Julia Sandoval, la estrella que eligió el silencio: “Dejé la fama para dedicarme a vivir”

Es una de las damas misteriosas del espectáculo argentino. En 1980 se retiró del cine y prefirió el bajo perfil. Pionera del radioteatro y reina de la pantalla grande, a los 92 habló con Clarín.

Marina Zucchi
25/07/2020
Clarín.com

Era la chica de tapa habitual de Radiolandia. De esas tapas intervenidas, coloreadas, en las que se podía pensar que no existía, que era una doncella de fantasía, dibujada para contar el glamour de un espectáculo argentino hoy extinguido. Estrella de la radiofonía y el cine dorado de los ’40 y ’50, pocos saben que Julia Sandoval vive. Dama misteriosa. Tal vez el último gran tesoro escondido, la reina perdida que decidió retirarse de la pantalla grande hace 40 años y mantener el silencio mediático.

Tiene 92 años y es de las pocas sobrevivientes pioneras del radioteatro. Fue parte de aquel ecosistema actoral cuya regla indicaba que a mayor misterio, mayor prestigio. Será por eso que no entiende la ley contraria del actual mercado farandulero en el que vemos a actores dejarnos pasar -redes mediante- hasta su baño.

Las imágenes de archivo no mienten: Julia era una deidad, belleza como podía ser Rita Hayworth, Katharine Hepburn o Judy Garland, pero en el más acá, el Río de la Plata. Tumultos en la puerta de las radios, cuarenta películas, admiradores hasta en las alcantarillas, un día entendió que la fama era «una insignificancia» y colgó el traje de actriz de cine en 1980. Se dedicó a viajar, a leer, a su hija Fabiana. El tiempo fue desvaneciendo su apellido de los medios. La encontramos en Belgrano.

«¿Qué quieren saber de mí? Tengo muchos años», se ríe por teléfono. Se llama en realidad Julia Delia Toscano Barrientos y nació el mismo año que Mirtha Legrand, pero casi diez meses después, el 3 de diciembre de 1927. Dejó su piso de Avenida del Libertador para mudarse con su hija y sentirse «más resguardada».

-¿Por qué decidió abandonar el trabajo artístico hace cuatro décadas?

-Yo me retiré porque quería pasear. Dejé la fama para dedicarme a vivir.

-¿Por qué se supo poco de usted en tantos años? ¿No extraña la vida artística?

-¿Quiere que le diga la verdad? No extraño nada. Cuando me casé con Zanella, él hacía una vida de empresario, iba y venía, viajaba mucho a Italia, a Milán, y yo lo seguía. Conocí gente agradable, vi mundo. Me gustó mucho esa vida. Después él se murió.

Hija de un mecánico de autos, se crió en una casa porteña en Entre Ríos y Pedro Echagüe. Era una quinceañera que cursaba el secundario en el Normal 9 cuando debutó en el aire. Por entonces todo era amor sobrevolando el dial, radionovelas, tumultos en la puerta de Radio El mundo, efectos especiales artesanales. Hasta que el cine la capturó. En 1943 debutó en Cuando florezca el naranjo, de Alberto De Zavalía. «El que me había descubierto era Julio Saraceni. Vivía a la otra cuadra de casa, y siempre que yo pasaba de la mano de mi mamá él decía: ‘Qué nena tan linda. Cuando tenga una película la voy a llamar’. Y me ayudó a entrar al cine».

Recuerda sus primeros trabajos en Radio El Mundo, auspiciada por jabón Sunlight, presentada por el locutor Jaime Font Saravia. También evoca su dupla de radioteatro con Eduardo Rudy, e hitos de Argentina Sono Film, como Guacho, la película con Tita Merello dirigida por Lucas Demare (1954), un dramón sobre hijos legítimos e ilegítimos. Julia habla de un mundo con detalles que muchas veces no figuran en Google.

En cuerpo y alma (De Leopoldo Torres Ríos), Rescate de sangre (de Francisco Mugica), El tango en París (de Arturo S. Mom), Psique y sexo (Manuel Antín), mientras cuerpeaba rodajes de a media decena algunos años, entendía que la fama «era cuento». En los sesenta llegó el turno de la popularidad televisiva con Doctor Cándido Pérez, señoras, historia que ya había protagonizado en cine, junto a Juan Carlos Thorry. «Es cierto, yo era linda, pero no se me subía la nariz por serlo. La popularidad era ir a comer y que todas las miradas estuvieran en tu mesa, pero eso no tenía ningún valor», deduce.

Contrafigura de Libertad Lamarque, compañera televisiva de Ámbar La Fox, compartió rodajes con María Concepción César, Alberto Castillo, José Marrone, Susana Campos, Armando Bó y un centenar de nombres más. Fue pareja del actor Jorge Salcedo y de Coco Gotuzzo. Su despedida del cine fue en Subí que te llevo, junto a Sandro, esa historia en la que «El Gitano» y María Valenzuela van a bordo de un Mazda RX-7, una oda a la imprudencia al volante.

Es su amiga Adelita Montes, la periodista más antigua del espectáculo nacional y creadora del viejo Club de Cazadoras de Autógrafos la que ayudó a convencer a «Julita» de volver a otorgar una entrevista. El archivo es espejo de esa forma de concebir la fama que Sandoval ya tenía en la mitad del siglo XX, ese lugar «tan arriba» del que muchos necesitan bajarse. «Lo confieso. Soy relativista. Nunca pienso que lo que tengo es para siempre», declaraba en el semanario Paralelo 38, hace 53 años. «La felicidad nace y muere todos los días».

-Filmó con Tita Merello. ¿Eran amigas?

-No, amigas no. La Merello no era amiga de nadie.

-¿Se acuerda de sus primeros trabajos?

-Como si fuera hoy. Yo no había terminado el secundario y fui al viejo teatro San Martín. Estaban haciendo La vida es sueño (de Calderón de la Barca) y me dejaron participar abriendo el telón todos los días. Era tan chica que para volver a casa me venía a buscar mi mamá. Después, fue el director Saraceni el que me puso un apellido artístico. Yo no entendía mucho de la profesión todavía y no me quejé del apellido que eligió.

¿Le gusta cómo funciona el medio artístico que ve hoy?

-Leo una barbaridad y por eso me mantengo así. Y me la paso mirando televisión. Otra cosa no puedo hacer. La verdad: no me gusta mucho la tele. Ves los noticieros y la mitad son en broma y la mitad en serio. Pero no se puede comparar, porque era otro el mundo el mío.

-Usted coqueteó con el tango. Hay un disco suyo de 1970. ¿Sigue cantando?

-Ya no canto. La historia con el tango la impulsó Alejandro Romay. Consideró que cantaba bien y me mandó un día a ensayar con Mariano Mores. Un miércoles y un jueves practicamos, el sábado ya canté en Canal 9 ¡con unos nervios! El disco Julia en el tango tuvo acompañamiento de la orquesta de Raúl Garello. Después me llamaban de boliches importantes para actuar, pero dije no, no podía andar a las dos de la mañana trabajando. Ese estilo de vida no era para mí.

-¿Cómo tomó esa decisión de alejarse de todo?

-Mi madre me decía: «¿Vas a dejar con lo que te costó llegar?». Y yo le expliqué: «Mamá, voy a cambiar de vida». La fama alimentaba mi ego, no podemos mentir. Pero en el fondo no era importante para mí. A mí ese trabajo no me cambió nada la vida, por eso cuando tuve que largar, largué. Después Moser me convenció para volver un rato a la televisión en Matrimonio y algo más.

-Tuvo tres matrimonios. ¿Se enamoró muchas veces más?

-Salcedo, un gran actor, fue un amor distinto porque yo era más joven. Después llegó el padre de mi hija y cuando ya no esperaba nada Zanella me dio una vida maravillosa hasta su muerte, una década. La idea de amor va cambiando como va cambiando uno. Tuve muchísimos pretendientes, pero nunca me volví loca por nadie. Hacía una vida muy tranquila y era muy pegada a mi madre.

-¿Se puede decir que tuvo una vida feliz?

-Muy plena. Hice todo lo que quise y hoy tengo una familia que me contiene, dos nietos maravillosos y hasta un perro atorrante que es mi amigo, Antonio, al que mi hija adoptó después de ver por televisión. Es importante saber que un perro puede ser un gran amigo.

-¿Llegó a arrepentirse de su temprano retiro?

-No. Hay mucha vida después. El después fue la gloria.

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