¿Qué hacer a los 80?

Los mayores son cada vez más, pero se sigue pensando poco en ellos

GERARDO ELORRIAGA
El Comercio (España)
24.9.2020

Ellos sobrevivieron a los bombardeos mientras, posiblemente, sus madres los amamantaban; pero sufrieron el hambre de la posguerra y las penurias físicas y morales de un país en blanco y negro que les privaba de la palabra y un futuro para sus familias. Muchos emigraron y crearon hogares lejos de sus pueblos, en ciudades y países lejanos. Desgraciadamente, miles de ellos han sido víctimas de la actual pandemia, que ha cerrado trayectorias vitales nunca ajenas al sufrimiento y la injusticia. Los mayores de 80 años son más de 2,7 millones en España, el tercer estado del mundo en el ranking de longevidad de sus habitantes –83,59 años, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE)– .

Los avances sanitarios y técnicos han cambiado sustancialmente la calidad de vida de nuestros mayores, pero no podemos hablar de un colectivo homogéneo porque su procedencia es tan diversa como el territorio en el que crecieron y alcanzaron la edad adulta. Y, en consecuencia, sus oportunidades, sus circunstancias. «Son personas que responden a una enorme pluralidad. Resulta muy diferente la situación de aquel que ha crecido en un entorno rural, sin acceso a estudios y al manejo de la gestión de la información, que la de aquellos profesionales cualificados, empresarios y profesores, acostumbrados a reciclarse ante las trasformaciones», explica Lourdes Bermejo, vicepresidenta de la Sección de Gerontología de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología. Ella hace un repaso crítico y reivindicativo de la (poca) consideración que la sociedad tiene hacia los mayores.

La edad es una variable, la que comparten este grupo de personas, pero hay otros condicionantes como el género, el lugar donde se ha desarrollado su vida, el estado de salud física y cognitiva, las posibilidades económicas, e incluso los valores o la ideología, advierte la especialista. Y apunta que el confinamiento reveló dramáticamente esas diferencias. «Hay gente que no ha llegado al ‘smartphone’ y quien habla con sus nietos a través de ‘skype’. Hay mayores que devoran periódicos y libros a diario y se hallan plenamente al corriente de la actualidad, y quien no sabe leer».

Las tecnologías de la información y la comunicación marcan la diferencia de manera todavía más dramática. Por un lado, se encuentran aquellos octogenarios que tienen móvil y tablet, que realizan gestiones bancarias telemáticamente. Y, por el otro, los que permanecen ajenos a estos usos cotidianos porque no han estado a su alcance, lo que en estos tiempos de hiperconexión, puede derivar en cierto aislamiento. No se trata de una anécdota. «La brecha digital redunda en exclusión socia porque no se aprovechan de los avances sociales y no reivindican sus derechos», lamenta la experta.

El abismo resulta inevitable, de ahí que cuando hablamos de las oportunidades que tienen los mayores de 80 años haya que ir, casi casi, al caso individualizado. Y el caso de muchas de estas personas mayores es el de quien vive solo porque así lo ha querido y porque sus circunstancias se lo permiten, algunos asistidos por servicios de teleasistencia que incluye sistemas de alarma. Mientras que para otras la soledad tiene otra cara menos amable.

Pero no sería real hablar de este colectivo solo en términos de cómo viven, si solos o acompañados, si en casa o en residencia. Quizá hace veinte años sí, pero no hoy. La mayor esperanza de vida y el incremento del nivel de renta de este colectivo han hecho surgir un mercado dirigido a mayores que va más allá de los recursos residenciales. «Han surgido empresas que cubren sus necesidades informáticas porque ahora la Administración demanda todo a través del ordenador y eso supone una evidente discriminación».
A vuelta con los viajes

Más allá de la cobertura de estas y otras necesidades, el ocio también es ya para ellos. Las alternativas lúdicas para lo que antes se llamaba ‘la tercera edad’ constituyen un área de intensa iniciativa empresarial. Y como alternativa de ocio principal, el turismo: los viajes de ‘jubilados’. Aunque a esto, habría que darle una vuelta, consideran en la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología. «Se trata de una opción sumamente interesante para luchar contra la rutina y socializar», pero más que diseñar viajes para mayores de 60, de 70 o de 80 creen que se debería ofertar alternativas a los clientes en función del estado de salud del que gocen. En todas las edades ocurre y en las avanzadas mucho más que las diferencias en cuanto a estado físico y cognitivo son enormes. De ahí que sería mejor diseñar viajes para gente con buena movilidad y otros distintos para quienes la tengan reducido. Independientemente de si tienen 65 u 85 años.

Pero no solo falta turismo pensado para las diversas circunstancias de los mayores. Faltan también «espacios amigables» en las ciudades para ellos, lo que contrasta con la realidad de una sociedad cada vez más longeva. Bermejo ilustra gráficamente el problema con situaciones concretas y cotidianas: «¿Qué hago para comprar, disfrutar del ocio o acudir al médico, si no tengo coche?, ¿a quiénes benefician principalmente los carriles bici, que suprimen espacio para los coches y encarecen las carreras de los taxis, un medio muy usado por los mayores? Por otro lado, los accesos a los transportes públicos, que suelen tener peldaños altos y se antojan agresivos para quienes tienen problemas de movilidad», señala.

Y luego hay otro problema, el de la imagen que todavía se tiene de este colectivo. Especialmente la imagen que se ha transmitido durante la pandemia. Critica la especialista que hemos sido poco cuidadosos con el lenguaje, que sin quererlo se ha transmitido un mensaje de que la Covid-19 sólo afectaba a los mayores como si se tratara de un mal menor. «¿Cómo lo vives? Como una minusvaloración social, te conduce a suponer que las personas mayores mayores no valen. ¿Cuántas manifestaciones hemos visto quejándose de los fallecidos?, ¿cuántas imágenes de gente tomándose cañas sin respetar las medidas impuestas, cuántas fiestas prohibidas? Hemos fallado como sociedad».

Un dato para reflexionar y que se impone a contracorriente de estas circunstancias desfavorables: un estudio firmado por el neurocientífico Daniel Levitin concluye que alcanzamos nuestro nivel máximo de felicidad a los 82 años.

«Podemos perder facultades, pero no ilusión»

Carlos Soria pasó su infancia en una casa modesta sin agua corriente y comenzó a trabajar con 11 años. Cualquiera podría pensar que las oportunidades no le iban a sobrar. Cualquiera menos él. Todos los mediodías, acudía a la orilla del río Manzanares con su talego de comida. «Yo quería conocer el mundo», recuerda. Siete décadas después, aquel niño madrileño que soñaba y soñaba alto ha conseguido su propósito. Y lo ha hecho desde arriba, literalmente. La pandemia impidió que viajara, una vez más, al Himalaya, pero la próxima primavera, si el coronavirus lo permite, ascenderá el Dhaulagiri nepalí, el último ochomil que falta a su colección de cimas coronadas. El secreto de su condición de alpinista en activo se basa, según sus propias palabras, en la prudencia. «No he sufrido ninguna congelación y siempre me he vuelto cuando la ascensión no estaba clara», precisa. Y añade: «La vida es muy bonita».

Esa existencia, tan singular en un hombre que ha rebasado la frontera de los 80 años, se explica, además, por un modo de vida espartano que le ha proporcionado un estado físico envidiable, a pesar de los achaques y una prótesis en la pierna.

El veterano deportista se levanta a las 6.30 de la mañana, desayuna, entrena y corre por un monte cercano. Tras tres o cuatro horas de deporte, almuerza siguiendo una dieta que prioriza la fruta y la verdura, los frutos secos y la carne blanca. Tras una reparadora siesta, responde a entrevistas como esta, lee mucho, cena y se acuesta antes de las diez de la noche. Aunque, a veces, rompe esta rutina como sucedió hace un par de semanas, cuando hizo una ruta por Sierra Nevada, 27 kilómetros en nueve horas de marcha.

En 2010, celebró su entrada en la década de los ochenta ascendiendo el Pico Lenin, entre las repúblicas de Tayikistan y Kirguistán. Su ansia de viajar no ha flaqueado a pesar de que cuenta también con un puñado de dolores que se reparten por las articulaciones, las lumbares y la espina dorsal. «Cumplimos años y se pierden facultades, pero no podemos perder ilusión».

Los consejos de Carlos Soria

Ambición con sentido común:
No renunciar a nada que nos guste si hay ganas, condición física y prevalece el sentido común.
En forma:
Cuidar la alimentación y el ejercicio. Tenemos que andar todos los días.
Otra manera de ‘alternar’:
Relacionarnos sin que estar con los amigos suponga eso tan socorrido de ‘tomar algo’. Recordemos que el tabaco y el alcohol destruyen la salud.
Objetivos:
Los objetivos y los planes son esenciales. No despertar sin saber qué vamos a hacer.
Abiertos a nuevas formas:
Conocer otra gente y modos de vida no sólo nos enriquece, debería ser parte de nuestra educación.
Los viajes:
Viajar es fundamental porque te impide encerrarte en ti mismo, dice alguien que ha llegado al Himalaya sin expedición, solo y sin saber inglés

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