Mayores maltratados, otra alerta en la pandemia

Cinco de cada diez mayores de 60 sufre violencia entre diaria y semanal

Silvia Fesquet
21/06/2020
Clarín.com

«Se me fue la mano con Don Horacio”. Esto habría escrito el hombre a su pareja, antes de escapar y de ser detenido finalmente por la policía, acusado del asesinato de un anciano de 91 años, a quien cuidaba por las noches en su departamento de Palermo. Sospechan que un robo fue el móvil del crimen. Por esas paradojas, la detención se produjo el lunes pasado, 15 de junio, justamente la fecha elegida como Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato de la Vejez. Ampliando el rango, según cifras de la Organización Mundial de la Salud, en el último año 1 de cada 6 personas mayores de 60 sufrió algún tipo de abuso, aunque se calcula que se denuncia apenas 1 de cada 24 casos: muchas veces quienes padecen el maltrato tienen miedo de comunicarlo a sus familiares o amigos; en muchos otros casos, son los más allegados quienes propinan estos malos tratos. Y analizados 9 estudios de 6 países basados en las notificaciones de malos tratos en instituciones, el 64,2% de trabajadores de esos centros admitió haberlos infligido.

En Argentina, la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de la Nación acaba de dar a conocer, en su informe anual, que el año pasado crecieron un 17% las denuncias por violencia y maltrato a adultos mayores respecto al año anterior. En el 87% de los 985 casos reportados hay un vínculo familiar entre la víctima y el acusado: de ese total, un 47% son hijos o hijas y un 29%, pareja. El 72% de las víctimas tienen entre 60 y 74 años. Casi el 80% son mujeres. El rango de violencia es amplio, y va desde psicológica, presente en el 96% de las denuncias, hasta física (46%), económica patrimonial (39%), social (10%) y sexual (3%). Cinco de cada 10 sufre violencia entre diaria y semanal. Y algo más de la mitad vive con la persona denunciada. ¿Cuál es el perfil de los denunciados? El 71% tiene entre 22 y 59 años, y 7 de cada 10 son varones.

El tema no suele estar en el centro del debate público, aunque lo requeriría: según proyecciones de Naciones Unidas, la población de 60 años para arriba crecerá un 38% entre 2019 y 2030, y pasará de mil a 1.400 millones de almas. Un número nada despreciable como para no ser tenido en cuenta, sobre todo si se considera la prolongación de la etapa productiva y la capacidad y potencialidad de buena parte de ese segmento. Es aquí donde talla otra arista del problema. Gerontóloga, ex presidenta de la Red Internacional contra el Abuso y Maltrato en la Vejez, Lía Daichman declaró días pasados a Télam: “La discriminación a los mayores pasó de latente a presente por la pandemia. Siempre hubo un prejuicio sobre que las personas mayores no sirven, no son productivas, son una carga para la sociedad y no son capaces de hacer nada por sí solas, lo cual es completamente falso. Y a partir de la pandemia se hizo presente ese viejismo en el discurso pero también en las medidas que se tomaron”, y enumera desde las estrictísimas prohibiciones iniciales para gente de 65 ó 70 años perfectamente autónoma, hasta la actitud censora de muchos hijos e hijas pasando por el lenguaje ‘abusivo’ de llamar “abuelitos o abuelitas” a todas las personas mayores.

Con el coronavirus al acecho, las alarmas se activan en varios sentidos, como crecimiento exponencial de los prejuicios y riesgos incrementados de violencia disparados por el aislamiento y todas sus circunstancias. Mientras tanto, no pierde vigencia lo que escribió Simone de Beauvoir medio siglo atrás en “La vejez”: “El joven teme esa máquina que va a atraparlo, trata a veces de defenderse a pedradas; el viejo, el rechazado por ella, agotado, desnudo, no tiene más que ojos para llorar. Entre los dos la máquina gira, trituradora de hombres que se dejan triturar porque no imaginan siquiera que puedan escapar. Cuando se ha comprendido lo que es la condición de los viejos no es posible conformarse con reclamar ‘una política de la vejez’ más generosa, un aumento de las pensiones, alojamientos sanos, ocios organizados.Todo el sistema es lo que está en juego y la reivindicación no puede sino ser radical: cambiar la vida”.

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