Luisa Albinoni: “Soy una influencer 3 E (tercera edad)”

A 45 años de su debut profesional, hizo llorar hasta a Nacha Guevara en el “Cantando 2020”. Pasado y presente a fondo de la actriz de 68 años que reconoce: “Esta ola de cariño me sobrepasó”.

Marina Zucchi
Clarin
15.10.2020

Algo en común tuvieron Steven Spielberg, Frank Sinatra y Diego Maradona: Luisa Albinoni eclipsando sus obras.

Cuando a la Argentina llegó la fiebre por E.T, tal vez Spielberg haya quedado pasmado al ver recortes de la película «homenaje», la «costilla» nacional de 1983, Los extraterrestres, dirigida por Enrique Carreras, con Alberto Olmedo, Jorge Porcel y una Luisa capaz de colonizar cualquier planeta.

Muchos hinchas de Boca Juniors no saben que en tiempos exitosos en que La 12 cantaba «Vale diez palos verdes, se llama Maradona», no era «El Pibe de Oro» el más mirado, era Albinoni, contratada como «la superestrella» del que sería el equipo campeón 1981. Para ese mismo año, aterrizó en Buenos Aires Frank Sinatra, de la mano de Palito Ortega. Cantó en el Luna Park, saludó a media farándula, pero sufrió una suerte de hipnosis cuando vio a la chica blonda del tapado negro y la boca escarlata.

Albinoni puede tener distinto significado, según la generación que la observa. Para muchos es «Hola mami», la actriz del sketch de La peluquería de Don Mateo. Para otros es la señora del meme que tuvo un exabrupto en Crónica TV tras un hecho delictivo a un familiar («me tienen las bolas llenas»). A los 68 años entró en una zona como de reivindicación en la televisión de aire en cuarentena. Cantando 2020 (El Trece), Polémica en el bar (América), homenajes en programas satélite. Hace 25 días hizo llorar a Nacha Guevara, que lanzó: «Cómo se nota una vida en el escenario».

La eterna platinadísima es en realidad Luisa Russo. Tomó el Albinoni en homenaje al apellido materno tras un consejo para «separar la familiaridad fonética» de la gran Alicia Bruzzo. Hoy cara del PAMI en una campaña en cuarentena por el «quedate en casa», se ríe del tendal de recuerdos. Prefiere dejarlos archivados como recurso nostálgico para un día de lluvia, y no hacer del pasado un presente continuo.

-Tuve la suerte que desde 1981 me quisieran. La gente no se olvidó. No me gusta la palabra reivindicación y no puedo hablar de olvido, lo tomo como un reconocimiento que me sobrepasó. Creía que me habían dado todo lo que merecía, pero había más. Uno se va desacostumbrando a esa ola de cariño.

Noches atrás, cuando con las entrañas reflejadas en la cara entonó Arráncame la vida ante un jurado que ovacionó su actitud, por la cabeza de Luisa pasó una película vertiginosa: sus noches de teatro con José Marrone; Pepe Parada abriéndole el camino hacia la tele; los hermanos Hugo y Gerardo Sofovich; Operación Ja Ja, el medio como montaña rusa. Una excursión a la cresta de la ola y luego a los tiempos de silencio, con su empresita de refacciones inmobiliarias, alejada de los escenarios, «tomando mate con los obreros». También hubo flashback de la lucha por la maternidad lejos de esos mismos flashes que encandilaban.

Hija de una genovesa y un portugués, Luisa es fruto de un amor que nació en el Pirovano. Su madre, internada por apendicitis, era vecina de cama de una genovesa que devendría en su suegra. Entre convalecencias y bolsas de hielo, las paisanas hablaban, mientras el hijo de la señora la ayudaba a enrollar vendas. El flechazo derivó en casamiento. El 17 de enero de 1952, en el Hospital Álvarez, nació Luisa.

Creció con el olor permanente de la madera, entre los muebles en los que trabajaba su padre, «lustrador a muñeca y ebanista». Villa Urquiza. Clase media. Luisita, la ingobernable, vivía «trepada a los techos, abriendo las llaves de gas, lanzando sifones». Aprendió a cantar con los discos de pasta de Carlos Gardel que atesoraba su padre. A los 13 ya era modelo de ropa, paseaba su silueta por La trampa del diablo, en la Avenida Corrientes». Era tan flaquita que me llevaba el viento», recuerda atragantada por la poesía de esas imágenes retro.

«Papá no llegó a verme, empecé a trabajar profesionalmente en 1975», cuenta triste. «Unos años después murió mamá. Cuando quedé sola, cambió mi vida. Una se va haciendo dura, sale a pelear sin pensar». Formada en teatro con Roberto Durán, su primera temporada en Mar del Plata llegó en 1980, con Rodolfo Bebán y Leonor Benedetto en Blass, dirigida por Cecilio Madanes.

Apenas debutó en la revista, en el Tabarís, recibió una bofetada. El monumento Albinoni irrumpió en escena con un topless y al finalizar la función quedó «dando vueltas como el exorcista» tras el enojo de su madre. Tiempos convulsionados y en los que soñaba con ser actriz dramática. La profesión la fue arrastrando a la comedia. «En las clases de teatro siempre quería ser Blanche de Un tranvía llamado deseo y me mandaban a hacer Las preciosas ridículas, de Moliere. Aprendí que era más complicado hacer reír que llorar. Ya no quiero ser Blanche».

-¿Cómo te sentías en relación a tu cuerpo, a la mirada de todos en aquel primer momento?

-Nunca tuve mambos con mi cuerpo, pero tampoco me sentía maravillosa. Me sentía común. Y nunca quise cambiar nada, las dos operaciones con tengo son por peritonitis y garganta.

-¿Y en retrospectiva qué posición tenés sobre esa gran cantidad de películas sexistas que protagonizabas con Olmedo y Porcel?

-Ahora son películas de Caperucita roja, incluso las prohibidas para menores de 18. Era otra sociedad. ¡No me gusta la comparación! Las reglas eran otras, las libertades otras. Tenemos que estar felices con lo que se logró y dejarnos de comparar. Porque si nos ponemos a comparar con 1810 claro que no nos va a gustar. Hay que avanzar.

-En un viejo artículo un periodista dice: «Trabajó en dictadura y se esfumó en un primer tramo de la democracia». ¿Te gustaría aclararlo?

-No me esfumé en ningún momento. No trabajé ni para ni por. Nadie me salvó, yo no estaba en el olvido. Aclaremos eso. Como todos los que tuvieron que darle de comer a su familia en una época que les tocó vivir y trabajar, trabajé. Además, estuve dedicada a luchar para buscar a mi hija. Mi último marido tenía una casa de refacciones y me dediqué a ese rubro. Para mí refaccionar era como pensar en un escenario. Yo perdí dos embarazos y le propuse adoptar y él no quiso. Tenía 52 años, ya no estaba para someterme a tratamientos, al bombazo hormonal, me separé y decidí adoptar sola. Fui por todas las provincias.

-¿Cómo fue ir provincia por provincia?

-Uno al principio cree que será fácil. Yo tuve un hijo varón que debería tener casi 50 años hoy. No sobrevivió. Decidí adoptar cuando no había tantas familias monoparentales. Alguno te ofrece cosas por izquierda, yo decidí el camino legal. Sabía que era complicado porque estaba sola. No existía por entonces el RUAGA, el registro único, por eso iba con mis carpetas por las provincias. Yo era madrina en hogares y, sin saber que sería mi hija, la conocí a Verónica junto a sus hermanitos. Hasta que me llamaron para la adopción. He llorado mucho. Al final del camino estaba ella. La nena vivía en un hogar evangélico, por eso estaba alejada del tema medios. No sabía a qué me dedicaba. Cuando salíamos a pasear me preguntaba, «¿por qué te conocen todos?».

-¿Cómo te sentís en relación a la edad, qué importancia le das un número o para vos es un tema más subjetivo?

-Yo no tengo mucha noción de la edad. Soy feliz cumpliendo años, pero solo me di cuenta de que estaba grande cuando me dijeron que no podía ir a la tele por ser paciente de riesgo.

Nunca se casó Albinoni. Contabiliza «ocho parejas estables», incluyendo un romance con Porcel. Jura que nunca atravesó «una relación tóxica» y que en un mundo laboral masculino, supo ubicar a quien tuviera que ubicar: «Cuando hubo que dar un buen bife lo di».

Otra trompada la dio en 2013 cuando se animó a burlarse de la parca, convocada por José María Muscari para Póstumos, como la más joven de un elenco sub 90 (Max Berliner, Hilda Bernard, Nelly Prince). Con el otro llamado llamado de Muscari tampoco se amedrentó: se rió del título Extinguidas, pieza que varias colegas rechazaron ofendidas.

Luisa prueba, hace sin preconceptos, transpira la camiseta. La camiseta que más le recuerdan es la de Boca del Maradona pre-europeizado, esa que ella vestía cuando el club se hundía en la ruina económica. Hija de un hincha de River, había decidido ser boquense por oposición, rebeldía y raíces genovesas, y frecuentaba la platea de la Bombonera como modelo oficial.

«Los actores somos seres débiles. Al menos yo creo en la necesidad de ser aceptados, queridos, reconocidos», reflexiona. «No digo que no haya ego, pero está más desarrollado en unos que en otros. Esto es una misión, y la mía es hacer reír. No entiendo a esos que luchan una vida por ser reconocidos y un día salen con anteojos para que no los reconozcan».

Rubia viral, reinventada en las redes a base de sketches, estamos ante una Albinoni 2.0. «Soy una influencer 3 E. De todo lo que hice, ese personaje de ‘Hola mami’ fue al que más amé. Trabajábamos sin libreto, algo mucho más difícil que tener letra. Yo sé que el día que me muera no van a decir, ‘murió Luisa’. Van a escribir: ‘Se murió la mami'».

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