Mary Higgins Clark A los 92 años sigue siendo la Reina del Suspense

Con más de 100 millones de ejemplares vendidos, sus novelas son un fenómeno mundial. El crimen, la venganza y el fraude como materia prima de sus historias.

Clarín
25.1.2020

Secuestros, amenazas, asesinatos en serie, presuntos filicidios, fraudes… Cuesta creer que una plácida dama de noventa y dos años, devota feligresa de la parroquia San Gabriel Arcángel de Saddle River, en New Jersey, sea el cerebro detrás de semejante historial de crímenes. Cometidos en las páginas de sus cerca de sesenta novelas, le valieron a Mary Higgins Clark la corona de “Reina del Suspense”. Aunque su apariencia frágil y venerable, su coqueto peinado y el bastón en el que se apoya (que su agente llama “la varita mágica de Mary”) alejen cualquier sospecha, ella proclama: “El crimen es nuestra esencia desde Adán y Eva”. Si hace medio siglo hubiera tenido algún éxito con su primer libro, una novela histórica inspirada en la vida de George Washington, ni siquiera se le habría cruzado por la cabeza incursionar en el género del misterio. Pero decidió intentarlo, publicó ¿Dónde están los niños? en 1975 y hoy lleva vendidos más de cien millones de ejemplares, best sellers con traducciones en todo el mundo.

Inspirándose en casos policiales, hipótesis conspirativas o sugerencias de sus editores, entre otras fuentes, atrapó a multitudes de fans del suspense y del thriller. Pero su propia historia, que comienza en el vecindario del Bronx en la Navidad de 1927, se parece más bien a una novela de aventuras con condimentos dramáticos. Una novela cuyo poder de fascinación se fue acrecentando a medida que pasaban los años y Higgins Clark, lejos del clisé de una apacible abuelita cuentacuentos (hoy tiene diecisiete nietos), seguía en la primera línea del negocio editorial con sus escalofriantes relatos. Con sus 92 años recién cumplidos ya planea una nueva novela a cuatro manos junto con Alafair Burke.

“Siempre fui escritora, desde que tenía seis años”, confió en una entrevista reciente, repasando su historia. “A los nueve años ya era una lectora asidua de las páginas de policiales. Lo que hacía entonces era tapar los dos últimos párrafos de la noticia para imaginar el desenlace del caso antes de leerlo. Aún lo hago de vez en cuando…”, contó alguna vez. Y otra: “Sabía que tenía talento. Cuando tenía quince años, elegía ropa que me pondría cuando me convirtiera en una exitosa escritora. Estaba segura de que lo lograría”. Sin embargo, trabajó primero como operadora de conmutador en el Hotel Shelton de Manhattan (donde revela que escuchó conversaciones íntimas de Tennessee Williams), fue empleada en una agencia publicitaria de los tiempos del boom de Madison Avenue y recorrió el mundo como azafata de Pan Am (le complace señalar que integró la tripulación en la época más glamorosa del oficio). Dejó ese trabajo para casarse con Warren Clark —fue ella quien le propuso la primera cita—. Al enviudar, con apenas treinta y seis años, tenía cinco hijos de entre cinco y trece. Los niños perdieron en el mismo día a su padre y a su abuela, ya que la suegra de Mary sufrió un ataque fatal al ver a su hijo muerto. Fue entonces cuando Higgins Clark comenzó a desplegar su oficio como guionista en radio.

En 1975, después de su incursión poco redituable en la novela histórica, las dificultades económicas la condujeron hacia un cambio radical: “Tenía dos hijos en la facultad de derecho, dos en colegios caros, otra en una costosa escuela de niñas, así que miré los estantes de mi biblioteca: Agatha Christie, Daphne du Maurier… Siempre he tratado de analizar y ser la primera en saber quién es el culpable. No me daba cuenta de que me estaba entrenando para escribir ficción de suspenso…” Decidió seguir la huella de sus admiradas maestras y, desde entonces, escribió incesantemente. Al éxito sostenido en las librerías, con el tiempo se sumaron profusas adaptaciones de sus ficciones para cine y televisión, películas que odia sin excepción ni el menor disimulo (“Son todas muy malas”).

Alguna vez describió sobre su proceso creativo: «Cuando tengo una idea para un libro, tengo que encontrar quiénes son los personajes, les hago perfiles, sé cómo se visten, cuáles son sus pasatiempos… Reescribo las primeras cincuenta páginas una y otra vez. En ese momento, le digo a mi esposo [se volvió a casar en 1996]: ‘No hay ningún libro aquí’. ¡También podría tirarlo por la ventana! Él le dice a mi hijo: ‘Tu madre está tan molesta que este libro no funciona’, y mi hijo: ‘Por el amor de Dios, hemos escuchado esto con cada libro’”. Estas crisis suelen tener casi siempre el mismo desenlace: “Cuando encuentro a mis personajes, y sé quiénes son, comienzan a hacer cosas que yo no esperaba que hicieran. Ahí es cuando sé que tengo una historia y sigo adelante”.

¿Y qué más? Tal vez, algo de lo que ella misma explicó: “Creo en la forma de contar historias de Alfred Hitchcock; nunca veías violencia, pero esos catorce o diecisiete segundos de Psicosis en los que ves la mano con el cuchillo y ves caer la cortina de la ducha y la silueta detrás, y la ves a ella intentar esquivar el cuchillo y después la sangre en el suelo… es terrorífico… ¡pero nunca ves que el cuchillo la toque!”.

La historia puede ser la de Lacey Farrell, una agente inmobiliaria de Manhattan en el lugar equivocado: tiene la desgracia de presenciar un crimen atroz y el asesino comienza a perseguirla (Testigo en la sombra). O la de Zan Moreland, que busca desesperadamente a su pequeño hijo, secuestrado en el Central Park (Sé que volverás). O la de la joven abogada Emily Wallace frente al caso más difícil de su vida: el asesinato de la actriz Natalie Raines en su casa de New Jersey (Recuerdos de otra vida)… Heroínas fuertes y escenarios neoyorquinos suelen formar parte de la fórmula electrizante de Higgins Clark.

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