida pionera del feminismo argentino– sobre mujeres de mediana edad y mayores. No imaginé por entonces que seguiría durante tanto tiempo con mis reflexiones sobre las mujeres de mediana edad, por ejemplo, con los estudios sobre el consumo abusivo de psicofármacos entre ese grupo de mujeres (Burin, M., 1990), así como el Techo de Cristal en la carrera laboral de las mujeres como factor depresógeno en el contexto de las culturas organizacionales laborales patriarcales (Burin, M., 1996), y varios otras investigaciones. Han pasado casi 40 años, y encuentro que esos cuestionamientos me insisten para que siga indagando, pero esta vez con énfasis sobre las mujeres mayores. Supongo que el factor etáreo debe estar incidiendo para que ahora me enfoque en estas problemáticas. También porque me ha motivado un fluido e intenso diálogo que mantengo desde hace algunos años sobre Diálogos Feministas Inter-generacionales, con colegas y compañeras investigadoras del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). De modo que habría una doble motivación –personal y académica– para estas reflexiones sobre mujeres en proceso de envejecimiento. Y así como a comienzos de los 80 la pregunta inicial podía haber sido “¿qué es ser mujer?”, en este momento la pregunta sería “¿quién voy siendo como una mujer mayor?”. Las respuestas a estas preguntas son variadas y apuntan a un heterogéneo conjunto de experiencias, investigaciones, publicaciones, proporcionadas por el devenir propio de mi vida así como el de un amplio colectivo de mujeres que se describen a sí mismas como “mujeres mayores”. Con la pandemia de la covid19, las personas de más de 65 años pasamos a calificar, de modo mucho más visible, dentro de esa categoría etárea.

Uno de los interrogantes que se presentan es acerca de las representaciones sociales y subjetivas de las mujeres de este grupo, que por su heterogeneidad merece estudios específicos. En este aspecto, quiero destacar que el universo discursivo respecto del repertorio deseante de las personas mayores parece agotarse dentro de estrechos límites que no incluyen los aspectos sexo-afectivos, ya que éstos sólo parecerían ser atribuibles a las personas jóvenes. Esta dimensión queda invisibilizada detrás de estereotipos respecto de las mujeres mayores, opacadas detrás del velo de la insistente problematización acerca de su salud o de sus recursos económicos como su principal horizonte de reconocimiento social y subjetivo. Subyace aquí una nueva desigualdad, basada en el etarismo: la desigualdad atribuida prejuiciosamente a la potencia deseante, para la cual las representaciones disponibles operan –a veces inadvertidamente porque, en apariencia son bienintencionadas– con equívocos resultados respecto del colectivo de las mujeres mayores. La agenda feminista debería incluir esta nueva lucha contra esta forma específica de la desigualdad, denunciando el centramiento sobre los colectivos hegemónicos de la gente joven y de mediana edad, en una sólida asociación con la modalidad capitalista que enuncia como sujeto en forma preferencial a quien se pueda caracterizar como productivo y/o consumidor. Esto va en desmedro del colectivo variado y diverso de la gente de edades más avanzadas, entre quienes otros valores, tales como las experiencias sexo-afectivas, quedan desdibujadas, negadas e invisibilizadas. Serán experiencias irrepresentables, cuando se producen en los vínculos entre los géneros o al interior del mismo género, no sólo excluidas de los discursos sociales sino que a menudo sólo pueden ser representables bajo el signo de lo obsceno –en tanto queden fuera de la escena– mientras su destino subjetivo será el de la represión, o en el mejor de los casos la sublimación, pero no su representación bajo la forma de deseos que favorezcan la expresión de una energía libidinal vitalizante, que refuerza los vínculos intersubjetivos. Quedan así recursos de narcisización truncos, cuando los estereotipos de género femeninos tradicionales se basan en la juventud y la lozanía, en la capacidad reproductiva o en las trayectorias laborales que habiliten la producción y/o el consumo de bienes materiales, pero no de los bienes subjetivos disponibles a través de los vínculos sexo-afectivos, o de desarrollos en el campo artístico, intelectual, o con el despliegue de la creatividad. De este modo se tensan al máximo la percepción de los binarismos de género, ya que los valores antes mencionados no son iguales para quienes adscriben al género masculino tradicional, que suelen preservar sus privilegios de narcisización fundamentalmente a través de los recursos económicos acumulados históricamente, que reafirman su subjetividad cuando se trata de varones de sectores medios urbanos –aunque a menudo la preservación de posiciones masculinas hegemónicas los conduzcan a la claudicación de sus recursos de salud (Tajer, D., 2009).

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Aquellas mujeres mayores que encontraron un refugio identitario en sus roles como abuelas cuidadoras (Morales, L., 2020) relatan la puesta en crisis de este modo de subjetivación que quedó en suspenso debido a la cuarentena por la covid19. El concepto descripto como “hambre de piel” (Santoro, S., 2020) ilustra los riesgos para la salud mental de este colectivo de mujeres, entre quienes se produce un vacío representacional respecto de su posición social y subjetiva. Por otra parte, en el relato de sus sesiones psicoanalíticas, muchas mujeres de este grupo etáreo que han logrado un amplio desarrollo social y de vida comunitaria, y que durante la cuarentena se han recluido al interior de la vida familiar y doméstica, refieren sentimientos de angustia, miedos indecibles y fantasías catastróficas difíciles de explicar, asociadas a la dificultad de procesar movimientos pulsional-deseantes –tales, como por ejemplo, la pulsión hostil y sus múltiples elaboraciones– que habían logrado tramitar a través de sus vínculos sexo-afectivos entrecruzados con las relaciones de poder que resultaban de su inserción social y comunitaria.

También han quedado excluidas del discurso social y de las posibilidades de representaciones sociales y subjetivas respecto al envejecimiento aquellas mujeres que han construido su subjetividad dentro del colectivo LGTBI+, con la invisibilización de sus experiencias y valores acumulados hasta ahora en sus modos de ir transitando hacia los grupos de mayor edad. Una vez más, los estudios y los relatos de experiencias y de condiciones de vida –de su sexualidad, de su trabajo, de sus modos de vivir en pareja o familia– se han centrado en estereotipos relativos a las mujeres jóvenes y de mediana edad, opacando tras un velo que oculta a los grupos de mujeres lesbianas mayores, que ofrezcan testimonios de sus modos de envejecimiento en pareja(1). ¿Existen especificidades en las parejas de mujeres lesbianas mayores, que las distinguen de los modos de existencia de las clásicas parejas heterosexuales sobre las que tanto se ha difundido, a la hora de envejecer juntas? ¿Sus existenciarios como lesbianas les provee de experiencias diferentes sobre los cuidados de la salud, de los recursos económicos, sociales, familiares? En este sentido, también se reproducen desigualdades cuando las representaciones sociales se refieren al envejecimiento de colectivos de hombres gays, pero no de mujeres lesbianas, en particular en representaciones fílmicas, literarias y otros recursos con que el mundo artístico hasta ahora ha tratado de aproximarse a esta problemática. Los binarismos excluyentes –que incluyen los binarismos etáreos antes mencionados, así como los que impone el patriarcado con su heterosexismo obligatorio y/o preferencial para la constitución subjetiva– nos llevan a interrogarnos por aquellas cuestiones que “brillan por su ausencia”, salvo cuando son rescatadas en contadas oportunidades debido a las inquietudes feministas de algunas autoras (Freixas, A., 2013), cuando plantean interrogantes y reflexiones acerca de los vínculos sexo-afectivos de las mujeres mayores lesbianas, sus modalidades de gestionar la salud y los recursos económicos, y sus estrategias de resolución.

Las derivas de la reflexión crítica feminista nos lleva a estar alertas ante aquellas respuestas hiper-individualistas, propias del modelo del más puro cuño del darwinismo social que se puede reactivar ante la pandemia covid19, y estar dispuestas a diseñar propuestas creativas para encarar conflictos que, tal como intenté describir con grupos y colectivos específicos de mujeres mayores, podríamos ofrecer mediante acciones más colectivas.

Han pasado ya casi 40 años, como planteé al comienzo, de nuestros debates feministas respecto de las mujeres mayores. Trato de encarar viejas preguntas, nuevas respuestas, pero también nuevas cuestiones con una responsabilidad generacional acentuada, que me indica que, entre la esperanza y el desencanto, todavía seguimos luchando por una sociedad más justa y equitativa para todas, todos, todes.

Mabel Burin es doctora en psicología, directora del Programa de Estudios de Género y Subjetividad, Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES).

1. Una experiencia clínica de terapia de una pareja formada por dos mujeres, ambas docentes universitarias e investigadoras en el campo académico, con vínculos sexo-afectivos, laborales y de intereses artísticos, recreativos e intelectuales en común, terapia que se extendió por más de 20 años –con algunas intermitencias en su asistencia a las sesiones psicoterápicas– me llevó a hacerme estas preguntas. Se trata de una pareja que, cuando iniciaron su consulta, tenían entre 55 y 60 años, y que interrumpieron definitivamente sus sesiones conmigo cuando una de ellas, ya avanzada sobre los 70 años, comenzó a padecer un deterioro cognitivo que se fue acentuando al punto de no poder sostener un diálogo psicoanalítico en el contexto de la pareja. Sólo hemos seguido reuniéndonos pocas veces después con la otra componente de la pareja, quien lograba elaborar penosamente la pérdida subjetiva de su compañera, aunque seguían viviendo juntas, sosteniendo el vínculo de intimidad, acompañamiento y cuidados.

Bibliografía

Burin, M, et al (1990): El malestar de las mujeres. La tranquilidad recetada. Paidos, Buenos Aires.

Burin, M. (1996): Subjetividades femeninas vulnerables. En Burin, M. y Dio Bleichmar, E.: Género, psicoanálisis, subjetividad. Paidos, Buenos Aires.

Tajer, D. (2009): Heridos corazones. Vulnerabilidad coronaria en varones y mujeres. Paidos. Buenos Aires.

Morales, L. (2020): Prácticas y discursos de género que sostienen el trabajo de las abuelas cuidadoras. En: Burin, M. (compil.) Actualizaciones en Estudios de Género. Libro digital UCES, Buenos Aires.

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