Natalia Rozenblum: «Hay que salir del adultocentrismo»

En su segunda novela Baño de damas, que ganó una mención en la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires en 2017, bucea en las pasiones y los deseos en la vejez.

Por Silvina Friera
Página 12
6.7.2020

“La edad es un país extraño en el que nos encontramos viviendo de forma inesperada, sin importar cuánto hayamos pensado en llegar”. Esta frase de la poeta estadounidense Rae Armantrout podría haber sido escrita especialmente para Ana Inés, una viuda de 75 años, jubilada, fanática de los juegos y de las clases de aquagym en un club de barrio que cumple 90 años. Por primera vez en la historia del club, las mujeres podrán postularse como candidatas a la presidencia. Ana Inés se presentará, aunque quizá tenga que competir con el actual presidente, su viejo amante y amor secreto. En su segunda novela Baño de damas (Tusquets), que ganó una mención en la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires en 2017, Natalia Rozenblum bucea en las pasiones y los deseos en la vejez.

En el juego de la vida, Rozenblum (Buenos Aires, 1984) participa con muchas cartas. Estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires, fue jugadora de ping pong –ganó varios campeonatos-, aunque ahora prefiera el metegol. Desde 2008 empezó a dar talleres literarios con grupos de abuelos y después los amplió a jóvenes y adultos. Tiene una librería en su casa en Olivos, La Vecina Libros; publicó en 2016 su primera novela, Los enfermos, y los libros Cuaderno de escritura (2018) y Cuaderno de creatividad (2019). “Años atrás empecé a imaginarme la presentación de Baño de damas, incluso cuando estaba lejos de la versión final. Sabía que quería recrear el clima del club y un par de meses atrás conseguí el lugar donde iba a hacerlo. Eso incluía una kermese y niñas que hicieran un pequeño show de gimnasia artística, entre otras cosas. Para mí las presentaciones de libros son oportunidades de juego. Pero en vistas del contexto, le dije a Darío Sztajnszrajber, que es quien iba a presentar la novela, que hiciéramos una conversación por Instagram”, cuenta la escritora a Página/12. En esa presentación, Sztajnszrajber hizo una lectura de los personajes y los vínculos en la novela y después le propuso imaginar qué actrices podrían representar a Ana Inés y a las demás en una versión cinematográfica. “Fue hermoso y sentí la misma familiaridad que si hubiéramos estado en un club de barrio”, reconoce Rozenblum.

-¿Qué te interesaba explorar de la vejez de Ana Inés y sus amigas?

-Cuando escribimos ficción estamos todo el tiempo entrando en otros universos, en ese sentido elegir el de las mujeres mayores tuvo que ver con lo que yo necesito al momento de escribir: encontrar algo que me conmueva. Y toda la vida me vinculé mucho (de forma real o imaginaria) con ellas y ellos, me llamaba la atención cómo la gente los trataba hasta que yo también crecí y forjé un vínculo muy profundo con mi primera alumna del taller de escritura que ahora tiene más de 90. Recuerdo que ella se quejaba de que sus nietos no la invitaran a algún show o presentación porque era tarde, porque había escaleras o cosas similares, que vistas desde la mirada joven pueden haberse hecho desde el cuidado (y también desde el prejuicio que existe en la sociedad para con la gente mayor), pero para ella era importante participar y estar activa. Pienso ahora que Zulema fue la primera que me mostró que a cualquier edad puede haber vitalidad y deseo. Y eso es lo que más me interesaba, salir del adultocentrismo y explorar algunas de esas individualidades: para todas y todos es un trabajo desarmar el discurso que dicen sobre nosotras y nosotros.

-¿Por qué Ana Inés elige leer un libro de la poeta polaca Wislawa Szymborska?

-Ana Inés tiene una relación muy particular con la literatura: es un espacio entre privado y prohibido, y se apoya mucho en su vecina porque cree en todo lo que ella sabe. La vecina le recomendó algunos libros y ella elige el de Szymborska para impresionarla, pero algo se le mueve cuando lee la solapa, se da cuenta de que la autora es contemporánea de su madre y que vivió muchos más años. Porque Ana Inés está atravesando un momento especial en el vínculo con su hija, entonces se pregunta cómo habría sido si ella hubiera tenido a su madre más tiempo.

-Pareciera que Marisa, la hija de Ana Inés, se convierte en “madre” de su madre casi sin darse cuenta, ¿no?

-Marisa hace lo que algunos adultos creen que hay que hacer con sus padres: invierte los roles y de esa forma muchas veces no solo la infantiliza sino que le quita la potestad sobre su vida. Se asume que todos los mayores ya no pueden tomar decisiones, que ya no pueden cuidarse, que ya no pueden elegir y esa generalidad arrasa con muchas personas que están lúcidas. Marisa tiene una situación personal y usa como excusa la edad de Ana Inés, quien termina yendo más seguido al club para encontrar su espacio. Pero al mismo tiempo esa nueva convivencia resignifica el vínculo y creo que Ana Inés puede volver a encontrarse como madre de su hija.

-El cuerpo tiene mucha importancia ya sea porque duele, molesta o porque no responde. Ana Inés necesita tocarse como si encontrara en el roce una forma de reconocimiento, una especie de «me toco, luego existo». ¿Cómo es la relación que tiene Ana Inés con su cuerpo?

-Sí, le pasan esas cosas, pero al mismo tiempo es el cuerpo que le da placer. Es decir, cada una tiene el cuerpo que tiene y no hay hegemonía que asegure el goce. Silvita, que es una de sus amigas, responde mucho más a lo que la sociedad o el mercado reclaman (que nunca dejemos de ser jóvenes, que no se note que pasó el tiempo) y sin embargo no puede resolver el placer dentro de su pareja. En cambio, si bien Ana Inés tiene una relación ambigua con su cuerpo (tampoco le gusta verse así o le duele) se da cuenta (o se termina por dar cuenta) de que todavía se erotiza con lo que le cuentan, con lo que recuerda, con lo que imagina y con lo que pasa cuando se encuentra consigo misma y con un otro.

-Tenés una librería en tu casa, das talleres de escritura y escribís. ¿Cómo conviven la librera y la escritora?

-Para mí La Vecina empezó como un juego, pero no es mi oficio ni mi identidad. En cambio, escribir sí me resulta constitutivo, así como dar talleres. En general las tres convivimos bien, aunque a veces una Natalia se aprovecha de la otra, es decir, cuando una de ellas no quiere hacer algo se excusa con que la otra tiene mucho trabajo y cambio de rol sin cambiar de ropa ni de lugar. Lo único que transforma todo es si tengo un proyecto de escritura: eso me toma casi por completo.
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