Angélica: tiene 100 años, fue corsetera de Evita y conversaba con Jorge Bergoglio

«Tomé muchos años jalea real, puede ser que eso me haya mantenido». Quizás Angélica Clara Pietrantonio tenga razón y esa sea la pócima mágica para llegar a los 100 años como llegó ella. Luce espléndida, coqueta, con unos ojos celestes que atraviesan al interlocutor. Solo ingiere tres medicamentos diarios: uno para equilibrar la presión, de rango excelente, otro para la digestión y alguno más sin demasiada trascendencia. La audición le falla un poco. Algo hay que tener, sobre todo a los 100. Hasta hace pocos años tejía y salía sola a hacer las compras por Núñez, su barrio, ese en el que la conocen todos. «Ahora no hago nada, estoy de vaga». Trabajó desde los 15 hasta los 88 en esa noble misión de engalanar las intimidades femeninas: «Fui corsetera, y también modista, sastre y bordadora en piedra», dice con orgullo mientras se dispone a posar para el fotógrafo de LA NACIÓN con naturalidad sorprendente. Esa familiaridad con el lente debe tener mucho que ver con su historia. Desde muy jovencita su profesión la llevó a trabajar cerca de las luces del espectáculo y coser para grandes figuras del mundo del cine y de la radio como Eva Duarte, Niní Marshall, Paulina y Berta Singerman, entre tantas otras. Las trató en intimidad, a partir de ese vínculo estrecho que se genera entre las estrellas y quienes se encargan de emperifollarlas, esos seres de ayuda invaluable que conocen los secretos y debilidades más íntimas de las celebridades. «Antes se respetaba más a las actrices, caminaban por la calle y nadie les podía decir nada», rememora Angélica en ese departamento en el que cada foto es un testimonio y cada objeto un recuerdo de aquel tiempo que, desde el ayer, conforma su hoy. Su casa no huele a naftalina ni tiene tonalidades sepias. Es que ella es puro presente. Divertida y de carácter. De eso puede dar cuenta Leo Herrero, el sobrino que convive con ella, la cuida, y quien heredó la pasión por el vestuario escénico, la escenografía y la ambientación de espacios. Tía y sobrinos hablan el mismo idioma.

Pablo Mascareño
La Nación
6.2.2020

Canción de Buenos Aires

Angélica nació un 13 de septiembre de 1919. Su infancia transcurrió en Florida, esa barriada a pocas cuadras de la avenida General Paz que aún conserva las casas bajas y el arbolado que cubre las calles conformando un techo verde que da sombra de vereda a vereda. Y aunque su cuna es en la provincia de Buenos Aires, Angélica se siente, y es, porteña de pura cepa. Y testigo privilegiada de los avatares de la Argentina y el mundo. Un siglo transcurrió delante de sus retinas, por eso puede contar lo que pocos. «Hay más adelantos, pero la vida que se lleva ahora es dura», reconoce quien sobrevivió a bonanzas y crisis. Lo vio todo, o casi todo. Hace 100 años, y pocos meses antes que naciera Angélica, Argentina vivió aquella tristemente recordada Semana Trágica en la que cientos de obreros perdieron la vida y dio marco a un pogromo inédito en estas latitudes. En 1919, Hipólito Yrigoyen gobernaba el país y la Línea A de subterráneos era un modelo pionero para toda Latinoamérica con un recorrido que unía la Plaza de Mayo con Primera Junta, gracias a la fidelidad de los flamantes y coquetos vagones de madera La Brugeoise que circularon hasta hace pocos años. En aquellos tiempos, la avenida 9 de Julio y el obelisco no existían, Corrientes era angosta y era impensado dudar del sitio exacto del natalicio de una estrella arrasadora: Carlitos Gardel. Sobre la avenida Santa Fe, apodada como la Gran Vía del Norte, levantaba el telón, por primera vez, el Teatro Grand Splendid, una joya arquitectónica que se convertía en una de las salas más lindas de la ciudad. Nadie podría imaginar en 1919 que, un siglo después, la platea y palcos del Gran Splendid estarían transformados en una librería y su escenario en un bar ante los telones originales abiertos y estáticos como testigos de la impensada mutación. Durante aquel 1919 nació, en Los Toldos, Eva Duarte, con quien Angélica mantendría, años después, un trato muy cercano debido a su oficio de corsetera.

-Angélica, además de la jalea real, ¿cuál es el secreto para llegar tan saludable a los 100 años de vida como llegó usted?

-Si yo lo supiera, querido… Siempre digo que tiene que ver con lo que disponga Jesús, el Señor. ¿No? Mi mamá murió a los 96 y mi papá a los 86, pero mis hermanitas, todas más chicas que yo, ya murieron. ¿A usted le parece justo?

-¿Cuántos hermanos tenía?

-Éramos ocho mujeres y un varón, una familia bastante normal.

-Usted me dice que no hay fórmulas para llegar a los 100, pero me parece que se guarda algún secreto.

-Mire, creo que es porque nosotros no sufrimos enfermedades graves.

-Está comprobado que lo que se ingiere marca la calidad y cantidad de vida. Usted, ¿cómo se alimentó?

-Antes se comía sin rebusques, no como ahora. Se comía puchero, y mucho asado.

Angélica trabajó casi toda su vida siguiendo el legado de su padre, quien se desenvolvía muy bien en el mundo de la cocina. «Mi papá fue a la escuela hasta los 12 años. Nada más. Era pizzero, y cada cosa que hacía era una exquisitez». Rafael Pietrantonio y María Luisa Puglise tenían 21 y 19 años, respectivamente, cuando se casaron para conformar esa familia de lucha y sudor a la que nada le fue regalado: «Hubo épocas en las que no nos fue bien y otras, más o menos. Mi papá tenía negocio de pizza y también fue dueño de las heladerías Uso Napoli, el mejor helado de Buenos Aires. Era un genio, todo lo que hacía era rico».

-¿Su mamá trabajaba fuera de su casa?

-Sí, trabajó muchos años como chalequera en la única sastrería que había en la ciudad, quedaba en Corrientes y Esmeralda. A veces, ganaba más plata que mi viejo. Le pagaban un peso por cada chaleco.

-¿Ella le enseñó a coser?

-Aprendí costura con mi hermana mayor, nunca fui a un instituto. Empecé a trabajar a los 15 y tuve a las mejores clientas del país, como la dueña del Trust Joyero. Una vez, esta señora quiso conocer a mis padres, así que me vine con ella, en su auto con chofer, para que viera a mi familia.

-¿El balance de su vida es positivo?

-Tuve una vida linda, aunque, cada tanto, alguno se enfermaba. Mi mamá no sufrió, vivió hasta los 96. Murió un 26 de mayo, la fui a ver y pensé que estaba dormida, pero no. La toqué y aún estaba tibia. Pobrecita…

-¿Alguna vez pasaron necesidades importantes, grandes privaciones?

-No, pero el año 1930 fue una desgracia. Hasta el ´35, fue duro. Pero como mi papá sabía hacer de todo, nos defendíamos. Para ir a trabajar era un sacrificio, porque no existían los medios de transporte que hay ahora, había que caminar mucho. No era tan fácil. Se soportaba mucho frío, pero no se podía faltar jamás. Cuando había plata para el ómnibus, lo tomábamos. Cuando no, nos volvíamos a casa caminando desde Cabildo y Federico Lacroze hasta el barrio de Florida.

-A lo largo de un siglo, usted vio a la Argentina de vacas gordas y de crisis muy profundas.

-Fueron momentos, pero ahora no es mejor. Las mejores épocas fueron con Hipólito Yrigoyen, Raúl Alfonsín, y Néstor Kirchner. Esos fueron los mejores gobiernos.

Qué me van a hablar de amor

«Soy soltera. No se me dio. Estuve tres años de novia para casarme, pero él se enfermó de cáncer y murió. Fumaba mucho, como todos los muchachos jóvenes de ese entonces, por eso se enfermaban. Yo tenía 17 y él 25 cuando nos pusimos de novio. Murió a los 32. Decían que había muerto de tuberculosis, pero no fue así. Él tuvo lo que después se conoció como cáncer. A mí no me van a engañar».

-Luego de aquella relación, ¿nunca más se puso de novia?

-No.

Sin embargo, Leo, su sobrino, menciona, indiscretamente, al «tío Mario», un personaje que frecuentaba a la familia y que tenía cierta afinidad con Angélica.

-Me parece que usted me está ocultando algo. ¿Quién era el «tío Mario»?

-No, querido, nada que ver. Éramos amigos.

-¿Amigos?

-Amistades tuve, pero ninguno te decía: «Vamos a casarnos». Mario era un Teniente de Navío, muy amigo de un cuñado. Siempre venía y acompañaba a la familia.

-Así que cerramos la lista en un solo novio.

-Sí, ¿por qué? ¿Me vas a buscar uno?

-Con Mario, ¿se hubiera casado?

-Sí, pero bueno. son cosas de la vida.

-¿Sus padres eran muy rígidos? ¿Le permitían tener affaires?

-Sí, pero uno solo entró a mi casa.

-Con esos ojos celestes impresionantes, los muchachos se verían muy atraídos por usted.

-A mí no me interesaba mucho eso, cuando mi novio falleció sin habernos casado, me dije: «No me caso más, chau». El primer amor es el primer amor. ¿No es así?

Alta costura y Eva Perón

-¿Cómo llega a ser modista de las figuras del mundo del espectáculo?

-Se dio porque tenía un negocio de corsetería. Traté con la mejor gente de Buenos Aires. Le hacía la corsetería a Niní Marshall y a Eva Duarte.

-Usted conoció a una Eva recién llegada de Los Toldos.

-Era una chica jovencita, pobre. Todavía no era famosa. Recuerdo su sencillez, su educación.

-¿Se acuerda cómo la conoció?

-Yo trabajaba en una corsetería en Carlos Pellegrini y Córdoba. Evita, todavía era muy pobre y tomaba el colectivo allí. Era muy linda, la gente la miraba.

-Usted puede dar testimonio sobre una Eva no tan conocida, esa chica que todavía no había logrado la trascendencia que luego tuvo.

-Así como se veía, era. Muy bonita. La conocí bien, era vergonzosa. No entiendo de dónde le salió esa voz que tenía cuando daba sus discursos, porque ella tenía una voz bien finita. Perón le vio pasta, era una chica muy inteligente.

-Cuando se convirtió en Eva Perón, abandonó el mundo del espectáculo. ¿Siguió teniendo trato con usted?

-Cuando Evita se fue con Perón me envió, a través de Juan Duarte, su hermano, una nota donde me pedía que yo le siguiera haciendo corseletes. Me decía que como la conocía tanto, no era necesario probarse.

-Evidentemente, había un afecto mutuo entre ustedes.

-Era una gran persona, todo lo que se dijo sobre Evita fue mentira, nunca echó a nadie del país. La difamaron mucho, pero ella les ganó porque a Evita la conocen en el mundo entero.

Angélica Clara Pietrantonio
Angélica Clara Pietrantonio Fuente: LA NACION – Crédito: Alejandro Guyot
-¿Con Niní Marshall también la unió un vínculo tan estrecho?

-Era como la veía la gente en las películas o la escuchaba en la radio. Iba a su casa en la calle Parera y, como la puerta era de vidrio, la veía bajar la escalera como Catita. Me abría y me decía: «As tardes».

Angélica y Bergoglio

Mujer de fe, Angélica fue una colaboradora incondicional de la Parroquia San Isidro Labrador, ubicada a pocas cuadras de su casa. «Era secretaria de la Acción Católica. Me eligieron porque leía bien las Lecturas en misa».

-¿Es cierto que allí tuvo trato con el entonces cardenal Jorge Bergoglio?

-Claro, leía todo lo que él escribía.

-¿Cómo lo recuerda?

-Era un padre fabuloso, amoroso. Yo lo quería como si fuese un familiar mío.

-¿Qué sintió cuando lo eligieron Papa?

-Para mí fue una emoción muy grande. Yo sabía que algún día iba a llegar a ser Papa. Es una persona excelente y muy inteligente. Se lo merece.

-Angélica, ¿es consciente de su edad, imaginó llegar a los 100?

-A veces saco la libreta de mi mamá para ver si estoy bien anotada, porque no puedo creer que tenga 100 años. No lo creo, ni me lo imaginé.

-Es un privilegio.

-Sí, pero ya no está la gente que yo conocí.

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