Los «abuelos» son seres entre comillas

Detesto que algunos periodistas, «comunicadores» y políticos, cuando hablan de los jubilados o de los pensionados en los medios, nos llamen «abuelos». Como jubilado soy uno de casi siete millones de víctimas, pero no soy abuelo. Ni siquiera tengo hijos. No es que deteste a los niños; todo lo contrario, me encantan los nietos? de los otros y más bien creciditos.

Hugo Beccacece
PARA LA NACION
13 de abril de 2020

El uso de «abuelos» como sinónimo de «jubilados» en los medios oculta, bajo un cariño falso o superficial, el maltrato, la codicia o la indiferencia que suscitan esos seres en las distintas ramas del poder. Los «abuelos» significan votos, rating, negociados. ¡La Anses, PAMI, tesoros sin fin! Cuando numerosos comunicadores se refieren, ya no a los jubilados, sino a las personas de edad avanzada, faltos de sinónimos, también emplean el lacrimógeno «abuelos». Sería una ofensa «viejos», ¿no es así? Aunque digno, «anciano» resultaría afectado en un país que prefiere el vocabulario vulgar. El excelente periodista Carlos Pagni lo utiliza, así como otros (él también) emplean la expresión «adultos mayores», aséptica como un barbijo.

El interés que sienten los nietos mediáticos, los del poder, por sus «abuelos» es el de quien trata de exprimir hasta la última gota de una clase numerosa y sangrante, a la que también se llama «clase pasiva».

Hay algo exacto en lo de «pasiva». Porque los «pasivos» padecen todo tipo de sorpresas, desde las «reparaciones históricas» (en verdad, «regateos históricos») hasta la mirada de lástima que se dirige a los corderos a punto de ser matados. Los «pasivos», apenas perciben su primera mesada, vuelven a trabajar para llegar a fin de mes. Devienen activos clandestinos, «laburantes» en negro. Los jubilados son seres entre comillas.

Esta curiosidad mía por lo que revelan y ocultan las palabras me llevó a averiguar qué pasa en otros países. En Italia, los jubilados son los «pensionati», y a los «abuelos» se los llama «anziani». Hasta ahora ningún muchacho, en Roma, se dirigió a un señor mayor en la calle para preguntarle: «Abuelo ( nonno ), ¿dónde queda Piazza Navona?». El nonno le aplicaría un bastonazo letal. En Francia, la jubilación es la «retraite» y los jubilados son los «retraités»; a las personas mayores se las llama «personnes âgées» y ahora está de moda «senior». El equivalente del «abuelo» mediático sería «papi» y mami»; un «abuelo» que recibiera esa afrenta en los medios pediría el restablecimiento de la pena de muerte para el «nietito». En Inglaterra, la gente mayor son los «elderly people» y ¡basta!

Con todo, los «abuelos» argentinos deben sentirse orgullosos: han contribuido con su pasividad a mantener bajo todos los gobiernos, del signo que fueren, el lujo activo de numerosos políticos, funcionarios, laboratorios, empresarios, figuras del foro y contratistas del Estado. Han logrado que disfrutaran del fasto que la mayoría de los «pasivos» jamás conocerá. Son como Tita Merello o María Esther Buschiazzo, la madre o la abuela que asiste al triunfo de su hijo o nieto, espiando por encima de la cabeza de un portero que le impide pasar al palacio donde se celebra la fiesta. De un modo vicario, los pasivos han «vacacionado» en Miami, Venecia, Capri, Montecarlo, Londres, Roma, París; han consumido manjares, vinos, mujeres, hombres y joyas como María Félix.

Es preciso reconocer que, en ocasión de esta pandemia, los abuelos son objeto de especial atención por parte del presidente Alberto Fernández y de Horacio Rodríguez Larreta. Ninguno de los dos dice «abuelos». Por fin, alguien se da cuenta de lo que se les debe a los mayores. Por lo menos deben mantenerlos vivos, a pesar de que si todos se murieran, equilibrarían el presupuesto del Estado, pero sería dejar morir a una sustanciosa gallina. El caldo del futuro.

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