Cumplió 100 años. En cuarentena comparte su secreto de longevidad: «No miro nunca para atrás»

Cumplir 100 años no es algo tan habitual. Y que ese acontecimiento suceda en medio de una pandemia mundial, es aún menos frecuente. A Lea Enriqueta Llanos de Machado le sucedió. El pasado 17 de abril, Lea festejó ese aniversario trascendental y tan simbólico, pero, cuarentena mediante, debió cancelar el festejo previsto con sus familiares cercanos y que incluía un concierto con temas de Eladia Blázquez interpretados por Marili Machado, la hija cantante de voz exquisita.

La Nación
Pablo Mascareño
5 de mayo de 2020

Un siglo, diez décadas, 100 años. Acaso sea la fantasía de todos, llegar a esa ansiada meta de la mejor forma posible. Desafío de la existencia. Lea pudo. Y con creces. «Se siente un poco de cansancio, pero muchas ganas de seguir viviendo porque tengo una familia única, buenísima, que me atiende, que me quiere, que me rodea», explica a LA NACIÓN haciendo gala de una muy buena audición para sostener la comunicación telefónica. A su lado, Marili, que vive en el departamento contiguo, la acompaña por si necesita asistencia. Lo cierto es que Lea tiene una lucidez asombrosa. A través del teléfono, hasta se puede fantasear con estar conversando con una mujer varios años menor. «Nunca pensé en llegar a esta edad, pero mi familia es de longevos. Mi abuela murió a los 96, mi madre vivió hasta los 90 y tengo un hermano de 93», reconoce.

Cuando Lea nació, los países triunfantes en la Primera Guerra Mundial vivían aquello que se denominó como «Los años locos» y Cocó Chanel comenzaba a influir en la moda de las señoras aristocráticas de Europa. Pero algunos acontecimientos, que en este siglo XXl tomamos como nacidos con el origen mismo de la humanidad, aún no se habían concretado. En 1920, por ejemplo, James Joyce aún no había escrito Ulises , aquella novela de vanguardia que sentó precedente. Ese año, en la Argentina, el empresario Luis Barolo iniciaba la construcción del famoso Palacio imponente que lleva su nombre sobre la Avenida de Mayo. En ese entonces, el país era gobernado por Hipólito Yrigoyen, a quien Lea conoció: «Era una niña, vivía en Norberto de la Riestra, mi pueblo de nacimiento en el Partido de 25 de Mayo. Mi padre lo esperaba a Yrigoyen en un auto y lo llevaba hasta el campo de la viuda de Cambaceres. ¿Sería la amante? Ahora que pienso, podría ser. Lo vi pasar muy cerca de mí con su ponchito. Mi padre era Yrigoyenista. Por eso yo seguí siendo radical. Pero ahora no soy nada», reconoce mientras ríe con su ocurrencia. Mamá de seis hijos, doce nietos y seis bisnietos: «La matemática va conmigo, tengo algo con el número seis», dice apelando a una memoria que le permite recordar a cada uno de ellos.

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Alta en el cielo
«Yo quería ser artista, pero, en esa época, mi padre no me dejó porque no se veía bien que una mujer hiciese eso. Así que fui maestra con mucho gusto, porque siempre me gustó serlo», explica esta mujer de impecable dicción que soñaba con seguir los pasos de su admirada Tita Merello: «Ahora me gustan Norma Aleandro y Ricardo Darín».

-¿Qué recuerdos tiene de su época como docente?

-Ser maestra de Primer Grado fue una satisfacción hermosa. Recibir niños que no sabían leer y que terminaran el año leyendo era algo muy lindo.

Lea fue docente en La Boca, donde tuvo como alumna a la actriz María José Gabin: «Era muy pícara, me dio bastante trabajo, pero la aprecio mucho. Su padre, Pérez Celis, me regaló una de sus obras. De La Boca tengo un gran recuerdo». Además, fue vicedirectora de la escuela municipal Bandera Argentina, ubicada en el Barrio 31 de Retiro: «Era una institución modelo. Los chicos allí estudiaban y comían. Tenían médico, asistente social, les dábamos ropa. Hasta el año 1977 ejercí allí. Luego me mudé a Córdoba, donde me jubilé».

-Educar a chicos de barrios humildes estimo que debe ser una experiencia muy enriquecedora.

-Te llena el alma. Una vez, una madre me quiso pagar para que yo le enseñara a su hijo de manera particular, pero me negué. Me ofendí. ¿Cómo iba a aceptar semejante cosa?

-En su tiempo, el maestro ocupaba un lugar privilegiado en la sociedad. No en remuneración, pero sí en la trascendencia de la tarea.

-Antes el maestro era considerado y respetado, ahora hasta le pegan. Cuando veo como tratan a los maestros hoy, pienso que a mí me daría miedo ser maestra.

De un solo amor
«Cuidó hasta el último suspiro a su amado esposo don Ángel Machado, nuestro papá, que tenía mal de párkinson», explica su hija Marili a modo de introducción a esa historia de amor que de tan perfecta parece novelada. «Lo he amado mucho, era muy bueno conmigo. Todavía lo extraño. Siempre digo que el peor estado de la mujer es la viudez. Supongo que para los hombres será igual».

-¿Cómo recuerda su noviazgo y los primeros tiempos de la relación?

-Estuvimos poco tiempo de novios. No nos íbamos a casar, pero, en 1951, cuando quedé embarazada de mi primera hija, nos casamos. Éramos un poco adelantados a la época.

Lea es una mujer que se acostumbró a adaptarse rápidamente a los devenires de cada tiempo. Acaso porque su padre recorrió el país como contador de banco y ella incorporó esa capacidad para estar bien en diversas situaciones. De hecho, la vida algo nómade la llevó a recibirse de maestra en la provincia de Corrientes. De pensamiento vanguardista, salía de los cánones de la mujer de su época a fuerza de carácter y posiciones firmes: «Antes había mucho machismo. Es una alegría ver como la mujer ha progresado tanto, aunque, para los empleos, siempre ocupa el segundo lugar. Primero siempre está el hombre, ¿o no?».

-¿Cómo hizo para abrirse camino, ser independiente, en una sociedad tan machista como la que le tocó transitar?

-No sé cómo hice, pero me hacía respetar, no me callaba así nomás. Defendía lo mío.

-No es un tema cerrado. Aún hoy, las luchas de las mujeres continúan.

-Todo cambio es para bien, de eso se trata.

Mujer de fe profunda, transitó las iglesias católicas con devoción. También se acercó al evangelismo en busca de otras respuestas. Hoy, su fe es inquebrantable, aunque no adhiere a ninguna religión formal: «Soy muy creyente, creo en mi Señor Jesús con toda mi alma, con todo mi corazón. Pero no soy católica ni evangelista. Creo en Cristo Jesús, practico su doctrina, aunque no estoy en ninguna congregación. Nos reunimos a orar entre varios cristianos, para bendecir a Dios, pero sin jefe ni líderes. Estamos en la recuperación del Señor».

Resiliente de una neumonía y una bronquitis que la tuvieron a mal traer el año pasado, Lea se protege, desde antes de decretarse la cuarentena a raíz de la pandemia del Covid-19: «No siento el encierro como la mayoría de la gente porque estoy acostumbrada a estar en casa, me tengo que cuidar». En estos cien años, vio transformaciones sociales, culturales, tecnológicas. Cuando imaginó que ya lo había visto todo, es protagonista de acontecimientos inéditos de la importancia de la pandemia del coronavirus: «Lo vivo con preocupación, pienso en cuánto irá a durar todo esto. Sufro cuando me entero que muere gente, me duele».

-¿Qué imagina que sucederá a futuro con esta pandemia?

-Soy optimista con el coronavirus, pronto se va a ir. Espero que muera cada vez menos gente y que no lleguemos a la situación de Italia, España o Estados Unidos. Qué horror, Dios mío, pobrecita esa gente.

¿De dónde se saca tanto optimismo?

-De mi creencia.

Esa fe en el futuro tan esperanzada la mantiene de pie. Atenta y alerta. Pero también hay otros secretos más mundanos que juegan a favor de esa longevidad tan juvenil: «Voy a decir algo que me hará quedar mal». Y ríe como una criatura a punto de confesar la travesura: «Me gusta el vino. Una copita todos los días».

-¿Se cuida con las comidas?

-Sigo comiendo de todo, aunque hay cosas que no debería comer.

-¿Cómo imagina los 101, los 102.?

– Lo único que quiero es no molestar a mis hijos y tenerlos siempre cerca. Para mí, la familia es lo primero. Mi familia es maravillosa, los quiero y me quieren. Me llenan de mismos, cómo no voy a estar agradecida. ¿Te puedo decir algo?

-Sí, claro.

-Me tienen harta con que soy un ejemplo. Por suerte no me lo dijiste.

-Si le digo que lo es, ¿se va a enojar?

-No soy ejemplo de nadie.

-Me quedó claro lo de la copita de vino, la dieta libre, la fe en Dios. ¿Algún otro secreto para llegar como usted a los 100 años?

-No miro nunca para atrás. Hay que ser optimista en la vida.

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