Tamara Kamenszain en la maratón del encierro

A partir de un diálogo sobre música con su nieto por wathsapp, la autora piensa que “cuarentena y tango se llevan bien”. Mira a su alrededor y visualiza anacronismos que la transportan a la casa de su infancia.

Tamara Kamenszain
07/04/2020
Clarín.com Revista Ñ

Mi nieto Manu de cuatro años me avisó hoy por whatsapp que el profesor de música del jardín les había dado tarea online: preguntar a los abuelos cuál es su tipo de música preferida y, en ese rubro, cuál es la canción, cuál la banda o el intérprete y, por último, por qué eligen esa canción y no otra. A la primera pregunta contesté que el tango, a la segunda que mi tema es Malena, a la tercera nombré a Roberto Goyeneche y, a la cuarta, le dije a Manu que esa canción me había inspirado para ponerle el nombre a su mamá. Obvio que lo que más lo entusiasmó fue esto último –golpe bajo de mi parte ya que tengo otros tangos más altos en mi ranking- y le pidió a mi hija Malena que le hiciera escuchar la canción. Yo, a mi vez, le pregunté a él qué habían contestado los otros abuelos y me dijo que la abuela dijo La Balsa y el abuelo dijo, según Manu, “algo con Beatles”. Ahí me di cuenta de que, en una circunstancia diferente a esta, yo también, como firme integrante de mi generación, hubiera aludido al rock nacional o a algún tema de los Beatles. Pero, en este caso, concluyo que cuarentena y tango se llevan bien. No por la melancolía que le atribuyen los que lo desprecian, sino porque el tango es la música casera por excelencia, la del encierro. Si en estos días me pusiera a escuchar a los Beatles querría salir corriendo a “naufragar”. El tango, en cambio, tiene algo anacrónico que me devuelve a mi casa de infancia. Y ahora que lo pienso, en estos días de cuarentena ya asomaron varios otros anacronismos. Redescubrí el teléfono fijo, tan sólido y gauchito, y también mi vieja y arrumbada netbook, que instalo al lado para ver en pantalla los textos, cuando desde la laptop hago un Skype con alumnos de taller literario. Ni hablar de que la palabra cuarentena es de por sí hiper anacrónica. Además, ayer se agregó a mi lista el médico francés Didier Raoult –un viejo pelilargo con pinta de beatnik- hablando de esa medicación que contiene quinina y que se usaba a principios del siglo XIX para curar la malaria. Didi Huberman señala la “paradójica fecundidad del anacronismo” así que, si activamos el pasado dándole una nueva vuelta de tuerca, por ahí nos salvamos de la malaria actual. Yo, por mi parte, dentro de la procastinación que me invade en estos días cuando trato de escribir, estoy intentando avanzar con un poema-relato sobre las poetisas, otro término anacrónico que las mujeres de mi generación rechazábamos porque queríamos ser poetas (¡como ellos!) pero que ahora me retorna como una fuerza liberadora.

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