Annamaria, a 60 años de la primera emisión de Buenas Tardes Mucho Gusto

Hace sesenta años la televisión inauguraba un modo de narrar a las mujeres acorde a esa época donde los electrodomésticos eran la solución a todos los problemas y a las cocineras se las llamaba ecónomas, porque administraban la economía del hogar. Buenas Tardes Mucho Gusto fue un programa récord de audiencia, adhesión y horas en el aire. Annamaria (Muchnik, aunque entonces no usaba el apellido porque en tanto excepción en la pantalla no se necesitaba) era esa presencia empática y familiar en los hogares todavía silenciados a la intimidad política. La dictadura, el exilio, las separaciones, los lazos feministas fueron revoluciones personales y colectivas que transformaron casas y cocinas. Si BTMG fue su modo de entrar en los medios y de que los medios dialoguen con las mujeres también convirtió a la histórica conductora en una comunicadora que nunca perdió de vista la perspectiva de género y que recalculó su carrera cuando conoció las luchas que la cambiaron para siempre. Un perfil no muy objetivo de una trabajadora de los medios que gusta de mirar la tele y de compartir la militancia con su hija, quien escribe la nota.

Por Flor Monfort
Página/12
2.10.2020

Algo para decir antes de empezar: es difícil tratar a la entrevistada por su nombre de pila cuando le decís mamá hace 44 años. Pero de esa separación entre su perfil público y privado podría escribir una nota aparte. Porque crecí mirando cómo mi mamá respondía amorosamente a quienes se daban vuelta para saludarla en la calle o la reconocían en el supermercado. A veces se hacía la que no escuchaba, pero pienso que no por hartazgo propio sino por esa investidura que tiene el vínculo con la hija mujer, esa complejidad intrínseca, ese caminar juntas pero a la vez un poco alejadas para que no se superpongan las identidades.

“Siempre quise tener una nena” la escucho decir desde que tengo uso de razón y desde entonces también la veo transformarse, de ese perfil tan alto que tenía a mis 7 años a uno más mesurado que se tejió al calor del activismo, tal vez el punto más alto de nuestra coincidencia y también de nuestros enfrentamientos: no debe ser fácil tener una hija que se autoenuncia más feminista que su madre y lo cuestione todo con la irreverencia de la potencia colectiva que la acompaña.

Durante toda mi infancia, ella me llevó a marchar por la democracia, por lxs desaparecidxs, a caminar con las Madres y Abuelas pero sobre todo a ejercer con el cuerpo ese mantra tan hermoso que dice “las compañeras, siempre las compañeras”. Festejamos con euforia el 3 de junio de 2015, siempre con la seguridad de que el mundo sería mucho mejor sin machirulos pero con la certeza de que la lucha es larga y está llena de curvas peligrosas. Aquí un repaso caprichoso por su larga carrera que empezó con Buenas Tardes Mucho Gusto, un programa emblema de la televisión argentina, y algunas de las razones por las que los medios todavía tienen mucho que aprender cuando piensan sus contenidos y referentes.

¿Cómo fue que te convertiste en la conductora de un programa como BTMG?

–BTMG salió al aire por primera vez el 3 de octubre de 1960, dos días después de la inauguración del canal 13. Cuando empezó, las autoridades del canal no le tenían confianza al programa y le decían a mi papá, que era el creador, que era un programa “provinciano”. Mi papá insistió pero le hicieron un contrato por tres meses, que es una manera de decir te hacemos un contratito y BTMG empezó a emitirse a la tarde, por más que a él le gustaba el mediodía y las primeras horas de la tarde: le parecía que era una buena hora para que las mujeres pudieran mirar la televisión tranquilas. Gloria Raines fue la primera conductora. El programa tuvo tanto éxito que no solo le hicieron un contrato por todo el año siguiente sino que le dieron el horario que él quería, las 14. Entró Maricarmen, que no era conductora profesional. Fue un boom. Yo empecé a trabajar en televisión en 1962 en “Juguemos en el trece”, de ahí a BTMG pasó un año. Yo tenía 18 años.

¿Cómo se hizo popular tan rápidamente?

–Era una época en que las mujeres estaban mucho en su casa, y además se hablaba muy sencillo, sin sofisticaciones. A la gente le gustaba porque no era formal, era flexible, relajado, como si estuvieras en tu casa. Había mucha cocina, manualidades, tejido, maquillaje, moda, había un pediatra, se hablaba de salud femenina, de educación, había mucho nombre importante: Eva Giberti, el Dr. Escardó, Blackie, Cormillot… A lo largo de los 60 tuvo diferentes duraciones, cuando yo empecé duraba una hora y media y después llegué a hacer tres horas, en vivo, todos los días. Se veía mucho en las provincias y en el conurbano y recibíamos muchas cartas. Petrona empezó muy pronto, ella contestaba las cartas personalmente y daba un número de teléfono donde atendía si alguien tenía dudas con una receta.

¿De quién aprendiste el oficio?

–De los técnicos de atrás de cámara que se tomaron el trabajo de mostrarme, de enseñarme cómo moverme, cómo hablar. Aprender a hacer televisión, a moverse delante de una cámara para mí es toda esa relación que yo construí con esas personas que estaban en el detrás de escena. A veces miro la televisión y pienso “¿nadie le dice que tiene que mirar a la otra cámara?”, o veo programas que obligan a la gente a estar una hora parada y se empiezan a mover como si quisieran ir al baño… Yo caminaba, me movía, entraba y salía y eso tenía mucha aceptación. La televisión es un mueble más de la casa, la gente que sale de ahí adentro no puede estar dura, incómoda.

Te hiciste famosa…

–Sí. Yo era chica, y salía con mi mamá por la calle y la paraban a ella para decirle qué linda, qué dulce su hija. ¡Y yo estaba al lado! Hacía BTMG de lunes a viernes y los fines de semana hacía un programa infantil que se llamaba “Cuentos de Nunca Acabar”. Fue una época donde la tele explotó, veníamos de tener solo Canal 7 y de repente surgieron otras opciones. Me compré un Fitito apenas empecé a ganar plata y un día me pregunté “¿voy a hacer esto toda mi vida? ¿quiero esto para siempre como profesión?”. Estudiaba teatro, después me metí a estudiar Filosofía y Letras y en el ´67 dejé todo, me fui a Londres y a París, donde entré a la escuela del teatro Odeon.

Hazte la fama…

En mayo del ´68 Annamaria estaba en París, el teatro fue tomado por las juventudes y el clima revolucionario la puso a viajar por todo el continente, hasta que recaló en Madrid y tuvo a su primer hijo. Al tiempo de tenerlo, volvió a Buenos Aires. Los primeros años trabajó como actriz. “Volví a la Argentina en el ´71 e hice tres temporadas de teatro. En el ´72 me ofrecen conducir un programa nuevo que se llamaba “De padres y de hijos”, con Mario Mactas” cuenta. En “De padres y de hijos” se hablaba de aborto, de salud sexual, de psicología, “El armado del programa lo hicimos con la Negra Aberastury, que era una psicoanalista muy prestigiosa, ella me conectó con muchos especialistas que después hicieron carrera. Le iba bien, tenía su público, era muy rupturista para la época. Y tenía su revista, que se llamaba “Padres”, de la que todavía tengo todos los ejemplares. En el ´73, cambian las autoridades del canal 7 y lo levantan de un día para otro sin dar demasiadas explicaciones. Yo me había separado del papá de mi hijo, necesitaba trabajar y volví a conducir BTMG”.

BTMG estuvo en el trece desde el 60 hasta el 71 y después se mudó al nueve, con igual éxito y el mismo horario. Cuando Annamaria se fue contrataron a Daniel Ríos, porque en el canal decían que ella era irremplazable. Pero no funcionó y al poco tiempo, fue Canela la que estuvo al frente.

¿Te frustró tener que volver a conducir BTMG?

–No, yo ya era otra persona, ya no era la chica que caminaba con la mamá sino una mujer separada con un hijo, que ya había vivido en Europa, y que me interesaban otras cosas. Volví a conducir porque necesitaba vivir de algo, vivía sola con mi hijo y tenía que mantenerlo. Pero a mí me gustó mucho hacer “De Padres y de hijos” porque me interesaban más esos temas y para mí que lo levantaran fue una tragedia. Yo ya había leído, ya había conocido al feminismo, había estado en marchas, y dentro de lo posible, quería que BTMG amplificara su mirada. Mi papá no quería traicionar al público, entonces hice lo que pude. No hay que olvidarse que esa fue una época política muy dura y yo me di cuenta que vivir del teatro no era posible, al menos para mí.

Esa etapa duró hasta el comienzo de la dictadura…

–Por la revista Padres mi hermano mayor fue secuestrado y devuelto ocho días después con la condición del cierre de la revista y del retiro de todos los ejemplares de los kioscos. Nos fuimos del país. Yo ya me había vuelto a casar y te había tenido a vos, nos fuimos con vos siendo muy bebé. Vivimos tres años en Barcelona. Fueron años muy difíciles, yo allá no trabajaba y para mí eso era deprimente. Empecé a trabajar tan chica no porque me lo impusieran, porque yo sentía que lo necesitaba. Y para mí estar sin trabajar, estar en la casa cuidando a los chicos, era totalmente asfixiante. Hice movimientos, mandaba notas acá a Buenos Aires pero no tener un trabajo fijo me resultaba horrible. Y mi familia estaba muy golpeada por lo que había pasado, estábamos muy juntos pero también muy solos, porque Barcelona no era tan luminoso como México o Brasil, era más hostil. El exilio es empezar de nuevo, poner una casa, comprar sábanas, armarse un mundo nuevo, y era muy difícil. Mi hermano nunca volvió pero nosotros decidimos volver a principios de los ochenta.

¿Y qué pasó a partir de ahí?

–Puse la condición de que volvía a conducir BTMG si podía producirlo y para mí eso significaba hacerlo mucho más acorde a las cosas que me interesaban, más parecidas a las de “Padres”. Venían abogadas, empezamos a hablar de divorcio, de vínculos, de educación sexual, de vejez, de embarazo y parto… Estaba la cocina, estaban las especialistas en moda pero empezó a haber más entrevistas y editoriales, mesas redondas, y me puse un poco más seria porque era más grande. Aunque yo siempre tuve esa relación muy natural con la cámara.

¿Qué sentias?

–Alguien dijo que yo tenía el don de la cámara, y creo que es verdad. Yo miraba a la lente y sabía que ahí había gente mirando y esperando que yo les hablara. Varias generaciones se criaron con mi voz de fondo, y con mi imagen, y yo tengo que decir que a mí la televisión me gusta mucho como medio de comunicación, creo que es inigualable. La tele es única, porque llega a hogares muy humildes, es fácil de manipular y sobre todo en esa época que era lo único que había. Puede ser que ahora todo el mundo tiene celular pero no reemplaza a la televisión. La tele es prender un botón y estar en el mundo.

¿Qué pensás de la televisión actual?

–Siempre hubo cosas para criticar pero esta es una televisión retrógrada, frívola, que no se actualiza. ¿Por qué hay tan pocas conductoras? ¿Por qué siempre que ponen una mujer es en dupla con un varón o hacen estos programas “para mujeres”? La televisión tiene que ser para todos y todas. Me llamó la atención que hace poco El Trece sacara un programa que se llama “Mujeres”, cuando yo en el 83 ya tuve un programa que se llamaba “Mujer”, pero ¿cuánta agua ha pasado bajo el puente? El feminismo ya ganó las calles, las pibas están en todos lados, se habla del aborto sin tapujos. Cuando mi nieto egresó del Nacional Buenos Aires, las chicas de su camada hicieron una intervención pública en la entrega de diplomas para denunciar los acosos que sufrieron todos los años de secundaria. Fue impresionante. La televisión tiene que reflejar las transformaciones sociales. Nosotras dimos los primeros pasos pero las pibas de ahora siguen avanzando con mucha fuerza. Van al choque y eso está bueno, eso no pasó en generaciones anteriores y tampoco lo muestra la tele.

La vuelta a la democracia

BTMG sobrevivió durante la dictadura gracias al machismo de los milicos que decían “buah, es un programa para las mujeres”. En esos años lo condujeron Nora Perlé y Delfi De Ortega y el formato no se movió de sus pilares. Siguió en automático con la gente que quedó trabajando en Buenos Aires para la empresa que producía el programa. “Volver también fue complicado. Para mi fue un shock pero todo se fue rearmando y me ofrecieron hacer ese programa que te contaba recién que se llamaba Mujer”.

¿De qué se trataba?

–Eran entrevistas, había algo de cocina, era un híbrido, no funcionó porque la producción era mala. Yo tenía muy poco margen de acción. Duré un año, y cuando volvió la democracia enseguida me llamó Daniel Divinsky para hacer un programa diario en radio Belgrano. Yo no habia hecho nunca radio pero me gustó tanto la posibilidad de hacer, por primera vez, un programa feminista, con toda la libertad de acción, que dije que sí enseguida.

¿Y cómo se te ocurrió ponerle Ciudadanas?

–Me salió del alma. Estaba en la entrevista con Daniel y le decía “Yo quiero un programa feminista, donde haya mucho lugar para los derechos humanos y para las voces de Madres y Abuelas”. Me parecía además que el aporte de las mujeres en la reconstrucción de este país era indispensable. Nosotras teníamos que estar al frente, y él me preguntó “¿Y vos cómo le pondrías a un programa así?” y yo le dije “Ciudadanas”. Lo lindo fue que me dijo todo que sí porque entendió que ese era el momento histórico y que yo podía hacerlo.

Pero por qué vos, ¿si venías de conducir programas femeninos?

–Pero yo ahora quería hacer un programa feminista. Lo venía pensando hacía mucho pero no tenía el lugar donde hacerlo y la radio fue “el” lugar. Cuando terminó la dictadura yo sentí que por fin era nuestro momento. Ya me había separado. Empezamos a ir a todas las marchas juntas, le hice una entrevista a Alicia Moreau de Justo, fui a su casa con mi grabador que se enchufaba, debía ser principios del ´84. Me acuerdo que hablamos mucho de salud, del cuerpo de las mujeres, y ella habló mucho de política, era la primera en decir que todas tenían que trabajar. Ese 8 de marzo, que fue el primero en democracia, fuimos al Congreso y Alicia entró a la plaza cuando ya estaba llena, repleta, y cuatro personas la llevaban en andas en una silla. Se vino abajo la plaza.

Ciudadanas tuvo su primer programa el 1° de marzo de 1984 con Annamaria. Marta Merkin (quien falleció en 2005) era la productora y a los pocos meses empezó a conducir con ella. “Marta entraba a la mesa a darme los llamados y yo le preguntaba cosas. Y ahí se daba una pequeña charla al aire hasta que un día se sentó y nos pusimos a hablar: nos dimos cuenta que el programa éramos ella y yo hablando. Por Ciudadanas pasaron todas: las Abuelas, que nosotras le decíamos “las bobes”, Estela y Hebe, Taty, Laura Bonaparte y Laura Comte, Nora Cortiñas, Ilse Fuskova, Dora Coledesky, Moira Soto, Dora Barrancos, Hilda Rais, Isabel Allende, Diana Maffía, Católicas por el derecho a decidir, Silvina Ramos, Haydée Birgin, María del Carmen Feijóo, el Centro de Estudios de la Mujer, Mabel Bianco… Nora dijo una vez en Las12 que ella se hizo feminista por Ciudadanas, fue un espacio muy abierto, muy importante en cuanto a la difusión de ideas feministas pero también de historias de luchas por la identidad, por la filiación política, por la libertad de expresión. Fue un micrófono abierto”.

Marta había pasado el exilio en México así que ella venía con sus propios conocimientos sobre las post dictaduras latinoamericanas y los movimientos feministas. Para vos que estabas acostumbrada a estar sola al frente de un programa, ¿qué significó esa dupla?

–Marta y yo descubrimos muy pronto que teníamos muchas cosas en común a pesar de venir de distintas experiencias laborales. Enseguida nos llevamos bien y nos dimos cuenta que Ciudadanas era el programa que queríamos hacer. Empezar a trabajar así fue mucho más que eso, fue una reunión de amigas, una relación que se hizo personal muy pronto.

Y lo personal es político…

–Sí, y Ciudadanas fue el resultado de eso no solamente por mi relación con Marta sino por la relación con todas: ir a todas las marchas, encontrarnos siempre, abrazarnos, la efervescencia de la vuelta a la democracia, lo que ahora llamamos sororidad era eso: estar conectadas, dispuestas, estar en las rondas de los jueves caminando a la par. Nosotras sacamos de la cárcel a Lily Nava de Cuesta, última presa política del continente, por quien hicimos toda una campaña para su liberación frente al Servicio Penitenciario, pero antes de eso fueron años de ir a verla a Ezeiza, de hacerle notas, y de que se sepa lo que estaba pasando. En el 86 fuimos a Moscú con Marta y Lily al Congreso Internacional de Mujeres organizado por la Fedim. Éramos miles de todo el mundo, el día de la inauguración fue Valentina Tereshkova, y me eligieron para formar parte de la mesa de medios de comunicación con Gisele Halimi y muchas estaban contando sus historias: las negras que venían de África que denunciaban las ablaciones de clítoris, mujeres que venían del mundo árabe a denunciar las violaciones, las lapidaciones, casos terribles de las que habían desaparecido o de las que se habían escapado para huir de esos destinos terribles o para proteger a sus hijas. Se hablaba muchísimo de la feminización de la pobreza y de la importancia de la alfabetización en las niñas en los lugares más remotos.

Ciudadanas terminó con el fin del gobierno de Alfonsín: el menemismo lo levantó. El último programa estuvo lleno de lágrimas y abrazos militantes, la gente que fue a verlas y a solidarizarse con ellas llegaba desde el estudio de la radio, en el fondo del edificio, hasta la calle Uruguay. Salvo por entrevistas y experiencias muy aisladas, Annamaria no volvió nunca más a la tele.

Durante muchos años hiciste tele o radio todos los días, ¿por qué nunca más?

–A la televisión no volví porque di por terminada esa época. Sentí que se había terminado ese momento de mi vida, y aunque me ofrecieron varias cosas, yo siempre dije que no. ¿Qué haría yo en esta televisión, la que tuvimos en las últimas décadas? La radio, en cambio, me gusta, volvería a hacer un programa pero a partir de ahí elegí otros modos de comunicarme, porque yo me considero una comunicadora. A finales de los ochenta, cuando yo todavía hacía Ciudadanas, me invitaron a cubrir La Mujer y El Cine, el primer festival de cine realizado por mujeres. Ahí es donde las conozco a María Luisa Bemberg, a Lita Stantic, a Marta Bianchi, a Gabriela Massuh, a Sara Facio y a Beatriz Villalba Welsh y me meto en los debates: de lo que se hablaba era de la poca o invisibilizada participación de las mujeres como directoras o técnicas en la industria del cine y la urgencia y el deseo de que estas películas tengan su lugar, su difusión. Y discutíamos si el cine realizado por mujeres tenía otra mirada.

¿Y qué pensás de eso?

–El festival se hizo, creció y se agrandó por la idea de que había muchas potenciales directoras que no se animaban a filmar. La idea era que ellas se animaran a hacerlo, en esa época no había premios ni estímulos específicos entonces el festival abrió una puerta. Ese fue el espíritu: y hace treinta y dos años que trabajamos con esta idea, por más que hoy se podría llamar “Las mujeres, lesbianas, trans y travestis y El Cine”. Cuando volví del primer festival de Mar del Plata me llamó María Luisa Bemberg y me convocó para formar parte. Hoy soy la presidenta y se convirtió en un trabajo y en un lugar de pertenencia. Yo no me veo hoy ni me asumo como otra cosa que no sea feminista. Es mi forma de estar en el mundo. Son todas luchas que hay que seguir dando, como el aborto legal, el cupo laboral trans, la violencia machista, médica y social: el cambio de paradigma se viene gestando hace muchos años pero todavía tiene muchas cuentas pendientes. Todavía tenemos muchas víctimas del sistema patriarcal: la lucha continúa.

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