Abuelos en cuarentena: ¿Cuándo podré volver a abrazar a mis nietos?

Llevan más de 100 días sin poder estar juntos. Algunos usan la tecnología para mantener el vínculo, otros esperan que los chicos pasen cerca de su casa para saludarlos a la distancia. Pero todos extrañan los encuentros y las rutinas compartidas. Aquí, sus historias.

Julieta Roffo
30/06/2020
Clarín.com

Cada viernes a la tarde Graciela se asoma a la puerta de su casa en Belgrano R. En la esquina, por apenas unos minutos que no llegan a diez, su hija frena el auto: sus nietos Franco y Luca, que van o vuelven de la casa del padre, saludan con la mano y sonríen. Cumpliendo con creces con el distanciamiento social al que obligan la pandemia de coronavirus y el Estado, Graciela les devuelve el gesto. Nada de eso se parece a los almuerzos familiares de cada domingo, de los que participaba también Mila, la nieta de un año y cinco meses de Graciela: todo eso, que implica abrazos, caricias, un poco de upa y el bullicio amontonado de las reuniones de a varios, es de la era pre-cuarentena.

Graciela, que es psicoanalista y tiene más de setenta, es una de las tantas personas a las que, por definición, su edad la convierte en grupo de riesgo ante el virus de alcance global. También es una de las abuelas y abuelos a los que la cuarentena​ les impuso estar lejos de sus nietos, tal vez uno de los obstáculos más difíciles de estos más de cien días.

Según las últimas cifras disponibles de la Dirección de Estadísticas y Censos de la Ciudad, en 2018 vivían en territorio porteño 652.200 personas de 60 años o más: el 21,2% del total de la población de la Ciudad. Son 295.800 personas de entre 60 y 69 años, y 356.400 de 70 años o más. De esas 652.200 personas de 60 años o más, hay 222.550 que viven solas: es el 34,1% de ese universo. Son 79.700 viviendas unipersonales de habitantes de entre 60 y 69 años y 142.850 de quienes tienen o superan los 70 años.

Toda esa población es una de las más instadas a quedarse en su casa y, a la vez, a mantener actividades que sostengan la rutina: desde el trabajo, por vía remota, hasta ejercicios que alienten la creatividad y lo cognitivo. Sin embargo, la costumbre de ver a los nietos con los que no conviven está vedada, y las abuelas y los abuelos extrañan.

«No vernos genera un deterioro muy grande en la relación, porque se pierde ese contacto al que Felipe y yo estamos acostumbrados», cuenta Pedro. Tiene 78 años y Felipe, 12. Desde que su nieto empezó el jardín, Pedro lo pasaba a buscar dos veces por semana por la escuela: «Primero fue para darle una mano a mi hija, pero después quedó como una forma de alimentar mi relación con él. Felipe es casi un adolescente y en algún momento se va a pudrir del abuelo. Yo ya le dije que cuando eso pase charlemos, y este alejamiento puede acelerar ese momento», teme Pedro.

No sólo se preocupa por cómo va a ser el vínculo con su nieto cuando se pueda recuperar cierta cotidianidad -en condiciones que todavía son inciertas- sino por lo que ahora mismo no puede atestiguar: «Hace más de tres meses que no veo a mi nieto. Me estoy perdiendo muchas cosas, un crecimiento intelectual que en la pre-adolescencia es muy día a día y que yo podía observar en nuestras charlas sobre Historia o sobre la familia», explica Pedro.

Eso de hacer videollamada con su nieto no le resulta: «Es frustrante, todo el tiempo siento que no es suficiente. Me pasa con el contacto con Felipe y también con clases que venía tomando y que no quiero hacer de forma virtual, por ejemplo, de ruso. En el encuentro en vivo hay climas, voces, presencia física», resume. Le pone palabras crudas a lo que siente cuando ve a alguien que quiere por videollamada: «Es como darle un beso a un vidrio». Pedro, que es arquitecto y que está jubilado, anhela el reencuentro con Felipe, pero tiene algunos temores: «Espero reconocer su cuerpo y su cabeza, está en pleno cambio».

Como Graciela, Ana María es psicóloga y también tiene más de 70. Vive en Tapiales, La Matanza, y antes de la pandemia atendía a sus pacientes en un consultorio de la Ciudad: ahora lo hace por videollamada. Vive con Abel, su marido de 77 años que trabajó durante décadas en la industria automotriz. Tienen tres nietos -Felipe, Joaquín y Manuel- y dos nietas -Malena y Eugenia, mellizas de 16 años-. Fueron «las chicas» las que se ocuparon de explicarles cómo usar Zoom y Skype, cómo orientar la cámara, qué link apretar para entrar a la reunión. «Estaban deseosas de que pudiéramos lograr esa comunicación, pusieron mucho énfasis», se conmueve Ana María, que ejerció la docencia durante más de treinta años y que ya se jubiló de esa actividad.

La pandemia frenó una rutina en la que Ana María iba a buscar a Joaquín todos los días a la escuela, lo llevaba a la plaza y después a la casa. Antes de eso, cuando Felipe, Malena y Eugenia eran más chicos, sus abuelos los cuidaban mientras sus papás estaban de viaje, los llevaban de paseo, les hacían compañía a la hora de hacer la tarea, o los llevaban a practicar deportes el club Ferro, de Caballito. «Nos movilizábamos sin problema para estar con nuestros nietos, somos muy independientes», describe Abel. Y suma, entre la alegría y la angustia: «Los chicos ahora nos demuestran su amor a través de la videollamada. Pero hay algo muy impersonal en todo eso. No los tengo al lado, y nosotros estamos acostumbrados al contacto personal. Los extrañamos».

«Los varones hablan menos, es más difícil que cuenten mucho, pero igual siento que nos conectamos y nos alegra vernos. Las chicas son más habladoras, nosotros les decimos ‘Las Picudas’. Y al más chico le digo que cuando lo vea le voy a dar muchos besos, que me lo voy a comer. Es lo mismo que le decía antes de la cuarentena, así que trato de mantener eso, que era nuestro juego», cuenta Ana María. Su nieto más chico tiene 9 años. Los encuentros se coordinan por WhatsApp: tienen un grupo que se llama «Abuelos y nietos» y ahí alguien dice «merienda juntos» y el resto se suma.

Desde que Felipe, Malena y Eugenia eran chicos, Ana María les hace reiki y masajes. «Todo eso extraño: un montón. El abrazo, darles un beso, verles las expresiones, los ojos. Estamos bien en nuestra casa y sabemos que esto es para cuidarnos. También sabemos que todos nuestros nietos están cuidándose en sus casas, y los más grandes, cuando nos ven raros por no poder encontrarnos, nos levantan el ánimo diciéndonos que es para que nosotros estemos sanos», describe ella.

Abel preparó berenjenas para mandarles a sus nietos. Dice que «el amor no se pierde, supera todas estas vicisitudes». Ana María coincide, cuenta que este escenario sirvió para que sus nietos les expresaran su cariño y sus ganas de cuidarlos. Pero se hace una pregunta: «En esta etapa de la vida los nietos son los que traen alegría, juventud, espontaneidad, cariño, y todo eso nos mantiene vitales. ¿Se acostumbrarán a no vernos?».

Ana vive en Almagro y, como Abel, también preparó un tupper: fue para mandarle scones de queso y una torta de manzana a Felipe, su nieto. «Dos veces por semana lo iba a buscar a la escuela. Está en séptimo grado así que esa frecuencia ya iba a empezar a aflojar. Caminábamos juntos catorce cuadras charlando por la calle Honduras. Desde que es chiquito conversamos mucho», describe Ana. E ilustra: «A los tres años me pregunto cómo es Dios».

Ana y Felipe compartían tiempo y actividades: «Iba un profe de piano a la casa de mi hija y primero le daba clases a él y después a mí. Extraño compartir esos ratos, caminar con él, que charlemos sobre lo que va surgiendo», cuenta.

Habla todos los días con su nieto, que le pide ayuda para las tareas -le pregunta, por ejemplo, qué es el liberalismo-, pero como en los demás casos, nada se parece a la cercanía del cuerpo. «Me cuesta no poder abrazarlo y besuquearlo. La parte intelectual de nuestro vínculo se mantiene, pero no es lo mismo, y está en una edad en la que queda poco de abrazarlo y darle besos», explica. Ana tiene 75 años, es arquitecta y fue docente en escuelas técnicas.

«No tengo problema con que él no me llame. Está entrando en la adolescencia así que se despega de sus adultos cercanos. En la escuela les hablaron de la dictadura y yo le conté mi experiencia: cómo destruimos libros y los tiramos por el inodoro, por ejemplo», narra Ana. Para ella, «lo afectivo está intacto, pero falta el mimo, la caricia».

Los días más ruidosos en la casa de Betty eran cuando jugaba River. Allí, en la casa de Caballito en la que vive con su marido Pedro, se reunían sus tres hijos, su nuera, su yerno, y sus tres nietos cuando la cuarentena no era la normalidad imperante. En aquella época de la que han pasado más de cien días que se hacen muy largos, Betty -75 años, psicóloga social, operadora en adicciones y grafóloga- caminaba once cuadras hasta Flores: allí vive su hija con uno de sus dos nietos de 15 y con Emma, de 8.

«Ayudaba a mi hija en su trabajo, una empresa de catering, y sobre todo me ocupaba de los chicos cuando ella estaba muy atareada. Me quedaba con ellos si ella salía, nos veíamos todo el tiempo», cuenta.

Emiliano, su otro nieto de 15, la visitaba los fines de semana: su papá lo traía desde su casa de Moreno. «Los varones son más reticentes a la videollamada, les cuesta más hablar, pero igual nos vemos día por medio. Tengo un grupo de WhatsApp con los tres y ahí organizamos almuerzos familiares. Con la nena también nos mandamos chistes, videítos, le mando para que mire teatro y ella me cuenta sobre su tarea», describe Betty. Cada vez que Emma ve a sus abuelos llora un ratito: «A veces, nosotros lloramos con ella», cuenta.

Betty no tiene dudas sobre cómo seguirá su vínculo con sus tres nietos: «No va a haber cambios en lo afectivo. Pero tendría que haber psicólogos o psiquiatras en el equipo que asesora al Presidente porque todo esto nos está deteriorando la salud mental. No sabemos qué va a pasar ni cuándo vamos a poder estar todos juntos. No sé cuándo voy a volver a escuchar un grito de gol de esos que nunca faltaban en mi casa», lamenta.

«Con los nietos, sobre todo los más chicos, lo más importante es sostener el vínculo», enfatiza Graciela, la vecina de Belgrano R que se asoma los viernes a ver a sus nietos y a que sus nietos la vean. Lo dice en su carácter de abuela y también, tal vez, de médica psicoanalista.

«Se extraña muchísimo a los tres. Yo me había liberado un día entero de la semana para cuidar a Mila y pasar el día con ella, y temía que ese vínculo se desarmara por no poder verla, pero todos los días hablamos una o dos veces por videollamada, cuando ella pide a sus ‘abus’. Se acuerda de juguetes que tiene en mi casa y de pinturas que le llaman la atención, pide ver todo eso. Y al principio quería tocarme o darme de comer a través de la pantalla, hubo que enseñarle que no se puede», describe.

«Los extraño horrores. El de 19, Franco, venía mucho a casa. Y a Luca, de 16, iba a buscarlo dos veces por semana al subte y lo llevaba a su casa para compartir un rato. Sorpresivamente, Franco pregunta cómo estamos más que antes y siempre responde los mensajes: antes, a veces respondía y a veces no. Es nuestro asesor de cine y series, nos recomienda a mí y al abuelo qué podemos mirar en la cuarentena», explica Graciela.

«Con los chicos no siento que la cuarentena vaya a modificar el vínculo, pero con la nena, por su edad, hay que trabajar mucho para que eso no suceda. Es momento de adaptarse a esta realidad con los mejores recursos posibles. Desde preparar un títere en casa hasta tratar de no entristecerse. Pero claro que este escenario me frustra y me angustia. Los cinco o diez minutos que veo a los chicos los viernes es el único contacto verdaderamente humano que hay en estos meses. Y no puede durar más que eso porque puede ser muy frustrante no poder abrazar a tu nieto». La pregunta sobre cuándo volverá ese abrazo sigue sin respuesta, y en esa incertidumbre la angustia echa raíces. Y crece.

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