¿Por qué las generaciones mayores son mucho más que población de riesgo?

Más allá de los cuidados y precauciones que merecen de cara a esta pandemia, hay razones de peso -demográficas, emocionales y económicas- para entender que la edad de la madurez no puede ser nunca un portal a la marginación ni a la pena. Acá, diversos especialistas explican de qué va realmente la llamada «revolución senior».

Valeria García Testa
Perfil
25.4.2020

Muchas veces la edad se transforma en casi un secreto de Estado, un número que se miente, se recela, fastidia, avergüenza o se lamenta. Con cada nuevo aniversario, se suma una pieza más al rompecabezas que terminará armando el pasaporte de los exiliados de la “juventud, eterno tesoro”. ¿Cuándo se recibe la gente de “persona mayor”? ¿Al cumplir 45, 50, 55? ¿Al llegar a la edad jubilatoria?

La pregunta implica incertidumbre e incomodidad porque pareciera que la sociedad entera comienza a recular cuando le toca atravesar ciertas barreras etarias y vaticina que después de ellas viene la debacle.

Coronavirus a un lado, la proyección demográfica global sigue estimando que la cantidad de personas con más de 65 años se duplicará entre 2020 y 2050 y llegará a dos mil millones. La industria del bienestar y del alargamiento de la vida se da de narices con el formateo mental antiguo que cataloga (y limita) a la gente por su año de nacimiento. La tensión está en juego, hay una nueva batalla por la inclusión que aspira a conquistar socialmente la certeza de que todas las personas son (y somos) necesarias, más allá de la edad que tengan.

Más y mejor

Sebastián Campanario, autor de Revolución Senior, el auge de la generación +45 (Sudamericana) y uno de los máximos responsables del Instituto Baikal, resalta que la discriminación etaria, conocida como “edadismo”, es la única que hacemos sobre nosotros mismos. Inés Castro Almeyra, politóloga y cofundadora de Nau Experiencias, una plataforma online que ofrece experiencias para personas de todas las edades, agrega que es la más extendida en el mundo y, sin embargo, permanece invisibilizada.

En épocas donde se consiguieron avances en términos de igualdad de género, identidades sexuales o discapacidad, por ejemplo, aún se padece esta mirada prejuiciosa que le tocará (más tarde o más temprano) a todo ser humano. “La longevidad ya no es una experiencia personal sino un fenómeno social”, dice Castro Almeyra. Graciela Zarebski, psicogerentóloga y directora de la carrera y posgrado en Gerontología de la Universidad Maimónides, explica que las personas tienen que lograr sostener la discordancia que hay entre cómo se sienten y cómo se ven:

“Uno puede sentirse joven eternamente, porque sigue conectado con los deseos, fantasías, proyectos y vínculos y eso hace que el psiquismo sea joven; pero, al mismo tiempo, el organismo se va desgastando y hay que reconocerlo, admitirlo y reconciliarse con la inevitabilidad”. Zarebski reconoce que la resistencia al paso del tiempo se da en todos, en mayor o menor medida, y que es clave hacer un trabajo interno. Cuando no hay aceptación, aparece el quirófano o el vestirse como si se tuviera 30 años menos, lo que delata el pavor por lo cronológico.

“Estamos obsesionados con la edad pero hay estudios que empiezan a cuestionar este determinismo. Hay trayectorias de vida, que dependiendo de un montón de factores, inciden en nuestro ciclo vital –dice Castro Almeyda-. Dos personas de la misma edad cronológica pueden tener indicadores psicofísicos muy diferentes, algunos más parecidos a personas con 10 años más o 10 años menos”. Por eso, la escritora estadounidense Gina Pell creó el concepto de “perennials”: un grupo de interés multietario que se mantiene en aprendizaje constante, conectado con la tecnología y que no se identifican con la categoría de joven o viejo.

Para la psicóloga Clara Coria, autora de Aventuras en la edad de la Madurez (Paidós), el verdadero miedo al envejecimiento es a la marginación social. “La peor marginación es la que hacen de sí mismas las personas mayores cuando reniegan, disfrazan o victimizan el privilegio que la vida les ofreció al haberle otorgado años”, asegura.

En septiembre pasado, Coria organizó una exposición de artistas plásticas que trabajaron sobre las arrugas: “A las arrugas se las considera impúdicas porque exponen al desnudo –y sin vergüenza- las pasiones vividas, tanto las gozosas como las sufrientes, desde dolores irremediables hasta orgasmos inolvidables. Cada ciclo que culmina ofrece otras aperturas para quien esté disponible a continuar la aventura de vivir”. La psicóloga plantea que el patriarcado convierte a las arrugas, sobre todo a las femeninas, en “fantasmas antieróticos” y se pregunta si lo “indeseable” e “impúdico” será el atrevimiento de tener un cuerpo que acumula años y continúa erotizado y anhelando placer sexual.

Cero “pasivos”

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