Lecciones de mi abuela sobre arte, sexo y vida

La artista Annette Nancarrow fue infaliblemente fiel a sí misma en una época en la que muchas puertas estaban cerradas a las mujeres.

23/04/2020 –
Clarín.com
The New York Times International Weekly
Por Bret Stephens

Mi padre alguna vez le preguntó a su madre, la artista Annette Nancarrow, qué pensaba de Leon Trotsky. No era una pregunta política. Sólo quería su impresión del bolchevique exiliado, a quien ella conoció en la Ciudad de México a fines de los años 30, en el estudio de su amigo cercano (y futuro amante, sospechaba mi padre) Diego Rivera.

“Bueno, me sorprendió ver al líder del proletariado tan elegantemente vestido”, recordó. “Me impresionaron en particular los guantes parisinos de cabritilla que se quitó de sus manos hermosamente cuidadas”.

La respuesta era clásica de Annette. Como pintora, veía la parte de la superficie que revelaba al hombre interior, el presumido burgués adentro del ardiente revolucionario.

He estado pensando mucho en mi abuela desde que vi la exposición “Vida Americana” en el Museo Whitney de Nueva York. La exhibición mostraba la obra de los máximos muralistas de México —Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros— y su influencia en sus contemporáneos estadounidenses, incluyendo Jackson Pollock, Isamu Noguchi, Ben Shahn y Thomas Hart Benton.

Mi abuela, nacida en 1907 con el nombre de Annette Margolis en el seno de una próspera familia judía en Nueva York, fue una de esas artistas cuya obra fue moldeada, y su vida radicalmente alterada, por sus encuentros con los maestros mexicanos. Ella rompió los límites culturales en una era de miedo y aislacionismo. Era una mujer sexualmente segura de sí misma que se enamoraba y desenamoraba de hombres impresionantes, a veces dominantes, al tiempo que nunca se permitió volverse dependiente de alguno de ellos.

Y, en gran medida, ha sido olvidada casi enteramente, como tantas otras mujeres que estaban una generación o más adelantadas a su época.

A principios de los 30, ella llevaba lo que en apariencia era una vida relativamente convencional, si bien privilegiada, como esposa joven y pintora en ciernes que estudiaba una maestría en bellas artes en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Por las noches, regresaba a su departamento para preparar la cena para su esposo, un exitoso abogado de nombre Sidney Pepper, con quien se había casado cuando aún era una adolescente. A los 25 años dio a luz a una niña llamada Cherry.

Su vida real era algo completamente diferente.

Se unió a la Liga Estadounidense contra la Guerra y el Fascismo, fruto del Partido Comunista. Fue pintada, vestida, por Sandor Klein, y desnuda, por Igor Pantuhoff, quien sustituyó su rostro con el de otra mujer para preservar su anonimato. Conoció a los muralistas mexicanos: Siqueiros, Orozco y Rivera.

También rentó un departamento con un nombre falso. A todas luces, sería un estudio donde pudiera trabajar en su pintura. Pero, como confesó encantada en una entrevista más de 50 años después, su verdadero propósito era “aprender ciertas cosas, sexualmente, para poder enseñarle a mi esposo” a ser “un poco más capaz en ese campo”.

En 1935, ella y Pepper abordaron un crucero con destino a Veracruz con la recomendación de un amigo de buscar a un empresario estadounidense que vivía en la Ciudad de México llamado Louis Stephens. Fue amor, y lujuria, a primera vista: Annette después escribiría en una carta sobre mi abuelo que “superó mis sueños más descabellados en cuanto a su inagotable energía y variaciones en el tema de las relaciones sexuales”.

Annette regresaría a México dos veces más antes de transcurrido un año. Para el segundo viaje, llevó a Cherry, de 3 años, y le dijo a su esposo que planeaba pasar unas semanas en Florida. Él se dio cuenta del engaño, acusó a Annette de secuestrar a su hija, la rastreó hasta un escondite en la Ciudad de México y se llevó a Cherry por la fuerza. Annette no vio a su primogénita durante años. Mi padre nació casi exactamente nueve meses después.

México transformó a mi abuela, o más bien, le permitió ser más plenamente ella misma. “Entraba al comedor al ritmo de mambo”, recordó Anaïs Nin, amiga de mucho tiempo de mi abuela, en sus diarios publicados sobre el primer encuentro de ellas en el Hotel Mirador de Acapulco en el invierno de 1948. “Cuando la conocí se había vuelto tan internacional, tan viajada, tan políglota, tan cómoda con todo tipo de personas, que nadie podía imaginar su infancia, su origen”.

Su conversación estaba llena de recuerdos que no eran tanto un caso de mencionar nombres famosos, sino más bien una epopeya histórica.

Estaba su relato de haber pintado lado a lado con Orozco en el mural “Cuatro Jinetes del Apocalipsis”, del mexicano. Estaba su matrimonio con Conlon Nancarrow, el tercero de sus cuatro maridos, un veterano de la Brigada Abraham Lincoln de la Guerra Civil española, hoy reconocido como uno de los compositores trascendentales del siglo XX.

Y luego estuvo la vez que alquiló su casa de Acapulco en 25 dólares por semana a Norman Mailer, algún tiempo después de que “The Naked and the Dead” lo hubiera convertido en una sensación literaria. Él nunca le pagó.

El sabor de la vida social de mi abuela en el México de fines de los 30 sobrevive en una carta que escribió sobre una noche que ella y mi abuelo pasaron con Frida Kahlo y su esposo, Rivera.

“La comida estuvo excelente aunque la conversación resultó, de hecho, desanimada, ya que había muchos temas que eran tachados como tabú por Rivera”, observó Annette.

En mis años de crecimiento, sabía que tenía una abuela muy inusual, si bien a veces narcisista.

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Murió en 1992, cuando yo estaba en la universidad. A medida que yo iba creciendo, más reconocía su talento como artista. Siempre había parecido eclipsada por la formidable compañía que la rodeaba. Donde Rivera, Orozco y Siqueiros buscaron representar a México a través de una lente ideológica y en gran medida idealizada de lucha de clases y revolución, Annette trató de pintar a los mexicanos como realmente eran.

En una pintura al óleo de 1944, retrata a una pareja de campesinos que se acarician tiernamente, el hombre mirando hacia abajo en aparente derrota, la mujer mirando hacia afuera, con determinación. Una pintura de un año después captura a un niño sentado en un banquillo, sosteniendo lo que parece ser un cigarro o un gis, y pensando. Un boceto al carbón de 1960 muestra a un ranchero, con el rostro hacia un lado, ansiedad en sus ojos y tristeza en su boca.

Quizás lo más impresionante, para mí, es el contraste entre el famoso retrato de Annette pintado por Orozco y su autorretrato. En el primero, ella se ve segura de sí misma, atractiva y glamorosa; en el segundo, vulnerable, escueta. La brecha entre la mujer vista a través de la mirada de un hombre embelesado y la forma en que esa mujer se veía a sí misma difícilmente podría haber sido más amplia.

Esto no quiere decir que Annette fuera una gran pintora. Parte de su obra es extraordinaria; gran parte de ella se siente bien hecha e interesante, pero no irresistiblemente original. Hoy, podría ser acusada de “apropiación cultural”, particularmente a causa de su fascinación por las figurillas precolombinas, que convirtió en piezas escultóricas de joyería. Pero tras haber hecho de México su hogar durante más de medio siglo, para ella probablemente se sentía más como una celebración cultural.

Me siento sumamente orgulloso de ser su nieto, con más razón cuando aprendo en la edad adulta a apreciar las cualidades de su personalidad que desconocía cuando era niño. Nacida en una familia lo bastante rica como para haber pasado sin problemas por los traumas de su era, consistentemente eligió rebelarse y arriesgarse. Participó en uno de los grandes movimientos artísticos de su época y —adaptando la frase de Churchill sobre el alcohol— obtuvo más de éste que éste de ella.

Sobre todo, ella fue constantemente fiel a sí misma en una época en que muchas puertas estaban cerradas para las mujeres y tantos tabúes eran impuestos sobre ellas. La verdadera obra maestra que pintó fue su propia vida.

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