La fuerza de Sara, una mujer entre dos infiernos: de Auschwitz a Madre de Plaza de Mayo

Vivimos durante más de tres años en el Gueto de Lodz. Ahí murieron mis dos hermanitos, uno de hambre y otro asesinado por los nazis. Un día de 1944 nos vinieron a buscar. Me acuerdo y me vuelve el miedo. Los alemanes nos sacaron de la casa y nos obligaron a subir al tren. Estaba con mi mamá y mi papá. No sabíamos para dónde íbamos, mucho después nos enteramos de que el destino era Auschwitz-Birkenau.

Clarín
24.1.2020

Sara Rus -Sarenka, en aquel entonces- no lleva tatuado el número en su brazo. Ese que los nazis le grababan a los que eran llevados a los campos de concentración y exterminio, como una de las tantas maneras que utilizaban para hacerles sentir a las personas que dejaban de serlo. Es que para el año en el que ella arribó a Auschwitz-Birkenau, también conocido como Auschwitz II, “no llegaban a tiempo”. “La intención era mandarnos directo a las cámaras de gas. No alcanzaban a marcarnos”, señala Sara desde el living de su departamento de Colegiales.

Tiene 92 años pero, cuando intenta ponerle palabras a lo que vivió durante el Holocausto, vuelve a ser la nena polaca de 12 que vio más de lo que cualquier nena puede soportar a su edad.

La primera imagen que le viene a la mente es la de su violín hecho pedazos en el comedor de su casa natal, en Lodz. “¿Así que te gusta el violín?”, le dijo un soldado alemán que entró por la fuerza. Ella respondió que sí y el hombre lo reventó contra la mesa.

Con ese detalle empezó la Segunda Guerra Mundial para Sara, su lucha por sobrevivir y salvar a su madre. También comenzó su historia de amor y la ilusión de un futuro en la Argentina, donde otra vez terminó siendo víctima del terror. En 1977, durante la última dictadura, los militares se llevaron a Daniel, su primer hijo. “Desapareció. Nunca supimos qué le hicieron”, sigue Sara, que ahora pide sacar de su cartera el pañuelo blanco que la identifica como Madre de Plaza de Mayo.

Una ilusión entre alambres de púa, armas y muerte
En 1940 tuve que dejar mi casa para mudarme al gueto. El lugar estaba rodeado de alambres de púa y soldados armados. Había que hacer colas enormes por un pedazo de pan o un poco de verdura. Vivía con mi familia en una habitación y empecé a trabajar a la par de los adultos en una fábrica de sombreros. Cada tanto, los nazis se llevaban gente. Elegían a los más flacos. Mi mamá estaba bastante deteriorada. Por eso, cada vez que venían la vestíamos con varias capas de ropa para que no la subieran al tren.

En el gueto no se vivía, se sobrevivía. “Separaban a los padres de los hijos. Ese era mi mayor miedo, que se llevaran a Clara, mi mamá. Allá adentro nacieron y murieron mis dos hermanitos”, relata Sara con una entereza que sorprende. El primero falleció a los 3 meses: “Era un bebé hermoso, murió de hambre”. Y dice que su mamá “tuvo un segundo niño, que fue asesinado por los nazis”.

En medio de esa oscuridad profunda, Sara encontró el amor. Con Bernardo se conocieron un domingo. “Era el único día que no se trabajaba en el gueto. Mi papá se hizo amigo y lo invitó a nuestra casa. Yo todavía no tenía 15 y él ya 25. Nos miramos y nos gustamos. Hablamos de Argentina, ‘un país joven’ donde yo tenía un tío. El me dijo que había leído sobre Argentina y que también quería ir”, recuerda Sara y sonríe.

Pusieron fecha: 05/05/1945. “Si seguimos vivos para ese momento, te espero en Argentina”, le dijo él.

Izquierda o derecha y la “fortuna” de hablar alemán
Un día de 1944 nos subieron al tren. Viajamos como animales, todos aplastados y casi sin aire. No sé por cuánto, perdí la noción del tiempo. A mi papá lo perdí cuando nos bajaron y nunca más supe de él. Con mi mamá caminamos juntas hacia Auschwitz-Birkenau. Un soldado gordo mandaba a izquierda o derecha de una fila. Los más delgados iban hacia la izquierda, era el camino hacia la muerte. Para ese lado le tocó a mi madre. Me acerqué desesperada al soldado y le dije en alemán que me la estaba sacando y que quería estar con ella. Hablar su idioma hizo que la dejara cambiar de fila.

En el ingreso al campo de concentración, a Sara la desnudaron y le sacaron todo lo que tenía. Le cortaron sus trenzas y empezaron a revisarle la cabeza en busca de piojos, ahí perdíó de vista a su madre. “De acá no salgo”, pensó.

“Me llevaron a unos baños, yo lloraba y gritaba ‘mamá, mamá’. Había humo y lluvia, todo era angustia y desesperación. Me encontré con una mujer pelada en el piso: ´¿No viste a mi mamá?´, le pregunté. ´Yo soy tu mamá´, me respondió”, sigue Sara. Traga saliva y hace silencio. Cambia el tono: “No reconocí a mi madre”.

Después vino un abrazo y “la felicidad” por seguir vivas y juntas en medio de ese infierno.

La ayuda de un ángel en Auschwitz-Birkenau

Las noches en Auschwitz eran terribles. Dormíamos apretujadas con mi mamá para soportar el frío dentro de las barracas. A las 3 de la mañana nos levantaban para contarnos. Y se llevaban mujeres, filas de mujeres. Cada día podía ser el último. Nosotras siempre quedábamos atrás. “Debe haber un ángel que nos está protegiendo”, decíamos. Tuvimos suerte.

No hay palabras para describir Auschwitz, dice Sara, sobre el campo de concentración y exterminio nazi donde se calcula que fueron asesinadas un millón cien mil personas, en su gran mayoría judíos.

“Hambre, muerte, llanto, gritos, dolor. Era rogar que no te tocara estar al final de una fila de 10 por un sorbo de sopa, la única comida del día. Era recibir un baldazo de agua fría si te escuchaban murmurar”, detalla Sara. Después de eso, hace otra vez silencio.

De un infierno a otro y a uno más hasta el 05/05/1945

Necesitaban mujeres para trabajar en una fábrica de aviones y nos eligieron. Así salimos de Auschwitz-Birkenau. Y de ahí nos llevaron a otro campo de concentración en Austria: Mauthausen. Mi madre estuvo de nuevo al borde de la muerte. Los Aliados nos liberaron el 05/05/1945 y yo pensé en Bernardo. Me acuerdo de los americanos llorando como bebés al ver tanta gente desnuda y desnutrida, tirada en el suelo.

Para ese entonces, Sara pesaba 26 kilos y su mamá, 28. “No todos pudieron recuperarse. Muchos comían y se morían. Los cuerpos no toleraban el alimento. Yo estuve 3 meses solo con suero. No lograba probar bocado”, cuenta Sara.

Su mamá mejoró pronto, consiguió comida y unas ollitas, que Sara todavía conserva en su casa de Colegiales: “Decidió cocinarme las sopas que me hacía de chica y así volví a comer. Costó mucho pero un día me paré de nuevo, otro caminé, me empezó a crecer el pelo. Todo eso pasó dentro del mismo campo que se transformó en refugio. Esa vez, ella me salvó a mí”.

Carta para Sarenka
“¿Quién me escribe?”, pensé cuando se acercaron con el sobre “para Sarenka”. Lo abrí y empecé a leer. Y, por la sorpresa, tuve que releer. Era Bernardo, me decía que había sobrevivido, que estaba enamorado de mí y que no iba a casarse con otra, que me estaba esperando en Polonia. Mi mamá quería que viajáramos a Israel, yo le dije que nos íbamos a Argentina.

El reencuentro fue en Lodz. “Lo vi hermoso. Tenía botas y gorra rusa. Yo había conseguido un tapadito y una boina. Él me dijo: ‘te venís conmigo’, pero no estábamos casados. Entonces un amigo suyo nos puso la mano en la cabeza, nos preguntó si queríamos quedar unidos en matrimonio, dijimos que sí y nos declaró ‘marido y mujer’, ”, sigue Sara, que ríe y asegura que el falso rabino era “un sinvergüenza”.

Volver a sentirse un ser humano
Recién cuando dejé Polonia volví a sentirme un ser humano. Estuvimos en un campo de refugiados de Alemania, en el que nos casamos por civil. Después viajamos junto con mi madre hasta Francia y de ahí nos fuimos en avión a Paraguay. Perón no dejaba entrar a los judíos a Argentina así que mi marido envió una carta en polaco que se ve que tradujeron. Respondió Eva Perón y nos mandó pases para entrar al país.

Por primera vez, Sara tuvo unos años de paz. Con Bernardo se instalaron en Villa Lynch. Tuvieron dos hijos, Daniel y Natalia. “Mi marido empezó a trabajar en el rubro textil y pudimos mandar a nuestros chicos a una primaria y una secundaria excelentes”, dice Sara y destaca que ella fue aprendiendo a la par de sus nenes. “Es que en Europa no tuve la posibilidad de hacer la escuela. Todo lo que incorporé fue gracias a una amiga de mi madre que me daba clases en el gueto”.

Los años felices, con sus hijos, Bernardo y Clara, se terminaron con el Golpe de Estado de 1976.

“Mamá, están desapareciendo personas”

El 15 de julio de 1977 Daniel Lázaro Rus, mi hijo, tenía 25, casi 26. La misma edad que Bernardo cuando nos conocimos. Era fanático de las Ciencias Atómicas y ya se había recibido de físico en la UBA. Un año atrás, había entrado a la Comisión Nacional de Energía Atómica. Estaba viviendo su sueño. Ese día fue a trabajar y un grupo de militares se lo llevó junto a otras 17 personas. En Casa de Gobierno me dijeron que no entendían por qué me preocupaba, que “seguro se había ido a pasear con una chica”. En Plaza de Mayo me encontré con otras madres que estaban en la misma situación, llevaban pañuelos.

Daniel se había comprado un coche y lo primero que pensó Sara fue que había tenido un accidente en la calle. Pero no. Una semana antes, los militares habían secuestrado a uno de sus amigos. “Mamá, están desapareciendo personas”, llegó a contarle.

“A los pocos días se llevaron a Daniel: jamás supimos qué pasó, dónde estuvo, qué le hicieron. Lo buscamos muchísimo. Yo me uní a las Madres Línea Fundadora”, suma Sara. Y cuenta que su mamá, que sobrevivió a Auschwitz y Mauthausen, no soportó perder a su nieto: “Su salud empeoró mucho cuando desapareció mi hijo, ella falleció al poco tiempo”.

Pide su billetera, la abre y muestra dos fotos que lleva a todos lados. En una está Daniel, morocho y de ojos grandes con sus eternos 25; y en la otra, Bernardo, de joven, también morocho y con sombrero. “Mi marido murió unos años más tarde, después de luchar contra un cáncer de pulmón”, dice mientras acaricia la imagen.

Sara según su nieta: legado y memoria

Mi abuela es la sopa de verdura casera que me hacía de chica, es la persona que me enseñó a festejar y ver lo positivo de las cosas. En mi infancia, pensaba a mis abuelos como inmigrantes. Cuando no querían que los entendiera hablaban idish. De más grande, sumé la idea de sobrevivientes. Con el tiempo, ella me pudo contar y yo me animé a preguntar y escuchar.

Paula Scheinkopf es nieta de Sara y Bernardo. Nació en democracia, en 1984. Vivió Auschwitz y la dictadura militar argentina a través del relato de su abuela. Estudió Filosofía y colaboró en el documental La Memoria y Después (2018), sobre la historia de Sara.

“Trato que transmitir lo que ella vivió no se transforme en un deber, busco que sea una decisión de todos los días. Su testimonio está, mi intención es convertirlo en algo que tenga impacto en el mundo que me rodea”, reflexiona Paula, que es mamá de Nicolás, de dos años y medio. Y espera para dentro de poco a una nena. Le va a poner Clara.

Vivir para contarlo
Hasta mis últimos días voy a seguir contando lo que me tocó vivir. Hacerlo duele, pero es necesario para que no se repita. Para eso también está el Museo del Holocausto. En Argentina tenemos uno de los más importantes del mundo y es algo que celebro. Todos deberían ir, conocer, saber lo que ocurrió. Necesitamos memoria. También verdad y justicia para que nadie tenga que pasar por lo que pasé. Por los seis millones de judíos exterminados en la Shoá.

Sara asegura que, a pesar de todo, está “agradecida a la vida”. “Por llegar hasta acá, a los 92 años, lúcida y con una familia hermosa”, resalta. “En varios momentos creí que no iba a poder, que todo se acababa, que era el final. Y no fue así. Hoy disfruto el día a día y la posibilidad de compartir con mi hija y mi yerno, mis nietas y bisnietos. Ellos son el triunfo del amor sobre el odio, mi mejor regalo”, cierra.

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