Sean Connery cumple 90 años muy lejos del mundo que lo consagró

Había soñado con llegar a viejo «con un bello rostro, como el de Hitchcock o el de Picasso». Cumplió en el mundo que lo vio consagrarse en todos sus propósitos. No le faltó nada. Es uno de los últimos sobrevivientes de un cine cuya grandiosidad hoy solamente parece posible a través de una batería de efectos digitales. Como en sus tiempos de gloria la grandeza en la pantalla tenía la estatura humana de figuras como la suya, seguramente habrá sentido que había que tomar distancia y dar un paso al costado definitivo. Por eso, cuando está por celebrar sus 90 años (la fecha exacta es este martes 25), Sean Connery sigue resuelto a mantener su plácido retiro en el Caribe sin tomarse un minuto para pensar en una vuelta al cine que hoy parece imposible.

Marcelo Stiletano
La Nación
24.8.2020

Pasaron casi 20 años de su última aparición en la pantalla. Fue en la película La liga extraordinaria (2003), un relato de aventuras basado en un cómic de Alan Moore (Watchmen) y Kevin O’Neill, que fue desvalorizada por la crítica y recibida con indiferencia por el público. Fue demasiado para el amor propio de Connery, quien según propia confesión había trabajado mucho para corregir en la mesa de edición todo lo que no le había gustado. Nada de eso sirvió para encarrilar un proyecto que venía en falsa escuadra. Las diferencias entre Connery y el director Stephen Norrington se hicieron notorias.

El actor se cansó. Entre todos esos esfuerzos vanos y el escaso interés que hubo a partir de allí en convocarlo para interpretar personajes que no fuesen centrales terminaron de convencerlo. Su tiempo en el cine había terminado. Solo iba a volver si le ofrecían un papel protagónico en alguna historia que lo interesara de verdad.

Para que esa promesa dejara de cumplirse tenía que ocurrir una sola cosa. La excepción era Henry Jones, que Connery interpretó a lo grande en Indiana Jones y la última cruzada (1989), tercero de los títulos de la serie. Siempre quiso volver a ser en la pantalla el padre del héroe encarnado por Harrison Ford, pero cuando surgió esa oportunidad en 2008 con El reino de la calavera de cristal, todo quedó en la nada. Dijo que había hablado con Steven Spielberg, pero la cosa no funcionó. «No era una parte muy generosa, no valía la pena volver a entrar en este mundo. Y además habían tomado la historia por una línea muy diferente, así que el padre de Indy no era tan importante. Le sugerí a Spielberg que lo mataran, que sería un mejor final para él», confesó Connery en aquel momento, sin admitir explícitamente lo que era un secreto a voces. Actor y director tuvieron fuertes desacuerdos creativos. «Si algo podía sacarme del retiro, eso era una nueva aventura de Indiana Jones. Pero al final descubrí que estar retirado era mucho más divertido», reconoció más tarde en una declaración.

Después de esa negativa quedó mucho más claro que Connery tenía decidido el retiro. Lo declaró oficialmente en 2006, cuando el American Film Institute lo distinguió con el premio anual a la trayectoria. Y si todavía quedaba alguna duda, su estrecho amigo y colega Michael Caine se encargó de disiparla. «Le pregunté a Sean exactamente eso. Si pensaba volver a hacer una película. Y me dijo: No, nunca más», relató Caine al diario The Telegraph.

En ese momento se supo que la decisión ya estaba decidida desde hace tiempo. Connery había rechazado una oferta de Peter Jackson para interpretar a Gandalf en las tres películas de El señor de los anillos. Iba a recibir 10 millones de dólares por cada aparición, más el 15 por ciento del total de lo recaudado en el mundo. Estaba más interesado en disfrutar de los placeres del retiro en su mansión de las Bahamas, construida en torno de un campo de golf, uno de sus pasatiempos. Solo aceptó un reto más, ponerle voz a un personaje de la película animada Sir Billi (2012) solo porque le gustaba la historia y porque sus nietos también disfrutaban del videojuego que le dio origen.

El astro coronado por la revista People como «el hombre más sexy del siglo» había dejado toda su carrera atrás. Sobre todo su tiempo como James Bond, personaje que ayudó a construir desde el principio en la pantalla gracias a sus siete apariciones, la primera en El satánico Dr. No, la película que inició la aventura en el cine del agente secreto creado por Ian Fleming. Para muchos, Connery es el Bond definitivo. Otros piensan que tuvo la ventaja de haber sido su primer rostro en el cine, lo que le permitió modelarlo y darle una impronta que sus herederos tuvieron que seguir o alterar. Después de Dr. No, aparecería seis veces más en el cine como 007: De Rusia con Amour, Dedos de oro, Solo se vive dos veces, Operación trueno, Los diamantes son eternos y la película no oficial Nunca digas nunca jamás.

Nacido en Edimburgo el 25 de agosto de 1930 en un hogar muy humilde tuvo que hacerse literalmente desde abajo. Fue repartidor de leche, albañil, guardavidas, pulidor de ataúdes y fisiculturista antes de llegar al cine y alcanzar por primera vez el estrellato de la mano de 007. Su carrera después de James Bond fue prolongada, exitosa, lúcida y feliz, con muchos puntos altos. Entre ellos, en sucesivas etapas, aparecen El hombre que sería rey (de John Huston, junto a Caine), La caza al Octubre Rojo, El nombre de la rosa y Los intocables, que le daría en 1987 su primer y único Oscar, en este caso como mejor actor de reparto. También fue su única nominación. Hubo muchísimo más en una trayectoria magnífica.

Hombre de temperamento fuerte como su voz de profundo acento escocés, sintió con el tiempo que los interlocutores que encontraba en la industria no hablaban su mismo idioma. «Estoy cansado de los idiotas que viven ampliando la brecha entre la gente que sabe cómo hacer películas y la gente que debe darle luz verde a cada proyecto», dijo cuando sentía más ganas de dejar el cine que sentirse atraído por nuevos proyectos. Rescataba de ese sombrío panorama, caracterizado por las secuelas y las remakes que jamás lo atraían, a George Clooney, Sean Penn y Steven Soderbergh. Curiosamente, nunca trabajó con ninguno de los tres.

Fuera de los sets, Connery tomó conciencia a la fuerza de lo que significa el cambio de época. En 1965, durante una entrevista con Playboy, dijo: «No creo que haya algo particularmente equivocado en pegarle a una mujer, si bien no recomiendo para nada hacerlo del mismo modo que a un hombre». Y en 1993, conversando con Vanity Fair, fue todavía más lejos al señalar que hay mujeres que en medio de una discusión con un hombre «están buscando una bofetada». De allí en adelante, el actor se cansó de justificarse diciendo que esas declaraciones fueron tomadas fuera de contexto, hasta que en 2006 se conoció la autobiografía de la actriz Diane Cilento, que fue su esposa entre 1962 y 1973. De la unión nació el único hijo de Connery, Jason. En ese libro, Cilento confesó haber sido abusada «física y mentalmente» por el actor, que luego desmintió reiteradamente esa denuncia. Poco después declaró que bajo ninguna circunstancia se justifica ni el mínimo abuso hacia una mujer. Esas idas y venidas aparecen en todas las biografías del actor, que volvió a casarse en 1975 con la artista plástica Micheline Roquebrune, nacida en Marruecos de familia francesa un año antes que Connery. Desde entonces ambos viven juntos.

La autobiografía de Connery, publicada en 2008, es más un acercamiento desde su mirada a la historia y a la identidad de Escocia que un recorrido exhaustivo por la vida artística de su autor. Si bien insiste allí en que el máximo anhelo de su vida es llegar a ser testigo de la soñada independencia de su tierra natal, algunos militantes del Partido Nacionalista Escocés le siguen reprochando cierta falta de compromiso expreso a sus palabras. Connery no estuvo presente en los momentos decisivos de las campañas por el referéndum independentista. Suele afirmarse entre ellos que Connery es un representante genuino de lo que en el Reino Unido se conoce como «tax exile», en alusión a aquellas personas que decidieron voluntariamente dejar las islas y mudarse a otro país para dejar de pagar el impuesto a las ganancias.

En Bahamas, Connery vive alejado de esas preocupaciones. También tomó considerable distancia del problema fiscal que en un momento se le presentó con las autoridades españolas cuando tenía una residencia en Marbella y los funcionarios locales llegaron a imputarlo por presunta evasión. Hoy se deja ver muy poco. Apenas algunas apariciones registradas por los paparazzi mientras se lo veía caminando con alguna dificultad y apoyado en un bastón por las calles de Nueva York, o en las gradas del estadio de tenis de Flushing Meadows presenciando algún partido del Abierto de los Estados Unidos junto a su esposa.

Su última declaración pública se conoció en septiembre de 2019, luego del devastador paso del huracán Dorian sobre las Bahamas, con un saldo de muerte y destrucción. Connery y su esposa optaron por no evacuarse y resistieron el embate de Dorian sin mayores consecuencias. «Mi esposa y yo estamos bien -respondió en ese momento a la consulta de The Daily Mail-. Tuvimos suerte en comparación con muchos otros y los daños fueron pocos. Nos preparamos para la tormenta, no elegimos otras opciones y sabíamos lo que teníamos que hacer». Fue todo un desafío de la vida real, propio de una película. Pero hoy, para Sean Connery, el cine es nada más que un grato recuerdo.

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