Es la actriz argentina más longeva, tiene 94 y ahora actúa por Instagram: Nelly Prince

Pasa la cuarentena en casa de su hija, Cristina Banegas. Repasa su increíble historia desde los comienzos de la radio y cuenta grandes anécdotas. “Evita era mala actriz”, asegura.

Marina Zucchi
26/04/2020
Clarín.com

A los seis actuaba en Radio Belgrano, a los 94 lo hace vía Instagram. A Nelly Prince no le importa el cómo y sí el para qué: es la actriz en actividad más longeva de la Argentina. Y la que mejor entiende que envejecer es no correr a la par de los cambios del mundo. Por eso se recicla y anima la cuarentena cantando tangos «virtuales».

-Soy Matusalén.

La Matusalén de la farándula se llama en realidad Nélida Couto. Nació cuando la radiofonía argentina recién comenzaba a cimentarse y años antes de que se estrenara la primera película sonora nacional. Para entonces donde está el Obelisco había vacío. Llegó al mundo el 27 de julio del 1925 para dar «cinco vueltas completas al mundo».

Su historia con el espectáculo empezó en 1932. Cruzó la calle sin ayuda y salió disparando hasta Radio Belgrano. «Buen día, señor, yo quiero trabajar acá», dijo con los dientes de leche flojos, en puntas de pie para que la vieran desde el otro lado del mostrador. La osadía le valió una contratación en el ciclo La pandilla Marilyn.​

Micrófonos, locutores engolados, orquestas en el estudio. A medida que su estatura crecía, su popularidad, también. A los 13 le comunicaron que le bajarían el sueldo y la apartarían del elenco estable. Una tal Eva Duarte la vio llorando en un rincón y subió indignada para hablar con las autoridades. «Escúchenme bien. A esta chica no solo la van a devolver al elenco estable: le van a aumentar el pago», recuerda Nelly el mandato de Evita.

Hoy protegida en la casa de su hija, la actriz Cristina Banegas, Nelly le saca brillo a la cuarentena. «Vine por un fin de semana y me quedé acá un siglo», se ríe. «Llegué con ropa de verano y tuve que pedir prestada la de invierno. Siento dolor por ver la muerte en el mundo. Es espantoso. Creo que esto viene de una mano maldita misteriosa. Pero todo esto lo vivo con una gran fuerza espiritual y física».

El domingo 19, para el proyecto Leer en casa (artistas argentinos compartiendo lecturas, una iniciativa de Juan Parodi y Maxi Legnani), Banegas puso voz a un texto sobre «el lugar absoluto que es el cuerpo». Sobre el final, en ese escenario virtual con fondo de biblioteca, apareció Doña Prince, como flotando. Regaló su versión de Como dos extraños. «Sentí que estábamos en un set de televisión. Tenía nervios como en un estreno de teatro».

-Ustedes, los actores, están reinventando la forma de llegar a los públicos. ¿Ve como una catástrofe teatral la pandemia?

-Yo sé que vamos a volver a pisar un escenario. Lo único que puede sacarme del teatro es la muerte. Mientras, hay que aprovechar el tiempo. Yo soy un monstruo memorioso y ahora mi hija está escribiendo mis memorias.

-¿Y qué escribe ella? ¿Recuerda algo usted de fines de la década del ’20?

-¡Me acuerdo de hasta cómo era mi cuna, de bronce y algarrobo!. Estaba ubicada al lado de la ventana, me parece ver la cortina. Mi casa hasta los siete años estaba en Caballito, en Formosa y Avenida La Plata. Yo era un monstruito a la que le traían muñecas de Alemania, pero decidía jugar con tornillos y clavos. Un día, con seis años, crucé la calle sola. Y entré a la radio pidiendo trabajo. Entré en La pandilla Marilyn, un semillero, con Alberto Migré, Beatriz Taibo, Guido Gorgatti.

-¿Qué hacía con el dinero que ganaba de niña? ¿Se lo administraban?

-Un niño que trabaja no es feliz, pero yo sí lo era, porque lo habia buscado. Ganaba 70 pesos al mes. Tenía bien claro que quería ser artista. A mi madre, andaluza, su padre no la había dejado ser actriz. Y me estimuló mucho. Y mi padre, doctor en química y farmacéutico, tocaba piano y bandoneón. Pero en casa hubo una debacle económica, papá se fundió, y se murió a mis 10. Así que yo colaboraba, no me quedaba un centavo.

¿Y después de la radio dónde trabajó?

-A los 10 ya hice teatro, Cumbres borrascosas, en lo que era el Teatro Blanco Podestá. Y a los 15 ya hacía cine. Me recibí en el Conservatorio Nacional y, después, cuando llegó la televisión, me hacían ser la voz de los comerciales, aunque yo no era locutora. Gané muchísimo dinero con eso y me compré un regio piso en Recoleta. Me costó dejar eso y volver a ser actriz.

-¿Qué trabajo le generó más orgullo?

-Fui protagonista de la comedia musical Discepoliana, en el Astral. Y en el Nacional hice Yo llevo un tango en el alma, con Olinda Bozán. Yo le decía a Alberto Castillo: «No me hagas cantar». Pero él me insistía y tenía razón: una vez que el tango me flechó, no me soltó más. Y grabé discos.

-¿Evita era buena actriz?

-No, era mala actriz. Ella lo que tenía era una fuerza increíble. Era una mujer de lucha, como yo. Todas las mujeres sabemos lo que tenemos que luchar por conquistar lugares… Ella era seria, no se reía mucho. Había sufrido. Aclaro que yo nunca me metí en política. Yo no era peronista ni era nada. Recuerdo su piel, una piel impresionante, seda blanca. Eva era distinguida, fina.

-Dice que usted dio cinco vueltas completas al mundo. ¿Piensa que en este panorama es historia su vínculo con los viajes?

-Yo vengo de Nueva York y antes de Europa del Este. Ahora me tengo que bancar el no poder viajar. Mi segundo marido me entusiasmaba con los viajes para que yo no trabajara. Conozco el mundo de punta a punta, le juro. Hace tres años estuve en Jordania y conocí Petra. Y fui a Dubai, pero no me gustó nada, todo plástico, artificial. El lujo vulgar no me gusta. Volar es lo mío. En 1979 entré a Afganistán en pie de guerra y me dejaron entrar cantando un tango. Creo que si me pongo una fábrica de pañuelos me hago millonaria.

-¿Por qué?

-Porque cuando a la gente la toco con el tango la hago llorar.

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