Está en nuestras manos

Por la Dra. Graciela Zarebski

En nuestras manos puede estar el virus o puede estar nuestra salvación como especie humana. Se pone en juego una paradoja: cerrar nuestra porosidad hacia afuera al mismo tiempo puede implicar que la abramos hacia adentro. Es por eso que aislarnos físicamente para ser menos porosos hacia invasores invisibles no debe llevar a aislarnos emocionalmente. Debe ser una oportunidad para hacernos más permeables hacia nuestra interioridad y hacia nuevos estímulos, aprovechando la virtualidad que supimos conquistar.
Dejando de lado al personal de salud y a los trabajadores que están en la primera línea de batalla, a los demás se nos repite: no son vacaciones. Trabajamos en casa, nos ocupamos de hijos y mayores, realizamos tareas postergadas. Esto supone más tiempo dedicado a lo íntimo, a lo interno, a vernos.
No salir, más allá de lo justificado o imprescindible, implica menos vida pública y más vida privada, hogareña, familiar. Nos evita perder el tiempo y energía en cuestiones muy por lo general superfluas. Nos deja tiempo libre, desafío para aprovecharlo creativamente.
Pero para muchos, ésta es una fuente de ansiedad. La misma no es provocada sólo por el miedo a lo desconocido, a la enfermedad y a la muerte, como se repite. Se trata también del cambio que implica detenerse en la vorágine habitual, hacer un giro en la mirada y en la comunicación: mirarme, mirarnos, tiempo para hablar, compartir, conectarnos con lo mejor de lo humano. Para muchos, no es un cambio fácil. Y lo vemos en aquéllos que evaden el aislamiento, en su mayoría jóvenes.
Quienes ya se han jubilado de algunas exigencias cotidianas, se han ido acostumbrado. En las personas mayores el curso de la vida se fue encargando de hacérselos saber. Y entonces ejercen el autocuidado, se recluyen y adoptan nuevos hábitos. Se conectan, puertas adentro, con intereses postergados. Es una buena oportunidad para preguntarse: ¿Qué estaba relegando en mi vida?
Claro, se trata de aquéllos que cuentan con la flexibilidad para adaptarse a los cambios. Flexibilidad que les permite ejercer la autoindagación, lo cual conlleva el poder detenerse y adoptar una actitud reflexiva, que es la que les permite conservar su autonomía. Son personas que vienen preguntándose: ¿Qué quiero hacer con mi tiempo, con mi vida? La poca o mucha vida que me quede por delante, me hago cargo, la tomo en mis manos.
Le prestan más atención a su vulnerabilidad. De esto, de la vulnerabilidad de los mayores, se habla mucho hoy gracias a la pandemia, pero es una buena oportunidad para aprender que los viejos son más vulnerables sólo a nivel biológico. La reserva humana (emocional, cognitiva, vincular, espiritual, corporal) que en su mayoría fueron acumulando, les fue compensando la vulnerabilidad biológica. Aprendamos de ellos.
¿Qué nos inocula el coronavirus en nuestra condición humana?
Es que estamos aprendiendo que somos una especie vulnerable. El coronavirus pone a prueba nuestra condición humana. Nuestro egoísmo o nuestra solidaridad. Se ponen en evidencia quienes no respetan los límites, así como aquellos poderosos con conductas miserables o irresponsables. Estamos revisando valores. Estamos mirando más a los viejos, lo cual nos lleva también a revisar las falencias de nuestros sistemas de salud para que, llegado el caso, no haya que descartar a los mayores, eligiendo para ellos la muerte.
En nuestra vulnerabilidad nos identificamos. En nuestra búsqueda de brillo efímero y de poder nos separamos. Reconocer la morbilidad y la posible finitud, la incertidumbre del diario vivir, nos acerca a la sabiduría con que cuentan la mayoría de las personas mayores. Ojalá se les inocule esta sabiduría a los jóvenes anticipadamente y que puedan salir de esta catástrofe más resilientes, mejor preparados para lograr una buena vida longeva.
La resiliencia pasa justamente por reconocernos en nuestra vulnerabilidad. En última instancia, nuestros límites como especie humana. Quien se cree invulnerable ¨va al muere¨.
La ventaja de nuestro tiempo, respecto a anteriores pandemias, es que contamos con los medios de comunicación y las redes. Es una oportunidad para aprovecharlos y así ampliar valores culturales postergados. Hoy en los medios se incrementa el debate de ideas, de autocuidado, de diversidad de comportamientos humanos, de salud pública., Se puso en evidencia la necesidad de recurrir a la interdisciplina y a la intersectorialidad, desde la comprobación de que no se pueden resolver problemas complejos sólo desde enfoques biológicos, claramente entretejidos con factores sociales, económicos, culturales y comportamentales. Toma relevancia el concepto de prevención, aparecen nuevos modelos humanos reemplazando a los banales. Disminuyeron los temas intrascendentes, se aplacaron las grietas.
Siendo que esta pandemia comenzó, según se sabe, en aquél mercado en que se descuidó el ambiente humano, ¿habremos aprendido a preocuparnos en serio, por algo que ahora quedó postergado, el calentamiento global? Cuando se supere esta crisis y volvamos a la «normalidad» ¿habremos avanzado algo en nuestra condición humana? Será un saldo positivo si logramos que el coronavirus nos inyecte mayor sabiduría en todos los órdenes de nuestra vida.