Margo Glantz: “No soy mártir ni monja de clausura”

A punto de cumplir 90 y estrella de Twitter, la escritora mexicana publica un ensayo sobre el cuerpo, Frida Kahlo, autores y autoras admirados y sobre los finales felices.

Mercedes Alvarez
06/12/2019
Clarín.com

Una vez, Margo Glantz dijo que sentía que era lo que había escrito y leído. Ahora, para confirmar una vez más su compromiso con su propia frase, acaba de publicar en Ampersand El texto encuentra un cuerpo, texto de textos que se suma a su ya importante producción literaria con libros como Las genealogías (2009), Saña (2006) o Yo también me acuerdo (2014), por citar sólo algunos de sus títulos.

A sus casi noventa años, que cumplirá el próximo 28 de enero (fecha en la que estrenará, seguramente y como es su costumbre, un nuevo par de zapatos, que son una de sus grandes aficiones) es una estrella en Twitter. Allí llegó hace algunos años, cuando entendió la importancia de twitter en los cambios políticos de Oriente Medio.

Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1995 y Premio Nacional de Ciencias y Artes (2004), este año fue galardonada con el Premio Nuevo León Alfonso Reyes. Dueña de una particular ironía, Glantz tiene la virtud de atraer la atención sobre las cosas más variadas, para decirnos algo distinto sobre nuestra mirada de la realidad y los libros.

Como dijera sobre ella Elena Poniatowska, “Margo vuelve esencial lo que creíamos trivial, saca a la luz lo que es la intimidad, vuelve público y sagrado lo que considerábamos secreto de familia, vacía por la ventana lo que antes se guardaba en el baúl de los recuerdos”. A vuelta de correo, contesta algunas preguntas para revista Ñ.

–El texto encuentra un cuerpo. Qué título tan bello. No puedo evitar pensar en Severo Sarduy y su frase famosa: “la palabra se hace un cuerpo, y el cuerpo se hace una palabra”. Sólo que aquí no se hace, se encuentra, y que usted habla de un cuerpo fragmentado en partes y fluidos.

–Gracias, me gusta que le guste el título. A mí me gusta mucho. He leído a Sarduy, claro, pero no pensé en él en absoluto cuando escribí el libro. Creo que desde hace mucho tiempo el cuerpo se vuelve textual en muchos autores, entre otros Kafka, Barthes, Quignard, por ejemplo, como también el cuerpo se vuelve pintura exclusivamente en Lucian Freud o Francis Bacon o desaparece en Borges. Me interesaba que el cuerpo fuese en sí mismo el texto, de manera implícita y explícita.

–Dice en la introducción: “Mi mirada es una mirada fragmentaria, femenina”. En este libro usted habla de cuerpos, pero sobre todo de fragmentos de cuerpos (manos, ojos, su intervención en el proceso de la escritura). ¿Por qué esa capacidad de ver lo fragmentario tendría necesariamente que ver con lo femenino?

–Trabajo los fragmentos desde hace mucho tiempo como método escriturario y en cada uno de mis libros he tratado de explorar un fragmento del cuerpo, los senos, los pies, las manos, el corazón, los ojos, etc. No creo que destazar, fragmentar el cuerpo sea exclusivamente femenino, pero es femenino en el sentido en que a mí, que soy mujer y analizo lo que para mí es serlo, lo hago partiendo del cuerpo, principalmente femenino tal y como ha sido visto desde la mirada masculina y también desde la mirada femenina construida por la tradición masculina. También pienso cómo al mismo tiempo esa misma mirada se fragmenta y cambia la perspectiva.

–¿El hecho de que analice en estas páginas a una enorme cantidad de escritores anglosajones fue pensado, o simplemente es que tocan su sensibilidad de un modo particular? Porque están Faulkner, y Henry James, y Virginia Woolf, y Jane Austen… Sobre todo menciona mucha literatura del período victoriano; también del Romanticismo.

–Soy y he sido una lectora voraz. Me apasiona la literatura en general, pero en este libro voy siguiendo varios temas que siempre me han obsesionado en diversos autores, transito de los franceses a los anglosajones o los españoles o latinoamericanos. Parecería como si casi sólo me interesara aquí la producción anglosajona, pero aunque esta aparezca en mayor medida, se recorren varias otras literaturas y, finalmente, como remate, Frida Kahlo como síntoma que puede interpretarse literariamente.

–Usted sostiene que Sade, contrariamente a alguno de sus antecesores que vivieron en la prosperidad después de haber escrito desde una voz femenina, no tuvo esa suerte y recibió como pago la cárcel. ¿Cree que podría leerse a Sade bajo una clave feminista hoy en día? Pienso, por ejemplo, en Annie Le Brun, quien en Sade. De pronto un bloque de abismo sostiene que Juliette es “el primer cuento de hadas contado por el hada misma”, donde Juliette abandona con aplicación toda obligación “femenina” que de ella se espera.

–Todo autor puede leerse bajo una clave feminista. Admiro a Annie Le Brun y coincido con ella respecto a Sade. Choderlos era leído a hurtadillas, a veces eliminaba la portada y no tuvo mayores consecuencias; Diderot tuvo problemas, pero ninguno como Sade. Pero lo sabemos: Sade fue el más extremo.

–Habla del Casanova de Schnitzler y de sus años finales marcados por sus fallas, su egoísmo, su vanidad. Menciona en este punto que Fellini se fascinaría con estas mismas características del personaje muchas décadas después. Me permito una digresión cinematográfica para preguntarle: ¿qué piensa de ese Casanova de Fellini, tan distinto, por ejemplo, al Casanova de La noche de Varennes de Ettore Scola?

–He leído y releído las Memorias de Casanova muchas veces. Me interesa enormemente como representante de una moral y una política dominada por el sexo. El sexo como política y como una forma sofisticada de guerra, como se demuestra en Las relaciones peligrosas de Laclos. Me seduce y me repugna su figura al mismo tiempo y me interesa seguir la línea de pensamiento que autores como Sade, Choderlos, Diderot y Rousseau desarrollaron en la Francia libertina del siglo XVIII. Casanova se acerca mucho a ellos: vivió largo tiempo en París y escribió en francés. Además, como personaje es fascinante y susceptible de múltiples interpretaciones en la literatura o en el cine. El libro de Schnitzler es maravilloso.

–¿Es su devoción por Jane Austen directamente proporcional a su afición por los finales felices?

–Los finales felices en sí no me interesan demasiado. Es cierto que algunos libros me han provocado una gran violencia a pesar de que los admiro enormemente: fueron lecturas de adolescencia que me marcaron mucho así como ciertas series cinematográficas que veía de niña. Ese primer capítulo de mi libro es una confesión ficticia, teñida de ironía, la reminiscencia de lo que fui como lectora adolescente.

–Ya que hablamos de finales felices, en varias ocasiones usted menciona que ciertas lecturas, como por ejemplo la de Madame Bovary, le provocan un dolor tan profundo que debe optar por abandonar el libro. Una compatriota suya, Esther Seligson, en un texto titulado “Cicatrices”, habla de la herida de la escritura. Usted nos dice que hay una herida de la lectura, que se reabre con cada relectura. ¿Cree que es inevitable pasar por eso como lector?

–Haberlos leído a una edad temprana de manera totalmente espontánea como se leía con avidez también a Verne o a Dumas deja marcas muy profundas. Uno de mis libros favoritos y siempre releídos es El idiota de Dostoiewski y no creo que tenga un final feliz.

–Entonces, ¿la herida es patrimonio de las lecturas de juventud?

–La herida es, creo, permanente; lo fue en la adolescencia y después sigue allí y muchos libros que leo actualmente me producen placer y heridas, por ejemplo releer a Kafka o a Sebald o a Dostoievski o a Kawabata o Calderón de la Barca o a Sor Juana Inés de la Cruz o a Gorostiza, Quevedo y Rulfo y Barón Biza y Woolf, etc., pero no soy mártir ni monja de clausura.

–Habla mucho de las Brönte, y resulta natural pensar en la enfermedad y la muerte sobrevolando a esa familia genial (de hecho, usted menciona ampliamente el tema). También Lord Byron estaba enfermo, y tantos otros escritores del 1800 padecieron su cuerpo. ¿Cree que la proximidad de la muerte producía un tipo de literatura diferente, por ejemplo en la época victoriana? A veces me he preguntado si el umbral de dolor de un pueblo puede producir un tipo de sociedad diferente. Por ejemplo, las automutilaciones de los aztecas me han hecho reflexionar sobre esto.

–La vida de las Brontë es en sí novelesca, obviamente, y me sigue atrayendo y fascinando: la posición de la mujer en la Inglaterra victoriana, los enigmas de la sexualidad, la literatura y el mal, como decía Bataille hablando de Cumbres borrascosas: una vicaría en medio de un páramo, niños que mueren uno tras otro de tuberculosis, un único hermano parecido en la imaginación de las hermanas a Lord Byron, romántico, libertario, diabólico, su afición al opio que se vendía en píldoras en la farmacia de la esquina y cuya adicción tanto atormentó a De Quincey, a Coleridge y a muchos otros, como puede leerse en La piedra lunar de Wilkie Collins o en las novelas de Sheridan Le Fanu. No sé si podría compararlo con la religión de los aztecas. Sería harina de otro costal. La tortura auto-inflingida me recuerda más bien a las monjas de clausura que querían pasar a la historia convirtiéndose en santas y la única manera de conseguirlo era flagelar su cuerpo.

–Menciona a Santa Teresa de pasada, para compararla con la Dorothea de Middlemarch. ¿Ha tenido influencias en usted, en su escritura, la lectura de Santa Teresa? Lo pregunto porque sí habla de otras santas y de sus martirios. Si bien Santa Teresa no fue martirizada, su cuerpo fue castigado por numerosas enfermedades. También sentía el amor divino como una lanza que le atravesaba el corazón.

–He escrito mucho sobre Sor Juana Inés de la Cruz y sobre las monjas de su entorno; Santa Teresa es un paradigma. Dorothea opta por el sacrificio dentro del matrimonio: una manera bastante banal de sacrificarse.

–Empieza su libro hablando de Bernal Díaz del Castillo y termina con una Frida Kahlo aggiornada al siglo XXI. “Frida es una reliquia”, nos dice. ¿Cree que la forma de leer ha cambiado radicalmente, que los clásicos que usted menciona se seguirán leyendo?

–Por eso son clásicos. Se seguirán leyendo, afortunadamente; por lo menos eso deseo y espero.

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