Una oportunidad de entender el lugar que los mayores tienen en la sociedad

No deja de ser una falta de respeto idealizar edulcoradamente a los abuelos. Ellos no lo necesitan. Son lo que son, como toda persona, y los hay valiosos o no tanto.

Miguel Espeche
PARA LA NACION
27 de junio de 2020

Sin embargo, quizás hoy en día haya toda una generación de chicos y jóvenes que está teniendo la oportunidad de entender mejor el lugar que los mayores tienen en la sociedad. Hoy, cuarentena mediante, el rol de los abuelos ofrece con mayor visibilidad reparo, afecto y horizonte, por lo que ellos son en sí mismos, pero, sobre todo, por lo que la «abuelidad» significa en el universo de la familia y la sociedad.

La pandemia es de los golpes más duros que ha vivido toda una generación que, en realidad, creía que sólo iba a ver a través de pantallas experiencias de este tenor. En este contexto extraño e indescifrable, todo parece líquido, al punto que se torna dificultoso hacer pie. Las referencias confiables a partir de las cuales orientarse no son fáciles de encontrar. Digamos sin embargo que, así como los profesores de yoga sugieren mirar un punto fijo para ordenar la mente y mantener una postura de equilibrio, los abuelos como generación pueden aportar «puntos» de sosiego, quizás, por el solo hecho de que no tienen que estar buscando su lugar en el mundo porque ya lo encontraron y, de allí, se habilitan a ser más transparentes en los afectos.

Si dejamos de solo identificar el lugar de los mayores con la merma de las funciones, los problemas con el PAMI y la jubilación escueta, podremos abrir la mente a entender el importante lugar que ellos tienen dentro de la vida social.

Quienes por lo general intuyen bien lo que los abuelos significan son los nietos más chicos, quienes esperan el zoom con ellos porque saben que allí obtendrán un afecto límpido que ayuda a sortear las circunstancias.

Sabemos que lo que acá decimos sobre la abuelidad tiene mucho de simbólico. No todos los abuelos juegan a pleno ese rol antes señalado. Pero también sabemos que lo simbólico es uno de los rostros esenciales de lo humano.

A modo individual pueden existir abuelidades fallidas, pero como generación los abuelos son esenciales por lo que simbolizan en el universo social. Ellos pueden estar allí como reserva de sabiduría, por los relatos de colimba, de la forja de la familia, de las crisis económicas, de los duros tiempos políticos.. O también como custodios de los relatos de los bisabuelos, con la inmigración, la guerra, el exilio, los amores por carta y esa nostalgia por los seres queridos que quedaron allá lejos.

No son relatos de esos compartidos alrededor del fuego frente a respetuosos escuchas. No, son cuentos repetidos en mesas familiares, mientras los chicos gritan y los jóvenes discuten si era o no penal aquella jugada, o si Alberto, Cristina, Mauricio o el que sea merecen el cielo o el infierno.

Así, en ese torbellino, transcurre en el hoy lo que antes se llamaba la «tradición oral». Esos cuentos, que creemos meras anécdotas, quizás tengan claves para transcurrir el presente. No son pocos los hombres y mujeres jóvenes que en estos tiempos manifiestan que han cobrado vida y valor en su interior lo que ellos creían eran piezas del museo de los «cuentos del abuelo».

Si no son los propios, serán los ajenos. La abuelidad es un lugar arquetípico, del cual todos somos beneficiarios, y esto es así porque el saber que existen los mayores, aunque no sean los propios, serena el espíritu, sobre todo, si se deja de verlos como víctimas de su edad.

Mientras los días de cuarentena transcurren, y la incertidumbre nubla el horizonte, los abuelos están ahí, acompañando la tarea de vivir, y es de sabios saber reconocer lo que su presencia aporta a todos.

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