Viaje a las entrañas del primer rascacielos porteño, un edificio de 105 años y con vida propia

La Galería Güemes ostentó ese título en 1915. Tiene un teatro subterráneo, comercios y hasta correo propio. El piso 13 no existe para ahuyentar la mala suerte. Cortázar la usó de inspiración para uno de sus cuentos, allí cantó Gardel y durmió el autor de El Principito.

Karina Niebla
19/02/2020
Clarín.com

Es el primer rascacielos de hormigón de Latinoamérica. Es, también, el primero en el mundo en ser rascacielos y galería. Y el que salió del clásico destino de esas torres -el de ser oficinas- para volverse una miniciudad. Comercios, departamentos, restaurantes, teatros, coro, correo propio, un café notable y un mirador a más de 80 metros de altura: todo eso encierra un edificio que en realidad son cuatro torres, sobre una base con dos vacíos -dos salas subterráneas- que pueden inclinarse para ser salón de baile o convertirse en platea. En pocas palabras: un acto de fe y de audacia, en plena Primera Guerra Mundial y a tres años de que el Titanic se hundiera.

Es la Galería Güemes, inaugurada sobre la calle Florida hace más de un siglo pero que sigue vigente, aunque muchos pasen por al lado y no sepan que allí está, al 165, entre Mitre y Perón. Hace poco volvió a cobrar protagonismo: fue una de las estrellas del primer simposio sobre primeros rascacielos que se hizo en el mundo, en Chicago. Hasta allí fue la arquitecta Virginia Bonicatto, investigadora del Conicet en el Instituto HiTePAC de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de La Plata, ayudada por una beca del Fondo Nacional de las Artes. Expuso su paper sobre esta singular galería en “First Skyscrapers Skyscraper Firsts” (“Primeros rascacielos. Rascacielos primero”), organizado por el Consejo de Edificios Altos y Hábitat Urbano (CTBUH), la máxima autoridad a nivel mundial en la materia.

Galería comercial parisina o milanesa cruzada con rascacielos multipropósito de 14 pisos. Esa es una de las singularidades de la obra inaugurada en 1915 y surgida de la mente del italiano Francesco Gianotti, que al año siguiente abriría nada menos que la Confitería del Molino​. Para sumar rareza y audacia al asunto, la estructura de la Güemes está hecha de hormigón armado. Esto la convierte en uno de los primeros edificios altos que usan esta tecnología en el mundo y el primero en esa infrecuente tipología que es el rascacielos galería. Ese es, también, el punto que más destacaron en ese simposio celebrado en la otra punta del continente.

Es cierto que la técnica del hormigón armado -reforzado por barras o mallas de acero- se desarrolló lejos de aquí, en Francia y después en Alemania. Y sí, el primer rascacielos con este material fue construido en los Estados Unidos. Sin embargo, como destacan los organizadores del simposio, “fue en el Río de La Plata donde las compañías y los ingenieros alemanes experimentaron el uso vertical del hormigón, con resultados notables”. Con todo, se tuvo en cuenta la tradición norteamericana hasta en la denominación de los pisos: se pasa del 12 directamente al 14, esquivándole al 13, considerado de mala suerte, sobre todo en tierras estadounidenses.

Uno de los primeros exponentes del uso vertical del hormigón armado fue entonces la Galería Güemes, que no por eso resignó estética, con detalles y esculturas en bronce y mármol, zócalos de granito y un cielorraso con vidrios sobre armazones de hierro forjado. “Gianotti experimentó en la búsqueda de un nuevo estilo, que incluyó componentes del historicismo, el neomedievalismo y el art nouveau”, precisa el historiador de la arquitectura Horacio Caride, un estudioso de la obra de Gianotti.

Ese rol pionero de la galería no se redujo a lo técnico, sino que también se volcó en los usos, reflejo de las aspiraciones arquitectónicas de la vida en las metrópolis de principios del siglo XX: tenía teatros, un cabaret, oficinas, comercios, baños turcos, departamentos -algunos sólo “para hombres solteros”-, un restaurante y un mirador con vista en 360 grados.

También allí ensayó durante más de 60 años el Coro Arax, dirigido por el maestro armenio Jean Almouhian. La sala, que fue reinaugurada en diciembre de 2018, está en el último piso, por lo que sus ventanas regalan excelentes vistas consuelo para quienes van a visitar el mirador pero se encontraron con que no pueden por la lluvia. Allí también se proyectan videos sobre la historia del edificio.

Todo ocurría y ocurre en una galería de 116 metros de largo que une Florida con San Martín y así se abre a la ciudad como un espacio público. De hecho, en los mapas de la época es considerada un pasaje, por lo que suma a la ecuación a los peatones, al punto de borrar la frontera entre público y privado. “Esa es una de las cosas que más llaman la atención de este lugar, y que lo distinguen de otros edificios altos porteños con los que compite”, explica Bonicatto.

“Acá hay mucha mezcla: tenés una perfumería de 70 años, Ruiz y Roca, pero también una ferretería, por la que muchos vienen especialmente. Incluso, una casa de sellos de goma de más de 60 años, a la que llega gente del campo a hacer grabados. Lo atiende la nieta de los primeros dueños”, apunta Cecilia Osler, directora de la sociedad propietaria del edificio, que también lo administra. Es que, pese a esa diversidad en los usos, la propiedad tiene ese único dueño, lo que permitió que “se mantuviera la unicidad a lo largo de un siglo, con todas las idas y vueltas y la falta de inversión que la galería padeció”.

Todos quieren ser el primero
Otros edificios le disputaron a la Güemes el cotizado título de primer rascacielos latinoamericano, como el Railway Building (en Paseo Colón 181), de 80 metros de altura, inaugurado en 1910. Pero la galería logró quedarse históricamente con la mayoría de esos laureles y ostentar esa credencial en medios y guías turísticas.

“Hay varias razones para esto. Por un lado, la repercusión mediática que tuvo, que terminó siendo más fuerte de lo que fue el Railway. Por el otro, el impacto que tiene la galería en términos de usos: la actividad en sus teatros, sus comercios, luego su historia. El Railway, en cambio, era más que nada un edificio de oficinas alto”, resume Bonicatto, que además acaba de ser designada miembro del comité de Tall Building History (que aborda la historia de la construcción en altura) del consejo organizador del simposio en Chicago.

También está el despliegue técnico de mayor magnitud de la galería, que son cuatro torres juntas, el pasaje y los teatros. Para eso hay que intentar ponerse en la mente y los zapatos de un porteño de un siglo atrás, que llega a un edificio con innovaciones, como un correo interno con tubos de aire presurizado para hacer viajar las cartas de un punto a otro de la propiedad, un sistema de refrigeración que permitía bajar seis grados la temperatura en relación con el exterior, o ascensores que recorren 25 metros por segundo, “lo que los coloca entre los más rápidos de los conocidos”, reza un artículo de la revista Técnica y Arquitectura de 1916, de la Sociedad Central de Arquitectos, en un número dedicado enteramente a la entonces nueva edificación. “Es por eso que sin dudas en ese tiempo la Güemes debe haber causado una mayor revolución”, opina la arquitecta.

Incluso el mismo hecho de llevar bajo tierra actividades con gran cantidad de público implicó instalar sistemas contra incendios muy novedosos: “Pasillos grandes y sistemas de evacuación masiva, cemento armado en vez de madera, puertas y carpinterías de hierro con amianto en lugares estratégicos para evitar que el fuego se propague”, ilustra Bonicatto.

Tras el simposio, los organizadores están elaborando una lista con los “First”, los primeros edificios en llegar a determinada altura o presentar cierta característica. Bonicatto propuso la Güemes como primer rascacielos en unir la tipología en altura con la galería. “Si queda o no, se verá”, dice la arquitecta, con expectativas.

La mole sobre el vacío
La Galería Güemes fue hecha a pedido de la alta sociedad salteña, de ahí su nombre. Sus hacedores, Emilio San Miguel y David Ovejero, tenían la audacia propia de una época: querían levantar un rascacielos de hormigón armado con una altura que requirió un permiso especial. Y, para colmo, hacerlo sobre dos vacíos sin columnas, ya que eran dos salas subterráneas para fiestas, comidas y espectáculos, cuya vista no debía ser bloqueada. Para compensar, Gianotti reforzó con vigas gigantescas, que logró disimular colocándolas a ambos lados en el entrepiso del cielorraso.

Carlos Gardel cantó allí en 1917. Para mediados del siglo XX ese vacío sería un teatro de variedades, que tuvo fugaces apariciones de Pepe Biondi como payaso. Más tarde se convertiría en un cine de películas condicionadas. En 1963 cerró sus puertas al público y reabrió recién en 2004. En el interín, sirvió de locación para películas como “Gatica el mono” (1993), de Leonardo Favio, y “Evita” (1996), de Alan Parker.

Para completar el ambicioso programa, el piso es móvil. Un aspecto que despertó entusiasmo incluso tres años antes de la inauguración, cuando recién arrancaba la obra: “El piso de ese salón (de fiestas) está formado por una gigantesca losa de cemento armado movedizo sobre un eje central transversal. Su movimiento oscilante permitirá adaptar el salón para fiestas de baile o banquetes, (…) gracias a un sencillo e ingenioso mecanismo, que dará al piso la inclinación necesaria”, dice un artículo de revista La Ingeniería, del Centro Nacional de Ingenieros, el 16 de octubre de 1912. Bonicatto traduce: “La losa, que es muy finita, está sostenida por un andamiaje, hace pivot y se puede inclinar para teatro o restaurante”.

Son en total cuatro torres: Cangallo, San Martín, Supervielle y Mitre. Sólo esta última llega a los 14 pisos. Las restantes tienen seis. Desde el subsuelo, pasando por la galería y hasta el sexto nivel, el edificio es una construcción maciza que toma todo el lote. A partir del piso seis se levantan transversales al eje del pasaje, cerca de la calle Florida, dos alas simétricas con los ocho pisos restantes que forman el rascacielos. Hasta allí sólo puede accederse por la torre Mitre, coronada por el mirador.

Cortázar, Saint-Exupéry y Mickey Mouse
Lo interesante de la galería no sólo está en lo que se ve, sino también en lo que pasó o, mejor dicho, en quienes la transitaron o habitaron. Uno de sus personajes más célebres fue el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry​. El autor de El Principito vivió entre 1929 y 1930 en un departamento del sexto piso de la Güemes, que hoy puede visitarse de lunes a viernes de 9.30 a 12.30, con entrada gratuita. Allí escribió su obra Vuelo nocturno. Y en la bañera de ese mismo departamento crió un cachorro de foca que trajo desde la Patagonia.

La Güemes incluso fue uno de los edificios emblemáticos elegidos para celebrar en la Argentina los 90 años de Mickey Mouse. En noviembre de 2018 Gabriel Rocca fotografió a Juana Viale en el mirador, con un diseño de Verónica Ivaldi que representa los años cincuenta.

Cortázar no vivió allí, pero sí la recorría y se dejó fascinar por ella: el edificio es uno de los escenarios de su cuento “El otro cielo”, incluido en Todos los fuegos el fuego (1966). Allí lo enlazó con la Galería Vivienne de París. “Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se mezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas”, escribió.

Hoy puede subirse a ese mirador pagando $ 100, un precio simbólico en comparación a otros de su tipo. Desde allí se ven las cúpulas de todo el centro porteño, el Río de la Plata y, si está despejado, la ciudad uruguaya de Colonia. El horario es de lunes a viernes de 15 a 17.40, en visitas cada 20 minutos. Quienes quieran ir por la mañana, deben coordinar por teléfono al 4331-3041, interno 209.

También hay algunas visitas gratuitas en el marco del programa Miradores del Gobierno de la Ciudad. Las próximas serán el martes 3 de marzo a las 16 y el martes 17 a las 20. La inscripción arranca una semana antes en la página https://www.buenosaires.gob.ar/cultura/patrimonio-de-la-ciudad y conviene apurarse porque las vacantes son pocas. Las visitas son coordinadas por la arquitecta Delfina Patron Arrussi y organizadas por la Dirección General de Patrimonio, Museos y Casco Histórico de la Ciudad.

Las viudas que veían teatro en una celda
A principios del siglo pasado, el luto era un ritual que, en ciertos niveles socioeconómicos, se llevaba al extremo, sobre todo en las mujeres. Muerto el marido, la sociedad mandaba que la esposa abandonara la vida pública por completo. Es por eso que existían los palcos para las viudas, cerrados con rejas o celosías que impedían que fueran vistas hasta su llegada.

El Colón los tenía, y una de las salas del subsuelo de la Güemes, también. Incluso pueden verse hoy, en los laterales del ahora llamado Teatro Astor Piazzolla, donde todas las noches hay cena y show de tango. “Las viudas entraban por una suerte de galería subterránea”, explica Osler, y corre una silla roja del espacio actual para mostrar parte de esos viejos palcos con celosía dorada, cuya franja inferior quedó por debajo del nivel actual del piso.

El teatro era un salón de fiestas con palcos que ahora se transformó en uno de cena show. Está unido a otra sala, hoy Café Triunfal, por un hall central, al cual se accede por una escalera de mármol reconstituido que fue restaurada recientemente. Esa última sala también tiene espectáculos de tango.

El rooftop bar que le faltaba al rascacielos
Pese a la tendencia de los bares en terrazas, la notable altura de la Galería y la gran cantidad de usos que tuvo y tiene, recién en noviembre pasado el edificio abrió un rooftop bar. Es en la azotea de la torre Mitre. Un sexto piso que vale más por lo que tiene cerca que por su altura: desde allí puede verse, a apenas unos metros, la señorial fachada de la ex Gath & Chaves. Y, además, tener un panorama privilegiado de las cinco cúpulas de Diagonal Norte y Florida, que están a escasos metros: la de cuatro pisos de su vecino “Miguel Bencich”, las dos del Edificio de Renta “Bencich”, la de tejado colonial del ex Banco de Boston y la de La Equitativa del Plata, exponente art déco.

El regalo para la vista abarca la misma Galería: para llegar al bar hay que recorrer parte del pasaje, tomar el ascensor -y deleitarse con sus detalles de broncería-, llegar al sexto piso y pasar de largo el departamento donde vivió Saint-Exupéry para salir a la terraza y admirar cómo a sus pies se erige el cuerpo de ocho pisos, más angosto y retirado, que elonga la Güemes hasta la planta 14.

La carta de este bar incluye picadas y vinos, pero la estrella es la pierrade, un método de cocción de origen suizo que consiste en colocar lonjas de carne, pescado o vegetales sobre una piedra caliente, ubicada en el centro de la mesa, agregarle sal y dejar que se cocine. “La nuestra tiene carne de vaca y de cordero patagónico. Después puede acompañarse con salsas de distintos lugares de la Argentina”, explica Hernán De la Colina, que junto a Claudio Fernández Núñez lleva adelante el proyecto.

El bar abre de lunes a viernes de 17 a 21 y las reservas se hacen sólo para grupos de más de ocho personas. Con todo, antes de ir conviene chequear la cuenta de Instagram del lugar, @Florida 165___, para asegurarse de que ese día esté abierto al público en general y no sólo para eventos privados.

En el pasaje central sí hubo bares desde siempre: hoy está el café notable Boston por mano izquierda, seguido del Café de la Cúpula. En la mano opuesta, el restaurante Deliceto. Y, con salida por San Martín, un local de Starbucks, que no es uno más de la cadena: entrega postales que hubieran inspirado al pintor estadounidense Edward Hopper, como resaltó en sus redes Mariana Rapoport, asesora en lifestyle, comunicación e imagen, y adepta a recorrer la Ciudad con ojos de visitante. Aunque en este café haya más gente, su look hace inevitable rememorar el cuadro “Nighthawks”, en el que cuatro clientes se acodan a la barra de un diner atendido por un mozo que mira hacia afuera, en la intimidad que se respira en la ciudad bien entrada la noche.

Del mismo modo, de noche la galería cobra un halo especial. A esa hora todo el centro se vacía y en la Güemes sólo el rooftop bar y el teatro abren sus puertas. El resto del pasaje duerme y habilita el ejercicio de imaginarlo como era un siglo atrás o un poco después, cuando Cortázar lo vio como “un territorio ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado”.

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