Reinventarse a los 50: la edad a la que muchas personas se animan a emprender

El aumento de la expectativa de vida, los cambios laborales, el crecimiento de los hijos y el tiempo libre familiar parecen claves para que quienes cambian de década se atrevan a cumplir sus sueños

Belén Negrello
La Nación
17.2.2020

Dicen que los 50 años son los nuevos 40; incluso la ciencia lo ha confirmado en estudios sobre envejecimiento. Esta nueva generación de adultos pisa fuerte y se anima a los cambios a una edad a la que todavía queda mucho por dar.

Es lo que le ocurre a Sandra Mellado, que está a punto de cumplir 50 y a quien la nueva década la encuentra en su mejor momento. Tuvo un sueño, que fue tomando forma en los últimos 20 años: la jardinería. Cuando tenía 18 años, estudió radiología, profesión que ejerció durante tres años. «Me costaba mucho, estaba muy al límite por la realidad que se vive en un hospital», cuenta. Luego, trabajó en bancos. En ese momento, Mellado vivía en Mar del Plata con a su marido, Sergio, y allí realizó diversos cursos de jardinería en reconocidos viveros.

Cuando llegó su primer hijo, decidió quedarse en casa para criarlo. En 2009 comenzó a estudiar jardinería en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA); se recibió en 2012. Hoy, sus hijos tienen 15 y 20 años. «Me empezó a asustar el tiempo que tenía cuando los chicos crecieron», confiesa al reflexionar sobre el puntapié que la llevó a animarse a cumplir su meta de tener un vivero.

Comenzó realizando trabajos por recomendación o a pedido y asistiendo a ferias, donde llevaba sus plantas, como la Mafalda, en Florida, Vicente López. Los vecinos le decían que no había un vivero cerca y la idea comenzaba a ser real.

Su marido, Sergio Córdoba, de 55 años, también tomó sus riesgos. Luego de trabajar años en relación de dependencia como ingeniero electrónico en multinacionales, creó su empresa.

«Un día estábamos ordenando la casa y encontramos un cuaderno donde habíamos anotado nuestros proyectos cuando éramos jóvenes, y ahí él había escrito que quería tener su empresa. Las cosas pasan por algo», cuenta Mellado, y confiesa que tuvo miedo de perder la estabilidad que implicaba el trabajo de su marido. «Pero después pensé que si no lo apoyaba, ¿cuándo lo iba a hacer?». Y así fue que seis meses después de que su marido se independizara, ella también lo hizo.

En octubre de 2018, montó su «almacén de jardín», en Florida. «Fue un cambio paulatino, pero creo que todo sucedió bastante rápido», reflexiona Mellado. Ahora su familia se divide las tareas del hogar, e incluso su hijo y su marido a veces la acompañan a trabajar. El local queda a tres cuadras de la escuela de su hija, que los mediodías la visita y almuerzan juntas. Su proyecto le permitió unir más a su familia dejando que cada cual tenga su espacio para hacer lo que le gusta.

Carolina Rey, socióloga de la UBA y de la consultora Ethnos Strategy, señala: «La expectativa de vida ha crecido. Este alargamiento inaugura una etapa nueva. Ya criados los hijos, con menos cargas económicas, estas personas quizá por primera vez en su vida encuentran tiempo para dedicarlo a lo que les gusta. Por lo general, se suma también el hecho de tener menos filtros para hacer y decir lo que quieren y piensan y la sensación de que es ahora o nunca que podrán empezar aquello que los entusiasma».

Vestidos de fiesta

Myriam Melecheñko tiene 51 años y trabajó durante 25 años en la misma compañía. Luego de pasar por distintas áreas, llegó a ser líder de sistemas, hasta que a fines de mayo pasado la desvincularon por motivos de reestructuración. Sus exempleadores le ofrecieron un programa de transición laboral donde la asesoraron y pudo desarrollar su emprendimiento de alquiler de vestidos de fiesta.

«El clic lo hice al día siguiente de recibir la noticia de la desvinculación, cuando me levanté y no tenía que ir a trabajar y me quedé tomando mate», recuerda Melecheñko. Luego comenzó el programa de outplacement (transiciones laborales) que le ofreció la compañía, donde podía elegir dos orientaciones: reinsertarse en el mundo corporativo o apuntar al desarrollo de un emprendimiento.

Rodeada de vestidos vintage desde el showroom que montó en su living en Ramos Mejía, vestida con una pollera larga de gasa celeste y una camisola blanca bordada de estilo folk, reflexiona: «Ya venía pensando en hacer algo más aparte de mi trabajo y el tema de los vestidos me gustaba, me llamaba la atención, así que elegí un couch para emprendedores».

En solo cuatro meses logró montar su marca, Prusia Catalina, y la lanzó en octubre pasado. Invirtió en la remodelación de su living, recorrió ferias americanas, donde compró vestidos, y consiguió donaciones de amigas que le regalaban los que no usaban. Hoy dice que le gusta la comodidad de su casa y que en ningún momento se sintió deprimida por el cambio laboral, sino que, todo lo contrario, lo vio como oportunidad para hacer lo que siempre le había interesado.

Dalila Dujovne, psicóloga y gerenta de transiciones laborales y desarrollo de carrera en la consultora Bruno Matarazzo, explica: «Hay diferentes modalidades de reinserción. Las personas pueden reinsertarse en otra compañía, armar un proyecto de consultoría o trabajar para otros proyectos. Todas estas cosas son las que empiezan a evaluar. Conocían el mundo de la relación de dependencia y empiezan a descubrir que a lo mejor no tienen ganas de estar metidas nueve horas en una oficina otra vez».

«En otros casos, quienes tienen mucha antigüedad en la compañía tienen un cariño muy grande por la empresa. Entonces, les cuesta mucho pensarse trabajando en otro lugar. Todo su mundo conocido y su universo laboral estaba ahí», añade Dujovne.

Perniles caseros

Noemí Duhau tiene 56 años y es locutora. Aunque no ejerce esa profesión, hacia 1987 comenzó su negocio ofreciendo servicios de publicidad en esperas telefónicas. Su proyecto llegó a convertirse en una pyme con 25 empleados que, además, ofrecía instalaciones de cámaras de seguridad y relojes de personal, cuyos clientes eran empresas. Durante 30 años dirigió esa pyme hasta que, en 2015, sufrió una caída en su casa que le provocó una lesión ósea que la hizo quedarse en reposo en su casa durante un año; mientras, sus hijos administraban la pyme familiar.

En 2016 regresó a la actividad y se encontró con una situación financiera preocupante. Para afrontar la crisis, debió vender una propiedad; le embargaron una cuenta, pero no lograba sacar adelante la firma. «Un día les di la llave de la empresa a mis hijos y me fui», confiesa. Al año siguiente, la tuvo que cerrar.

«Toda mi vida fui para adelante, pero cuando sufrí la caída, el universo me dijo que parara», reflexiona Duhau, que practica budismo de la rama Soka Gakkai, de filosofía humanista. «Lo que más me afectó fue que los empleados se quedaran sin trabajo, pero mis hijos y yo hicimos todo lo posible», dice.

«Yo pensé: me reinvento mañana, lo hago de taquito», indica Duhau, pero después se dio cuenta de que no era tan fácil. Sumado a la situación que atravesaba, a los pocos meses su pareja se quedó sin trabajo: «Es vergonzante pedir ayuda, y aunque escribí y llamé a mis conocidos, nadie pudo darme una mano».

Durante cuatro meses fue conductora de Uber, hasta que, en septiembre de 2017, empezó su emprendimiento Te Hago la Pata Olivos. «Siempre me había gustado cocinar y se me ocurrió hacer perniles para eventos. Armé una gran cocina en mi casa, empezamos con mi pareja y hoy nos va muy bien, nos hacen muchos pedidos a través de las redes sociales, o por el boca en boca».

Duhau concluye: «Lo que sucedió fue un punto de inflexión, pero el camino de la depresión es la derrota. Es fundamental la actitud que uno le pone». Hoy prefiere manejar sus horarios y estar más tranquila. «Se trata de cambiar los valores, las necesidades y dejar la inmediatez», concluye.

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