La revolución de las viejas

En el mundo, hay 700 millones de personas mayores de 65 años y de ellas, el 60 por ciento son mujeres. Se supone que en 2050 este cifra va a triplicarse; es materia del Estado y preocupación de los feminismos pensar sus trayectorias de vida libres de violencias, aunque por ahora los datos sobre las agresiones que sufren quienes transitan la tercera edad es alta. Isolina Dabove reflexiona sobre el impacto de la pandemia en los cuerpos de quienes más debieran protegerse.

Por Noemí Ciollaro
Página/12
21-8-2020

La pandemia que atraviesa al mundo puso en primer plano la importancia de los cuidados y la vulnerabilidad de las personas mayores; en la Argentina el 6 por ciento de la población que atraviesa la tercera edad vive alguna forma de violencia, que con el aislamiento puede haberse agravado mucho más de lo que todavía puede calcularse. Desde el año 2015, nuestro país comenzó a implementar políticas públicas concretas, las instituciones se volcaron a tomar registro y recién hoy se elaboran instrumentos destinados a erradicar la violencia en la vejez. María Isolina Dabove, especialista en el tema, además de abogada y doctora en Derechos Humanos por la Universidad Carlos III de Madrid, reflexiona sobre esa etapa de la vida que se ensaña particularmente con las mujeres.

Según ella, el origen de la discriminación por género es múltiple y existió siempre. «Como dice Severine Auffret en Historia del Feminismo, las ideas misóginas son el objeto de una construcción elaborada en diversos terrenos: político, lírico, filosófico, teológico, poético, estético y literario. Lo cierto es que estas construcciones tienen que ver con la cultura, y son a mi criterio el resultado de construcciones ancestrales, como puede ser el miedo a lo distinto, a la diversidad».

Durante la pandemia que estamos transitando ya hubo varios femicidios de mujeres mayores, ¿eso se incrementa por la convivencia obligada y continua?

–La desprotección que sufrimos las mujeres en cuanto a violencia física y psicológica es la consecuencia directa de una cultura patriarcal, creo que la razón hay que encontrarla allí, en esta lógica de la dominación basada en criterios biologicistas que al universalizarse, además, terminan siendo falsos y generan verdades consagradas como absolutas, pero sin fundamento. Y la convivencia obligada origina situaciones en las que los violentos llegan hasta el asesinato.

¿Es real que las mujeres vivimos más que los varones? ¿A qué se debe?

–Hasta los 75 años, hay una y media mujeres por cada varón. Después de los 75, hay dos mujeres por cada varón. El envejecimiento y la longevidad es un fenómeno propio de este tiempo que nace en el siglo XIX y adquiere ímpetu luego de las guerras mundiales. Hoy lo hemos denominado geronto globalización, porque es un proceso que se coteja en todos los países del planeta, sean desarrollados o no. El envejecimiento está marcado por la femineidad, ya que las mujeres vivimos más. Aproximadamente somos tres mujeres cada un varón en una relación muy simple que estoy haciendo. Hoy tenemos una expectativa de vida de unos 82 años en promedio, y los varones de 78 años, en la Argentina y en el mundo. Con lo cual, cuando hablamos de vejez, hablamos de un fenómeno marcadamente femenino.

Sin embargo, vivimos sumergidas en una cultura absolutamente patriarcal.

–Exactamente, esta cultura patriarcal ha hecho que se considerara a la mujer y a las identidades feminizadas no solo un objeto del deseo del varón en un sentido erótico o amoroso, sino también un objeto de disfrute. Las mujeres estamos sometidas a las leyes de nuestra propia naturaleza, y en ese sentido la naturaleza misma cumple un papel ambivalente hacia nosotras. De un lado nos da la posibilidad de dar vida a partir del desarrollo de nuestro aparato reproductor, pero ni bien asoma la nariz la menopausia esa potencia se limita y desaparece. Y en esa medida la cultura nos fue generando significaciones aminorantes y disvaliosas. En la menopausia la función reproductora ya no la podemos sostener, y en una cultura patriarcal donde la mujer se ve como un medio de -entre otras cosas- garantía de la supervivencia de la especie, la lógica patriarcal deriva en las descalificaciones y en la ridiculización de la existencia de las mujeres que son viejas.

¿No pasa algo igual y casi peor cuando pasamos a la categoría de jubiladas?

–Es que dentro de esta lógica doblemente discriminadora, patriarcal y viejista, descalificante en relación a la vejez de cualquier mujer, es que efectivamente esa mujer tiene la suerte de jubilarse, pasa a otra categoría, a diferencia de lo que le pasa al varón… Un jubilado es alguien casi atractivo para personas de otras edades, jovencita o jovencito, simboliza el desarrollo de una vida exitosa, potente, incluso con posibilidad de engendrar otras vidas. Que un jubilado tenga un hijo es algo que se aplaude, es más, se lo considera razonable y natural. En cambio si una mujer jubilada se anima a enamorarse de alguien y comenzar una historia, ya es vista con sospecha o mala cara, y más aún si desea tener hijxs. O si decide ceder su vientre para que otra persona tenga hijos. Son todos escenarios novedosos pero que nos interpelan acerca de los prejuicios y de las consecuencias lacerantes, no sólo en la vida de esa “vieja” sino en la de toda la sociedad, porque los prejuicios siempre empobrecen.

¿La pandemia agudiza más prejuicios contra la vejez?

–Sí, la pandemia puso en evidencia las contradicciones más profundas que la cultura tiene en relación a la vejez. Entre ellas un lugar destacado lo ocupa la tensión entre el afán paternalista versus el respeto por la autonomía de la voluntad de las personas mayores. La lectura asistencialista de la vejez que heredamos desde el siglo XIX, cuando se ponen en vigencia los primeros sistemas previsionales, introducen la idea de que la vejez es sinónimo de enfermedad, de contingencia, de total fragilidad en general. Por lo tanto esa lectura genera como contracara, la obligación del Estado de dar una protección, al reconocer entonces que esa persona mayor no puede comprender la vida por sí misma…

Evidentemente muchos siguen con el libreto del siglo XIX…

–Pero hete aquí que desde entonces hasta el siglo XXI ha habido una revolución copernicana en la vejez y, específicamente, en las condiciones de vida en la cual transcurren las personas mayores. En ese marco, múltiples investigaciones en el ámbito de la medicina, la geriatría, la psicología de la vejez, la antropología, la sociología y el derecho, evidencian que entre el segmento de personas que tienen 60 años hay entre un 60 a un 70 por ciento de personas que son autónomas, o sea: cuentan con discernimiento suficiente como para distinguir una cosa de la otra, evaluar la realidad, comprenderla y a su vez tienen la fuerza física, psíquica y moral para decidir y llevar a cabo sus decisiones.

Pero constantemente se asocia vejez con enfermedad, imposibilidad, pasividad…

–Es que en la Argentina se reflotó el costado paternalista, eso fundamentó la decisión política de un permiso especial para salir a hacer las actividades esenciales: ir a la farmacia, comprar comida y demás, en relación a las personas mayores. Por suerte las propias personas mayores se levantaron y salieron al cruce de esa medida. Organizaciones, grupos de mujeres, nosotros desde las universidades denunciamos y se interpuso una acción de amparo colectiva que habilitó que un juez de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires declarela inconstitucionalidad de esa medida.

¿Y la situación económica no es otro factor decisivo?

–Obviamente, las mujeres viejas de hoy han accedido con suerte a jubilaciones mínimas porque o bien no pudieron terminar de estudiar o no tuvieron un trabajo a partir del cual puedan hacer los aportes necesarios y disfrutar de una buena jubilación. Todo eso habla de desigualdades estructurales que hacen que hoy, en una lógica de la dominación, como diría Marcuse, el fuerte se aproveche de manera múltiple de la vulnerabilidad del débil y así las distancias entre ambos multiplican la lógica de la dominación y multiplica más estragos.

https://www.pagina12.com.ar/286123-la-revolucion-de-las-viejas