¿Sin audífono? Entonces no hay matrimonio

Después de más de cinco décadas juntos, una falta de comunicación provoca la división del hogar y un “divorcio gris”.

09/12/2019 –
Clarín.com The New York Times International Weekly
Por Tina Welling

¿Quién celebra el aniversario número 52 de su boda y comienza los trámites del divorcio seis meses más tarde? Al parecer, yo.

Y no soy la única. La tasa de divorcios entre personas de 50 años en adelante se ha duplicado a lo largo de las últimas décadas y ha sido más del doble para quienes tienen 65 años o más. Este fenómeno incluso tiene nombre: “divorcio gris”.

Mi esposo y yo teníamos setenta y tantos, y vivíamos en Jackson, Wyoming, donde teníamos una vida juntos. Nuestra separación comenzó una noche de sábado en la que salimos a cenar.

La noche había comenzado bien: estábamos en un entorno distinto, arreglados y sintiéndonos especialmente complacidos con nuestros planes, así que me pareció un buen momento para preguntarle: “¿Eres feliz actualmente?”. “¿Qué te parece importante últimamente?”.

Me había preparado para hacer que fluyera la conversación, porque ya conocía ese viejo chiste: “¿Cómo distingues a una pareja de casados que salió a cenar?”. “No tienen nada de que hablar”.

Mi esposo me dijo que estaba feliz, pero lo que le parecía importante anulaba gran parte de lo que aún teníamos en común. En nuestra vida lo único que nos unía era el amor por nuestra familia e intercambiar charlas sobre cómo nos fue en el día. Y las conversaciones nos parecían cada vez más frustrantes debido a la dificultad auditiva de mi esposo.

Durante un par de años había planeado vender su moto y usar ese dinero para comprar audífonos, pero, aunque no se había subido a la moto en los últimos dos veranos, no lo había cumplido.

Esa noche se me acabaron las preguntas antes de que siquiera llegaran nuestras ensaladas. Me quedé perpleja por la cantidad de veces que había tenido que repetir lo que dije. Por fin le pregunté: “¿Qué preferirías tener: audífonos o una motocicleta?”.

“Definitivamente una motocicleta”.

Ya sabía cuál era la respuesta, aunque había estado en negación al respecto. No obstante, me sorprendió lo que ocurrió a continuación: dentro de mí se despertó la conciencia de que ya habíamos llegado al final de esta etapa de nuestra relación. Habíamos completado nuestro matrimonio, llegado al punto máximo de nuestra relación. Entendí con plena claridad lo mucho que me había resistido a esa verdad.

Era difícil expresar ese sentimiento con palabras, porque las palabras no tenían nada que ver con eso. No había pensado en los pros y contras, no quería discutir ni estaba enojada. Solo tenía la sensación en todo mi cuerpo de que habíamos terminado.

Se me hizo un nudo en la garganta. Lo conocí cuando tenía 17 años y era una estudiante de primer año de universidad que usaba medias hasta la rodilla y faldas tableadas. Él era el hombre misterioso del campus, un artista, practicaba salto en paracaídas y era un poco mayor que yo y mis amigos.

Nuestro comienzo también había tenido lugar en un comedor. Mientras estaba sentada en una mesa con mis amigas, me quedé viendo su reflejo en una ventana al otro lado del lugar. Me tomó un minuto darme cuenta de que él también me estaba viendo por el reflejo de la ventana. Nos sonreímos.

Décadas más tarde y a miles de kilómetros de nuestro coqueteo universitario, nuestra cena había llegado, y yo apenas podía tragar mi comida por el nudo de mi garganta. Hubo un momento en que tuve que controlarme para no dejar caer mi cara sobre la mesa y sollozar, manchando todo el mantel blanco de rímel y lápiz de labios rosa. Me entristecía todo lo que había esperado de este matrimonio, toda la intimidad y las cosas compartidas que imaginé que eran posibles pero no habíamos logrado, y ahora sabía que jamás las haríamos.

Recordé otra comida en un restaurante 20 años atrás, una cena en Florida con mis padres, que en ese entonces también habían estado casados más de 50 años. Mi madre sufría una etapa avanzada de alzhéimer, pero mi padre le había puesto rubor en las mejillas y la había peinado para que saliéramos. Me senté al lado de mi madre en un gabinete, mi padre estaba frente a nosotras. Tomó la mano de mi madre y dijo: “Somos compañeros, ¿no?”.

Mi mamá no pudo responder, y a mí se me saltaron las lágrimas.

Su comentario reveló una verdad que iba mucho más allá de lo que quiso decir, aunque no era una idea que pudiera decir en voz alta cómodamente. Mi madre había querido toda la atención de mi padre más que cualquier otra cosa en la vida, y jamás sintió que la recibiera. Y mi padre, que consideraba su papel de sostén de la casa con toda su razón de ser, rara vez le había dado toda su atención.

Ahora la tenía desde el momento en que le cepillaba los dientes por la mañana hasta que la cobijaba en la cama por las noches. Mi padre estaba tan afectado por el padecimiento de mi madre que lloraba a moco tendido y a menudo la abrazaba a ella y a mí. El hombre que antes salía de la habitación corriendo si me ponía emotiva y me daba una palmadita en la espalda para demostrar físicamente su cariño, ahora rebosaba de emociones y no tenía problemas para demostrarlo.

En efecto, eran compañeros en su matrimonio. Uno ayudaba al otro de maneras misteriosas para que ambos recibieran lo que los satisfacía. Ese era mi modelo a seguir, lo que significaba un matrimonio en su sentido más místico. Los compañeros son dos personas que comparten la experiencia de convertirse en la versión más completa de ellos mismos.

Había esperado escuchar de mi esposo una respuesta que nos uniera. En vez de eso, dijo: “Una motocicleta, definitivamente”.

Mientras estaba sentada frente a él, picando mi comida con el tenedor, me pregunté si había vivido ese compañerismo en mi matrimonio. Sin duda, había encontrado mi identidad completa, a diferencia de aquella chica de medias a la rodilla. Durante nuestros primeros años juntos, había dependido de mi esposo por ser un hombre mucho más experimentado en el mundo que yo.

A pesar de algunos retos, había madurado, me había convertido en madre, emprendedora y autora, todo con el compañerismo de nuestra relación y con el apoyo de ese hombre. A cambio, yo lo había apoyado en sus proyectos artísticos y en el pequeño negocio que habíamos emprendido juntos, una tienda minorista en la base del complejo de esquí en Jackson.

Ahora habíamos llegado al fin de todo lo que lograríamos mediante ese intercambio.

Esa noche, no hablé de lo que ahora entendía sobre el estado de nuestra relación, ni tampoco en los días posteriores. Decidí que viviría con ese nuevo entendimiento mientras analizaba mis pensamientos y emociones. Hablaría de eso con mi esposo el miércoles.

El martes, llamé para hacer una cita con un abogado, porque sabía que, si no podía hacer eso, no podría continuar con lo demás en absoluto. Después de esperar demasiado, llamé casi antes de la hora de cierre del estudio.

Contestó la asistente jurídica de la oficina. “¿De qué le gustaría hablar con el abogado?”, preguntó.

Ahora debía decir la palabra “divorcio” en voz alta. Tartamudeé.

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