Los adultos mayores frente a una dramática paradoja

El dilema de los adultos mayores: para evitar la muerte dejamos de vivir la vida que vivimos o aceptamos el desafío. nos salvamos del coronavirus y descubrimos otro mundo para vivir

Carlos Sacchetto
27/04/2020
Clarín

Que la pandemia de coronavirus ha cambiado y cambiará en muchos aspectos al mundo que conocimos, ya no hay dudas. Extensos trabajos cargados de rigor científico, y también otros basados en toda clase de voluntarismos, dan cuenta a diario que una vez que hayamos superado este flagelo prolijamente globalizado, nada será igual a lo anterior. O sea que hoy, en cuarentena y cumpliendo el distanciamiento social obligatorio, estaríamos en una crucial transición entre lo que fue y lo que será.

Es decir, teníamos una vida, entendiendo por ello una manera de vivir, que no es solamente el hecho de estar vivo o poder respirar. Llevábamos una vida hecha de sentimientos, costumbres, conductas, actitudes, placeres, sufrimientos, preocupaciones, libertades, condicionamientos y otras características que cada uno evaluará como buenas o malas, o si les daban más disgustos que alegrías.

No hace falta enumerar las cosas que hacíamos antes y que ya no haremos, pero sí vamos incorporando a nuestras rutinas otras muchas, novedosas e impensadas hasta hace poco. Sólo por poner unos pocos ejemplos, más y mejor diálogo con los hijos, aspectos hasta ahora sumergidos y que afloran en las relaciones de pareja, el descubrimiento de nuevos miedos y debilidades personales que modifican nuestra configuración, o el doméstico pero trascendental cambio en aquellos que no sabían hacer ni un huevo duro y hoy ya se sienten experimentados gourmets. Tenemos refugios en la lectura, la buena música, el cine, la destreza a la que nunca nos animamos, o en las maravillas de la tecnología.

Pero claro, especialmente a los adultos mayores, la transición también nos plantea una dramática paradoja: para evitar la muerte, dejamos de vivir, que no es otra cosa que dejar de hacer la vida que traíamos. Nos sorprende lúcidos, pero más sensibles porque los afectos se profundizan y los recuerdos ya son una riqueza acariciada por la nostalgia. Debemos extremar los cuidados, no dar tanto la cara al sol ni ejercer la libertad de sentirnos lentos pero vitales en algún deporte, después de una trayectoria que no oculta el hecho de que tenemos más pasado que futuro.

En uno de sus maravillosos cuentos, escrito a dúo bajo el seudónimo Bustos Domecq, los célebres Borges y Bioy Casares plantean otro hecho igualmente paradojal que califican como un “necio bizantinismo de teólogos”: la necesidad de perder el alma para salvarla. Es que el concepto religioso de la salvación del hombre siempre aparece después de la muerte, cuando ya no estamos en este mundo.

Entonces, volviendo a estos días de transformación profunda de nuestras vidas, cuando los adultos mayores no tenemos tanto tiempo por delante para un nuevo aprendizaje, podemos preguntarnos si para evitar la muerte, ya estamos dejando de vivir. O si como lo hemos hecho tantas veces aceptamos el desafío, nos salvamos del coronavirus, nos disponemos con optimismo a descubrir otro mundo y a vivir en él.

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